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viernes, 10 de septiembre de 2021

Solución completa de Alien Incident



¡Hola, amiguitos! Aquí estamos de nuevo con otra fantástica aventura. En esta ocasión se trata de Alien Incident, aventura de ciencia ficción y corte humorístico, desarrollada por Housemarque y publicada por GameTek en 1996.

En esta aventura encarnamos a Ben Richards, un muchacho que vive con su tío, un científico excéntrico llamado Alberto Einstone (porque por supuesto que se llama así) que, una noche de Halloween, pone en marcha una máquina que abre agujeros negros en el espacio. La máquina abrirá uno por el que pasará una nave alienígena comandada por un tirano conquistador de planetas conocido como El Jefe, y un ente volador con forma de mantarraya que está huyendo de él. Cuando pasen, el agujero se cerrará y los aliens de El Jefe (más parecidos a pequeños Gasparines que a extraterrestres) secuestrarán al tío de Ben para obligarlo a abrir un nuevo portal. Dependerá de Ben salvar a su tío y, de paso, al planeta Tierra.

Alien Incident es un juego que pasó prácticamente desapercibido en su momento en el mundo hispánico, ya que nunca contó con una traducción oficial. Tampoco es un juego que brille por su originalidad (se nota muchísimo la influencia de películas como Volver al Futuro y aventuas como Día del Tentáculo), pero se trata de una pequeña aventura divertida, entretenida y en líneas generales, bastante fácil, con bonitas animaciones (aunque con gráficos quizá un poco oscuros) y buena banda sonora.

Así que, sin más preámbulos, sumerjámonos en la aventura.

Empezamos en el laboratorio del tío Einstone. Examinamos la papelera que hay bajo el escritorio y recogemos algo: un trozo de papel. Lo leemos en nuestro inventario. Contiene un código (demasiado fácil, a decir verdad). Recogemos la cuerda. Abrimos la caja de fusibles (plomos). Falta uno.

Observamos la computadora. Ben solo sabe cargar programas con disquete. Por cierto, observemos la disquetera: ¡una tostadora! La tostadora de discos. Observamos la tabla suelta en el suelo. Está suelta, pero no del todo, así que no se moverá.

Nos vamos. En el vestíbulo, nos movemos a la izquierda, pasando de las escaleras. Allí hay dos puertas: una abierta, que da a la cocina, y otra cerrada que no podremos abrir porque no tiene picaporte, de la que sale una extraña luz brillante. Entramos en la cocina.

Recogemos el pan mohoso de la mesada. Leemos la nota que hay en la puerta del refrigerador y lo abrimos. Recogemos la palanca y el frasco con poción de crecimiento. La leche vencida la dejamos, es demasiado peligroso cargar con ella. Del mueble de la pared recogemos el fusible y la caja de cerillas.

Volvemos al vestíbulo. Vamos a la izquierda, hacia la puerta principal. En el gancho que hay en la pared hay colgada una bata. La examinamos y encontramos un estetoscopio que nos llevamos.

Volvemos al laboratorio. Colocamos el fusible en la caja de plomos y la cerramos. Usamos la palanca en la tabla suelta del suelo para removerla. Debajo ocultaba una gran llave. Nos la llevamos.

De vuelta al vestíbulo, subimos las escaleras.

NOTA: a partir de ahora y a lo largo de todo el juego, irán apareciendo una serie de cutscenes muy graciosas y divertidas que cortarán la acción y mostrarán al Jefe de los aliens hablando con sus esbirros en su nave. Cuando terminen, seguimos con el juego.


Vamos a la puerta de la izquierda, la abrimos y entramos. Estamos en una habitación a oscuras. Nos movemos hacia la izquierda, hasta dar con una lámpara. La encendemos. ¡Los fusibles funcionan! Estamos en un cuarto con dos camas y un armario. Abrimos el cajón de la mesita donde está la lámpara. Dentro hay una nota, la recogemos y leemos: “Recuerda recoger las llaves del observatorio”. Revisamos la almohada negra que hay en una de las camas. Al levantarla encontraremos otra llave, pequeña. La recogemos. Recogemos el control remoto que hay sobre la cómoda (donde hay un apestoso calcetín colgando de un cajón que obviamente no nos llevaremos). Nos vamos.

De vuelta en el pasillo, vamos a la siguiente puerta, la cual tiene una maceta al lado con un cartel. Lo leemos: “Calabazus mínumus”. Usamos la poción de crecimiento en la maceta y obtendremos una Calabazus maximus.

Usamos la llave grande en la puerta y entramos. Estamos en la biblioteca. Hay un bhúo aparentemente disecado en una rama que nos mira con gran atención (¿realmente está disecado?).  Nos movemos a la derecha, hasta la estantería que tiene un candado. Usamos la llave pequeña con el candado y lo abrimos. Empujamos la estantería, revelando una caja fuerte oculta. Usamos el estetoscopio con la caja y la abrimos (eh, si funciona en las películas, TIENE que funcionar en un juego de aventuras). Dentro de la caja hay otra llave pequeña y dos disquetes. Nos llevamos todo. Miramos los disquetes: el 5 y ¼ dice  ALTO SECRETO y el azul, de 3 y 1/2: PROGRAMA DE COORDENADAS. Luego hablamos con el búho. ¡Lo sabía! ¡No estaba disecado! El taxidermista no hizo un buen trabajo. Nos vamos.

Vamos a la siguiente puerta a la derecha. Es nuestra habitación. Allí recogemos: el walkman que está sobre la cama (¡gran aparato!) y el martillo que está incrustado en el monitor (según el tío Einstone, fue un accidente). Abrimos el gabinete que hay bajo el teclado de la computadora. Dentro hay una cinta de vídeo (VHS). Un western que no pertenece a la colección de Ben. Lo recogemos.

Nos vamos y volvemos a bajar. Entramos en el laboratorio. Usamos el disquete de 5 y ¼  en el tostador de discos (Ben lo pondrá y el disco saltará cual tostada). Luego usamos la computadora. El programa (parece una Commodore 64) se cargará. Es el sistema para controlar un ascensor. Damos clic en SUBIR y luego salimos.

Volvemos a subir a la habitación del armario. Usamos la llave que encontramos en la caja fuerte con él, para abrirlo. ¡Dentro está el ascensor secreto! Entramos. (Espero que sea una buena idea).

Bajamos a una especie de sótano donde hay una máquina funcionando: es el sistema de aire acondicionado. Funciona con una pila. La recogemos. Usamos la pila en el control remoto. Luego, usamos la cuerda con la argolla que hay en el suelo. Ben la atará y la pondrá dentro del conducto de la pared. Bajamos por el conducto.

Vamos a dar a las alcantarillas, o un subsuelo lleno de agua, con un montón de basura en el rincón. Giramos la manivela que hay en las tuberías de la pared, para quitar el agua. Luego revisamos el montón de basura. Hay un papel sobre él. Lo recogemos y examinamos. Son los planos de otro de los locos inventos del tío. Son indescifrables para Ben, excepto por dos palabras: “asunto” y “teletransportador”.

Pulsamos el botón que hay en la parte baja de la pared (el cual descubrimos al quitar el agua). Aparecerá una escalera oculta en un compartimento.

Los aliens que estaban montando guardia afuera, en la entrada de la mansión, entrarán para buscarnos, pero como estamos allí abajo no nos encontrarán y se irán. Usamos la escalera para subir. Luego entramos a la mansión por la puerta principal.

Usamos el control remoto con la puerta sin manija (por la que sale la luz brillante). La puerta se abre y entramos.

Estamos en la sala. Recogemos la vieja radio y las tijeras que hay sobre el mueble del televisor. Miramos el aparato: es otro invento del tío, un televisor holográfico 3D. Colocamos el VHS en la videocasetera debajo de la TV. Luego la encendemos con el control remoto. Aparecerá el western en pantalla. Un indio dispara una flecha que atraviesa la TV y cae en el plato del suelo. La recogemos. ¡Una flecha auténtica! Ese televisor es demasiado tridimensional.

Subimos la escalera y usamos las tijeras en la calabaza agrandada de la maceta. Luego usamos las tijeras otra vez sobre la calabaza en nuestro inventario, para convertirla en una bonita calabaza de Halloween.

Bajamos, salimos de la mansión y, una vez afuera, nos vamos por el camino, hacia la izquierda.

En el primer cruce, tomamos el camino de la izquierda (sobre las rocas). Llegaremos a la casa de Sluggs. ¡Tiene el buzón lleno de dinamita! Llamar a la puerta no servirá de nada, ya que Sluggs se va a dormir temprano y no se despertará. Usamos las cerillas con la dinamita del buzón. ¡BOOM!

La explosión nos manda hasta la tienda de antigüedades que abre las veinticuatro horas. Nos vamos por la ruta de la derecha, de vuelta a la casa de Sluggs. Ahora estará despierto. Hablamos con él. No parece muy afectado por el hecho de que hayamos hecho volar su casa hasta Saturno. Mejor. Nos da las llaves del observatorio. Nos vamos de vuelta a la tienda de antigüedades.

Entramos en la tienda. Lo primero que notaremos es que el dueño parece bastante exaltado y entusiasmado de vernos. Nos suelta una perorata interminable sobre las cosas que tiene en la tienda y que quiere vendernos, pero nada de eso nos interesa. Pero al final nos habla del traje de buzo, que es lo único que necesitamos. El precio es algo elevado, pero podemos hacer un trueque cambiándole algún objeto antiguo que tengamos. Le decimos que tenemos algo con lo que quizá podamos negociar y le damos la flecha india. El viejo quedará fascinado (¡una flecha de queso auténtico!) y nos dará el traje. Nos vamos.

Volvemos a la casa de Sluggs y de ahí hacia la derecha, de vuelta al primer cruce frente a la mansión. Volvemos a la mansión, vamos al laboratorio y recogemos el fusible de la caja de plomos. Volvemos a salir al camino y desde ahí nos movemos a la derecha. Llegaremos a otro cruce con dos caminos: el cementerio hacia el norte y otro camino hacia el sur. Vamos hacia el camino.

Llegamos a una esquina donde hay un hippie encadenado a un farol (bueno, cosas más raras hemos visto). Hablamos con él. Habla de una manera un tanto… confusa. Parece que se encadenó al farol para evitar que los aliens lo secuestraran. De todas maneras no nos ayudará a salvar al universo. Hablamos de todo con él. ¿Con qué está jugando? Parece un Vicioboy, pero ya lo ha aburrido. Prefiere escuchar música. Le cambiamos nuestro walkman por el Vicioboy y lo dejamos feliz y contento. Nos vamos hacia la izquierda.

Llegamos al parque. Cruzamos el puente de piedra, seguimos avanzando y veremos a un alien en una cabina telefónica hablando con su nave. Un brutal rayo aparece y el alien es transportado. En realidad la cabina es un sistema de teletransportación, pero parece estar a punto de romperse. La máquina queda hecha pedazos, luego de llevarse al alien. Debemos arreglarla para llegar a la nave y rescatar al tío Einstone. Recogemos el receptor que está en el suelo y lo ponemos de vuelta en el teléfono. Si intentamos usarlo, escucharemos susurros alienígenas del otro lado. Parece que la línea quedó abierta. Nos vamos hacia la izquierda.

Llegamos a otro cruce, junto a la laguna, con un camino al norte que lleva al observatorio. Nos vamos por allí. Al llegar, usamos la llave que nos dio Sluggs con la puerta, la abrimos y entramos.

Miramos el cuadro del ovni que hay en la pared. La foto fue tomada en 1969 por… ¡Alberto Einstone! Un momento, hay algo debajo del cuadro. Descubrimos otra caja de fusibles. Falta uno. Colocamos el fusible que tomamos del laboratorio y cerramos la tapa. Subimos la escalera.

Arriba está la habitación del telescopio con la computadora que lo controla a la izquierda. Insertamos la Vicioboy en la ranura que hay debajo, para usarla como cartucho de almacenamiento. Volvemos a bajar (cuidado con el último escalón). Accionamos la palanca que hay en la pared a la izquierda, entre las plantas. Volvemos a subir. Encendemos la computadora con el interruptor. Luego insertamos el disquete azul en la unidad de disco. Miramos el telescopio. Veremos la Luna. Accionamos la palanca de la derecha, haciendo que el telescopio se mueva. Volvemos a mirar. ¡Allí está la nave alienígena! Regresamos a la computadora y miramos el monitor. Elegimos la opción:

⬛ ESCANEAR VISTA DEL TELESCOPIO

La computadora encontrará estrellas y nos dará las coordenadas de un objeto no identificado (la nave). Volvemos al menú principal y elegimos:

⬛ SALVAR COORDENADAS

La computadora grabará las coordenadas de la nave en el cartucho (Vicioboy). Salimos del programa. Apagamos la computadora. Retiramos la vicioboy. Nos vamos.

De vuelta afuera, en el cruce, miramos el cartel de la laguna.


Vamos hacia la izquierda. Nos encontramos, efectivamente, con un anciano de larga barba sentado en la puerta de su árbol-casa. Tiene toda la pinta de ser un ermitaño no del todo bien de la cabeza. Hablamos con él. Ben le contará la historia de su tío, la máquina de agujeros negros y el secuestro alienígena. Entonces nos enteraremos de varias cosas: ese viejo chalado no es otro que Yodle… ¡el que diseñó la máquina! También aprenderemos algo sobre la historia de Ben: por qué se fue a vivir con su tío Albert. Su padre era un ladrón, un canalla y Ben se fue con Albert para alejarse de su influencia. Yodle también parece saber cosas sobre el padre de Ben. Claro. ¡Yodle es su abuelo! Las sorpresas no acaban nunca, ¿eh? Yodle nos dará una ganzúa para que hagamos lo que queramos con ella.

Cuando nos pregunte qué puede hacer para ayudarnos, le decimos que nos ayude a salvar al tío y al universo. Ben le habla de la máquina transportadora de la cabina telefónica, pero como está rota, habrá que repararla. Yodle nos dice que si le conseguimos los planos para hacer esa máquina, tal vez pueda ayudarnos. Por suerte ya los tenemos. Le damos los planos que encontramos en la alcantarilla. Entonces nos dice que necesita dos cosas más: una radio y una computadora con al menos 16 Kb de memoria. Por suerte ya tenemos todo eso: le damos la radio y la Vicioboy. Yodle se encerrará en su casa a trabajar en el aparato. Debemos volver más tarde para recogerlo. Nos vamos.

Vamos todo a la derecha, de vuelta al primer cruce y de allí nos vamos al cementerio.

Caminamos a la derecha. Leemos las dos lápidas que hay allí. Parece que esos dos sujetos no están enterrados en el cementerio, ya que fueron abducidos por aliens en 1969. Nos movemos más a la derecha y veremos una abertura en la pierda cerrada por poderosos rayos láser. Junto a la entrada hay una fea estatua con una placa. La leemos. EL GUARDIÁN. Miramos la estatua. Parece que quisiera decirnos algo. Hablamos con ella, pero de poco nos va  a servir. No nos dirá cómo pasar por los rayos. Nos vamos.

Cuando lo hagamos, veremos a los aliens bajar en el cruce de la laguna y secuestrar a Yodle. Oh-oh… Volvemos de inmediato a su casa. Al llegar, encontraremos la pipa de Yodle tirada en la puerta. La recogemos y entramos.

