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lunes, 16 de febrero de 2015

Breve análisis de El Alquimista: Paulo Coelho es a la literatura lo que Ricardo Arjona es a la música

[ADVERTENCIA: El siguiente análisis contiene detalles de la trama, el argumento y el final]

Esta es la primera (y seguramente no la última) reseña sobre un libro que escribo en el blog. No solo de aventuras gráficas vive el nerd. Soy un lector empedernido (sobre todo desde que a finales de 2013 me auto regalé un e-reader) pero nunca antes había escrito sobre libros aquí. En fin, hay una primera vez para todo.

Antes que nada tengo que aclarar que el libro que nos convoca no es del estilo de lo que a mí me gusta leer: soy un fanático de la literatura de terror (E. A. Poe es mi escritor favorito), de la ciencia ficción, la fantasía, el policial (en especial el negro, cuando está bien escrito). En definitiva, de todos los "subgéneros" de la llamada infraliteratura. Con esto quiero dejar en claro que no soy ninguna luminaria intelectual. Que prefiero leer a Stephen King antes que a Proust, por poner un ejemplo (creo que nunca leí nada de Proust, de hecho). Así que lo que escribo aquí es mi modesta opinión como simple lector. No pretende ser un sesudo análisis literario, ni mucho menos, ni tampoco pretendo subirme a un pedestal y decir que mis gustos en materia de libros son mejores que los de la mayoría. Dicho todo esto, voy a dedicarme a lo que realmente quería: destrozar esta supuesta Obra Maestra de Paulo Coelho, que inexplicablemente (o no tanto) ha llegado a ser de los libros más vendidos en el mundo y su autor de los más leídos.

El Alquimista es un libro del que he oído mucho hablar, al igual que de Paulo Coelho. Nunca había leído nada este autor brasileño, pese a su popularidad... o, mejor dicho, debido precisamente a su popularidad; mi filosofía de vida es: lo que es moda me incomoda. Siempre tiendo a mirar con cierto recelo las cosas (libros, películas, canciones, etc.) que se convierten en un éxito y un fenómeno de masas. Prefiero no seguir al rebaño en el primer momento y juzgarlas luego, con tranquilidad. Y el resultado suele ser casi siempre el mismo: decepción. O, más bien, la conclusión de que el producto de moda no es ni la mitad de bueno de lo que la publicidad (y/o el público) pregona. Bien, El Alquimista no es la excepción, como era de esperar.

El libro empieza con un prefacio en el que el autor nos advierte que se trata de una obra simbólica (a diferencia de El Peregrino de Compostela, que es un libro descriptivo)... Bueno, gracias por el aviso. Supongo que es por aquello de "el que avisa no traiciona", que Coelho nos advierte que lo que vamos a leer a continuación es una ristra de burradas sin sentido disfrazadas de "simbolismo". Luego nos cuenta que él mismo estudió alquimia durante once años, que estaba obsesionado con el elixir de la larga vida, que leyó muchos libros sobre Alquimia cuyo simbolismo fue incapaz de entender (será por eso que ahora escribe un libro tan simplón, pese a que él insista que es simbólico), que conoció a muchos charlatanes que decían que sabían mucho, pero en realidad no sabían nada, etc. Luego dice que conoció a su Maestro, quien fue el que verdaderamente lo inició en la alquimia y le enseñó todo lo que sabe. O sea que estamos ante un libro escrito por alguien que conoce el paño, que sabe de lo que habla... ¿verdad? Bueno, Coelho podrá saber mucho sobre alquimia, pero en lo que respecta a creación literaria se queda bastante, bastante corto, como descubrirá quien lea el libro. Lo más gracioso de todo es que con su libro, Coelho procura "rendir homenaje a grandes escritores que consiguieron alcanzar el lenguaje universal: Hemingway, Blake, Borges, Malba Than, entre otros". No sé si todos estos autores de renombre alguna vez tuvieron contacto con la alquimia, o si alguna vez leyeron siquiera un libro al respecto. Pero si yo fuera alguno de ellos creo que no me hubiera gustado  del todo que Paulo Coelho me rindiera homenaje. Más bien, me hubiese sentido un poco avergonzado.

