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sábado, 8 de noviembre de 2008

Zorgs

I. VIAJE FRUSTRADO

1

Todo comenzó con una llamada de Elliot Herman, en la que me dijo:
—Fede, ya puedes venir. La nave está lista.
Al principio no le creí. Había estado hablando de aquella nave desde hacía meses, desde que la idea (según él) se le había ocurrido mágicamente de la noche a la mañana, y había estado trabajando en ella durante todo ese tiempo de manera incansable, aunque sin develarnos mucho sobre el proceso. Cada vez que alguno de nosotros le preguntaba: “Elliot, ¿cómo va la nave?”, él respondía “Bien, bien” y no decía nada más. Era como si pensara que nosotros, al preguntárselo, nos estábamos burlando de él. Tal vez, en el fondo, era así, pero no era con mala intención. Era simple incredulidad. Ninguno de nosotros creía que Elliot Herman, a pesar de toda su capacidad e inventiva, fuera capaz de construir una nave que lo llevara a Marte.
Pero, al parecer, lo había hecho.

Era un sábado radiante y soleado de primavera. Llegué a la casa de Elliot alrededor de las once de la mañana. Tuve que tocar el timbre tres veces para que Elliot me abriera, porque estaba en el jardín. Cuando entré, me encontré con que Melina y Juancho ya estaban ahí.
Elliot me hizo pasar al jardín, evidentemente, muy entusiasmado, hablándome sin parar de su reciente invento. Yo le estaba prestando atención, pero en cuanto salimos al jardín, dejé de oírlo.
Delante de mí, con las cuatro ruedas apoyadas sobre una especie de plataforma de metal, estaba la vieja furgoneta Mark II del padre de Elliot, la que desde hacía casi veinte años que no usaba y que aún guardaba en el garaje, como una reliquia proveniente de un pasado remoto.
Era la misma camioneta que yo había visto antes, no me cupo la menor duda, pero por supuesto, su aspecto no era el usual. Tenía una especie de aleta que le salía del techo, en la parte trasera y dos aletas más en los flancos. Junto a ellos, de cada lado, había un tanque grande, que seguramente, era de combustible, conectado con un tubo plateado. La carrocería entera parecía estar más elevada, como si Elliot hubiese colocado amortiguadores demasiado grandes. Las ventanillas, antes traslúcidas, ahroa eran completamente negras. Cuando la ví por última vez, la Mark II era de un color crema sucio, lleno de manchas de óxido. Ahora, lucía un vistoso color azul eléctrico que destellaba bajo la luz del sol y hacía juego con los cromados de los guardabarros y los tanques de combustible. También vi el nombre con el que Elliot la había bautizado, escrito en letras amarillas sobre la puerta: DANEEL I. Daneel, en honor al célebre robot de las novelas de Isaac Asimov, que era el autor favorito de Elliot.
Elliot, a mi lado, tenía una mirada de orgullo y emoción. Parecía un padre que ve a su hijo recibiéndose cono honores y está a punto de romper en llanto.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Es... —murmuré—. Es... increíble.
No pude decir nada más. Estaba atónito.
Melina había llevado su cámara fotográfica digital Phillips y sacó una fotografía a la furgoneta. Seguramente, ya había sacado unas cuantas antes de que yo llegara.
—¿Ya la probaste? —pregunté.
—No, todavía no —respondió Elliot—. Hice algunas pequeñas pruebas aquí mismo en el jardín, pero todavía no la usé para ningún viaje.
—¿Y piensas hacerlo? —pregunté.
—Claro —respondió él. Nos miró a los tres—. Por eso los llamé. Quería que me acompañaran en el primer viaje tripulado a Marte.
Melina, Juancho y yo, intercambiamos una mirada.
—¿Quieres que vayamos a Marte contigo? —preguntó Juancho.
—Sí —dijo Elliot—. Es un viaje demasiado peligroso para que lo haga solo. Necesito una tripulación.
—Pero no creo que estemos preparados —dije yo—. Se supone que las tripulaciones espaciales pasan meses entrenándose. Ninguno de nosotros es piloto.
—Lo sé, pero no es tan difícil como parece —dijo Elliot—. No crean todo lo que ven en las películas. Volar al espacio es más fácil de lo que parece. Y les aseguro que una vez abordo, no van a tener que realizar ninguna tarea complicada.
—Pero, ¿por qué Marte? —preguntó Melina—. ¿Por qué no un lugar más cercano, como la Luna?
Elliot hizo una mueca de desdén.
—La Luna ya pasó de moda —dijo—. Si estuviésemos en los años veinte o incluso en los sesenta, sería lo adecuado. Pero en el siglo veintiuno, no se puede pensar en la Luna. Hay que ir más lejos. Y Marte es la mejor opción. Después de todo, ningún ser humano ha puesto un pie en él hasta ahora.
Melina sacudió una mano.
—Sigue pareciéndome demasiado peligroso —dijo.
—No hay por qué tener miedo —replicó Elliot—. En serio. El Daneel I es perfectamente seguro.
Volvimos a mirarnos.
—Pero, esperen —dijo Juancho—. Yo no sé mucho de astronomía, pero me parece que Marte queda bastante lejos de La Tierra. ¿Cuánto tardaríamos en llegar en una nave como la Daneel?