Yodle no está en casa, pero están sus mascotas: un gran loro y una ardilla. El loro duerme y no nos dirá dónde están Yodle o la máquina. Miramos la mesa. Hay un trozo de papel. Lo leemos. Es una hoja del diario de Yodle donde cuenta su encuentro con Ben y que guardó la máquina en su caja fuerte. La pregunta es: ¿dónde está la caja fuerte? Sobre la mesa también está el plano de la máquina. Lo miramos. Yodle escribió algo en él: algunos de los objetos que usó para construir la máquina. Finalmente miramos la piedra rúnica, que tiene extraños grabados. Tiene una inscripción: “Mira. Un arándano”.

Le damos el pan mohoso al loro. Se lo comerá y se desmayará, cayendo hacia atrás, activando el sensor que hay en la pared (tranquilos, no está muerto, solo dormido). Esto activa la caja fuerte secreta, que se abre revelando… ¡la máquina teletransportadora! La recogemos y nos vamos.

Regresamos al cementerio. Nos acercamos a la estatua y hablamos con ella. Le decimos la contraseña: ¡Mira! Un arándano. Se abre la puerta de rayos y entramos.

Bajamos las escaleras hasta llegar a una puerta trancada, que no se abrirá con nada (ni siquiera las ganzúas) y un charco en el suelo. Vamos al charco (dando clic en él). Ben se pone el traje de buzo y se lanza al agua.

Nadamos hacia abajo, hasta el fondo. A la izquierda veremos una gran hélice propulsora y a la derecha un cofre cerrado. Usamos las ganzúas con el cofre, lo abrimos y recogemos la gran llave oxidada que tiene dentro. Volvemos a la superficie.

Usamos la gran llave con la puerta, la abrimos y entramos.

En esta habitación, hay un hueco en el suelo con una escalera y un interruptor detrás de una barrera de vapor que sale por una rejilla. Bajamos por la escalera. Llegamos a una suerte de sótano lleno de máquinas. Pulsamos el gran botón rojo que hay en la pared. Se enciende una luz parpadeante a la derecha, revelando un interruptor. Lo accionamos. La máquina se detiene. Volvemos a subir.

Ya no sale vapor por la rejilla. Nos acercamos y accionamos el interruptor.

Salimos y nos sumergimos de vuelta en el charco. Nadamos hasta abajo y ahora que el propulsor ya no se mueve, pasamos a través de él.

Llegaremos a una caverna subterránea con varias entradas. Abrimos la puerta de abajo y entramos.



Adivinen. Entramos en un laberinto. ¿Por qué todas las aventuras gráficas tienen que tener un laberinto? En fin, usamos el mapa para llegar a la habitación del esqueleto. Allí hay un esqueleto con una gorra de béisbol sospechosamente parecida a la nuestra y un pico con una cuerda atada. Recogemos el pico.

 




Desde allí, tomamos el camino que nos lleva al balcón, siempre siguiendo el mapa. Llegaremos a una salida en lo alto, a la izquierda, que tiene una valla. Usamos el pico y cuerda con la valla. Ben la ata y tiende un puente hasta la siguiente entrada. Cruzamos por la cuerda. No fue tan difícil, ¿verdad? Entramos.

Estamos en otro laberinto, este más largo que el primero (*suspiro*).



Debemos llegar hasta la habitación señalada con la X. Una vez allí, parecerá que llegamos a un callejón sin salida. Nos vamos por donde vinimos y entonces… una puerta se abrirá al costado, dejando salir mucha luz. ¡Pero, ¿qué?!

Al cruzar esa puerta llegaremos a otra cueva donde está el alien con forma de mantarraya que era perseguido por la nave cuando se abrió el agujero negro al comienzo del juego. Su nombre es Awlox, para más datos. Nos explicará que los aliens, comandados por su temible emperador conocido como El Jefe, le estaban dando caza con la intención de conquistar su galaxia ya que él probablemente es último de su especie. Ahora los aliens están escaneando nuestro planeta en su búsqueda. ¡Debemos detenerlos o destruirán la Tierra entera! Awlox nos dará un papel con un número telefónico y nos transportará de vuelta al cementerio. Leemos el papel. 555-5555-NAVE. ¡Haberlo sabido antes!

Nos vamos al parque. Conectamos la máquina transportadora de Yodle con los cables que hay al lado de la cabina telefónica. Luego usamos el papel con el número con el teléfono. La máquina funciona y somos transportados. Espero que sea la nave correcta.

Llegamos a la nave, a la estación de teletransporte donde hay un guardia profundamente dormido encima de la consola. Nos ponemos la calabaza de Halloween, a modo de disfraz, para que no nos descubran. Nos vamos por la puerta de la izquierda.

Pasamos a la habitación del escáner. Gracias a la calabaza, la alarma no saltará y el robot de seguridad nos dejará en paz. Nuevamente salimos por la izquierda. Llegamos a otro sector donde está el ascensor. Entramos, pero todavía no lo podemos usar. Hace falta una tarjeta de seguridad. Salimos. Regresamos a la primera habitación, con el guardia dormido. Ahora estará tendido en el suelo y su tarjeta de seguridad (de color gris) sobre la consola. La recogemos. Volvemos al ascensor.

Usamos la tarjeta en el panel. Ésta solo tiene acceso a tres lugares (señalados por tres barras horizontales brillantes).




Elegimos la barra de la columna III. Salimos a un corredor y nos vamos por la derecha. Pasamos junto a una consola (todavía no podemos utilizarla)  y entramos por la puerta. Es la sala de espera para ver al Jefe, donde hay otros aliens esperando (uno de ellos con cabeza de calabaza). En el rincón hay una máquina para sacar números. Pulsamos el botón y obtenemos un ticket. Luego lo volvemos a pulsar y obtenemos un ticket más. Lo pulsamos una tercera vez. Ben decide entonces tomar todos los tickets de la máquina. 3000 tickes después, ya los tenemos todos y la máquina queda vacía.

Regresamos al ascensor y vamos al piso del nivel IV. Entramos por la puerta de la izquierda. Estamos en los calabozos de la nave. Avanzamos un poco y veremos que Albert y Yodle están allí encerrados. ¡Hay que sacarlos! Pero la cárcel es custodiada por un imponente guardia. Cuando nos vea, nos preguntará qué estamos haciendo allí. Le decimos que el Jefe quiere verlo ahora. Se irá apresurado. Cuando lo haga, volvemos a la puerta. El guardia se dejó su tarjeta de seguridad (roja) en la ranura de la puerta. La recogemos, la usamos para abrir la puerta (insertándola en la ranura) y salimos.

Vamos al ascensor y usamos la tarjeta roja con el panel. Nos vamos al piso de la columna I. Al movernos a la derecha, nos encontraremos con el encargado de mantenimiento, reparando una puerta. Hablamos con él. Necesita abrir la puerta, pero no tiene la tarjeta correcta. Tenemos que convencerlo de que somos su ayudante. Nos dará su placa de identificación y nos pedirá que vayamos a ver al jefe para que nos de la tarjeta de acceso correspondiente. Volvemos al ascensor, usamos la tarjeta gris en el panel y volvemos a la sala de espera (columna III).

Al entrar en la sala, veremos que hay un anillo con un microchip integrado tirado en el suelo (seguramente se le cayó al guardia de la cárcel cuando destruyó la máquina de tickets). Lo recogemos.  Salimos de la sala y entonces, la pantalla de números cambiará y será nuestro turno para ver al Jefe. Entramos en su oficina.

Allí, Ben le dice al jefe que es el encargado de mantenimiento, le muestra la placa que le dio el verdadero encargado y le pide la tarjeta de acceso a la cápsula de escape (es lo que estaba reparando el encargado). El Jefe nos dice que no debemos tocar el botón rojo. Sí, por supuesto.

Volvemos al ascensor y bajamos a los calabozos. Entramos, avanzamos hasta la pared de la izquierda (pasando la consola del guardia) y usamos el anillo en la ranura, junto a la pantalla LCD. La pantalla se enciende y la leemos. Nos da la ubicación (bahía 38)  y la clave de acceso para operar las celdas: Sauna.

Nos vamos de vuelta al corredor de la columna III (usar tarjeta gris en ascensor) y vamos hasta la consola. Usamos la tarjeta roja en ella. La consola se activa, Ben ingresa la clave de acceso (“Sauna”) y accedemos al sistema. Debemos usar las flechas arriba y abajo para llegar hasta el nivel 38. Podemos ver los números en la esquina superior izquierda de la pantalla. Una vez allí, pulsamos el botón verde de la columna derecha, debajo del diagrama. Esto abrirá todas las celdas de la nave, liberando a todos los prisioneros y activará la alarma. Genial.

Volvemos al ascensor y bajamos a los calabozos, donde Yodle y el tío Albert estarán esperándonos.

A partir de ahora, solo nos resta ver el desenlace: Ben rescata a su tío y su abuelo y escapan en la cápsula de escape del Jefe, mientras la nave es destruida. Llegan a la Tierra sanos y salvos y Awlox aparece para agradecerle a Ben por haber derrotado a los malvados aliens y haberlo salvado a él, a su planeta y al nuestro. Ben está muy cansado, quiere irse a dormir… pero su tío tiene planes para mejorar el Generador de Agujeros. Oh, no… ¡Aquí vamos de nuevo! (Quédense para la escena post créditos).


Bien, amiguitos, eso es todo por ahora. Espero que esta guía les haya resultado de utilidad.


¡Hasta la próxima!


viernes, 7 de mayo de 2021

Solución completa de Seven Days a Skeptic (Chzo Mythos 2)

ADVERTENCIA: Este juego contiene imágenes de violencia y sangre pixelada. Se recomienda discreción.

¡Hola, amiguitos! Aquí estamos con la secuela del aclamado Five Days a Stranger y segundo juego de la saga Chzo Mythos creada por Ben Corshaw: Seven Days a Skeptic, lanzado en 2004.

Ambientado en un futuro muy lejano (año 2385), el juego se desarrolla a bordo de una antigua nave de exploración espacial, la Mefistófeles, que encuentra un extraño objeto metálico en forma de caja viajando a la deriva por el espacio en la galaxia Caracus. El Capitán de la nave, ignorando la orden del Alto Mando, decide entrar el objeto a la nave para analizarlo. A partir de allí, se desatará el infierno. El protagonista al que encarnamos es Jonathan Somerset, psicólogo de abordo, que tendrá que enfrentar una terrible fuerza maléfica que comenzará a acabar con sus compañeros de tripulación uno por uno a lo largo de siete fatídicos días.

El juego es, en líneas generales, bastante similar a su predecesor, pero cuenta con más detalles y aspectos más trabajados (más animación en los personajes, escenarios más grandes y complejos). Los gráficos pixelados se antojan esta vez más ambiciosos y los puzles tienen la dificultad justa (aunque no faltan algunos un poco rebuscados, como siempre). Uno de los aspectos que menos me gustó (todo hay que decirlo) es el sistema de juego mediante el cual utilizamos el menú y las acciones, aunque al final no es tan terrible y es fácil acostumbrarse a él.

Como cabe suponer, al tratarse de una aventura de terror, es un juego con bastantes “dead ends” (sobre todo al acercarse al final), por lo que es recomendable grabar la partida con regularidad.

Ahora, sin más preámbulos, comencemos.


LUNES

Empezamos en nuestra oficina, hablando con William Taylor, el médico de la nave, que nos está relatando un extraño sueño sobre hombrecitos verdes.

Cuando se marche, miramos los títulos que cuelgan de la pared y luego salimos de la oficina. En ese momento, escucharemos un mensaje por los parlantes: llaman a todo el personal de la nave a reunirse en la sala de conferencias en el muelle de operaciones, por orden del Capitán Barry Chahal. Antes de subir al ascensor, nos encontraremos con Adam Gilkennie, el ingeniero y nos iremos juntos.

Apareceremos en la sala de reuniones, con el Capitán y el resto del personal. El Capitán explica la situación: al parecer los sensores de la nave han detectado algo flotando en el espacio: algo prefabricado. Un extraño objeto metálico rectangular. Parece una especie de contenedor. Barry decide recogerlo con los ganchos cuando el objeto esté cerca, pese a la recomendación del Alto Mando de no hacerlo.

Cuando termine la reunión, al salir al pasillo, el Capitán nos llamará para decirnos que necesitará de nosotros cuando alcancemos el objeto. Después de todo, somos el psicólogo de la nave, tenemos que estar presentes en un momento como ese, un escenario potencial de primer contacto. El Capitán nos dice que paremos por su camarote para charlar un rato hasta que llegue el momento de ingresar el objeto a la nave.

Antes de seguirlo, echamos un vistazo al mapa que hay en la pared: es una guía muy útil para saber cómo está dispuesta la nave y dónde nos encontramos nosotros (que apareceremos señalados con una cruz roja parpadeante).



En este momento nos encontramos en el puente del muelle de operaciones. Abrimos la puerta del medio y entramos en el puente, donde estará Serena Kyle, la navegante, sentada ante la consola de comunicaciones. Hablamos con ella de todo. Luego, tocamos el botón del panel que está junto a la puerta de  la izquierda: es el camarote del Capitán, que nos dirá que pasemos.

Cuando hablemos con él, le preguntamos qué piensa que es el objeto. Luego, le preguntamos si ya le hacemos falta. Nos dirá que aún no. Mientras tanto, ¿por qué no volvemos a nuestro despacho a terminar el trabajo que tengamos atrasado?  Buena idea.

Salimos del despacho y regresamos al pasillo. Allí entramos por la puerta de la izquierda, que es el ascensor. Al hacerlo, aparecerá un panel con varios botones, que nos llevarán a las distintas secciones de la nave. Nos vamos a la zona comunitaria (señalada con el símbolo de dos personas). Nos vamos a la derecha, de vuelta a nuestro despacho. Examinamos (usamos) nuestro escritorio. Sería buena idea ponernos al día con los expedientes de la tripulación, por si este fuese un primer contacto extraterrestre. Pero entonces, Serena nos avisa por los parlantes que nos presentemos inmediatamente en la bahía de carga. Eso fue rápido.

Volvemos al ascensor y bajamos hasta la cubierta de ingeniería (señalada con una llave inglesa). Avanzamos a la derecha, hacia el núcleo del reactor (no vamos a tocarlo con las manos desnudas, claro) y luego otra vez a la derecha, hasta la bahía de carga.

Allí estarán Barry, Adam y Ángela Garret, la primer oficial. Y el objeto recién recogido, por supuesto. ¿Qué es? Una caja, aparentemente. Tiene pinta de ser una especie de ataúd metálico, hecho de una aleación de plomo y otros metales. Ángela va a proceder a abrir el objeto, pero entonces John nota algo: hay una placa en uno de los lados. Al observarla más de cerca, confirmamos nuestras sospechas: sí se trata de un ataúd. “Aquí yace John DeFoe, descansando finalmente. No perturbar su sueño.” Debajo hay una fecha y un símbolo grabado. Un símbolo con forma de sombrero. Extraño. Pero no se trata de un objeto alienígena (lástima), así que el asunto carece de importancia para la tripulación. El Capitán se va a ponerse en contacto con el Alto Mando para explicarle la situación. De todas maneras, ¿cómo han terminado unos restos humanos flotando por la Galaxia Caracus? Al parecer, a principios del siglo XXI estuvieron de moda los funerales espaciales. Aun así, es raro que el sarcófago haya llegado tan lejos… Da igual, no es extraterrestre, así que hay que dar el asunto por zanjado. Aunque…


MARTES

Despertamos en nuestro camarote (el cual compartimos con Adam), sobresaltados luego de una espantosa pesadilla. Al levantarnos, notamos algo: hay mucho silencio. Los motores de la nave parecen estar apagados.