La historia se centra en un joven pastor andaluz llamado Santiago (que no es un simple campesino, porque estudió latín, teología y otras cosas y le gusta mucho leer), que se dedica a cuidar y comercializar ovejas. El pastor tiene un sueño recurrente muy misterioso, mientras duerme con las ovejas en los pastos andaluces. Un sueño sobre un viaje a las pirámides de Egipto, nada menos (uno de los lugares más misteriosos del planeta, claro está), donde supuestamente lo aguarda un tesoro. El joven pastor se dirige a la ciudad de Tarifa, en Andalucía, para vender sus ovejas y de paso, para ligarse a la hija del comerciante, de la que está enamorado, pero al llegar decide ir primero a ver a una vieja gitana, para que le interprete ese sueño tan raro. La gitana le dice que si soñó con un tesoro oculto en las pirámides, entonces lo que debe hacer es... ir a las pirámides. Gracias, señora gitana, por tan sabio consejo. Se ve que a nuestro joven pastor no se le hubiese ocurrido (ni a Coelho tampoco).

Santiago decide entonces irse a Egipto. Pero en Tarifa conoce a un anciano muy misterioso llamado Meliquiadesec, quien dice ser el rey de Salem (supongo que no tendrá que ver con las brujas de Salem... da igual). El viejo es un sabio que lo sabe todo (y cuando digo todo, es todo, como la primera experiencia sexual de Santiago... en solitario, como era de esperar). El viejo, por supuesto, también sabe sobre el sueño de Santiago y sobre su visita a la gitana. Es aquí cuando vemos todo el talento de Coelho en su máximo esplendor, cuando el autor realmente empieza a hacer gala de toda su habilidad literaria (que ya nos había mostrado con la deliciosa frase "Era un día caluroso y el vino, por uno de esos misterios insondables, conseguía refrescar un poco su cuerpo"... sí, definitivamente es un misterio del universo como un líquido consigue quitar la sed, al menos por un tiempo), de su capacidad para caer en los lugares comunes más burdos y simplones, de su predilección por disparar frases pretendidamente profundas y reveladoras, pero que en realidad son asquerosamente superficiales y banales.

Santiago mantiene una críptica conversación con el viejo en cuestión (Melquiadesec, no Coelho, se entiende), que se reduce a una serie de preguntas y respuestas breves. Y obvias. Aquí el viejo le habla de la Leyenda Personal (no sé si el nombre es una marca registrada de Coelho... supongo que sí) que tiene cada persona en el mundo. La Leyenda Personal consiste básicamente en que cada uno de nosotros tiene un propósito o un destino en esta vida, designado, como era de esperar, por un ser supremo, el Creador, y que nuestra tarea como simples mortales es descubrirla. Para lograrlo, basta con seguir las señales. Frase cursi va, frase cursi viene y entonces el viejo rey deja caer su bomba más conocida, la frase que podría resumir todo el libro (y por qué no, toda la obra de Coelho), que solo ella, merece todo un análisis aparte:

"Cuando realmente quieres una cosa, el Universo entero conspira para que la consigas".