—De hecho, la distancia entre La Tierra y Marte depende de las posiciones relativas de estos dos planetas —explicó Elliot con aquella voz de académico que ponía siempre que exponía algo que sabía a la perfección. Resultaba un poco irritante, aunque yo ya estaba acostumbrado—. Marte está más lejos de la Tierra cuando se encuentra en conjunción y más cerca cuando se encuentra en oposición. Se dice que Marte está en conjunción cuando desde la tierra lo vemos en el mismo sentido que el Sol. En cambio, se dice que Marte está en oposición cuando desde la Tierra lo vemos en sentido opuesto al que vemos al Sol. Cuando un planeta está en oposición es visible durante toda la noche.
“Como es natural, los lanzamientos de sondas espaciales se preparan aprovechando las oposiciones de Marte para que la distancia a recorrer sea menor. Marte entra en oposición con la Tierra una vez cada 1,88 años, aproximadamente. Como la órbita de Marte es muy elíptica y la de la Tierra es prácticamente circular, la distancia entre estas dos órbitas varía. Si la oposición ocurre en el afelio la distancia Tierra-Marte es de unos ciento dos millones de kilómetros; en cambio, si la oposición ocurre en el perihelio la distancia Tierra-Marte es de cincuenta y nueve millones de kilómetros... Por si no lo sabían, el afelio es el punto de la órbita marciana más alejado del sol, y el perihelio es el punto de la órbita más próximo al sol. En estos momentos, Marte se encuentra en oposición a la Tierra y, además, cerca del perihelio. O sea, que la distancia entre ambos planetas es, como dije, de unos cincuenta y nueve millones de kilómetros. La Daneel I viaja a unos once kilómetros por segundo cuando alcanza su velocidad máxima. Quiere decir que tardaríamos algo más de sesenta y dos horas en llegar a Marte... No llegan a ser tres días. Claro que todos estos son cálculos aproximados.
Juancho hizo una mueca.
—Es demasiado tiempo —dijo—. No creo que quiera ir. Tengo muchas cosas que hacer y poco tiempo para hacerlas.
Los ojos de Elliot mostraron desilusión tras las gruesas gafas que resplandecían bajo el sol primaveral.
—¿Qué cosas? —preguntó—. ¿A esta altura del año? Se supone que las clases ya terminaron.
—Sí, pero tengo que estudiar para los exámenes —repuso Juancho—. Y no creo que pueda estudiar en esa lata mientras flotamos en el espacio... Además, ten en cuenta que tardaríamos casi tres días en llegar a Marte. Para volver a la Tierra, tardaríamos lo mismo, o sea, que en total serían casi seis días de viaje. A eso, hay que sumarle el tiempo que permanezcamos en el planeta... Redondeando, podría ser un viaje de una semana entera. Es demasiado.
Elliot suspiró y bajó los hombros. Parecía que había dado la batalla por perdida. Entonces, nos miró a Melina y a mí, con renovada esperanza.
—¿Y ustedes? Sí piensan ir, ¿verdad?
Yo lo pensé durante un instante. Yo también estaba muy ocupado. Como Juancho, tenía exámenes qué rendir a principios de noviembre y tenía mucho que estudiar. Además, tenía dibujos que entregar en Vida Silvestre, donde había empezado a trabajar como dibujante desde hacía un par de semanas.
A mí también me parecía un viaje largo, pero por dentro sentía una ansiedad y emoción que me resultaba difícil contener. Después de todo, no era muy habitual que alguien me invitar a hacer un viaje espacial.
Entonces pensé: “Estuve estudiando como loco durante todo el año. Desde que empezaron las clases en el IPA, en marzo, casi no tuve respiro. Me vendría bien un descanso de un par de días, hacer algo diferente, salir de casa... o, mejor dicho, del planeta.”
Miré a Elliot y le pregunté:
—¿Cuánto tiempo piensas que nos quedaremos en Marte?
—Dos días... tal vez tres —dijo Elliot—. El tiempo suficiente como para recolectar la mayor cantidad de datos posible.
—Está bien —dije—. Yo acepto.
—Excelente —exclamó Elliot—. ¿Melina?
Ella se encogió de hombros e hizo un gesto gracioso, como diciendo “¿Por qué no?”
—Claro —dijo—. No tengo nada mejor qué hacer. Y esto sí que podría ser interesante.
—Perfecto —repuso Elliot. Volvió a mirar a Juancho—. ¿Juancho? Todavía estas a tiempo de cambiar de opinión.
Juancho reflexionó tan solo un par de segundos, pero en ese tiempo pude ver que dentro de él, se moría de ganas de venir con nosotros. Aún así, negó con la cabeza.
—Lo siento —dijo—. Pero me quedo.
—Está bien —dijo Elliot, resignado—. No te puedo obligar. Pero, por lo menos, quédate a ver el despegue.
—Claro, eso puedo hacerlo —dijo Juancho.
Melina le dio la cámara.
—Saca algunas fotos cuando despeguemos.
En ese momento, percibí un movimiento por encima nuestro y tuve la sensación de que alguien nos observaba. Me volví y miré hacia la casa vecina. En una ventana del piso de arriba, había alguien mirándonos, semioculto tras una cortina delgada. Atisbé el armazón negro de unos lentes muy gruesos, pero sólo por una fracción de segundo. En cuanto la miré, la persona se ocultó rápidamente detrás de la cortina, desapareciendo.
—Parece que Abelardo quiere venir con nosotros —dije.
—¿Y ese quién era? —preguntó Melina, algo inquieta.
—Abelardo —explicó Elliot—. Mi vecino. No te preocupes, es un poco curioso, pero inofensivo.
—¿Qué hace? —quiso saber ella.
—Nada —dijo Elliot—. Parece que vive encerrado en ese cuarto del piso alto de su casa, mirando todo por la ventana. Le encanta espiar a los vecinos, sobre todo a mí, por las cosas que invento. Creo que sólo lo vi afuera dos o tres veces desde que lo conozco.
—¿Alguna vez hablaste con él?
—Sí, un par de veces. Es un poco... lento. Pero olvídalo, ya se fue.