Salimos del camarote al pasillo del área residencial (adornado con bonitas plantas de plástico). Allí también están los camarotes de Ángela y Serena (a la izquierda)y el del doctor William (en el medio). Vamos a usar el ascensor, pero este no parece funcionar.

Entramos por la puerta de la pared derecha y vamos a dar al comedor, donde está Adam desayunando. Hablamos con él. Le preguntamos por qué los motores no están en marcha. Probablemente no sea más que un apagón temporal. Le decimos que el ascensor no funciona. Ya lo sabe. No puede arreglarlo, porque el panel está dentro. ¿Y el hueco del ascensor? Adam parece molestarse. ¿Acaso le estamos diciendo cómo hacer su trabajo? Luego le preguntamos dónde está todo el mundo, pero no tiene mucha idea. Tampoco parece tener muchas ganas de hacer su trabajo, por lo que se ve. Vamos al expendedor de comida (el aparato de la pared derecha) y ordenamos un desayuno continental (también podemos ordenar un inglés completo y zamparlo sin mayores consecuencias). Usamos el desayuno con la barra para comerlo. John se sentará al lado de Adam y comerá todo, excepto la mantequilla, que no le gusta.

Volvemos a nuestro camarote (tenemos que usar nuestra tarjeta de acceso en el panel al lado de la puerta para poder entrar) y recogemos el juego de llaves que hay sobre la mesa.

De vuelta al comedor, usamos las llaves con la escotilla de la pared. John la quitará, abriendo un hueco por el cual pasamos (usando la mano sobre él). Daremos a un túnel por el cual avanzamos hacia la izquierda, pasando por otra abertura que nos llevará al hueco del ascensor, que está justo bajo nuestros pies. Hay algo (un objeto alargado) incrustado en las poleas, atascando el mecanismo. Usamos la mantequilla en el objeto para lubricarlo y poder extraerlo y lo recogemos. Es algún tipo de antigua arma blanca. ¿Acaso esas manchas son sangre? Lo examinamos en nuestro inventario. Vemos que, en efecto, es un arma blanca grande, como un machete, que resulta extrañamente familiar.

Volvemos al túnel (haciendo clic con la mano sobre el hueco) y una entonces una puerta de seguridad se cerrará y ya no podremos acceder al hueco del ascensor. Ni falta que hace. Volvemos al comedor. Le enseñamos el machete a Adam. Parece impresionado, pero no demasiado. Más bien, parece nervioso. Le decimos que vamos a buscar al resto. ¿Él viene? No, se quedará allí. Como quiera. Regresamos al pasillo y ahora sí podemos usar el ascensor. Nos dirigimos a la zona comunitaria.

Allí hay tres puertas: la sala de juegos, la enfermería y nuestro propio despacho. Entramos a la enfermería (la puerta derecha al lado de la sala de juegos), donde estará William. ¿Cómo llegó ahí si el ascensor estaba estropeado? ¿Acaso pasó en la enfermería toda la noche? Le enseñamos el machete. Se impresiona bastante, nos dice que nos deshagamos de él.

Usamos el ascensor para subir al muelle de operaciones (señalado con el círculo con la línea curva debajo) y entramos al puente (la puerta del medio). Allí estarán Serena y Ángela. Nos dicen que el Capitán ha desaparecido. Y que no logran establecer contacto con el Alto Mando. Para colmo, no logran aislar la causa del apagón. ¿Dónde está Adam? En la comedor, enfurruñado. Actúa como si nada le importara. Aunque, en realidad, parece que algo le asusta.

Volvemos al comedor y hablamos con Adam, diciéndole que los comunicadores no funcionan. ¿Tiene idea de qué puede causar la falla? Si no es por el apagón, entonces debe haber algo atascado en las antenas de la nave. ¿Puede arreglarlo? Adam nos pide que salgamos y echemos un vistazo por él. Evidentemente no tiene ninguna gana de hacer su trabajo. ¿Acaso algo le da miedo? Da igual. Adam nos da la tarjeta de acceso a la cámara de vacío.

Bajamos a la bahía de carga. Vemos que la caja metálica está abierta. Analizándola con la mano, descubrimos que está vacía del todo. No sabemos si esto nos alivia o nos defrauda.

Usamos la tarjeta que nos dio Adam con la puerta redonda de la derecha y entramos en la cámara de vacío. Una vez allí, pulsamos el interruptor de la izquierda, para cerrar la compuerta. Luego, abrimos el armario. Dentro hay un traje EVA, el cual nos ponemos (John entrará al armario y se cambiará). Luego, pulsamos el interruptor de la derecha. Se abrirá la compuerta que da al exterior de la nave. Salimos.

Aquí afuera debemos tener cuidado. Tenemos que engancharnos a los raíles de seguridad cada vez que queramos movernos, o de lo contrario saldremos volando al espacio exterior. Usamos el clip que viene con nuestro traje (aparece en el inventario) con la barra horizontal y nos enganchamos. Caminamos hasta las escaleras de la derecha. Para desenganchar el traje, damos clic con la mano sobre el raíl. Luego, enganchamos el clip en la barra vertical que está al lado de la escalera y subimos por ella (dando clic con la mano).

Llegamos a lo alto de la nave. Las manchas de sangre de la escalera debieron darnos una idea de lo que ocurre: el Capitán está muerto, ensartado en las antenas como una salchicha en un tenedor. Parece que la pesadilla que tuvimos la noche anterior se ha vuelto realidad.


MIÉRCOLES

Estamos en la sala de reuniones con toda la tripulación. John pone el machete ensangrentado sobre la mesa e informa que el Capitán está muerto. Parece que alguien (o algo) lo atacó y Barry intentó huir, saliendo de la nave, pero el asesino le dio alcance. Pero… ¿quién pudo haber sido? Somos los únicos a bordo de la nave y ninguno de nosotros hubiera sido capaz de hacer semejante cosa… ¿verdad? Además… John informa que la caja metálica está abierta. ¿Acaso algo salió de ella y mató al Capitán? ¡Ridículo! Lo importante ahora es restablecer las comunicaciones y comunicarse de nuevo con el Alto Mando.

Luego de la reunión, que acabará con el doctor William huyendo a su habitación y Serena volviendo a la consola, bajamos de nuevo a la bahía de carga. Volvemos a salir por la esclusa de vacío, igual que antes.

Una vez fuera (recordando siempre engancharnos a los raíles de seguridad), volvemos a subir a la torre de comunicaciones. Allí descubriremos que el cadáver de Barry ha desaparecido. ¿Cómo es posible? Estamos comunicados con Serena mediante la radio y le informamos de lo que sucede. Y entonces… escuchamos algo. Como unos golpes o movimientos bruscos que salen por la radio. ¿Serena? ¿Se encuentra bien? No hay respuesta. Demonios.

Volvemos a bajar. Pero antes de entrar a la nave, seguimos bajando por la escalera. Llegaremos a una de las turbinas, que a pesar de estar apagada, sigue emitiendo vapor de plasma. También vemos que hay algo enganchado en uno de los remaches. Es un llavero. Desde donde estamos no podemos alcanzarlo (el gancho de seguridad no nos permite acercarnos). Así que nos movemos todo a la derecha, hasta quedar justo encima del llavero, en línea recta. Nos desenganchamos del raíl y usamos el clip con el llavero para recogerlo. ¡Es el llavero del Capitán! Se le cayó en la huida y terminó enganchado allí. Volvemos a engancharnos en el raíl y subimos por la escalera para entrar de vuelta en la nave.

De vuelta en la cámara de vacío, pulsamos el interruptor de la derecha para cerrar la puerta exterior. Luego, abrimos el armario y nos cambiamos, recogiendo el uniforme (John volverá a entrar para cambiarse). Pulsamos el interruptor de la izquierda y salimos.

Subimos al muelle de operaciones y entramos al puente. Serena ya no está en la consola. Su silla se encuentra volcada en el suelo. Ángela también está allí buscándola. También nosotros iremos a buscarla. Ángela nos pide, ya de paso, que busquemos el libro de códigos del Capitán. Es esencial para poder utilizar la consola y enviar un mensaje de auxilio al Alto Mando. Usamos la tarjeta que encontramos afuera (la que tiene el aro) con el panel de la puerta izquierda y entramos en el camarote del Capitán. Allí vemos un libro sobre la cama. Lo recogemos. Se trata del libro de claves.

Volvemos al puente y le damos el libro a Ángela. Ella lo usará para enviar un mensaje de auxilio con la consola a todas las naves cercanas. Entrará en contacto con la nave Charisma que nos dirá que llegará a nuestra posición en cinco días… ¡Cinco días! ¡Tenemos que esperar cinco días hasta que nos rescaten! ¡Y con un psicópata a bordo! Bueno, supongo que es mejor que esperar indefinidamente. En eso, Adam irrumpe en el puente. ¡Ha visto al Capitán! ¿O sea, su cuerpo? ¡No! ¡Barry está vivo! Lo ha visto en la cubierta de ingeniería, andando de manera extraña, con la ropa manchada de sangre. Pero eso no tiene ningún sentido. Ángela nos pide que acompañemos a Adam de vuelta al camarote.

Pero allí, Adam insistirá en que el Capitán sigue con vida… aunque ya no es nuestro Capitán. ¿De qué habla? Un nuevo Capitán gobierna la nave.


JUEVES

Volveremos a despertar sobresaltados en nuestra litera. Otra espantosa pesadilla. Afortunadamente, Adam sigue con vida, duerme en la cama de arriba.

Luego, estaremos en la sala de reuniones con Ángela y Adam. Serena sigue sin aparecer. William llegará un poco más tarde. Al informarle de ambas desapariciones (la del Capitán y la de Serena), el doctor deslizará la posibilidad de que John tenga algo que ver con ellas. Después de todo, él estaba en el momento adecuado y en el lugar adecuado en cada ocasión. ¡Pero esto es ridículo! Si cuando desapareció Serena estábamos afuera de la nave. El doctor, apenado por habernos acusado sin razón, regresará a la enfermería. En cuanto a nosotros, será mejor que sigamos buscando a Serena.

Salimos de la sala y en el pasillo nos la encontraremos precisamente a ella: ¡Serena! Pero huirá de nosotros, metiéndose en el ascensor. ¿Qué está pasando? Entramos al puente y hablamos con Ángela. Le decimos que acabamos de ver a Serena. ¿Estamos seguros de eso? Bueno… mejor seguiremos buscando.

Bajamos a la zona residencial. Uf, estamos hambrientos. Llevamos dos días sin comer. Entramos en el comedor y usamos el dispensador de comida para pedir un almuerzo. ¡Pero qué demonios! ¡La bandeja está llena de sangre! Parece que hay algo atascado en el dispensador. Usamos las llaves inglesas con el aparato para desobstruirlo… y una mano humana caerá al suelo. Una mano de mujer. Creo que podemos reconocerla: Serena.

Subimos al área comunitaria y vamos a la enfermería. Le enseñamos la mano al doctor William. ¡Qué horror! John le dirá que la encontró atascada en el dispensador de comida, pero que no ha encontrado ningún rastro de sangre. William nos dará una linterna de luz ultravioleta para buscar rastros de fluidos biológicos y le dejaremos la mano a él.

Regresamos al comedor. Usamos la linterna con el dispensador. El rastro llevará a la trampilla del túnel del ascensor. Entramos por la trampilla. Allí usamos la linterna con el muro del túnel. El rastro subirá hasta la rejilla de ventilación. Volvemos a subir al área comunitaria y usamos la linterna con la rejilla en el suelo del pasillo. Llevará al panel que hay en la pared, al lado de la puerta de la sala de juegos. Usamos las llaves inglesas con el panel para abrirlo… ¡y encontraremos el cuerpo de Serena, brutalmente mutilado! Pero entonces, Serena aparecerá, saliendo de nuestra oficina, vivita y coleando. ¡¿Qué demonios está pasando?! Serena volverá a la oficina. En eso, llegará Ángela, saliendo del ascensor.


VIERNES

Ángela nos encerrará en la celda del muelle de ingeniería y activará los barrotes de rayos. Todas las pruebas de los asesinatos apuntan hacia nosotros… aunque en realidad no hay ninguna prueba, simplemente fuimos nosotros quienes encontramos los cadáveres. Es una conexión vaga, pero Ángela prefiere ser precavida y encerrarnos hasta que llegue el rescate. Recogemos el palo del toallero que hay en la celda. También conviene guardar la partida en este momento.

Hablamos con Ángela. Le decimos que mientras nosotros estamos ahí encerrados, el verdadero asesino sigue suelto. ¿A quién tenemos calado como auténtico asesino? Creemos que hay alguien más a bordo. Pero, ¿cómo podría haber subido otra persona a bordo? Los escáneres de la nave no detectan a nadie. Pero… ¿y si no fuere una entidad física? Ángela no nos creerá, pensando que decimos patrañas. Entonces, alguien entrará a la habitación. ¡El Capitán! ¡Ángela, detrás de ti!

Demasiado tarde. Barry la asesinará antes de que ella pueda reaccionar. El arma se le caerá de las manos y terminará en el suelo, al lado de la celda. El Capitán desactivará los barrotes. Rápidamente, tenemos que tomar el arma y dispararle. No se trata de un arma común, es más bien un neutralizador, que nos dará unos segundos de ventaja. Y no, antes de que pregunten: hacer que Barry entre en la celda, noquearlo y activar los barrotes no servirá de nada. No lo podemos encerrar.

Salimos y vamos al cuarto del reactor. Nos escondemos detrás de la tubería vertical que hay en la pasarela. El Capitán no tardará en aparecer. Como no nos verá, se acercará a la barandilla de la pasarela, mirando hacia abajo. Aprovechamos la ocasión para darle un golpe con el palo del toallero, haciendo que caiga al vacío. Estamos a salvo. Por ahora.

Subimos al área residencial, vamos al comedor y entramos por la trampilla. En el túnel estará Adam, acurrucado, aterrorizado. Hablamos con él. Le decimos que el peligro ya pasó, que Barry está muerto, que nos reuniremos con los demás en el puente para decidir qué hacer. Cuando Adam salga del túnel, nosotros también salimos, regresamos al pasillo y tocamos el timbre del camarote de William (el del medio). El doctor ha estado encerrado allí todo este tiempo, muerto de miedo, pero le decimos lo mismo que a Adam: que el peligro ya ha pasado. ¿Saldrá de allí por fin? Sí, se reunirá en diez minutos con nosotros. Tomamos el ascensor para subir al puente.

Estaremos en el puente los que quedamos: nosotros, Adam y William. Luego de discutirlo un momento, decidimos que lo mejor es abandonar la nave en una de las cápsulas de escape, pero las tarjetas de acceso a las cápsulas las tenía el capitán. Excepto una, la de la cápsula C, que la tiene el doctor. De todas maneras, debemos recoger provisiones y preparar las cápsulas para la salida, lo que llevará algunas horas. Aprovecharemos ese tiempo para dormir.


SÁBADO

Estamos en la sala de cápsulas con Adam, que se camina de un lado a otro como un león enjaulado, cada vez más nervioso. William no aparece. ¿Por qué tarda tanto? ¡Ya debería estar aquí! Tranquilo, iremos a revisar.