Me gustaría detenerme aquí unos instantes. Coelho es, ante todo, un embaucador, que logra hipnotizar al gran público con su estilo infantiloide de escritura y su filosofía o espiritualidad de opereta. Así es como logra recaudar paladas de dinero, vendiendo obras de segunda cargadas de moralina y supuestas enseñanzas de vida tan vacías como la cabeza de Belén Estéban. Pero esto es el colmo. Dejando de lado la nauseabunda cursilería y banalidad que destila este conjunto de palabras, ¿qué quiere decir exactamente que el Universo conspira para que consigas algo? O, mejor dicho: ¿a cuántas personas de este mundo se les cumple este principio? Esto me trae a la cabeza otra frase infecta, que no aparece en la obra de Coelho, sino que sale de las doctrinas de ese otro estafador de masas llamado Sri Sri Ravi Shankar: "Si sucede conviene". Este gurú del buen rollo, que está a favor de la paz (y sostiene que las intervenciones militares de las potencias en otros países son buenas), que es seguido por muchos miembros de la farándula y de los medios masivos de estupidización, y que se dedica a ir por el mundo cobrando cifras astronómicas por enseñar a la gente "técnicas de respiración" (se ve que un acto reflejo como la respiración, es algo que todos hacemos mal), también sabe soltar perlas de sabiduría como esa. Yo simplemente me pregunto: ¿si sucede qué y a quién conviene? Claro, si eres una persona de clase media alta y/o alta (la clase de gente que paga por ir a esas sesiones de respiración), es muy probable que la mayoría de las cosas que te sucedan te convengan. Ahora, si eres un niño o una mujer en Somalia, dudo mucho que lo que te sucede todos los días te convenga demasiado. ¿Y si te sale un cáncer terminal? ¿También te conviene? Volviendo a Coelho, su mítica premisa guarda cierto parecido con la de Shankar. Depende mucho de quién seas y de lo que quieras para poder conseguirlo. Yo podría desear con toda mi alma poder volar agitando los brazos. Pero si me subo a la azotea y me pongo a revolotear mis extremidades, lo más probable es que la anatomía que me tocó por ser humano y la gravedad, conspiren juntas y le ganen al Universo, el cual no podrá evitar que termine con la cabeza aplastada contra el suelo. Pero este es un ejemplo muy burdo. Una madre soltera puede desear con toda su alma tener un trabajo que le dé para alimentar a sus hijos pequeños. Un ciego puede desear con toda su alma poder ver. Una mujer puede desear con toda su alma que su marido se salve del cáncer de colon terminal. ¿En cuántos de esos casos el Universo conspira para que los deseos se cumplan? Vuelvo al ejemplo de Shankar: si eres rico y deseas con toda tu alma pasar tres meses en la Costa Azul francesa, es muy probable que el Universo conspire para que lo consigas. Si no... creo que ya se entiende la idea. Por lo tanto, esta premisa no solo exuda cursilería y estupidez por todos lados. Es un engaño de tomo y lomo, una trampa para las almas en pena y para la gente desesperada, por no mencionar que resulta ofensiva.

Volviendo a la historia: antes de separarse, el viejo rey le entrega a Santiago dos piedras, una negra y otra blanca (llamadas Urim y Tumim) que lo ayudarán en su viaje a "tomar decisiones". El rey se quita las piedras de una pechera de oro incrustada de piedras preciosas, que lleva puesta debajo de la humilde túnica. No cabe duda, es un auténtico rey, sobre todo teniendo en cuenta que le cobra a Santiago una décima parte de sus ovejas, por sus sabios consejos.

Es así como el joven pastor empieza su viaje iniciático y fabuloso, lleno de aventura y peligro. Cruza el mar hacia África y llega a una ciudad-puerto donde, misteriosamente, todo el mundo habla árabe (otro de los misterios insondables del Universo, como lo de que el vino calme la sed). Allí tiene su primer tropiezo: conoce a un ladrón que lo estafa (vendiéndole un libro de Paulo Coelho... ¡es broma!) y se va con todo su dinero, dejándolo sin blanca en una ciudad desconocida donde todo el mundo habla árabe. Luego pasamos a conocer al mercader de cristales, que vive en su pequeña tienda en lo alto de una montaña. Este es uno de los tantos personajes con los que el pastor se irá encontrando a lo largo de su peregrinaje. El vendedor de cristales es otro viejo árabe, que vive tranquilo su rutinaria vida, con pocos clientes y una tienda algo deslucida. Santiago lo conoce y le propone limpiarle los cristales a cambio de comida y un techo. Al final, el viejo termina contratándolo y Santiago trabaja con él una buena temporada. En ese lapso de tiempo, le cuenta sobre su Leyenda Personal, su tesoro escondido en las pirámides y demás ñoñerías. El viejo le dice que el único sueño que le queda por cumplir es peregrinar a La Meca... sueño que se plantea no realizar jamás. Básicamente por miedo a que La Meca lo decepcione. No sé, seguramente tema que La Meca no tenga TV cable o que el papel higiénico sea más caro. En fin, el caso es que pasado un año o así, y luego de recordarnos hasta el hartazgo que "Todo es una sola cosa" (???), Santiago decide que ya tiene suficiente dinero y decide marcharse. ¿A las pirámides? No, porque ahora está indeciso de si debe seguir con su viaje o regresar con sus ovejas a Andalucía. Lo normal, cruzó al África para ir a buscar un tesoro pero a mitad de camino empezó a extrañar a las ovejas (quizá por razones sentimentales, vaya uno a saber) y siente deseos de volver. Al final, lo consulta con las piedras mágicas que le dio el viejo rey y estas lo sacan del atolladero: debe seguir adelante. Sería fantástico tener esas piedras maravillosas en la vida real y poder tomar decisiones en función de lo que ellas dicten, ¿no?