2

Entramos en el garaje, en donde estaban colgados los trajes espaciales confeccionados por Elliot y que debíamos ponernos para partir. Había cuatro en total y todos eran de un color diferente: naranja, amarillo, verde y celeste. Yo elegí el verde (mi color favorito). Elliot se colocó el celeste y Melina el amarillo. Como Juancho no pensaba viajar, dejó el traje naranja en donde estaba, colgado de la percha.
El traje era bastante liviano y la textura de la tela (fuera lo que fuera) era muy suave al tacto. El casco se ajustaba enroscándolo y cuando me lo puse tuve la sensación de que metía la cabeza dentro de una pecera. En la parte posterior, colgaba el tanque de oxígeno, en una mochila cerrada. El traje contaba con un medidor electrónico de oxígeno en el dorso de la muñeca derecha. Elliot nos explicó que cada tanque tenía dos horas de oxígeno. Cinco minutos antes de que este se acabara, el medidor activaba una alarma que indicaba que había que recargarlo. El cargador, se encontraba en la Mark II, en el panel de control.
Me había puesto el casco solamente para probarlo, para adaptarme a él, pero enseguida me lo quité. Aún no era necesario que lo usara.
Cuando estuvimos listos, Juancho nos pasó revista, con una media sonrisa burlona en los labios. Sin duda, debíamos tener un aspecto bastante gracioso metidos dentro de esos trajes.
—Elliot, los colores que elegiste son preciosos —dijo—. Muy adecuados para esta época del año.
Melina rió, pero a Elliot no le hizo mucha gracia.
Juancho nos apuntó con la cámara.
—Quietos —dijo—. Quiero conservar este momento para la posteridad.
Los tres adoptamos poses afectadas, solemnes y Juancho sacó una fotografía.
Luego, salimos al jardín otra vez. Lo único que nos faltaba era la música triunfal de fondo.
El traje disminuía mi movilidad, pero no demasiado. Pensé que dentro de poco me acostumbraría.
Los cuatro salimos riendo, mientras Juancho nos sacaba fotos, pero de pronto Elliot se paró en seco y todo su cuerpo se estremeció dentro del traje celeste. Los ojos se le abrieron como platos. Yo noté su reacción y de inmediato miré hacia la furgoneta.
—¡No! —gritó Elliot.
La puerta de la cabina estaba abierta y había alguien dentro, sentado frente al volante. Al principio no lo reconocí, creí que sería un ladrón, o tal vez el tío de Elliot, pero me equivoqué. Era Abelardo, su vecino entrometido. Al parecer, había sentido tanta curiosidad, que había decidido salir de su cuarto en el piso alto de la casa y venir a investigar.
Escuchamos un zumbido y la carrocería de la furgoneta vibró. Abelardo la había encendido.
—¡No! —chilló Elliot otra vez—. ¡Abelardo! ¡No!
Y echó a correr hacia la nave.
Nosotros lo seguimos.
—¡Abelardo! —gritó Elliot y se lanzó dentro de la cabina, como si fuera a hacer un clavado en una piscina.
Cayó encima de Abelardo (que era bastante más grande y corpulento que él) y Abelardo soltó un gemido grave y estúpido.
Ambos empezaron a manotear frente al volante, a forcejear. Abelardo tenía una de sus grandes y pálidas manos sobre la cara de Elliot, mientras este intentaba empujarlo fuera de la cabina.
—Fuera de mi nave, idiota —gruñía Elliot—. ¡Fuera!
Pero Abelardo no parecía querer irse.
A mi espalda sentí el clic ficticio de la cámara. Juancho acababa de sacar una foto del increíble acontecimiento.
Entonces, pensé que tenía que hacer algo. Elliot no iba a poder él solo contra Abelardo, por muy  lento que fuera éste.
Rodeé la camioneta y abrí la puerta del lado del conductor. Tomé a Abelardo por los hombros y tiré hacia fuera.
—Vamos, Abelardo —dije con el tono más calmo posible—. No juegues con la máquina de Elliot.
Pero Abelardo no quería hacerme caso.
Empezó a tironear y se sujetó con una mano del volante, mientras que con la otra empezó a dar manotazos torpes sobre el tablero, pulsando un montón de botones distintos.
La nave emitió una serie de ruidos extraños, que no presagiaban nada bueno. Luego, escuché una pequeña detonación y todo el vehículo se sacudió. Los motores se habían encendido.
—¡Abelardooooooo! —gritó Elliot, al borde de la desesperación, mientras forcejeaba con su vecino.
En ese momento, se nos unió Juancho. Trató de meterse como pudo dentro de la cabina y empezó a empujar a Abelardo hacia fuera.
Abelardo no decía nada, se limitaba a soltar esos aullidos graves e insulsos. Los lentes, gruesos como las bases de las botellas, se le habían torcido, dándole un aspecto aún más desquiciado.
—¡Basta! —gritó Melina de repente. Había abierto la puerta lateral de la camioneta y había entrado. Nos miraba con los ojos muy abiertos y llenos de miedo. Ella odiaba las escenas de violencia, tanto como yo.
Abelardo dio otro manotazo al tablero y entonces Daneel I empezó a elevarse. Lo hizo muy lentamente, empujada por las cuatro turbinas que tenía en la parte de abajo. Lo noté en cuanto mis pies empezaron a separarse del suelo. Miré hacia abajo y sentí pánico.
—¡No! —exclamó Elliot—. ¡No puede hacerlo!
Finalmente, los tres (Elliot, Juancho y yo) logramos hacer que Abelardo soltara el volante. Juancho lo empujó con todas sus fuerzas y Abelardo se precipitó hacia fuera. Cayó de espaldas al suelo, gimiendo, cuando la nave ya se había elevado unos cuarenta centímetros del suelo.
Al caer, Abelardo trató de sostenerse y se sujetó de la manija de la puerta abierta. La nave se ladeó bruscamente y Elliot también cayó. Abelardo amortiguó su caída, como un colchón.
Yo me aferraba al borde del asiento y tiré para no caerme. Logré sentarme ante el volante y miré el tablero ante mí. Había tantos botones como en los trasbordadores de la NASA. Un montón de lucecillas pequeñas, de distintos colores, parpadeaba, como los ojos de animales exóticos.
Un número aparecía en una pequeña pantalla. Era un diez, que luego se convertía en un nueve, luego en un ocho, luego en un siete... una cuenta regresiva.
Desde el suelo, Elliot se incorporó tan rápidamente como pudo.
—¡Fede! —me gritó—. ¡Oprime el botón verde debajo de la palanca! ¡El botón verde debajo de la palanca!
Yo miré el tablero, desesperado. El botón verde debajo de la palanca... ¡No encontraba el maldito botón! Para mí todos se veían iguales.
Mientras tanto, la nave seguía subiendo. Ya estaba a unos dos metros de altura.
—¡Fede! —me gritó Elliot desde abajo.
Asomé la cabeza por la ventanilla y lo vi. Abelardo estaba tendido a sus pies. Parecía inconsciente.
—¡No encuentro el botón! —grité—. ¡No encuentro el...
Escuché un pitido y volví a mirar el tablero. La cuenta regresiva había llegado a cero.
Las puertas se cerraron de golpe. Las ventanillas se subieron. La nave se inclinó bruscamente hacia atrás, elevando la parte delantera hacia el cielo. Entonces, los motores cobraron su máxima potencia y despegamos con un estruendo ensordecedor.