Bajamos a la zona residencial. ¿Qué demonios? ¿Qué es eso que sale por debajo de la puerta del camarote de William? Nos acercamos a observar. ¡Es sangre! Tocamos el timbre. No hay respuesta.

Volvemos a subir a la sala de cápsulas. Hablamos con Adam y le decimos que William no va a venir. Hay sangre saliendo por debajo de su puerta. Luego de decimos que William podría seguir con vida. No podemos dejarlo así sin más. Pero Adam insiste en que está perdido. Le preguntamos si está lista la cápsula de escape. Lo está, pero ese no es el problema. La tarjeta de seguridad sigue en el camarote de William… cuya puerta está cerrada y no puede abrirse por fuera. ¿Hay alguna manera de abrir esa puerta? Al parecer la hay: la consola en el camarote de Barry puede anular los sistemas de seguridad. Entonces solo hay que usar la consola para anular el sistema. Pero no es tan fácil: hace falta una clave de seguridad. Y Adam no la conoce. Tal vez haya algo en la habitación de Barry que nos ayude a descubrirla.

Vamos al camarote del Capitán. Usamos la consola de la pared. Tendremos que acceder escribiendo la palabra “captain” y luego el código de acceso de seis cifras: 280730. Accedemos así a un menú con dos opciones:

1) Recoger las antenas durante cinco minutos.

2) Desactivar la seguridad del muelle residencial.

Elegimos la opción 2, escribiendo el número en la barra de abajo y dando clic al botón OK. Para salir de la consola, volvemos a pulsar el botón OK.

Bajamos a la zona residencial. Entramos al camarote de William. ¡Dios mío! ¡Qué horror! El cuarto es un matadero. Hay pedazos de cuerpos humanos desparramados y sangre por todas partes. En el suelo, sobre la alfombra, hay una aberración monstruosa hecha con pares de cuerpos cosidas entre sí. ¿Qué has hecho, William? John recogerá la tarjeta. Salgamos de aquí.

Subimos de vuelta al puente. Antes de entrar a la zona de cápsulas, conviene grabar la partida, porque esta parte puede ponerse difícil.

Entramos en la sala y le decimos a Adam que tenemos la tarjeta y de paso le contamos lo que vimos en el camarote de William. Y entonces, de manera accidental, Adam deslizará que él abrió la caja. ¡Adam la abrió! Pero, ¿por qué? Según él tuvo una horrible pesadilla: algo salía de la caja y los mataba a todos. Se despertó horrorizado. Tenía que asegurarse de que la caja no contenía nada peligroso. ¿Y qué había en la caja finalmente? Eso es lo raro: no había restos humanos. Tan solo una máscara de soldador, un delantal de cuero y un machete. Además de un extraño muñeco de madera. Y una carta puesta encima de todo eso. Adam le da la carta a John y comenzamos a leerla.

Nos enteramos que fue escrita por un agente de una oscura organización gubernamental. El nombre del agente es clasificado, pero dice que se lo conoce como… Trilby. Sí, Trilby, el ladrón de guante blanco que en 1993 entró a robar a la mansión DeFoe y quedó encerrado en ella con otras cuatro personas viviendo una espantosa pesadilla que se extendió por cinco días.. Trilby cuenta en la carta cómo se deshizo del mal que habitaba en la casa (el hijo deforme y brutalizado de Sir Roderick DeFoe, al que Trilby llamará John solo para darle un nombre) y cómo este nació en primer lugar: cuando Roderick asesinó a su hijo a golpes con la estatuilla africana del ídolo que estaba en la caja, el odio y el alma corrupta de John se transfirió a ella. Trilby fue apresado por las autoridades en 1995 y, a cambio del perdón, comenzó a prestar sus servicios en el Proyecto de Talentos Especiales. Cuando a comienzos de 1997, Simone Taylor (la mujer que había quedado encerrada en la casa junto con Trilby) fue asesinada con una enorme arma blanca, Trilby comenzó a investigar sobre la mansión y la familia DeFoe. Al parecer, la estatuilla del ídolo sobrevivió al incendio que consumió la casa, luego de que Trilby, Simone y Jim escaparan, fue encontrada por algún saqueador y pasó de mano en mano en el mercado negro del tráfico de antigüedades. Trilby logró hacerse con la estatuilla y decidió ponerle fin de una vez y para siempre. Pero quemarla no serviría de nada. En septiembre de 1997 una sonda espacial sería lanzada para explorar el espacio exterior. Trilby decidió mover sus influencias dentro de la agencia para poder llegar a contactar con la NASA y enviar la estatuilla y las demás pertenencias de John DeFoe al espacio. La caja ha estado flotando desde entonces… hasta que la nave la encontró, siglos después. El final de la carta dice que si damos con la caja, hay que enviarla de vuelta al espacio inmediatamente.

¿Por qué Adam no hizo lo que decía la cara y arrojó la caja de vuelta al espacio? Porque no creyó que lo de la cara fuese verdad. Simplemente devolvió las cosas a su lugar, cerró la caja y se fue a dormir. Ya habrá tiempo de discutir esto más tarde. Ahora hay que salir de aquí. John le dará la tarjeta a Adam y este abrirá la compuerta de la cápsula C. Pero no habrá ninguna cápsula, solo espacio vacío. ¡Corra, John!

Adam será succionado por la abertura y saldrá volando. John intentará correr, pero el vacío tirará de él, aunque logrará sujetarse a la palanca de la cápsula B. Ahora hay que ser rápido: accionamos la palanca de la cápsula C para cerrar la compuerta. Solo tenemos unos segundos antes de ser aspirados, así que hay que actuar de prisa. (¿Se entiende por qué conviene grabar la partida antes de entrar en la habitación?)


DOMINGO

Estamos en la enfermería, atados en la silla. William está allí y su aberrante creación frankenstiana también. ¿Qué está haciendo, por el amor de Dios? Podemos hablar con él, pero no habrá manera de convencerlo. Está totalmente loco o bajo la infuencia de John DeFoe, que vendría a ser lo mismo a estas alturas.

Hay que actuar de prisa: tenemos que movernos para liberar una mano. Para lograrlo, debemos dar clic tres veces con la mano sobre nosotros mismos. John se moverá un poco cada vez, hasta lograr liberar la mano. Debemos esperar a que William coloque el bisturí sobre la mesilla metálica y regrese al botiquín. Entonces lo recogemos. Cuando vuelta a acercarse, usamos el bisturí con él, clavándoselo en la pierna. John saldrá corriendo a toda velocidad.


MÁS TARDE

Estamos ocultos en el túnel del comedor. Solo quedamos nosotros. ¿Por qué tuvimos que subir esa maldita caja a la nave? La nave Charisma llegará pronto. Tenemos que hacer algo. Algo que no sea esperar sentados a que nos maten.

De pronto, se escuchan unos golpes en la trampilla. Al salir del túnel veremos a William tendido en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y la cara cubierta de sangre. No tiene ojos. El monstruo los necesitaba. ¿Dónde está ahora? Vagando por la nave, buscando más víctimas. Tenemos que encontrar una manera de destruirlo. Pero, ¿cómo? Antes de morir y con su último suspiro, William nos da una idea.

Recogemos el arma que hay tirada en el suelo y salimos.

El ente malvado estará vagando por la nave así que será mejor moverse con rapidez (y guardar la partida antes). El arma no lo matará, como ocurría con Barry, solo lo neutralizará unos segundos.

Subimos al camarote del Capitán. Usamos la consola una vez más. Ingresamos la palabra “capitán” y la clave numérica de acceso. Luego, elegimos la opción 1 (bajar las antenas por cinco minutos).

Bajamos a la bahía de carga y nos metemos en la cámara de vacío. Cerramos la compuerta con el interruptor. Abrimos el armario, nos ponemos el traje EVA y nos paramos al lado del interruptor de la derecha. Esperamos a que nuestro amiguito enmascarado entre en la cámara y entonces accionamos el interruptor. Ambos saldremos volando.

Estaremos en la pasarela exterior de la nave, del lado derecho y DeFoe del lado izquierdo. Todavía vivo. ¡¿Cómo puede ser posible?! John se enganchará al raíl de seguridad. Subimos la escalera y caminamos hacia la plataforma de las antenas. Tenemos que lograr que DeFoe nos siga y pase también por la plataforma. Entonces las antenas volverán a subir y quedará ensartado en ellas como Barry al principio de la aventura (obviamente tenemos que tener cuidado de no quedar clavados nosotros también). ¡Toma eso! ¡Es el fin!

Pero no tan rápido. El ídolo de madera ha caído al suelo. El ídolo es la verdadera fuente del mal, no el cuerpo deforme que yace atravesado en las antenas. Tenemos que destruirlo. Bajamos la escalera dos veces, hasta la turbina de plasma y arrojamos el ídolo en ella, evaporándolo.

Ahora sí, el mal ha sido destruido para siempre. En ese momento, llegará la nave Charisma. Se acabó.

Entramos nuevamente a la nave, guardamos el traje EVA y al salir a la bahía de carga, nos estarán esperando dos tripulantes de la Charisma. ¿Qué demonios ha pasado aquí?

Ahora solo nos resta ver el epílogo, con un giro final que, honestamente, no viene a cuento de nada y poco aporta al desarrollo del juego. No voy a revelarlo, será mejor que lo vean por ustedes mismos. Solo diré que M. Night Shyamalan estaría orgulloso.


Muy bien, amiguitos, eso es todo por ahora. Espero que esta guía les haya sido de utilidad.

¡Hasta la próxima!

sábado, 8 de noviembre de 2008

Zorgs

I. VIAJE FRUSTRADO

1

Todo comenzó con una llamada de Elliot Herman, en la que me dijo:
—Fede, ya puedes venir. La nave está lista.
Al principio no le creí. Había estado hablando de aquella nave desde hacía meses, desde que la idea (según él) se le había ocurrido mágicamente de la noche a la mañana, y había estado trabajando en ella durante todo ese tiempo de manera incansable, aunque sin develarnos mucho sobre el proceso. Cada vez que alguno de nosotros le preguntaba: “Elliot, ¿cómo va la nave?”, él respondía “Bien, bien” y no decía nada más. Era como si pensara que nosotros, al preguntárselo, nos estábamos burlando de él. Tal vez, en el fondo, era así, pero no era con mala intención. Era simple incredulidad. Ninguno de nosotros creía que Elliot Herman, a pesar de toda su capacidad e inventiva, fuera capaz de construir una nave que lo llevara a Marte.
Pero, al parecer, lo había hecho.

Era un sábado radiante y soleado de primavera. Llegué a la casa de Elliot alrededor de las once de la mañana. Tuve que tocar el timbre tres veces para que Elliot me abriera, porque estaba en el jardín. Cuando entré, me encontré con que Melina y Juancho ya estaban ahí.
Elliot me hizo pasar al jardín, evidentemente, muy entusiasmado, hablándome sin parar de su reciente invento. Yo le estaba prestando atención, pero en cuanto salimos al jardín, dejé de oírlo.
Delante de mí, con las cuatro ruedas apoyadas sobre una especie de plataforma de metal, estaba la vieja furgoneta Mark II del padre de Elliot, la que desde hacía casi veinte años que no usaba y que aún guardaba en el garaje, como una reliquia proveniente de un pasado remoto.
Era la misma camioneta que yo había visto antes, no me cupo la menor duda, pero por supuesto, su aspecto no era el usual. Tenía una especie de aleta que le salía del techo, en la parte trasera y dos aletas más en los flancos. Junto a ellos, de cada lado, había un tanque grande, que seguramente, era de combustible, conectado con un tubo plateado. La carrocería entera parecía estar más elevada, como si Elliot hubiese colocado amortiguadores demasiado grandes. Las ventanillas, antes traslúcidas, ahroa eran completamente negras. Cuando la ví por última vez, la Mark II era de un color crema sucio, lleno de manchas de óxido. Ahora, lucía un vistoso color azul eléctrico que destellaba bajo la luz del sol y hacía juego con los cromados de los guardabarros y los tanques de combustible. También vi el nombre con el que Elliot la había bautizado, escrito en letras amarillas sobre la puerta: DANEEL I. Daneel, en honor al célebre robot de las novelas de Isaac Asimov, que era el autor favorito de Elliot.
Elliot, a mi lado, tenía una mirada de orgullo y emoción. Parecía un padre que ve a su hijo recibiéndose cono honores y está a punto de romper en llanto.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Es... —murmuré—. Es... increíble.
No pude decir nada más. Estaba atónito.
Melina había llevado su cámara fotográfica digital Phillips y sacó una fotografía a la furgoneta. Seguramente, ya había sacado unas cuantas antes de que yo llegara.
—¿Ya la probaste? —pregunté.
—No, todavía no —respondió Elliot—. Hice algunas pequeñas pruebas aquí mismo en el jardín, pero todavía no la usé para ningún viaje.
—¿Y piensas hacerlo? —pregunté.
—Claro —respondió él. Nos miró a los tres—. Por eso los llamé. Quería que me acompañaran en el primer viaje tripulado a Marte.
Melina, Juancho y yo, intercambiamos una mirada.
—¿Quieres que vayamos a Marte contigo? —preguntó Juancho.
—Sí —dijo Elliot—. Es un viaje demasiado peligroso para que lo haga solo. Necesito una tripulación.
—Pero no creo que estemos preparados —dije yo—. Se supone que las tripulaciones espaciales pasan meses entrenándose. Ninguno de nosotros es piloto.
—Lo sé, pero no es tan difícil como parece —dijo Elliot—. No crean todo lo que ven en las películas. Volar al espacio es más fácil de lo que parece. Y les aseguro que una vez abordo, no van a tener que realizar ninguna tarea complicada.
—Pero, ¿por qué Marte? —preguntó Melina—. ¿Por qué no un lugar más cercano, como la Luna?
Elliot hizo una mueca de desdén.
—La Luna ya pasó de moda —dijo—. Si estuviésemos en los años veinte o incluso en los sesenta, sería lo adecuado. Pero en el siglo veintiuno, no se puede pensar en la Luna. Hay que ir más lejos. Y Marte es la mejor opción. Después de todo, ningún ser humano ha puesto un pie en él hasta ahora.
Melina sacudió una mano.
—Sigue pareciéndome demasiado peligroso —dijo.
—No hay por qué tener miedo —replicó Elliot—. En serio. El Daneel I es perfectamente seguro.
Volvimos a mirarnos.
—Pero, esperen —dijo Juancho—. Yo no sé mucho de astronomía, pero me parece que Marte queda bastante lejos de La Tierra. ¿Cuánto tardaríamos en llegar en una nave como la Daneel?
—De hecho, la distancia entre La Tierra y Marte depende de las posiciones relativas de estos dos planetas —explicó Elliot con aquella voz de académico que ponía siempre que exponía algo que sabía a la perfección. Resultaba un poco irritante, aunque yo ya estaba acostumbrado—. Marte está más lejos de la Tierra cuando se encuentra en conjunción y más cerca cuando se encuentra en oposición. Se dice que Marte está en conjunción cuando desde la tierra lo vemos en el mismo sentido que el Sol. En cambio, se dice que Marte está en oposición cuando desde la Tierra lo vemos en sentido opuesto al que vemos al Sol. Cuando un planeta está en oposición es visible durante toda la noche.
“Como es natural, los lanzamientos de sondas espaciales se preparan aprovechando las oposiciones de Marte para que la distancia a recorrer sea menor. Marte entra en oposición con la Tierra una vez cada 1,88 años, aproximadamente. Como la órbita de Marte es muy elíptica y la de la Tierra es prácticamente circular, la distancia entre estas dos órbitas varía. Si la oposición ocurre en el afelio la distancia Tierra-Marte es de unos ciento dos millones de kilómetros; en cambio, si la oposición ocurre en el perihelio la distancia Tierra-Marte es de cincuenta y nueve millones de kilómetros... Por si no lo sabían, el afelio es el punto de la órbita marciana más alejado del sol, y el perihelio es el punto de la órbita más próximo al sol. En estos momentos, Marte se encuentra en oposición a la Tierra y, además, cerca del perihelio. O sea, que la distancia entre ambos planetas es, como dije, de unos cincuenta y nueve millones de kilómetros. La Daneel I viaja a unos once kilómetros por segundo cuando alcanza su velocidad máxima. Quiere decir que tardaríamos algo más de sesenta y dos horas en llegar a Marte... No llegan a ser tres días. Claro que todos estos son cálculos aproximados.
Juancho hizo una mueca.
—Es demasiado tiempo —dijo—. No creo que quiera ir. Tengo muchas cosas que hacer y poco tiempo para hacerlas.
Los ojos de Elliot mostraron desilusión tras las gruesas gafas que resplandecían bajo el sol primaveral.
—¿Qué cosas? —preguntó—. ¿A esta altura del año? Se supone que las clases ya terminaron.
—Sí, pero tengo que estudiar para los exámenes —repuso Juancho—. Y no creo que pueda estudiar en esa lata mientras flotamos en el espacio... Además, ten en cuenta que tardaríamos casi tres días en llegar a Marte. Para volver a la Tierra, tardaríamos lo mismo, o sea, que en total serían casi seis días de viaje. A eso, hay que sumarle el tiempo que permanezcamos en el planeta... Redondeando, podría ser un viaje de una semana entera. Es demasiado.
Elliot suspiró y bajó los hombros. Parecía que había dado la batalla por perdida. Entonces, nos miró a Melina y a mí, con renovada esperanza.
—¿Y ustedes? Sí piensan ir, ¿verdad?
Yo lo pensé durante un instante. Yo también estaba muy ocupado. Como Juancho, tenía exámenes qué rendir a principios de noviembre y tenía mucho que estudiar. Además, tenía dibujos que entregar en Vida Silvestre, donde había empezado a trabajar como dibujante desde hacía un par de semanas.
A mí también me parecía un viaje largo, pero por dentro sentía una ansiedad y emoción que me resultaba difícil contener. Después de todo, no era muy habitual que alguien me invitar a hacer un viaje espacial.
Entonces pensé: “Estuve estudiando como loco durante todo el año. Desde que empezaron las clases en el IPA, en marzo, casi no tuve respiro. Me vendría bien un descanso de un par de días, hacer algo diferente, salir de casa... o, mejor dicho, del planeta.”
Miré a Elliot y le pregunté:
—¿Cuánto tiempo piensas que nos quedaremos en Marte?
—Dos días... tal vez tres —dijo Elliot—. El tiempo suficiente como para recolectar la mayor cantidad de datos posible.
—Está bien —dije—. Yo acepto.
—Excelente —exclamó Elliot—. ¿Melina?
Ella se encogió de hombros e hizo un gesto gracioso, como diciendo “¿Por qué no?”
—Claro —dijo—. No tengo nada mejor qué hacer. Y esto sí que podría ser interesante.
—Perfecto —repuso Elliot. Volvió a mirar a Juancho—. ¿Juancho? Todavía estas a tiempo de cambiar de opinión.
Juancho reflexionó tan solo un par de segundos, pero en ese tiempo pude ver que dentro de él, se moría de ganas de venir con nosotros. Aún así, negó con la cabeza.
—Lo siento —dijo—. Pero me quedo.
—Está bien —dijo Elliot, resignado—. No te puedo obligar. Pero, por lo menos, quédate a ver el despegue.
—Claro, eso puedo hacerlo —dijo Juancho.
Melina le dio la cámara.
—Saca algunas fotos cuando despeguemos.
En ese momento, percibí un movimiento por encima nuestro y tuve la sensación de que alguien nos observaba. Me volví y miré hacia la casa vecina. En una ventana del piso de arriba, había alguien mirándonos, semioculto tras una cortina delgada. Atisbé el armazón negro de unos lentes muy gruesos, pero sólo por una fracción de segundo. En cuanto la miré, la persona se ocultó rápidamente detrás de la cortina, desapareciendo.
—Parece que Abelardo quiere venir con nosotros —dije.
—¿Y ese quién era? —preguntó Melina, algo inquieta.
—Abelardo —explicó Elliot—. Mi vecino. No te preocupes, es un poco curioso, pero inofensivo.
—¿Qué hace? —quiso saber ella.
—Nada —dijo Elliot—. Parece que vive encerrado en ese cuarto del piso alto de su casa, mirando todo por la ventana. Le encanta espiar a los vecinos, sobre todo a mí, por las cosas que invento. Creo que sólo lo vi afuera dos o tres veces desde que lo conozco.
—¿Alguna vez hablaste con él?
—Sí, un par de veces. Es un poco... lento. Pero olvídalo, ya se fue.