Santiago se marcha en una caravana llena de gente y animales que va a cruzar el desierto. Allí conoce a un inglés que está totalmente fascinado con la alquimia y todo lo que hace es leer libros al respecto. Durante el viaje, sin comerlo ni beberlo, se meten en medio de una guerra de clanes, por lo que la travesía se vuelve aún más peligrosa. Les juro que en esta parte no podía dejar de leer, sentado al borde de la butaca, con la adrenalina disparada, aferrando el e-reader con las manos como garras, con la respiración contenida, temeroso de lo que pudiera pasar. Me sentía otra vez como cuando tenía diez años y veía las películas de Indiana Jones. Si hay algo que sabe hacer Coelho es transmitir sensaciones y emociones a través de su escritura chata, simplona y casi infantil. Mientras los clanes del desierto se pelean, Santiago y su grupo se dedican a pasar las noches contándose historias del desierto. Santiago lee los libros del Inglés. Descubre que el texto más importante de la Alquimia consiste en unas pocas líneas... Perfecto. Una noche, el Inglés y Santiago salen a pasear por las dunas, y el primero suelta toda su perorata sobre la Alquimia. Sobre el lenguaje del mundo, que toda las cosas hablan, sobre el Alma del Mundo, que todas las cosas poseen, etc, etc. Me hizo gracia que en un momento, ante una pregunta un poco tonta del pastor, el Inglés irritado, responde: "Tienes la manía de simplificarlo todo". Suena como una acusación que Coelho se hace a sí mismo a través de uno de sus personajes. También nos enteramos que la Alquimia es un trabajo muy serio, que requiere mucho estudio y dedicación y que, por lo tanto, no es para cualquiera. Solo los más privilegiados son capaces de entender cómo se obtiene plomo del oro. ¡Por supuesto! Imaginen qué pasaría si la gente pobre aprendiera a convertir plomo en oro. Sería una catástrofe en el mercado internacional. Así que mejor no, mejor dejarle la Alquimia a "gente capacitada", como el propio Coelho, quien nos lo hace saber en su interminable prefacio.

El viaje por el desierto prosigue y finalmente nuestros héroes llegan a un oasis, donde supuestamente está el Alquimista que el Inglés tanto quiere ver. Cuando los viajeros llegan, cambiamos de punto de vista en la narración. El Alquimista ve llegar la caravana y piensa: "Cuando los tiempos van deprisa, las caravanas corren también". Por supuesto, hay que ser alquimista para poder llegar a la conclusión de que si hay un grupo de gente viajando a través de una zona en guerra, donde hay distintos clanes dispuestos a matarse, el grupo va a tender a viajar de prisa para salir de allí lo más rápido posible. Luego, nuestro Alquimista suelta algunas reflexiones más sobre la obra de Dios, sobre la creación del desierto, las palmeras y otras cuestiones divinas. Es notable como Coelho llena su historia de magia, alquimia, magos, adivinadores, etc., pero lo baña todo con un barniz religioso, como para dejar en claro que no es un pagano, o un hereje, o un siervo de Satán. Que se trata de una magia "blanca" o "buena", al servicio del Señor. No vaya a ser que Él se lo tome a mal.