3

Me vi empujado y aplastado contra el asiento. A mi espalda, alguien gritó. Melina. Juancho, que estaba sentado al lado mío también se aplastó y su cara adoptó una expresión grotesca, como de máscara de Halloween.
El cielo, que se veía por el parabrisas, empezó a pasar del celeste al azul oscuro y luego, al negro. Empecé a ver cientos de puntitos blancos que se movían tan rápido que formaban líneas.
La Daneel I vibraba con tal fuerza que pensé que de un momento a otro, se despedazaría y nosotros quedaríamos flotando en el espacio para siempre. Las lucecitas del tablero parpadeaban frenéticamente, como luces de discoteca en miniatura.
Tenía los ojos entrecerrados y traté de abrirlos del todo, pero me resultó muy difícil. Aún así, logré ver una palanca en el tablero, debajo de la cual había un botón cuadrado de color verde. ¡Ahí estaba!
Le di un manotazo al botón, pero nada sucedió. Lo hice un par de veces más, pero el resultado fue el mismo: nada. Seguíamos avanzando a toda velocidad por el espacio. Entonces sujeté la palanca, sin saber exactamente lo que hacía y la bajé con rapidez.
La nave desaceleró bruscamente y sentí como la implacable fuerza G que me había aplastado contra el asiento, como la mano invisible de un gigante, empezaba a ceder.
Caí hacia delante, sin fuerzas, y me golpeé la cabeza contra el volante. A Juancho le pasó algo similar, se dio de cara contra la guantera, pero sin mucha fuerza. Ni siquiera se lastimó, pero soltó una maldición.
Sacudí la cabeza, tratando de volver en mí y lo miré.
—¿Estás bien? —pregunté.
Asintió con la cabeza.
—Sí —dijo frotándose la frente de manera teatral.
Me volví en el asiento, mirando hacia atrás. Melina estaba sentada en una silla con cinturón de seguridad. Tenía la cara tan pálida como una sábana y una expresión enfermiza.
—¿Melina? —pregunté—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Ella también asintió con la cabeza, débilmente.
—Bien —balbuceó—. Estoy un poco... mareada.
—Sí, yo también —repuse—. El despegue fue muy brusco.
Juancho miró a su alrededor, como buscando algo.
—¿Dónde está Elliot? —preguntó, alarmado.
—No está —dije yo—. Elliot no vino. Cayó al suelo junto con Abelardo, antes de que despegáramos.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó.
Miré el infernal panel de control de la nave.
—No sé —suspiré. En ese momento, deseé no haber ido nunca a casa de Elliot a ver su más reciente invento.
—Oigan —dijo Melina detrás de nosotros.
Nos dimos vuelta y vimos que estaba inclinada en el asiento mirando por la ventana ancha del costado de la nave.
—Miren eso —dijo, fascinada.
Nosotros miramos por la ventanilla del lado del acompañante. Podíamos ver La Tierra, haciéndose cada vez más pequeña. Podíamos ver el azul intenso de los océanos y el blanco puro de las nubes. Fue la imagen más increíble que vi en mi vida. Algo que, hasta el momento, yo sólo había visto en la televisión o en el cine, pero que ahora veía con mis propios ojos. Y no era una imagen generada por computadora, era real. Estaba viendo a La Tierra, nuestro planeta, visto desde el espacio. Me quedé sin aliento. Durante un momento, olvidé la situación en la que nos encontrábamos y me concentré únicamente en disfrutar de esa imagen espectacular.
Noté que Juancho y Melina estaban igual. Ella sacó varias fotos seguidas, a través de la ventana. Parecía que tenía ganas de abrir la puerta y salir para ver mejor.
Pero nuestra ensoñación duró poco, porque Juancho dijo:
—Nos estamos alejando.
Yo parpadeé, volviendo en mí.
—¿Qué? —pregunté.
—Nos alejamos —repitió Juancho—. La Tierra se está haciendo cada vez más pequeña. Nos alejamos de ella, sin rumbo.
Noté que era cierto. El efecto era sutil, pero se notaba. Yo no había apagado la nave cuando jalé esa palanca. Simplemente, había disminuido la velocidad de despegue, pero seguíamos viajando. Viajando... hacia ningún lugar.
—Tenemos que volver —dijo Juancho—. Ahora mismo.
Miré el panel otra vez, con creciente desesperación.
—¿Cómo funciona esta porquería? —murmuré.
—Sabía que esto era una estupidez —suspiró Juancho—. No podíamos hacer este viaje sin la preparación necesaria. Y yo ni siquiera quería ir.
Dio un pequeño golpe de puño sobre el panel.
—Por favor, no hagas eso —dije yo—. No sabes qué botón podrías apretar.
—¿Elliot no dejó un manual de instrucciones o algo así? —preguntó Melina.
—No creo —respondí—. Se suponía que él iba a venir con nosotros, pero...
Guardamos silencio durante un momento. La desesperación empezaba a rondarnos, la sentía como unas manos heladas que me tocaban las mejillas.
—¿Por qué no pruebas en accionar esa palanca otra vez? —me sugirió Juancho.
Negué con la cabeza.
—Creo que eso nos haría acelerar de manera incontrolable de nuevo —dije—. Podríamos alejarnos todavía más.
—Lo que deberíamos hacer es tratar de comunicarnos con Elliot —agregó Melina—. La nave tiene una radio, ¿no? Creo que eso sí podemos usarlo. Deberíamos intentar comunicarnos con él para que nos diga cómo regresar.
Miré el panel. Debajo de éste, junto a la palanca de cambios, había una radio grande, similar a las que usan los coches de policía en las películas.