2

Entramos en el garaje, en donde estaban colgados los trajes espaciales confeccionados por Elliot y que debíamos ponernos para partir. Había cuatro en total y todos eran de un color diferente: naranja, amarillo, verde y celeste. Yo elegí el verde (mi color favorito). Elliot se colocó el celeste y Melina el amarillo. Como Juancho no pensaba viajar, dejó el traje naranja en donde estaba, colgado de la percha.
El traje era bastante liviano y la textura de la tela (fuera lo que fuera) era muy suave al tacto. El casco se ajustaba enroscándolo y cuando me lo puse tuve la sensación de que metía la cabeza dentro de una pecera. En la parte posterior, colgaba el tanque de oxígeno, en una mochila cerrada. El traje contaba con un medidor electrónico de oxígeno en el dorso de la muñeca derecha. Elliot nos explicó que cada tanque tenía dos horas de oxígeno. Cinco minutos antes de que este se acabara, el medidor activaba una alarma que indicaba que había que recargarlo. El cargador, se encontraba en la Mark II, en el panel de control.
Me había puesto el casco solamente para probarlo, para adaptarme a él, pero enseguida me lo quité. Aún no era necesario que lo usara.
Cuando estuvimos listos, Juancho nos pasó revista, con una media sonrisa burlona en los labios. Sin duda, debíamos tener un aspecto bastante gracioso metidos dentro de esos trajes.
—Elliot, los colores que elegiste son preciosos —dijo—. Muy adecuados para esta época del año.
Melina rió, pero a Elliot no le hizo mucha gracia.
Juancho nos apuntó con la cámara.
—Quietos —dijo—. Quiero conservar este momento para la posteridad.
Los tres adoptamos poses afectadas, solemnes y Juancho sacó una fotografía.
Luego, salimos al jardín otra vez. Lo único que nos faltaba era la música triunfal de fondo.
El traje disminuía mi movilidad, pero no demasiado. Pensé que dentro de poco me acostumbraría.
Los cuatro salimos riendo, mientras Juancho nos sacaba fotos, pero de pronto Elliot se paró en seco y todo su cuerpo se estremeció dentro del traje celeste. Los ojos se le abrieron como platos. Yo noté su reacción y de inmediato miré hacia la furgoneta.
—¡No! —gritó Elliot.
La puerta de la cabina estaba abierta y había alguien dentro, sentado frente al volante. Al principio no lo reconocí, creí que sería un ladrón, o tal vez el tío de Elliot, pero me equivoqué. Era Abelardo, su vecino entrometido. Al parecer, había sentido tanta curiosidad, que había decidido salir de su cuarto en el piso alto de la casa y venir a investigar.
Escuchamos un zumbido y la carrocería de la furgoneta vibró. Abelardo la había encendido.
—¡No! —chilló Elliot otra vez—. ¡Abelardo! ¡No!
Y echó a correr hacia la nave.
Nosotros lo seguimos.
—¡Abelardo! —gritó Elliot y se lanzó dentro de la cabina, como si fuera a hacer un clavado en una piscina.
Cayó encima de Abelardo (que era bastante más grande y corpulento que él) y Abelardo soltó un gemido grave y estúpido.
Ambos empezaron a manotear frente al volante, a forcejear. Abelardo tenía una de sus grandes y pálidas manos sobre la cara de Elliot, mientras este intentaba empujarlo fuera de la cabina.
—Fuera de mi nave, idiota —gruñía Elliot—. ¡Fuera!
Pero Abelardo no parecía querer irse.
A mi espalda sentí el clic ficticio de la cámara. Juancho acababa de sacar una foto del increíble acontecimiento.
Entonces, pensé que tenía que hacer algo. Elliot no iba a poder él solo contra Abelardo, por muy  lento que fuera éste.
Rodeé la camioneta y abrí la puerta del lado del conductor. Tomé a Abelardo por los hombros y tiré hacia fuera.
—Vamos, Abelardo —dije con el tono más calmo posible—. No juegues con la máquina de Elliot.
Pero Abelardo no quería hacerme caso.
Empezó a tironear y se sujetó con una mano del volante, mientras que con la otra empezó a dar manotazos torpes sobre el tablero, pulsando un montón de botones distintos.
La nave emitió una serie de ruidos extraños, que no presagiaban nada bueno. Luego, escuché una pequeña detonación y todo el vehículo se sacudió. Los motores se habían encendido.
—¡Abelardooooooo! —gritó Elliot, al borde de la desesperación, mientras forcejeaba con su vecino.
En ese momento, se nos unió Juancho. Trató de meterse como pudo dentro de la cabina y empezó a empujar a Abelardo hacia fuera.
Abelardo no decía nada, se limitaba a soltar esos aullidos graves e insulsos. Los lentes, gruesos como las bases de las botellas, se le habían torcido, dándole un aspecto aún más desquiciado.
—¡Basta! —gritó Melina de repente. Había abierto la puerta lateral de la camioneta y había entrado. Nos miraba con los ojos muy abiertos y llenos de miedo. Ella odiaba las escenas de violencia, tanto como yo.
Abelardo dio otro manotazo al tablero y entonces Daneel I empezó a elevarse. Lo hizo muy lentamente, empujada por las cuatro turbinas que tenía en la parte de abajo. Lo noté en cuanto mis pies empezaron a separarse del suelo. Miré hacia abajo y sentí pánico.
—¡No! —exclamó Elliot—. ¡No puede hacerlo!
Finalmente, los tres (Elliot, Juancho y yo) logramos hacer que Abelardo soltara el volante. Juancho lo empujó con todas sus fuerzas y Abelardo se precipitó hacia fuera. Cayó de espaldas al suelo, gimiendo, cuando la nave ya se había elevado unos cuarenta centímetros del suelo.
Al caer, Abelardo trató de sostenerse y se sujetó de la manija de la puerta abierta. La nave se ladeó bruscamente y Elliot también cayó. Abelardo amortiguó su caída, como un colchón.
Yo me aferraba al borde del asiento y tiré para no caerme. Logré sentarme ante el volante y miré el tablero ante mí. Había tantos botones como en los trasbordadores de la NASA. Un montón de lucecillas pequeñas, de distintos colores, parpadeaba, como los ojos de animales exóticos.
Un número aparecía en una pequeña pantalla. Era un diez, que luego se convertía en un nueve, luego en un ocho, luego en un siete... una cuenta regresiva.
Desde el suelo, Elliot se incorporó tan rápidamente como pudo.
—¡Fede! —me gritó—. ¡Oprime el botón verde debajo de la palanca! ¡El botón verde debajo de la palanca!
Yo miré el tablero, desesperado. El botón verde debajo de la palanca... ¡No encontraba el maldito botón! Para mí todos se veían iguales.
Mientras tanto, la nave seguía subiendo. Ya estaba a unos dos metros de altura.
—¡Fede! —me gritó Elliot desde abajo.
Asomé la cabeza por la ventanilla y lo vi. Abelardo estaba tendido a sus pies. Parecía inconsciente.
—¡No encuentro el botón! —grité—. ¡No encuentro el...
Escuché un pitido y volví a mirar el tablero. La cuenta regresiva había llegado a cero.
Las puertas se cerraron de golpe. Las ventanillas se subieron. La nave se inclinó bruscamente hacia atrás, elevando la parte delantera hacia el cielo. Entonces, los motores cobraron su máxima potencia y despegamos con un estruendo ensordecedor.