La caravana llega al oasis, que al parecer es bastante grande y está lleno de mujeres del desierto. Pero el Alquimista no aparece por ningún lado y el Inglés empieza a impacientarse. Nadie en el oasis parece saber quién es. Con la ayuda de Santiago, el Inglés revisa las tiendas, pero no da con él. Finalmente empiezan a preguntarle a los que se dirigen a un pozo a buscar agua. Al principio no tienen suerte, la gente o no quiere o no sabe decirles. Pero finalmente, Santiago conoce a una chica llamada Fátima, que parece ser la única de todo el oasis que sabe quién es el Alquimista y en dónde está. Y por supuesto, el pastor se enamora de ella a primera vista. Aquí podemos degustar otra chorradita mística de Coelho: Santiago tiene una iluminación y descubre que el Amor es el lenguaje universal. Mientras el Inglés va a buscar al estafador del Alquimista, Santiago se dedica a coquetear con la joven. Le cuenta sobre sus aventuras, sobre la Leyenda Personal y demás. Ella le cuenta sobre las mujeres del desierto, los guerreros, etc. Santiago le dice que quiere que sea su mujer. Otra vez empieza a dudar de si debe seguir camino hasta las Pirámides. Ella le dice que su amor es como el desierto. ¿Seco e inhóspito? No. Sino que las dunas cambian con el viento, pero el desierto siempre es el mismo. Al igual que su amor. Se entiende la analogía, ¿no? Como sea, el caso es que en un momento, Santiago se va a pasear por las dunas y al mirar al cielo ve a dos gavilanes peleando. Y entonces tiene una visión: ve a un ejército enorme llegando e invadiendo el oasis. Santiago va a ver a un camellero, le cuenta sobre su visión y el camellero le dice que el desierto está lleno de Adivinos y que en una ocasión consultó con un adivino y este le dijo que él no lee el futuro, él lo adivina. Porque (sorpresa, sorpresa) "el futuro pertenece a Dios y Él sólo lo revela en circunstancias extraordinarias". ¿Y cómo consigue el Adivino adivinar el futuro? "Por las señales del presente". Quiere decir, básicamente, que se rige por el mismo principio que los adivinadores y tarotistas que salen en la tele y en la radio a las tres de la mañana: utilizan un principio básico de probabilidades para adivinar datos sobre una persona o lo que va a hacer. Cosa que pone en evidencia el propio Adivino al concluir: "Si mejoras el presente, lo que vendrá después, será mejor". Esto de ser adivino es muy, muy fácil, ¿verdad?

Luego de esto, Santiago va a la tienda principal del oasis para contarles su visión a los jefes de los clanes y mercaderes árabes. Estos al principio no le creen, pero luego dicen que como siguen la Tradición, tienen que creer en los mensajes que envía el desierto. El viejo líder de los árabes, le dice que aguardarán armados al enemigo. Pero si este no se aparece, usarán al menos una de las armas contra él. O sea, si la profecía no se cumple, se cargan al pastorcillo y santas pascuas.  Mientras Santiago regresa a su tienda, pensando que no teme morir debido a que si es así será voluntad de Dios, de golpe, como en una explosión, aparece un caballero árabe vestido de negro, con turbante, la cara cubierta por un pañuelo, y una enorme espada curva muy afilada, montando un corcel blanco. El caballero coloca la espada sobre la cabeza del pastor y le pregunta quién ha osado leer el vuelo de los gavilanes. El pastor responde valientemente que fue él. Así entabla una conversación con el caballero sobre adivinaciones, los designios de Alá y la Leyenda Personal. Y oh, sorpresa, el caballero misterioso sabe acerca de la Leyenda Personal y el Lenguaje del Mundo. Le dice a Santiago que, si sobrevive para el día siguiente, vaya a buscarlo, indicándole que vive hacia el sur. El pastor llega a la conclusión de que encontró al Alquimista. A la mañana siguiente, los árabes del oasis esperan al enemigo, ocultos entre las palmeras y armados hasta los dientes. De pronto, en el horizonte, se divisan quinientos hombres, también armados, que irrumpen en el oasis y atacan la tienda principal, que se encuentra vacía. Los del oasis los atacan por sorpresa y los matan a todos. En pocas líneas he descrito la escena casi de la misma forma que Coelho en el libro: de forma telegráfica, esquemática y sin interés. El autor parece no reparar en gastos cuando se trata de soltar rollos místicos, frases estúpidas y banales disfrazadas de sabiduría, e inmundos lugares comunes, pero a la hora de narrar una escena que podría haber dado bastante más interés a la obra, se vuelve sorprendentemente avaro. En fin, el caso es que al final, los árabes dejan vivo al líder del batallón por un rato, solo para mortificarlo un poco más y al final lo cuelgan de una palmera muerta. A Santiago lo recompensan con 50 monedas de oro y se va al sur, a ver al Alquimista. Este lo invita a cenar los gavilanes que cazó en el desierto (los mismos que el pastor vio el día anterior) y le repite la frase madre de este pseudo manual de auto-ayuda barato: "Cando se quiere algo, todo el Universo conspira para que esa persona consiga realizar su sueño".  No sé cuántas veces se repite a lo largo del libro, pero con leerlo una sola vez es suficiente. Cada vez que vuelvo a toparme con ella se me revuelven las tripas. Y por si no fuera poco: "El mal no es lo que entra en la boca del hombre. El mal es lo que sale de ella". Cómete un trozo de carne en mal estado y dime si lo que entró por tu boca no fue el Mal en persona. El alquimista le dice que continúe con su viaje a las Pirámides y que cambie su camello por un caballo. A la noche siguiente, ambos salen a pasear por las dunas. El Alquimista le pide que le enseñe la vida en el desierto. "La vida atrae a la vida", es otra de sus máximas. Entonces el caballo del pastor encuentra una serpiente venenosa entre las rocas, que el Alquimista no tiene miedo en sacar de su cueva con la mano y ponerla en un círculo mágico que dibujó en la arena con su espada, donde la serpiente se queda totalmente tranquila. El Alquimista le insiste al pastor que continúe buscando su Leyenda Personal, que siga su viaje a las pirámides. Pero el pastor ya no quiere hacerlo. Quiere quedarse en el oasis con Fátima. El alquimista le dice que puede quedarse pero que con el tiempo se va a volver muy infeliz si lo hace, que las señales lo abandonarán, que Fátima se pondrá triste. Al final lo convence. Partirán antes de que amanezca.