—No perdemos nada con intentar —murmuré.
Tomé el auricular y pulsé un botón. La radio se encendió y escuchamos una estática distorsionada. Giré un dial que me pareció servía para captar alguna señal.
—¿Elliot? —dije al auricular—. Elliot, soy yo, Fede ¿Me escuchas?
Aguardé un instante, pero no hubo respuesta. En la radio había mucha estática, así que sería casi imposible poder escuchar algo.
—¿Elliot? —insistí—. Somos nosotros. Responde, por favor. ¿Estás ahí? ¿Elliot?
Esperé un poco más, pero sin éxito.
Iba a mover el dial otra vez, cuando Melina exclamó en mi oído, sobresaltada:
—¡Espera! ¿Escuchaste eso?
—¿Qué? —pregunté. No había escuchado nada, excepto su grito que casi me rompe el tímpano.
—En la radio —dijo Melina—. Escuché algo...
—Sólo es estática —dije.
—No —insistió—, escuché algo. Estoy segura. Como... una voz.
Juancho y yo intercambiamos una mirada perpleja, como si nuestra amiga se hubiese vuelto loca.
Empecé a girar el dial otra vez, muy despacio, tratando de captar la señal que Melina había escuchado. Al cabo de un instante, algo me llamó la atención. Un sonido extraño, que no era estática.
—Ahí está —gritó Melina otra vez en mi oído—. ¿Lo escuchan?
—Sí —dije.
Ajusté un poco más el dial y entonces el sonido se hizo más audible, más definido.
No era una voz, como yo había pensado al principio... o tal vez, sí lo era, sólo que hablaba en un idioma que no entendía.
—¿Qué es? —preguntó Juancho, extrañado.
—Creo que es alguien hablando —dijo Melina.
—Pero no parece estar diciendo nada —observé—. Es como si estuviera... balbuceando.
En efecto, sólo escuchaba una serie de sonidos extraños, indefinibles. Como si alguien tratara de cantar con la boca llena de gelatina. No es una comparación muy exacta, pero es la única que se me ocurre.
Giré el dial un poco más, aunque sin muchas esperanzas. No hubo cambio. El sonido no se hizo más definido.
—No creo que eso sea la voz de alguien —dijo Melina. Por su tono de voz, supe que estaba asustada.
Miré por la ventanilla, en dirección a La Tierra. Nosotros allí arriba y Elliot allá abajo, incapaces de comunicarnos. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, estaría desesperado, incluso llorando, tratando de ponerse en contacto con nosotros.
—Apágala —dijo Juancho, refiriéndose a la radio, que seguía emitiendo aquél extraño balbuceo—. Es inútil. Si queremos volver, vamos a tener que hacerlo por nosotros mismos.
Me incliné hacia delante, pulsé un botón y la radio se apagó. El silencio cayó pesado sobre nosotros, inquietante.
Tomé el volante con ambas manos. Traté de girarlo, pero no pude. Estaba atascado. Parecía que no podía pilotar la nave. Era como si ella misma se hubiera fijado un rumbo determinado, un destino que no iba a cambiar porque nosotros quisiéramos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Juancho.
—Creo que a dónde se suponía íbamos a ir —dije—. A Marte.
—Pero, ¿cómo? —exclamó Melina.
—La nave debe estar en piloto automático, o algo así —dije—. No puedo controlarla.
Juancho se lanzó sobre el volante, furioso y trató de girarlo, pero le sucedió lo mismo que a mí. No pudo hacerlo.
—Pedazo de basura inútil —gruñó y le dio un puñetazo al volante. La bocina sonó como una corneta agua. Era un sonido tan ridículo que casi me hace soltar una carcajada.
En ese momento, una luz brilló delante de nosotros, en medio de la negrura del espacio. Fue como el flash de una cámara gigantesca, que llenó el parabrisas de la Daneel I.
Cerramos los ojos y nos protegimos la vista con las manos. Por un instante, temí que iba a quedarme ciego.
Pero entonces, la luz se atenuó con rapidez y empezó a emitir pulsos. Pulsos de luz silenciosa.
Me quité la mano de la cara lentamente y miré, asombrado.
—¿Qué... es eso? —murmuró Melina a mi espalda.
No pude decir nada. Estaba azorado. La luz brillaba frente a la nave, flotando en la nada. Y nosotros nos acercábamos hacia ella, lo supe de inmediato. En ese momento, me pregunté si esa luz se vería desde La Tierra. Tal vez no desde el hemisferio sur occidental, porque allí era de día. Pero en el lejano oriente...
La luz se agrandó de pronto y un rayo salió proyectado de ella, dirigiéndose directo a nuestra nave. Una luz de color azul violáceo nos envolvió, entró por las ventanas, tiñéndolo todo de aquél inquietante color. La cara de Juancho estaba violeta, al igual que la de Melina y la mía, debía tener el mismo aspecto.
—¿Qué es eso? —gritó Melina, aterrada—. ¿Qué pasa?
—No sé —logré decir.
Juancho también gritó. Se sacudía en el asiento, rebotando contra él, como si quisiera salir de la nave. La verdad, es que yo también quería hacerlo.
El rayo empezó a atraernos hacia luz brillante con más rapidez. Nos estaba abduciendo.
De manera instintiva, sujeté el volante con las dos manos. Traté de girarlo otra vez, pero fue inútil. Entonces, empecé a golpea el tablero, pulsando botones, girando perillas, moviendo palancas. Pero nada sucedió. Era como si los controles de la nave estuvieran muertos.
La luz brillante, que era como una nube pulsátil, se hizo tan grande que nos envolvió.
Un segundo después, todo fue oscuridad.
Oscuridad absoluta.