3

Me vi empujado y aplastado contra el asiento. A mi espalda, alguien gritó. Melina. Juancho, que estaba sentado al lado mío también se aplastó y su cara adoptó una expresión grotesca, como de máscara de Halloween.
El cielo, que se veía por el parabrisas, empezó a pasar del celeste al azul oscuro y luego, al negro. Empecé a ver cientos de puntitos blancos que se movían tan rápido que formaban líneas.
La Daneel I vibraba con tal fuerza que pensé que de un momento a otro, se despedazaría y nosotros quedaríamos flotando en el espacio para siempre. Las lucecitas del tablero parpadeaban frenéticamente, como luces de discoteca en miniatura.
Tenía los ojos entrecerrados y traté de abrirlos del todo, pero me resultó muy difícil. Aún así, logré ver una palanca en el tablero, debajo de la cual había un botón cuadrado de color verde. ¡Ahí estaba!
Le di un manotazo al botón, pero nada sucedió. Lo hice un par de veces más, pero el resultado fue el mismo: nada. Seguíamos avanzando a toda velocidad por el espacio. Entonces sujeté la palanca, sin saber exactamente lo que hacía y la bajé con rapidez.
La nave desaceleró bruscamente y sentí como la implacable fuerza G que me había aplastado contra el asiento, como la mano invisible de un gigante, empezaba a ceder.
Caí hacia delante, sin fuerzas, y me golpeé la cabeza contra el volante. A Juancho le pasó algo similar, se dio de cara contra la guantera, pero sin mucha fuerza. Ni siquiera se lastimó, pero soltó una maldición.
Sacudí la cabeza, tratando de volver en mí y lo miré.
—¿Estás bien? —pregunté.
Asintió con la cabeza.
—Sí —dijo frotándose la frente de manera teatral.
Me volví en el asiento, mirando hacia atrás. Melina estaba sentada en una silla con cinturón de seguridad. Tenía la cara tan pálida como una sábana y una expresión enfermiza.
—¿Melina? —pregunté—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Ella también asintió con la cabeza, débilmente.
—Bien —balbuceó—. Estoy un poco... mareada.
—Sí, yo también —repuse—. El despegue fue muy brusco.
Juancho miró a su alrededor, como buscando algo.
—¿Dónde está Elliot? —preguntó, alarmado.
—No está —dije yo—. Elliot no vino. Cayó al suelo junto con Abelardo, antes de que despegáramos.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó.
Miré el infernal panel de control de la nave.
—No sé —suspiré. En ese momento, deseé no haber ido nunca a casa de Elliot a ver su más reciente invento.
—Oigan —dijo Melina detrás de nosotros.
Nos dimos vuelta y vimos que estaba inclinada en el asiento mirando por la ventana ancha del costado de la nave.
—Miren eso —dijo, fascinada.
Nosotros miramos por la ventanilla del lado del acompañante. Podíamos ver La Tierra, haciéndose cada vez más pequeña. Podíamos ver el azul intenso de los océanos y el blanco puro de las nubes. Fue la imagen más increíble que vi en mi vida. Algo que, hasta el momento, yo sólo había visto en la televisión o en el cine, pero que ahora veía con mis propios ojos. Y no era una imagen generada por computadora, era real. Estaba viendo a La Tierra, nuestro planeta, visto desde el espacio. Me quedé sin aliento. Durante un momento, olvidé la situación en la que nos encontrábamos y me concentré únicamente en disfrutar de esa imagen espectacular.
Noté que Juancho y Melina estaban igual. Ella sacó varias fotos seguidas, a través de la ventana. Parecía que tenía ganas de abrir la puerta y salir para ver mejor.
Pero nuestra ensoñación duró poco, porque Juancho dijo:
—Nos estamos alejando.
Yo parpadeé, volviendo en mí.
—¿Qué? —pregunté.
—Nos alejamos —repitió Juancho—. La Tierra se está haciendo cada vez más pequeña. Nos alejamos de ella, sin rumbo.
Noté que era cierto. El efecto era sutil, pero se notaba. Yo no había apagado la nave cuando jalé esa palanca. Simplemente, había disminuido la velocidad de despegue, pero seguíamos viajando. Viajando... hacia ningún lugar.
—Tenemos que volver —dijo Juancho—. Ahora mismo.
Miré el panel otra vez, con creciente desesperación.
—¿Cómo funciona esta porquería? —murmuré.
—Sabía que esto era una estupidez —suspiró Juancho—. No podíamos hacer este viaje sin la preparación necesaria. Y yo ni siquiera quería ir.
Dio un pequeño golpe de puño sobre el panel.
—Por favor, no hagas eso —dije yo—. No sabes qué botón podrías apretar.
—¿Elliot no dejó un manual de instrucciones o algo así? —preguntó Melina.
—No creo —respondí—. Se suponía que él iba a venir con nosotros, pero...
Guardamos silencio durante un momento. La desesperación empezaba a rondarnos, la sentía como unas manos heladas que me tocaban las mejillas.
—¿Por qué no pruebas en accionar esa palanca otra vez? —me sugirió Juancho.
Negué con la cabeza.
—Creo que eso nos haría acelerar de manera incontrolable de nuevo —dije—. Podríamos alejarnos todavía más.
—Lo que deberíamos hacer es tratar de comunicarnos con Elliot —agregó Melina—. La nave tiene una radio, ¿no? Creo que eso sí podemos usarlo. Deberíamos intentar comunicarnos con él para que nos diga cómo regresar.
Miré el panel. Debajo de éste, junto a la palanca de cambios, había una radio grande, similar a las que usan los coches de policía en las películas.
—No perdemos nada con intentar —murmuré.
Tomé el auricular y pulsé un botón. La radio se encendió y escuchamos una estática distorsionada. Giré un dial que me pareció servía para captar alguna señal.
—¿Elliot? —dije al auricular—. Elliot, soy yo, Fede ¿Me escuchas?
Aguardé un instante, pero no hubo respuesta. En la radio había mucha estática, así que sería casi imposible poder escuchar algo.
—¿Elliot? —insistí—. Somos nosotros. Responde, por favor. ¿Estás ahí? ¿Elliot?
Esperé un poco más, pero sin éxito.
Iba a mover el dial otra vez, cuando Melina exclamó en mi oído, sobresaltada:
—¡Espera! ¿Escuchaste eso?
—¿Qué? —pregunté. No había escuchado nada, excepto su grito que casi me rompe el tímpano.
—En la radio —dijo Melina—. Escuché algo...
—Sólo es estática —dije.
—No —insistió—, escuché algo. Estoy segura. Como... una voz.
Juancho y yo intercambiamos una mirada perpleja, como si nuestra amiga se hubiese vuelto loca.
Empecé a girar el dial otra vez, muy despacio, tratando de captar la señal que Melina había escuchado. Al cabo de un instante, algo me llamó la atención. Un sonido extraño, que no era estática.
—Ahí está —gritó Melina otra vez en mi oído—. ¿Lo escuchan?
—Sí —dije.
Ajusté un poco más el dial y entonces el sonido se hizo más audible, más definido.
No era una voz, como yo había pensado al principio... o tal vez, sí lo era, sólo que hablaba en un idioma que no entendía.
—¿Qué es? —preguntó Juancho, extrañado.
—Creo que es alguien hablando —dijo Melina.
—Pero no parece estar diciendo nada —observé—. Es como si estuviera... balbuceando.
En efecto, sólo escuchaba una serie de sonidos extraños, indefinibles. Como si alguien tratara de cantar con la boca llena de gelatina. No es una comparación muy exacta, pero es la única que se me ocurre.
Giré el dial un poco más, aunque sin muchas esperanzas. No hubo cambio. El sonido no se hizo más definido.
—No creo que eso sea la voz de alguien —dijo Melina. Por su tono de voz, supe que estaba asustada.
Miré por la ventanilla, en dirección a La Tierra. Nosotros allí arriba y Elliot allá abajo, incapaces de comunicarnos. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, estaría desesperado, incluso llorando, tratando de ponerse en contacto con nosotros.
—Apágala —dijo Juancho, refiriéndose a la radio, que seguía emitiendo aquél extraño balbuceo—. Es inútil. Si queremos volver, vamos a tener que hacerlo por nosotros mismos.
Me incliné hacia delante, pulsé un botón y la radio se apagó. El silencio cayó pesado sobre nosotros, inquietante.
Tomé el volante con ambas manos. Traté de girarlo, pero no pude. Estaba atascado. Parecía que no podía pilotar la nave. Era como si ella misma se hubiera fijado un rumbo determinado, un destino que no iba a cambiar porque nosotros quisiéramos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Juancho.
—Creo que a dónde se suponía íbamos a ir —dije—. A Marte.
—Pero, ¿cómo? —exclamó Melina.
—La nave debe estar en piloto automático, o algo así —dije—. No puedo controlarla.
Juancho se lanzó sobre el volante, furioso y trató de girarlo, pero le sucedió lo mismo que a mí. No pudo hacerlo.
—Pedazo de basura inútil —gruñó y le dio un puñetazo al volante. La bocina sonó como una corneta agua. Era un sonido tan ridículo que casi me hace soltar una carcajada.
En ese momento, una luz brilló delante de nosotros, en medio de la negrura del espacio. Fue como el flash de una cámara gigantesca, que llenó el parabrisas de la Daneel I.
Cerramos los ojos y nos protegimos la vista con las manos. Por un instante, temí que iba a quedarme ciego.
Pero entonces, la luz se atenuó con rapidez y empezó a emitir pulsos. Pulsos de luz silenciosa.
Me quité la mano de la cara lentamente y miré, asombrado.
—¿Qué... es eso? —murmuró Melina a mi espalda.
No pude decir nada. Estaba azorado. La luz brillaba frente a la nave, flotando en la nada. Y nosotros nos acercábamos hacia ella, lo supe de inmediato. En ese momento, me pregunté si esa luz se vería desde La Tierra. Tal vez no desde el hemisferio sur occidental, porque allí era de día. Pero en el lejano oriente...
La luz se agrandó de pronto y un rayo salió proyectado de ella, dirigiéndose directo a nuestra nave. Una luz de color azul violáceo nos envolvió, entró por las ventanas, tiñéndolo todo de aquél inquietante color. La cara de Juancho estaba violeta, al igual que la de Melina y la mía, debía tener el mismo aspecto.
—¿Qué es eso? —gritó Melina, aterrada—. ¿Qué pasa?
—No sé —logré decir.
Juancho también gritó. Se sacudía en el asiento, rebotando contra él, como si quisiera salir de la nave. La verdad, es que yo también quería hacerlo.
El rayo empezó a atraernos hacia luz brillante con más rapidez. Nos estaba abduciendo.
De manera instintiva, sujeté el volante con las dos manos. Traté de girarlo otra vez, pero fue inútil. Entonces, empecé a golpea el tablero, pulsando botones, girando perillas, moviendo palancas. Pero nada sucedió. Era como si los controles de la nave estuvieran muertos.
La luz brillante, que era como una nube pulsátil, se hizo tan grande que nos envolvió.
Un segundo después, todo fue oscuridad.
Oscuridad absoluta.


II. LA NAVE

4

Tenía los ojos muy abiertos, pero era como si los tuviese cerrados. Sentí que flotaba, como si estuviera en el espacio, fuera de la nave. Me sentía liviano, sin masa. En realidad, no era una sensación desagradable, pero la oscuridad contribuía a hacerla así.
—¿Melina? —grité con una voz ronca que apenas reconocí—. ¿Juancho? ¿Dónde están? ¡Respondan!
En ese momento, unas luces muy potentes de color azulado se encendieron, pero no dentro de la nave, sino fuera.
Miré a mí alrededor, asustado, y sentí gran alivio al comprobar que todavía estaba en una pieza. Pero todavía persistía el miedo de no saber qué estaba pasando, o en dónde nos encontrábamos.
Juancho estaba a mi lado, con una cara de susto como nunca le había visto. En ese momento, parecía un niño. Melina, en el asiento de atrás, tenía una expresión idéntica y su cabello color miel se había erizado.
Miramos alrededor. Por las ventanas de la nave, entraba esa misteriosa luz azul, que nos hacía ver como seres de otro mundo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Juancho—. No nos estamos moviendo.
Me di cuenta de que era verdad. Además, ya no estábamos en el espacio. Estábamos... encerrados en algún lugar.
—Fuimos traídos aquí —dijo Melina de pronto, con un tono de voz chato, sin expresión.
Me volví a mirarla, sobresaltado. Era verdad. La luz brillante y pulsátil que había aparecido de la nada... el rayo de luz que nos había absorbido... algo nos había atrapado y nos había encerrado en... en algún lugar.
Contemplé el panel de control de la nave. Todas las lucecitas estaban apagadas. Apreté el botón verde debajo de la palanca, pero no sucedió nada. Los motores estaban apagados y pensé que ya no iban a arrancar.
—¿Qué hacemos? —preguntó Juancho.
—Creo que lo mejor es que nos quedemos aquí —dije—. Sin movernos. Que nos quedemos a esperar...
—¿A esperar qué? —quiso saber Juancho—. No, lo mejor es que tratemos de irnos.
—La nave no funciona —repliqué—. Parece que... se desactivó, o algo hizo que dejara de funcionar. Seguramente, lo mismo que nos trajo aquí, sea lo que sea este lugar.
De pronto, sentí un ruido detrás, como de algo que se deslizaba. Con el corazón en puño, me volví, convencido de que Melina había abierto la puerta corrediza y había salido. Pero ella estaba con la espalda apoyada contra la pared opuesta y los ojos abiertos como platos. La puerta no la había abierto ella. Se había abierto sola.
Los tres nos quedamos paralizados durante un rato. Yo tenía los músculos tan tensos que me dolían y cada latido de mi corazón era como un martillazo en el pecho.
“Ahora va a entrar algo —pensé—. Tal vez un monstruo de ocho patas y cuatro cabezas o algo parecido”.
Pero no sucedió. Nada entró por la puerta. Esta se quedó abierta, como si aguardara a que saliéramos.
Entonces, ambas puertas de la cabina, la de mi lado y la del lado de Juancho, se abrieron al mismo tiempo. Juancho se estremeció como si se hubiese sentado sobre un hormiguero. Yo contuve el aliento.

Las puertas permanecieron abiertas. Nada se nos acercó.
“Están invitándonos a salir”, pensé.
Y como si me hubiese leído la mente, Melina dijo:
—Creo que sería mejor si...
—No —dijo Juancho de inmediato—. No lo hagas. Podría ser peligroso...
Melina no respondió. Miró la puerta ancha del costado de la camioneta. Quería salir, lo sabía. Yo también quería hacerlo. Por debajo del miedo sentía una curiosidad casi irresistible.
—Melina —murmuré.
Entonces ella se lanzó hacia delante y de un salto, ya estaba fuera de la nace.
—¡Melina! —exclamé y salí de inmediato, sin pensar.
—¡No! —dijo Juancho, más enojado que asustado y también salió.
Ahora, los tres estábamos fuera de la Daneel I.


5

Nos encontrábamos en una especie de cámara circular, enorme, como una caverna de metal azulado. En la pared que nos rodeaba había un anillo de focos redondos que despedían aquella luz azul. No se veían puertas, ventanas, ranuras o cualquier otro tipo de abertura en ningún lado.
Las paredes lustrosas resplandecían levemente. Vi nuestras siluetas difusas reflejadas. El traje espacial confeccionado por Elliot, que todavía llevaba puesto, me daba un aspecto grotesco, como si la piel se me hubiera hinchado y arrugado. Me di cuenta con un sobresalto que Melina y yo no teníamos puestos los cascos. Es más, Juancho ni siquiera tenía traje, vestía con sus pantalones gastados de algodón y la camiseta de AC/DC que le habían regalado hacía siete años para su cumpleaños.
Sin embargo, yo no sentía que me ahogaba, o que los ojos me iban a reventar. Dentro de aquella cámara, se podía respirar con normalidad, lo que quería decir que había oxígeno y la presión era la adecuada.
El aire olía levemente a algo indefinible, pero no desagradable. Olor como a metal nuevo, aunque no exactamente. Hacía frío. No tanto como para que mi aliento formara nubecillas blancas, pero no debíamos estar a más de diez grados.
Melina se acercó a una de las paredes y la tocó, con la mano protegida por el guante del traje. La cerró en un puño y dio un golpecito suave, que ni siquiera se escuchó.
—¿Hola? —preguntó—. ¿Hay alguien ahí?
Juancho se le acercó rápidamente.
—No creo que esa sea buena idea —dijo.
—Tenemos que encontrar una manera de salir —replicó Melina.
Yo negué con la cabeza.
—No vamos a salir, a menos que ellos quieran —dije.
Melina y Juancho se volvieron a mirarme. Su expresión era de asustada perplejidad.
—Estamos a su merced, sean quienes sean —respondí, encogiéndome de hombros. Odiaba escucharme hablar así, pero sabía (y ellos también) que estaba diciendo la verdad.
Melina levantó la cabeza, mirando hacia el alto techo redondo. Debía estar a unos cinco o seis metros de altura.
—¿Creen que nos estén observando en este momento? —preguntó.
—Es muy probable —dije.
—Escuchen, creo que deberíamos volver a la nave y tratar de... —empezó a decir Juancho, cuando de pronto, escuchamos un zumbido leve a nuestra espalda.
Nos dimos vuelta los tres al unísono y vimos como una abertura empezaba a formarse en la pared que estaba enfrente de nosotros. Era una compuerta, que se abría hacia arriba lentamente, descubriendo un rectángulo negro.
Los tres permanecimos muy quietos y muy juntos. Yo casi no respiraba.
La compuerta se abrió hasta una altura de dos metros. Al cabo de un instante, escuchamos pasos que se acercaban. Melina dio un paso hacia atrás, en respuesta, como si estuviese a punto de echarse a correr, y yo la sujeté del brazo con suavidad para que no se moviera. Por alguna razón, pensé que, si corría, sería peor.
En el umbral de la puerta apareció una figura alta que medía casi tanto como la puerta. La figura entró en la cámara, se detuvo y pareció observarnos. Estábamos separados por una distancia de unos siete u ocho metros y en ese momento debíamos parecer una banda de justicieros del lejano oeste enfrentando a un malvado forajido, a punto de batirnos a duelo con él.
La figura dio dos pasos, acortando la distancia que nos separaba. Sentí como todos los músculos de mi cuerpo se tensaban. Antes, la criatura había estado medio oculta por las sombras que producía la nave dentro de la bóveda, pero ahora, había salido por completo a la luz.
En efecto, se trataba de un ser muy alto. Se notaba a pesar de que tenía las piernas flexionadas, como si estuviese agachado. Eran unas piernas delgadas y largas, parecidas a patas de insecto. Supuse que si se erguía llegaría a una altura de cuatro metros. Tal vez más. Se apoyaba sobre unas patas en forma de copa que producían un ruido a succión con cada paso que daba. El torso era alargado y espigado y se notaban los relieves de lo que parecían ser las costillas sobre una piel amarillenta de aspecto rugoso. Los brazos eran tan largos que casi llegaban al suelo y huesudos como las ramas de un árbol en invierno. La cabeza tenía forma triangular. Los ojos no eran grandes y ovalados como los de los marcianitos de la televisión. Eran circulares, pequeños, como un par de canicas negras incrustadas a los costados del cráneo. Cada ojo estaba a colocado en el extremo de una protuberancia carnosa que se movía independientemente de la otra, por lo que un ojo podía mirar en una dirección y el otro en otra. La boca, colocada muy abajo en la punta del triángulo invertido que era la cabeza, era una hendidura arrugada de la que asomaban unos dientecillos afilados muy finos. Me imaginé que esos dientes podrían triturar cualquier cosa que atraparan.
La criatura se acercó otro paso. Noté que llevaba algo en una de sus manos de tres dedos. Era un objeto que parecía un micrófono o una linterna... tal vez, fuera un arma.
A mi lado, escuchaba la respiración entrecortada de Melina. me figuré que había entrado en shock debido a la impresión de ver un ser de esas características.
Traté de decir algo, pero no pude. Mi boca se abrió y se cerró, como la de un pez fuera del agua. Yo también estaba aterrado.
El ser nos apuntó con su arma—linterna. Apretó un botón y del extremo del objeto salió un destello de luz violácea, como un relámpago silencioso que me encegueció. Un instante después, lo vi todo negro, porque había perdido el conocimiento.