Asistimos a una lacrimógena despedida de Santiago y Fátima. Ella llora, le dice que lo esperará y casi podemos escuchar la música empalagosa de fondo. El pastor y el Alquimista se marchan y empiezan a hablar otra vez sobre la Leyenda Personal. Y sobre el corazón. Pero no, no celebran un simposio sobre cardiología. El Alquimista le dice que escuche a su corazón (la moraleja que faltaba, claro), que su corazón es su amigo, que su corazón lo guiará, que el corazón de los hombres siempre está ahí  para guiarlos en su Leyenda Personal, pero que los hombres generalmente no le hacen caso, por eso el corazón siempre le habla a los niños, los borrachos y los viejos (sí, así como lo leen), que el corazón puede bajar la voz pero nunca se calla, que el corazón no traiciona, que el corazón puede ser tu mejor amigo, que el corazón  pertenece al Alma del Mundo, que el corazón siempre es puro y sincero, que el corazón esto y el corazón lo otro... Perdí la cuenta de cuántas veces aparece la palabra "corazón" o "corazones" en unos pocos párrafos. El caso es que Santiago aprende a escuchar a su corazón y este le cuenta cosas; historias del desierto, historias sobre la Leyenda Personal de los hombres, recetas de cocina (es broma), le cuenta sobre el Alma del Mundo... y, como era de esperar, le dice que "Todo hombre feliz era un hombre que llevaba a Dios dentro de sí". Por supuesto, en medio de tanto coloquio cardíaco, no podía faltar una inyección de moralina cristiana. No voy a ponerme a discutir un concepto tan abstracto como la felicidad porque no terminaría nunca, pero según Coelho (seguro también se lo contó su propio corazón) solo puedes ser feliz si aceptas a Dios. De lo contrario, serás un pobre desgraciado por toda la eternidad. O sea, los que no creemos en Dios, estamos condenados a la infelicidad. Qué se le va a hacer.

Nuestros peregrinos prosiguen su viaje por el desierto, un desierto que sigue en guerra, así que viajan con cautela. Por el camino se encuentran con centinelas que les dicen que no pueden seguir. El Alquimista los mira profundamente y les dice que no va muy lejos. Y entonces, los guerreros, como hipnotizados, les abren paso. "Ha dominado a los guardias con la mirada", comenta el pastor, fascinado. "Los ojos muestran la fuerza del alma", responde el Alquimista. Claro, ya sabemos desde la época de la antigua Grecia, que los ojos son la ventana del alma. Voy a probar ese truco de mirar fijamente a los guardias la próxima vez que quiera colarme en una discoteca. Seguro que funciona.