II. LA NAVE

4

Tenía los ojos muy abiertos, pero era como si los tuviese cerrados. Sentí que flotaba, como si estuviera en el espacio, fuera de la nave. Me sentía liviano, sin masa. En realidad, no era una sensación desagradable, pero la oscuridad contribuía a hacerla así.
—¿Melina? —grité con una voz ronca que apenas reconocí—. ¿Juancho? ¿Dónde están? ¡Respondan!
En ese momento, unas luces muy potentes de color azulado se encendieron, pero no dentro de la nave, sino fuera.
Miré a mí alrededor, asustado, y sentí gran alivio al comprobar que todavía estaba en una pieza. Pero todavía persistía el miedo de no saber qué estaba pasando, o en dónde nos encontrábamos.
Juancho estaba a mi lado, con una cara de susto como nunca le había visto. En ese momento, parecía un niño. Melina, en el asiento de atrás, tenía una expresión idéntica y su cabello color miel se había erizado.
Miramos alrededor. Por las ventanas de la nave, entraba esa misteriosa luz azul, que nos hacía ver como seres de otro mundo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Juancho—. No nos estamos moviendo.
Me di cuenta de que era verdad. Además, ya no estábamos en el espacio. Estábamos... encerrados en algún lugar.
—Fuimos traídos aquí —dijo Melina de pronto, con un tono de voz chato, sin expresión.
Me volví a mirarla, sobresaltado. Era verdad. La luz brillante y pulsátil que había aparecido de la nada... el rayo de luz que nos había absorbido... algo nos había atrapado y nos había encerrado en... en algún lugar.
Contemplé el panel de control de la nave. Todas las lucecitas estaban apagadas. Apreté el botón verde debajo de la palanca, pero no sucedió nada. Los motores estaban apagados y pensé que ya no iban a arrancar.
—¿Qué hacemos? —preguntó Juancho.
—Creo que lo mejor es que nos quedemos aquí —dije—. Sin movernos. Que nos quedemos a esperar...
—¿A esperar qué? —quiso saber Juancho—. No, lo mejor es que tratemos de irnos.
—La nave no funciona —repliqué—. Parece que... se desactivó, o algo hizo que dejara de funcionar. Seguramente, lo mismo que nos trajo aquí, sea lo que sea este lugar.
De pronto, sentí un ruido detrás, como de algo que se deslizaba. Con el corazón en puño, me volví, convencido de que Melina había abierto la puerta corrediza y había salido. Pero ella estaba con la espalda apoyada contra la pared opuesta y los ojos abiertos como platos. La puerta no la había abierto ella. Se había abierto sola.
Los tres nos quedamos paralizados durante un rato. Yo tenía los músculos tan tensos que me dolían y cada latido de mi corazón era como un martillazo en el pecho.
“Ahora va a entrar algo —pensé—. Tal vez un monstruo de ocho patas y cuatro cabezas o algo parecido”.
Pero no sucedió. Nada entró por la puerta. Esta se quedó abierta, como si aguardara a que saliéramos.
Entonces, ambas puertas de la cabina, la de mi lado y la del lado de Juancho, se abrieron al mismo tiempo. Juancho se estremeció como si se hubiese sentado sobre un hormiguero. Yo contuve el aliento.

Las puertas permanecieron abiertas. Nada se nos acercó.
“Están invitándonos a salir”, pensé.
Y como si me hubiese leído la mente, Melina dijo:
—Creo que sería mejor si...
—No —dijo Juancho de inmediato—. No lo hagas. Podría ser peligroso...
Melina no respondió. Miró la puerta ancha del costado de la camioneta. Quería salir, lo sabía. Yo también quería hacerlo. Por debajo del miedo sentía una curiosidad casi irresistible.
—Melina —murmuré.
Entonces ella se lanzó hacia delante y de un salto, ya estaba fuera de la nace.
—¡Melina! —exclamé y salí de inmediato, sin pensar.
—¡No! —dijo Juancho, más enojado que asustado y también salió.
Ahora, los tres estábamos fuera de la Daneel I.