6

Cuando volví en mí, la cabeza me daba vueltas y me sentía aturdido. Noté que la luz me lastimaba los ojos. Pero ya no era una luz azul, sino blanca brillante. De inmediato me dije que debía estar en otro lugar. Nos habían trasladado de la bóveda azul a algún otro sitio.
Estaba acostado sobre una superficie plana, rígida y fría, como un piso de mármol. Traté de levantarme, pero no pude. No podía mover los brazos y las piernas.
Abrí los ojos del todo, a pesar de la luz, y miré a los lados. Mis brazos estaban extendidos hacia arriba. Tenía las muñecas sujetas con gruesas abrazaderas. Miré hacia abajo y noté que mis tobillos estaban igual. Y no estaba acostado en el suelo, sino en posición casi vertical, sobre una especie de mesa o plataforma.
La habitación en que me encontraba era absolutamente blanca. La luz pareja provenía de todas partes, como si las mismas paredes la irradiaran. Hacía tanto frío como dentro de un frigorífico y el aire tenía un olor fuerte similar al formaldehído.
“Esto es alguna clase de laboratorio”, pensé y una oleada de terror me subió por el vientre como una corriente eléctrica. Si eso era un laboratorio y yo estaba atado en una mesa, eso significaba que...
Escuché un gemido débil a mi lado. Giré la cabeza y vi que Juancho estaba allí, en idéntica posición que yo. Sujeto de pies y manos en una mesa igual a la mía.
Juancho movía la cabeza lentamente hacia los lados, con los ojos cerrados, como si hubiera sufrido un golpe muy fuerte.
—¿Juancho? —dije. mi voz sonó extraña, como si fuera otro el que hablaba.
Juancho abrió un poco los ojos y me miró. Tenía las córneas inyectadas en sangre y su expresión era aturdida, como si no me reconociera.
—Juancho —repetí.
—¿Fede? —balbuceó él, arrastrando las letras.
Entonces me di cuenta de algo. Miré hacia el otro lado. Miré en todas direcciones, pero en esa habitación sólo estábamos Juancho y yo.
—¿Dónde está Melina? —pregunté.
Juancho negó con la cabeza. Como yo, no tenía idea del paradero de nuestra amiga.
—¿Dónde... dónde estamos? —quiso saber.
—No sé —dije.
—¿Qué pasó? Estábamos en esa bóveda azul y entonces... apareció alguien y...
—Sí —dije yo—. De alguna manera nos noquearon y nos trajeron aquí.
Juancho miró las abrazaderas que le sujetaban las muñecas y abrió los ojos como platos.
—¿Qué es eso? —exclamó—. ¿Por qué estamos atados?
Lo miré con impotencia. No sabía qué responder, o tal vez, sí lo sabía, pero la respuesta era demasiado aterradora para decirla en voz alta.
De pronto, una compuerta se abrió. Lo hizo de la misma manera que en la cámara azul: levantándose hacia arriba. Juancho y yo nos paralizamos.
Vimos entrar otra criatura como la que nos habíamos encontrado en la cámara... o quizás, se tratara de la misma. Tuvo que agachar la cabeza para poder pasar por la puerta. Caminó con sus patas en forma de sopapa hacia nosotros y nos escrutó con sus horribles ojos negros y redondos. Un ojo me miraba a mí y el otro a Juancho. La boca se abrió un poco y la criatura soltó un chillido leve, que parecía de júbilo.
Luego extendió un brazo largo y huesudo como una rama. Uno de sus largos dedos se estiró y me rozó la cara. Fue como si me tocaran con la piel de una rata muerta. El asco me hizo estremecer.
—¡No me toques, adefesio! —grité.
El ser no reaccionó a mi insulto. Claro, no era humano.
Con la otra mano, tocó la cara de Juancho. Este reaccionó de inmediato y lo escupió en plena cara. Yo tenía la boca seca, de lo contrario, hubiera hecho lo mismo.
El ser se paralizó. Evidentemente, eso sí lo había entendido. Entonces, su boca se abrió más y de ella salió una lengua larga, plan a y bífida de color gris oscuro. Estaba surcada de venas negras. La lengua se estiró y se colocó sobre la cara, lamiendo el escupitajo de Juancho. Lo peor fue que pareció saborearlo.
La lengua volvió a guardarse en la boca.
—Asqueroso —gruñó Juancho.
El ser fue hasta un rincón del cuarto y apoyó una mano en la pared. En esta se abrió una compuerta cuadrada de la que emergió una mesa de forma elíptica, parecida a una tabla de surf y bastante larga. Sobre la mesa había toda clase de objetos de distintos tamaños y formas, pero todos parecían instrumentos manuales para hacer trabajos de precisión.
Sentí que el corazón se me contraía en el pecho.
La mesa flotaba sobre el suelo, a un metro de altura, sin ser sostenida por patas, ni soportes de ninguna clase. El ente regresó con nosotros y la mesa lo siguió silenciosamente, deslizándose en el aire.
Juancho me lanzó una mirada cargada de terror. Yo no pude decir nada. No sabía qué podía decir en un momento así. Era la primera vez en mi vida que iba a ser el conejillo de indias de un extraterrestre.
El ente tomó un instrumento de la mesa. Era un objeto en forma de huso que se ajustaba perfectamente a su mano de tres dedos. Ejerció presión sobre un costado y del extremo del objeto salió un rayo de luz de color verde chillón. No era una linterna y el rayo tenía la forma de una barra de unos treinta centímetros de largo. Emitía un zumbido agudo como el de un mosquito.
La mirada aterrada de Juancho se clavó en el instrumento. El ser pareció percibir su miedo y disfrutarlo. No sé cómo lo sé, pero... lo sé. Estábamos a merced de una criatura sádica que disfrutaba con nuestro miedo. Sabía que iba a hacernos daño y eso le complacía.
El ser acercó su instrumento mortal a Juancho. Este empezó a gemir, desesperado y a sacudirse. Claro, no era mucho lo que podía moverse, atado a esa mesa.
—¡No! —grité yo—. ¡No lo hagas, monstruo! ¡No lo toques!
En ese momento, hubiera dado todo lo que tenía por un arma cargada.
El rayo de luz verde tocó la camiseta de AC/DC de Juancho y abrió un pequeño tajo, quemándola. Una cinta delgada de humo blanco se elevó en el aire frío y desapareció. Juancho gritó, más de sorpresa que de dolor, porque el rayo no le había tocado la piel. Aún no.
El ser empezó a bajar el instrumento, cortando la camiseta desde el cuello, como si practicara una disección a un cadáver.
—¡No! —grité otra vez—. ¡No te atrevas!
Empecé a patalear, o a intentar hacerlo.
—¡No...
Entonces, repentinamente, la cabeza del monstruo explotó.
Me callé de inmediato, al ver que aquella cabeza deforme reventaba como una calabaza a la que se le ha colocado un petardo. Pedazos viscosos volaron en todas direcciones con un horrible sonido a mojado y me salpicaron la cara y también la de Juancho. Una sustancia verde y espesa como sabia de árbol (la sangre del ente) embadurnó la cara de Juancho. Se veía como si se hubiera aplicado con torpeza una de esas mascarillas de barro que se ponen las mujeres antes de dormir. En otras circunstancias hubiera resultado gracioso.
El ser decapitado, dejó caer el instrumento, que golpeó el suelo, rebotó y dejó una marca quemada. El ser se tambaleó hacia atrás, se volvió con torpeza. Pareció que iba a salir corriendo, pero sus patas se enredaron y se desplomó en el suelo. Sus largas manos aún se movían, a ciegas, como si buscaran algo... probablemente, la cabeza.


7

Miré al monstruo tendido en el suelo, muerto, o casi muerto. Sus dedos aún se movían. Era como ver una cucaracha que uno no ha aplastado del todo bien y todavía mueve sus patas con desesperación.
Pero, ¿qué le había pasado? ¿Por qué su cabeza había explotado así?
Levanté la mirada y vi que en el umbral de la puerta estaba Melina. Ya no llevaba su traje espacial, sino una especie de camisón que parecía hecho de una delgada tela blanca de goma. El camisón le llegaba hasta los pies, que tenía desnudos, y estaba manchado de la sangre verde de esos seres. Tenía el cabello revuelto y la cara también manchada de verde. En la mano sostenía un arma, que todavía apuntaba hacia el monstruo. Supe de inmediato que era un arma, por lo que acababa de hacer, a pesar de que tenía la inofensiva forma de una lata de refresco.
—Melina —dije sin aliento.
Ella levantó la mirada hacia nosotros, como si recién hubiera notado nuestra presencia.
Bajó el arma y se nos acercó, pasando por encima del monstruo.
—¿Están... bien? —preguntó
—Sí —dije. La escruté con la mirada, sorprendido—. ¿Dónde estabas? ¿Qué te pasó?
—Se los digo después de que los ayude a salir —dijo. Levantó el bisturí láser que se le había caído al ente. Todavía estaba encendido.
—Cuidado —le advirtió Juancho.
Melina acercó el rayo a las abrazaderas que le sujetaban las muñecas. El rayo cortó el material (que parecía metal, pero seguramente no lo era, al menos, no uno conocido en La Tierra) como si fuera manteca. Juancho cayó hacia delante, frotándose las muñecas. Melina cortó las abrazaderas de los tobillos y lo liberó por completo. Luego, me soltó a mí.
Fue hasta la mesa y tomó un par de instrumentos más y nos dio uno a cada uno.
—Tomen —dijo—. No son armas exactamente, pero pueden servir.
—¿Vas a decirnos qué te pasó? —preguntó Juancho.
—Después de que ese monstruo nos noqueara con su luz violeta, desperté y me encontré tendida en una especie de pecera traslúcida —dijo Melina—. Más bien como un ataúd transparente. Me habían quitado el traje y me habían puesto... esto. Había tres seres a mí alrededor, haciendo cosas, como experimentos, y no se dieron cuenta de que yo me había despertado. Hasta que uno se volvió y me vio. Empecé a gritar y a golpear las paredes de la caja. Ellos se acercaron a mí, alarmados. Abrieron la caja y me sacaron. Me sujetaron de los brazos y las piernas con esas manos horribles... yo forcejaba con todas mis fuerzas, pero lograron llevarme en andas hasta un aparato que tenía una mesa parecida a esta. Intentaron ponerme los grilletes, pero yo seguía luchando. La verdad es que estos seres no son tan fuertes como parece y son bastante blandos, como si no tuvieran estructura ósea. Uno de ellos me sujetaba un tobillo. Yo lo sacudí, lo solté y le di una patada en la cara. El ser se fue hacia atrás y cayó. Yo también caí al suelo, aunque los otros dos todavía me sostenían. El que había tumbado se puso en pie y trató de sujetarme otra vez, pero yo tomé uno de sus ojos. Sí, sujeté con fuerza uno de esos ojos saltones y lo retorcí. Logré arrancarlo por completo. Se desprendió como un grumo de gelatina. Creo que ayudó que tenga las uñas tan largas. Un chorro de esa sangre verde asquerosa me salpicó en la cara. El ser soltó un chillido y se apartó, sacudiendo las manos. De inmediato, los otros dos acudieron a ayudarlo. Me soltaron y yo me desplomé en el suelo. Me dije que era el momento de escapar. Me levanté y corrí hacia una de esas mesas flotantes llenas de instrumentos. Pensé que alguno me serviría, pero no sabía cuál. Tomé el primero que vi, este —levantó el arma— y en cuanto apunté hacia ellos, se disparó un rayo verde que le destrozó la cabeza a uno. Los otros dos se asustaron y me miraron. Trataron de rodearme, pero estaban desarmados, así que también les disparé. Les volé la cabeza a los dos y salí de allí. Corrí por un pasillo blanco tan helado como un refrigerador. Los estaba buscando. Por suerte, los encontré a tiempo.
—Increíble —dije—. Pero qué bueno que lograste escapar. ¿Estás bien? ¿Te lastimaron?
—No —dijo Melina.
—Pero, ¿por qué a ella la pusieron en un cuarto separado? —preguntó Juancho.
—Es mujer —dije yo—. Es diferente a nosotros. Seguramente, pensaban hacerle otro tipo de pruebas.
—Eso no importa ahora —repuso Melina con tono urgente—. Tenemos que irnos. Seguramente, ya nos están buscando. Tenemos que regresar a la Daneel I y escapar.
—Buena idea —respondí.
Y de inmediato, abandonamos el laboratorio.