Flanquean una montaña y el Alquimista le dice a Santiago que faltan dos días para llegar a las Pirámides. El pastor le pide entonces que le enseñe Alquimia. El Alquimista le dice que ya sabe, que la Alquimia es "penetrar en el Alma del Mundo y descubrir el tesoro que ella nos reservó". El pastor lo que quiere es que le enseñe a transformar plomo en oro. El Alquimista le dice que todo evoluciona en el Universo y que el oro es el metal más evolucionado, pero que no sabe por qué. La verdad es que yo también me pregunto por qué será. Luego le dice que los alquimistas que solo buscan convertir el plomo en oro, nunca lo consiguen. Una pequeña moraleja contra los avaros. El pastor encuentra una concha marina en la arena. Es que el desierto, una día, fue un mar. El Alquimista le dice que se ponga la concha en el oído y el pastor escucha el sonido del mar. El Alquimista le dice que "El mar continúa dentro de esa concha porque es su Leyenda Personal". Lamento ser un aguafiestas, querido Alquimista, pero lo que se escucha cuando acercamos una concha de mar al oído, no es el sonido del mar, sino el de nuestra propia sangre fluyendo por los vasos sanguíneos, amplificado gracias a que la concha actúa como una caja de resonancia. Perdón si le destrocé la ilusión a más de uno, no pude evitarlo. Es que el libro está tan cargado de falsedades disfrazadas, que me exaspera.

Prosiguen su viaje y se topan con un ejército que se los lleva prisioneros a un campamento. Allí los llevan a la tienda del general. El Alquimista le dice que su acompañante también es un alquimista y que tiene el poder de transformarse en viento. Que necesita tres días. De paso, le arrebata la bolsa de monedas de oro que lleva el pastor y se la da al general, diciéndole que venían a traerle oro. Aquí podemos observar la habilidad estafadora del Alquimista, sus dotes de charlatán de feria en todo su esplendor, su habilidad para arrebatarle dinero a los demás en base a palabrería barata (como el autor). El general les concede los tres días. Si para entonces el pastor no se convirtió en viento... kaput. Muerto de miedo,  el pastor le dice al Alquimista que no sabe transformarse en viento, que él no es alquimista. El Alquimista le dice que no tenga miedo a fracasar, que el que conoce su Leyenda Personal sabe todo lo que necesita saber. Pasan los tres días. El muchacho sube a una montaña para mirar el desierto y hablar con su corazón. Finalmente, el general y sus hombres se reúnen allí para ver el prodigio. El muchacho se pone a hablar con el desierto. Le habla del amor y otras cosas. Luego, el desierto le dice que hable con el viento. Lo bueno de la alquimia es que puedes hablar con lo que sea: viento, arena, piedras... El pastor habla con el viento y le pide que lo transforme en viento, pero este no sabe hacerlo. Enojado, empieza a soplar con fuerza y le dice que hable con el Sol. El joven habla con el Sol sobre el Amor y otras burradas y le pide que lo transforme en viento, pero el Sol tampoco sabe. Entonces el Sol le dice que hable con "la Mano que lo escribió todo". Al parecer transformarse en viento es más difícil que hacer un trámite telefónico en el municipio: te pasan de oficina en oficina porque nadie tiene la más remota idea de nada. Sin embargo, la Mano que lo escribió todo, sí sabe, evidentemente, y transforma al pastor en viento y lo hace volar de un extremo del campamento a otro. Los árabes, fascinados y horrorizados, lo dejan marchar con el Alquimista y una escolta personal.