5

Nos encontrábamos en una especie de cámara circular, enorme, como una caverna de metal azulado. En la pared que nos rodeaba había un anillo de focos redondos que despedían aquella luz azul. No se veían puertas, ventanas, ranuras o cualquier otro tipo de abertura en ningún lado.
Las paredes lustrosas resplandecían levemente. Vi nuestras siluetas difusas reflejadas. El traje espacial confeccionado por Elliot, que todavía llevaba puesto, me daba un aspecto grotesco, como si la piel se me hubiera hinchado y arrugado. Me di cuenta con un sobresalto que Melina y yo no teníamos puestos los cascos. Es más, Juancho ni siquiera tenía traje, vestía con sus pantalones gastados de algodón y la camiseta de AC/DC que le habían regalado hacía siete años para su cumpleaños.
Sin embargo, yo no sentía que me ahogaba, o que los ojos me iban a reventar. Dentro de aquella cámara, se podía respirar con normalidad, lo que quería decir que había oxígeno y la presión era la adecuada.
El aire olía levemente a algo indefinible, pero no desagradable. Olor como a metal nuevo, aunque no exactamente. Hacía frío. No tanto como para que mi aliento formara nubecillas blancas, pero no debíamos estar a más de diez grados.
Melina se acercó a una de las paredes y la tocó, con la mano protegida por el guante del traje. La cerró en un puño y dio un golpecito suave, que ni siquiera se escuchó.
—¿Hola? —preguntó—. ¿Hay alguien ahí?
Juancho se le acercó rápidamente.
—No creo que esa sea buena idea —dijo.
—Tenemos que encontrar una manera de salir —replicó Melina.
Yo negué con la cabeza.
—No vamos a salir, a menos que ellos quieran —dije.
Melina y Juancho se volvieron a mirarme. Su expresión era de asustada perplejidad.
—Estamos a su merced, sean quienes sean —respondí, encogiéndome de hombros. Odiaba escucharme hablar así, pero sabía (y ellos también) que estaba diciendo la verdad.
Melina levantó la cabeza, mirando hacia el alto techo redondo. Debía estar a unos cinco o seis metros de altura.
—¿Creen que nos estén observando en este momento? —preguntó.
—Es muy probable —dije.
—Escuchen, creo que deberíamos volver a la nave y tratar de... —empezó a decir Juancho, cuando de pronto, escuchamos un zumbido leve a nuestra espalda.
Nos dimos vuelta los tres al unísono y vimos como una abertura empezaba a formarse en la pared que estaba enfrente de nosotros. Era una compuerta, que se abría hacia arriba lentamente, descubriendo un rectángulo negro.
Los tres permanecimos muy quietos y muy juntos. Yo casi no respiraba.
La compuerta se abrió hasta una altura de dos metros. Al cabo de un instante, escuchamos pasos que se acercaban. Melina dio un paso hacia atrás, en respuesta, como si estuviese a punto de echarse a correr, y yo la sujeté del brazo con suavidad para que no se moviera. Por alguna razón, pensé que, si corría, sería peor.
En el umbral de la puerta apareció una figura alta que medía casi tanto como la puerta. La figura entró en la cámara, se detuvo y pareció observarnos. Estábamos separados por una distancia de unos siete u ocho metros y en ese momento debíamos parecer una banda de justicieros del lejano oeste enfrentando a un malvado forajido, a punto de batirnos a duelo con él.
La figura dio dos pasos, acortando la distancia que nos separaba. Sentí como todos los músculos de mi cuerpo se tensaban. Antes, la criatura había estado medio oculta por las sombras que producía la nave dentro de la bóveda, pero ahora, había salido por completo a la luz.
En efecto, se trataba de un ser muy alto. Se notaba a pesar de que tenía las piernas flexionadas, como si estuviese agachado. Eran unas piernas delgadas y largas, parecidas a patas de insecto. Supuse que si se erguía llegaría a una altura de cuatro metros. Tal vez más. Se apoyaba sobre unas patas en forma de copa que producían un ruido a succión con cada paso que daba. El torso era alargado y espigado y se notaban los relieves de lo que parecían ser las costillas sobre una piel amarillenta de aspecto rugoso. Los brazos eran tan largos que casi llegaban al suelo y huesudos como las ramas de un árbol en invierno. La cabeza tenía forma triangular. Los ojos no eran grandes y ovalados como los de los marcianitos de la televisión. Eran circulares, pequeños, como un par de canicas negras incrustadas a los costados del cráneo. Cada ojo estaba a colocado en el extremo de una protuberancia carnosa que se movía independientemente de la otra, por lo que un ojo podía mirar en una dirección y el otro en otra. La boca, colocada muy abajo en la punta del triángulo invertido que era la cabeza, era una hendidura arrugada de la que asomaban unos dientecillos afilados muy finos. Me imaginé que esos dientes podrían triturar cualquier cosa que atraparan.
La criatura se acercó otro paso. Noté que llevaba algo en una de sus manos de tres dedos. Era un objeto que parecía un micrófono o una linterna... tal vez, fuera un arma.
A mi lado, escuchaba la respiración entrecortada de Melina. me figuré que había entrado en shock debido a la impresión de ver un ser de esas características.
Traté de decir algo, pero no pude. Mi boca se abrió y se cerró, como la de un pez fuera del agua. Yo también estaba aterrado.
El ser nos apuntó con su arma—linterna. Apretó un botón y del extremo del objeto salió un destello de luz violácea, como un relámpago silencioso que me encegueció. Un instante después, lo vi todo negro, porque había perdido el conocimiento.