8

Melina tenía razón: los corredores estaban helados. Parecía que a esos seres les gustaban las bajas temperaturas.
Cuando salimos del laboratorio en el que Juancho y yo habíamos estado atrapados, empezamos a correr por un pasillo estrecho y muy largo de paredes blancas que irradiaban luz. Tuve la sensación de que me encontraba recorriendo el intestino de un robot. Sé que suena descabellado, pero eso fue lo que sentí.
—Esperen un momento —dijo Juancho mientras corríamos—. ¿Tienen idea de a dónde vamos? ¿Cómo saben que nuestra nave está en esa dirección?
Nos detuvimos de golpe.
—Es verdad —dije—. No lo sabemos.
—Pero no podemos quedaros quietos —protestó Melina.
—Este lugar es enorme —repuso Juancho—. Si nos ponemos a caminar sin una dirección concreta, seguramente tardaríamos un año en dar con la nave.
—Lo que necesitamos en un mapa, una guía, o algo así —dije.
—Sí, pero, ¿dónde vamos a conseguirla? —preguntó Juancho.
—Tal vez en el laboratorio —sugerí—. Tenemos que volver.
Juancho no pareció muy entusiasmado con la idea, pero aceptó.
Estábamos a menos de diez metros del laboratorio. Y cuando nos disponíamos a regresar, vimos que algo se acercaba por el corredor, a lo lejos.
—¿Qué es eso? —dijo Melina.
Venía muy rápido, deslizándose por el aire. Agucé la vista y vi que se trataba de un extraterrestre montado en una especie de vehículo aéreo, similar a una moto de agua de las que se ven en verano en la playa.
—¡Es uno de ellos! —gritó Juancho.
Melina se adelantó a nosotros, le apuntó con el arma y disparó tres veces. Vi rayos verdes que volaban en dirección al monstruo. Pero este maniobró hábilmente con su nave y esquivó los tres disparos, que dieron en las paredes arqueadas del corredor. Luego, aceleró la marcha.
Melina volvió a disparar y el resultado fue el mismo.
—¡Corran! —gritó Juancho.
—¡No! —dije yo—. ¡Entremos en el laboratorio!
—Pero... —empezó a decir Juancho, pero no le di tiempo a terminar.
—¡Vamos!
Y los tres echamos a correr hacia el laboratorio, en dirección al monstruo que se nos acercaba peligrosamente. Lo veía venírsenos encima de un momento a otro. Seguramente, nos embestiría con su vehículo, despedazándonos. La puerta del laboratorio, parecía estar a diez kilómetros, en lugar de diez metros.
Pero llegamos y nos lanzamos dentro.
La nave siguió de largo por el corredor pasando a toda velocidad. Sentí la ráfaga de aire frío que despedía al pasar, golpeándome la cara.
Caímos al suelo y nos levantamos enseguida. Yo me asomé por la puerta, mirando hacia el corredor. El monstruo se alejaba en su moto voladora. Parecía que no iba a poder frenar y dar marcha atrás, o doblar para volver.
—Se va —observé con voz estúpida.
—Mejor —dijo Melina.
—¿Están locos? —nos gritó Juancho—. ¡Ahora estamos atrapados!
—No, estamos vivos —repliqué—. Si nos hubiésemos echado a correr por el pasillo, esa cosa nos hubiera alcanzado. Va en una nave y nosotros a pie, Juancho. Piénsalo.
Se quedó callado, pensándolo un momento.
—Vamos a buscar ese mapa —dijo Melina y se acercó a una consola que había contra la pared, llena de botones triangulares. Cada botón tenía un símbolo extraño encima. Era como un teclado con las letras del idioma de los extraterrestres.
Examiné el teclado y pregunté a Melina:
—¿Alguna idea?
Ella reflexionó un instante y luego le dio un golpe a un botón con el puño cerrado.
Una luz verdosa se encendió en la pared, encima de la consola. Una pantalla.
En ella aparecieron columnas enteras de esos jeroglíficos incomprensibles, que desaparecían en un parpadeo y eran sustituidas por otras.
—¿Qué dirá ahí? —preguntó Juancho.
Negué con la cabeza.
De pronto, apareció una imagen. Era de nuestro planeta. Del planeta Tierra. Estaba tridimensional y estaba rodeada de anotaciones, que podían ser coordenadas. Al lado del modelo terrestre, había un triángulo formado por una docena de círculos blancos. En la imagen, los círculos se acercaban al planeta, rodeándolo y luego parecían aterrizar sobre él. Los círculos se tornaron rojos y La Tierra se volvió traslúcida.
—Por Dios —murmuró Melina.
—Creo que... —dije yo—. Parece que están planeando una invasión. Van a invadir nuestro planeta.
Nos quedamos en silencio un momento.
Entonces, un extraterrestre apareció en la puerta. Soltó un chillido y nos apuntó con un arma que era como la de Melina, pero mucho más grande.
Disparó.
El disparo dio en una de las mesas (en la que había esto yo) y la desintegró por completo, reduciéndola a un montículo de polvo negro.
Melina le disparó al monstruo y yo, sin saber exactamente por qué, empecé a oprimir todos los botones del teclado. En la pantalla aparecieron símbolos extraños que parpadeaban y bailaban. El disparo que hizo Melina dio al lado de la puerta, dejando una quemadura.
En ese momento, una compuerta redonda se abrió en el techo, justo sobre nuestras cabezas y empezó a aspirar. Era como estar debajo de una aspiradora gigante. El aire producía un silbido ensordecedor.
—¿Qué está pasando? —me gritó Melina, pero no la escuché. Solo vi que se movían sus labios.
La succión fue tan poderosa que nos elevó. Nos separó del suelo y aquella abertura nos tragó como la boca de un enorme monstruo. Para él, éramos tan livianos como pelusas.


III. SALIDA

9

Fuimos absorbidos por un conducto interminable y tortuoso. Yo giraba sobre mí mismo, como si estuviera dentro de una lavadora, mientras el aire frío me azotaba. Creo que gritaba, pero no podía escuchar mis propios gritos. De vez en cuando, chocaba contra las paredes del tubo o contra alguno de mis amigos. Rebotábamos como pelotas de goma y yo tuve la aterradora idea de que íbamos a permanecer así para siempre.
Pero entonces, el ducto se terminó. Se abrió otra boca como la que nos había succionado y caímos al vacío.
Caímos sobre lo que parecía ser un enorme almohadón de gelatina. Sentí un sonido a mojado y cómo la blanda superficie se movía debajo de mí. Tuve una instantánea sensación de repugnancia, pero se disipó rápidamente.
Me levanté despacio, ya que estaba muy mareado. Todo me daba vueltas. Ayudé a Melina y a Juancho a ponerse de pie.
—¿Están bien? —pregunté con voz ahogada.
Ellos asintieron con la cabeza, sin decir palabra. Estaban sin aliento. Melina tenía mechones de pelo enredado cayéndole sobre la cara.
Juancho se pasó una cara manchada con sangre extraterrestre y miró a su alrededor.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Era un cuarto redondo, similar a la bóveda en la que habíamos aparecido con al Daneel I, solo que esta no tenía luces azules, sino blancas, como las del laboratorio.
Había un ventanal largo en una pared que miraba hacia el espacio. Desde allí podía verse La Tierra, flotando entre un sinfín de estrellas. Estábamos tan cerca de casa... tan cerca y tan lejos a la vez.
Bajamos con torpeza de ese almohadón gigante que había amortiguado nuestra caída.
Y en ese momento, apareció un extraterrestre en el cuarto. Entró por una compuerta y nos miró con sus ojos saltones y movedizos. Este ser era algo distinto a los demás. Era un poco más alto y tenía la piel moteada de verde, como la piel de un sapo.
Se acercó unos pasos a nosotros. Noté que Melina buscaba el desintegrador y que no lo encontraba. Seguramente, se había perdido en nuestra vertiginosa caída. El ente nos estudió con la mirada. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó un bramido que me hizo zumbar los tímpanos. Parecía un grito de guerra y lo que me pareció que gritaba fue: “Zoooooooorgs”.
¿Zorgs?, me dije. ¿Se refiere a ellos a nosotros?
Unas luces en las paredes se encendieron, alrededor de nosotros y dejaron ver un anillo de lo que parecían ser frascos, decenas de ellos. Cada frasco contenía algo en su interior. Una especie de gusano blanco rechoncho con el esbozo de una cabeza triangular y un par de motas negras que eran los ojos. Supe entonces que eran larvas. Larvas de aquellos seres. Sus hijos, sus crías. Y aquél ser moteado de verde debía ser la reina. La encargada de procrear y perpetuar la especie. Nosotros estábamos en su nido, en su cámara de incubación.
Pero, ¿por qué las larvas estaban guardadas en aquellos frascos? ¿Qué pensaban hacer con ellas?
Volví a mirar la ventana. Miré La Tierra, azul y apacible. Pensé que esos frascos eran como cápsulas...
Miré a la reina.
—Eso es lo que van a hacer, ¿no? —dije—. Van a enviar a sus crías a La Tierra. Esa es la invasión que planean, ¿verdad? Seguramente van a usar a las mujeres para incubar. Por eso le estaban haciendo esos estudios a Melina —agregué más para mi mismo que para los demás—. Por eso la tenían en un laboratorio diferente. Necesitaban estudiarla para saber si era apta para su propósito.
No sé si la reina me entendió o no. Volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó otro bramido.
Melina dio un paso adelante. Luego, empezó a acercare a la reina.
—Melina —dije, alarmado, pero ella siguió su camino, sin escucharme. Juancho me miró como diciendo: “¿Qué va a hacer?”, pero sólo pude encogerme de hombros.
Melina se paró frente a la reina con las manos atrás y la miró fijamente. La reina la escrutaba con sus ojos móviles.
—¿Me quieres para que críe a tus hijos? —preguntó.
La reina la miró en silencio. Me pareció que la entendía. Es increíble, pero eso fue lo que me pareció.
—En tus sueños —agregó Melina.
Entonces, sacó las manos de detrás de la espalda, apuntó a la cabeza de la reina con el arma y disparó. No la había perdido. Había tenido el lanza rayos todo el tiempo con ella, simplemente había estado esperando el momento oportuno para usarlo.
La mitad de la cabeza de la reina explotó con un sonido sordo y repugnante y salpicó a Melina de sangre verde, pero a ella no le importó. La reina se tambaleó hacia atrás y empezó a soltar alaridos distorsionados con su media boca, mientras un chorro de sangre verde salía de la cabeza destrozada como en una fuente.
La reina se fue hacia atrás, chocó bruscamente contra la pared, aplastando unos cuantos de los frascos que contenían las larvas. Melina les apuntó y empezó a dispararles. Los frascos estallaban uno a uno y las larvas blancas caían muertas al suelo, bañadas en ese líquido amarillento en el que habían estado guardadas.
Empezó a sonar una alarma. Era un pitido muy agudo que subía y bajaba de tono. Un montón de luces empezaron a prenderse y apagarse, como en una discoteca.
Yo tomé a Melina del brazo, que parecía muy concentrada en destruir a las larvas.
—Vamos —dije—. Tenemos que irnos.
Melina disparó a la ventana, creo que accidentalmente. Abrió un agujero perfectamente redondo en el cristal (si es que era cristal) y la cámara empezó a perder presión, a medida que el aire salía de ella.
Todo se estremeció violentamente, como si hubiera un terremoto.
En ese momento, la compuerta redonda por la que habíamos caído se abrió y tres extraterrestres cayeron hábilmente sobre el almohadón. Los tres estaban armados y empezaron a dispararnos en cuanto nos vieron.
—¡Corran! —grité.
Noté que la compuerta por la que había entrado la reina estaba abierta. De ella salía una fulgurante luz azul.
Melina disparó tres veces sin éxito a los extraterrestres (guardias de la reina, seguramente) que habían llegado, pero no le dio a ninguno. Mientras tanto, la reina estaba apoyada contra la pared, rodeada de sus horribles hijos muertos, sangrando a borbotones, chillando y pataleando.
Cruzamos la compuerta y nos encontramos otra vez en la cámara azul.


10

La Daneel I estaba allí, tal como nosotros la habíamos dejado, con todas las puertas abiertas.
Por favor, que todavía funcione, me dije. Por favor.
En la cámara, se escuchaba la ensordecedora alarma, chillando a más no poder. Allí, el suelo también temblaba.
Entramos a la nave. Escuchamos un ruido a succión cuando cerramos las puertas y la nave se presurizó. Yo me senté al volante, miré desesperado el infernal panel de control y entonces giré las llaves que colgaban del contacto. El motor encendió con un ronquido grave. En ese momento, las luces azules a nuestro alrededor, empezaron a estallar.
Moví la palanca que estaba arriba del botón verde. La Daneel I se elevó un poco del suelo.
—¿Cómo vamos a salir? —gritó Juancho, a mi lado—. ¡No hay salida!
Melina se inclinó sobre el asiento delantero, abrió la ventanilla del lado del conductor, sacó el brazo y disparó con el lanza rayos a la pared que estaba delante nuestro. Disparó varias veces, en círculo. Un trozo derretido de la pared se desprendió y salió disparado como un proyectil hacia el vacío.
Melina se metió rápidamente y yo cerré la ventanilla, antes de que el cambio de presión hiciera implotar la nave.
Dos de los guardias aparecieron en la compuerta y empezaron a dispararnos, pero se veían aturdidos.
—¡Vamos! —gritó Juancho.
Moví la palanca hacia arriba con tanta fuerza, que casi la arranco. Esta vez, no hubo cuenta regresiva, porque fue un despegue de emergencia. Las turbinas laterales se encendieron y la Daneel I arrancó a toda velocidad.
Pasamos por el agujero que había abierto Melina, que era apenas más ancho que la nave. Los laterales rozaron el borde del agujero.
Salimos hacia el espacio a toda velocidad.
Detrás de nosotros, la nave extraterrestre, la nave de los Zorgs, una enorme estructura plateada en forma de plato hexagonal, empezó a estallar. Hubo explosiones en distintos puntos y luego una explosión enorme. Una luz blanca envolvió nuestra nave y tuve el presentimiento de que se derretiría. Fuimos catapultados por la onda expansiva. Fue un milagro que la Daneel 1 no se despedazara. Tuve que sostener el volante con mucha fuerza para no perder el control.
La explosión colapsó de inmediato, al no haber oxigeno que quemar en el espacio.
La Daneel I dejó de vibrar.
Me di cuenta de que estaba empapado en sudor y que el volante estaba caliente. Seguramente el chasis externo de la nave estaba chamuscado. Pero aún funcionaba y estaba seguro de que lograría llevarnos a casa.
Me volví y miré a mis amigos. Juancho estaba tendido en el asiento del acompañante, con las manos encima de la cabeza, como si se protegiera de un bombardeo aéreo. Melina estaba detrás, sentada en el asiento, con las uñas clavadas en los brazos del mismo.
—¿Están bien? —pregunté.
Juancho se irguió lentamente.
—Bien —dijo.
—Yo también —respondió Melina.
—Mely —dije—. Lo que hiciste sí que fue valiente. Nos salvaste la vida a Juancho y a mí dos veces y encima nos ayudaste a escapar.
—Es verdad —repuso Juancho—. Gracias, Mely.
Melina sonrió y se apartó un mechón de pelo manchado de verde de la cara.
—No fue nada —respondió—. Ustedes hubieran hecho lo mismo por mí.
Juancho miraba por el espejo retrovisor.
—Parece que no quedó nada de la nave de esos bichos —comentó.
—Me alegro —respondió Melina.
—Yo también —dije—. Y me pregunto si la explosión se habrá visto desde La Tierra.
—Seguramente sí —dijo Melina.
—Vamos a tener mucho que contar cuando volvamos —dijo Juancho—. Elliot no nos va a creer. Nadie nos va a creer.
—Y no creo que a Elliot le haga mucha gracia el estado en que dejamos su nave —agregué.
—Todo fue culpa de su vecino Abelardo —dijo Juancho y los tres reímos—. Pero impedimos una invasión extraterrestre, así que debería darnos un premio.
Por un momento, miramos La Tierra debajo nuestro. Había girado mientras no estuvimos y ahora todo lo que se veía era el azul infinito del océano... de algún océano. ¿Cuánto tiempo habíamos estado fuera? ¿Acaso serían días? ¿O tal vez semanas?
—Fede —me dijo Melina—. ¿Ya aprendiste a manejar esta nave?
Miré el panel lleno de botones, perillas y lucecitas parpadeantes.
—Creo que estoy aprendiendo —dije.