Llegan a un monasterio copto. Aquí, el Alquimista le dice al pastor que seguirá solo y que en tres horas llegará a las Pirámides. El Alquimista llama a la puerta del monasterio, habla con un monje, e invita al muchacho a pasar. Van a la cocina, donde el Alquimista, por fin, transforma un trozo de plomo en oro (para ver la receta, consulten el libro). Luego lo divide la pieza de oro circular en cuatro partes. Una se la queda él, la otra se la da al monje por su cortesía y otra al muchacho. La cuarta pieza también se la da al monje, para que se la dé al pastor en caso de que vuelva. Cuando salen, el Alquimista, antes de marcharse, le cuenta una historia aburridísima sobre los hijos de un hombre muy bondadoso que vivía en la antigua Roma y que uno de esos hijos, que se había hecho militar, había conocido al hijo de Dios. Muy bonito. Se despiden y el muchacho sigue hacia las pirámides.

Llega a lo alto de una duna y las ve, bajo la luz de la luna. Allí, llora de felicidad. Su corazón le había dicho que su tesoro estaría ahí donde cayeran sus lágrimas. Y encima, ve un escarabajo que en Egipto es símbolo de Dios. El pastor empieza a cavar. Cava y cava, pero no encuentra nada. De pronto, aparecen dos asaltantes, que le roban la pieza de oro que le dio el Alquimista y luego lo golpean para que siga cavando. Pero no encuentra nada. Finalmente, los ladrones deciden irse. Uno de ellos le dice al pastor que es un estúpido por haber ido hasta allí. Que él también había tenido un sueño recurrente en el que iba hasta España, hasta una iglesia derruida con un sicomoro, donde los pastores solían descansar, porque allí se ocultaba un tesoro. Pero que no había hecho el viaje porque no era tan estúpido para hacerle caso a un sueño.

Bien, pueden imaginarse lo que sigue, ¿no? Al final, Santiago encuentra su preciado tesoro (un cofre lleno de moneadas españolas antiguas) enterrado bajo el sicomoro de la iglesia abandonada, justo en el punto de partida de su viaje. Algo que se veía venir más o menos desde la mitad del libro. Por supuesto que el Alquimista ya sabía que el tesoro no estaba en las Pirámides, sino en la iglesia andaluza (por eso le había dado el otro trozo de oro al monje copto, porque sabía que el muchacho tendría que hacer todo el camino de vuelta). Tengo que confesar que, a pesar de su obviedad, el  final no me pareció tan terrible. Una parte de mí había esperado un final del tipo "el muchacho entra en las pirámides y encuentra un espejo. Ve su rostro reflejado en él  y comprende que el tesoro es él mismo, su Alma, o el Alma del Mundo", o alguna tontería así. Pero no. Al final resultó que el tesoro era algo totalmente material: nada menos que monedas de oro. Y enterradas en un cofre, para rematar... Pero el final no salva a toda la obra.

Para terminar: Decididamente, Coelho es a la literatura, lo que Ricardo Arjona es a la música: superfluo, estúpido, banal hasta la náusea, abyecto, tramposo, mentiroso. El Alquimista es un libro pésimamente escrito, con una narrativa y un estilo insultantemente simplones. Es un compendio de frases hechas que parecen sacadas de Desmotivaciones.es (en el mejor de los casos), de gurú de la "buena vibración" al estilo Sri Sri, como mencioné antes, con el vil metal como único objetivo final. Es increíble como este señor sigue embaucando a tantos millones de cuarentonas menopáusicas y estreñidas alrededor del mundo. Lamento si mi veredicto final es tan severo, pero es lo que pienso honestamente. Sé que Coelho no es el único escritor malo que existe, ni mucho menos, pero hacía bastante tiempo que quería analizar su libro más famoso y desahogarme. Ahora me siento mejor.

Bueno, eso es todo por hoy. Gracias por su atención, amiguitos. ¡Hasta la próxima!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Lei el alquimista de Paulo Coelho y al llegar al final me di cuenta del terrible plagio, ya antes habia leido unos cuentos arabes de autores anonimos. El Alquimista no es mas que un surtido de esos cuentos. Para ser especificos El Alquimista es un 20% obra de Coelho y 80% plagio. Una lastima.

debora armijo dijo...

No me pareció mal el libro. Pero aún sigo pensando en cuales fueron los errores principales de Santiago tras seguir su leyenda personal

debora armijo dijo...

No me pareció mal el libro. Pero aún sigo pensando en cuales fueron los errores principales de Santiago tras seguir su leyenda personal