6

Cuando volví en mí, la cabeza me daba vueltas y me sentía aturdido. Noté que la luz me lastimaba los ojos. Pero ya no era una luz azul, sino blanca brillante. De inmediato me dije que debía estar en otro lugar. Nos habían trasladado de la bóveda azul a algún otro sitio.
Estaba acostado sobre una superficie plana, rígida y fría, como un piso de mármol. Traté de levantarme, pero no pude. No podía mover los brazos y las piernas.
Abrí los ojos del todo, a pesar de la luz, y miré a los lados. Mis brazos estaban extendidos hacia arriba. Tenía las muñecas sujetas con gruesas abrazaderas. Miré hacia abajo y noté que mis tobillos estaban igual. Y no estaba acostado en el suelo, sino en posición casi vertical, sobre una especie de mesa o plataforma.
La habitación en que me encontraba era absolutamente blanca. La luz pareja provenía de todas partes, como si las mismas paredes la irradiaran. Hacía tanto frío como dentro de un frigorífico y el aire tenía un olor fuerte similar al formaldehído.
“Esto es alguna clase de laboratorio”, pensé y una oleada de terror me subió por el vientre como una corriente eléctrica. Si eso era un laboratorio y yo estaba atado en una mesa, eso significaba que...
Escuché un gemido débil a mi lado. Giré la cabeza y vi que Juancho estaba allí, en idéntica posición que yo. Sujeto de pies y manos en una mesa igual a la mía.
Juancho movía la cabeza lentamente hacia los lados, con los ojos cerrados, como si hubiera sufrido un golpe muy fuerte.
—¿Juancho? —dije. mi voz sonó extraña, como si fuera otro el que hablaba.
Juancho abrió un poco los ojos y me miró. Tenía las córneas inyectadas en sangre y su expresión era aturdida, como si no me reconociera.
—Juancho —repetí.
—¿Fede? —balbuceó él, arrastrando las letras.
Entonces me di cuenta de algo. Miré hacia el otro lado. Miré en todas direcciones, pero en esa habitación sólo estábamos Juancho y yo.
—¿Dónde está Melina? —pregunté.
Juancho negó con la cabeza. Como yo, no tenía idea del paradero de nuestra amiga.
—¿Dónde... dónde estamos? —quiso saber.
—No sé —dije.
—¿Qué pasó? Estábamos en esa bóveda azul y entonces... apareció alguien y...
—Sí —dije yo—. De alguna manera nos noquearon y nos trajeron aquí.
Juancho miró las abrazaderas que le sujetaban las muñecas y abrió los ojos como platos.
—¿Qué es eso? —exclamó—. ¿Por qué estamos atados?
Lo miré con impotencia. No sabía qué responder, o tal vez, sí lo sabía, pero la respuesta era demasiado aterradora para decirla en voz alta.
De pronto, una compuerta se abrió. Lo hizo de la misma manera que en la cámara azul: levantándose hacia arriba. Juancho y yo nos paralizamos.
Vimos entrar otra criatura como la que nos habíamos encontrado en la cámara... o quizás, se tratara de la misma. Tuvo que agachar la cabeza para poder pasar por la puerta. Caminó con sus patas en forma de sopapa hacia nosotros y nos escrutó con sus horribles ojos negros y redondos. Un ojo me miraba a mí y el otro a Juancho. La boca se abrió un poco y la criatura soltó un chillido leve, que parecía de júbilo.
Luego extendió un brazo largo y huesudo como una rama. Uno de sus largos dedos se estiró y me rozó la cara. Fue como si me tocaran con la piel de una rata muerta. El asco me hizo estremecer.
—¡No me toques, adefesio! —grité.
El ser no reaccionó a mi insulto. Claro, no era humano.
Con la otra mano, tocó la cara de Juancho. Este reaccionó de inmediato y lo escupió en plena cara. Yo tenía la boca seca, de lo contrario, hubiera hecho lo mismo.
El ser se paralizó. Evidentemente, eso sí lo había entendido. Entonces, su boca se abrió más y de ella salió una lengua larga, plan a y bífida de color gris oscuro. Estaba surcada de venas negras. La lengua se estiró y se colocó sobre la cara, lamiendo el escupitajo de Juancho. Lo peor fue que pareció saborearlo.
La lengua volvió a guardarse en la boca.
—Asqueroso —gruñó Juancho.
El ser fue hasta un rincón del cuarto y apoyó una mano en la pared. En esta se abrió una compuerta cuadrada de la que emergió una mesa de forma elíptica, parecida a una tabla de surf y bastante larga. Sobre la mesa había toda clase de objetos de distintos tamaños y formas, pero todos parecían instrumentos manuales para hacer trabajos de precisión.
Sentí que el corazón se me contraía en el pecho.
La mesa flotaba sobre el suelo, a un metro de altura, sin ser sostenida por patas, ni soportes de ninguna clase. El ente regresó con nosotros y la mesa lo siguió silenciosamente, deslizándose en el aire.
Juancho me lanzó una mirada cargada de terror. Yo no pude decir nada. No sabía qué podía decir en un momento así. Era la primera vez en mi vida que iba a ser el conejillo de indias de un extraterrestre.
El ente tomó un instrumento de la mesa. Era un objeto en forma de huso que se ajustaba perfectamente a su mano de tres dedos. Ejerció presión sobre un costado y del extremo del objeto salió un rayo de luz de color verde chillón. No era una linterna y el rayo tenía la forma de una barra de unos treinta centímetros de largo. Emitía un zumbido agudo como el de un mosquito.
La mirada aterrada de Juancho se clavó en el instrumento. El ser pareció percibir su miedo y disfrutarlo. No sé cómo lo sé, pero... lo sé. Estábamos a merced de una criatura sádica que disfrutaba con nuestro miedo. Sabía que iba a hacernos daño y eso le complacía.
El ser acercó su instrumento mortal a Juancho. Este empezó a gemir, desesperado y a sacudirse. Claro, no era mucho lo que podía moverse, atado a esa mesa.
—¡No! —grité yo—. ¡No lo hagas, monstruo! ¡No lo toques!
En ese momento, hubiera dado todo lo que tenía por un arma cargada.
El rayo de luz verde tocó la camiseta de AC/DC de Juancho y abrió un pequeño tajo, quemándola. Una cinta delgada de humo blanco se elevó en el aire frío y desapareció. Juancho gritó, más de sorpresa que de dolor, porque el rayo no le había tocado la piel. Aún no.
El ser empezó a bajar el instrumento, cortando la camiseta desde el cuello, como si practicara una disección a un cadáver.
—¡No! —grité otra vez—. ¡No te atrevas!
Empecé a patalear, o a intentar hacerlo.
—¡No...
Entonces, repentinamente, la cabeza del monstruo explotó.
Me callé de inmediato, al ver que aquella cabeza deforme reventaba como una calabaza a la que se le ha colocado un petardo. Pedazos viscosos volaron en todas direcciones con un horrible sonido a mojado y me salpicaron la cara y también la de Juancho. Una sustancia verde y espesa como sabia de árbol (la sangre del ente) embadurnó la cara de Juancho. Se veía como si se hubiera aplicado con torpeza una de esas mascarillas de barro que se ponen las mujeres antes de dormir. En otras circunstancias hubiera resultado gracioso.
El ser decapitado, dejó caer el instrumento, que golpeó el suelo, rebotó y dejó una marca quemada. El ser se tambaleó hacia atrás, se volvió con torpeza. Pareció que iba a salir corriendo, pero sus patas se enredaron y se desplomó en el suelo. Sus largas manos aún se movían, a ciegas, como si buscaran algo... probablemente, la cabeza.





7

Miré al monstruo tendido en el suelo, muerto, o casi muerto. Sus dedos aún se movían. Era como ver una cucaracha que uno no ha aplastado del todo bien y todavía mueve sus patas con desesperación.
Pero, ¿qué le había pasado? ¿Por qué su cabeza había explotado así?
Levanté la mirada y vi que en el umbral de la puerta estaba Melina. Ya no llevaba su traje espacial, sino una especie de camisón que parecía hecho de una delgada tela blanca de goma. El camisón le llegaba hasta los pies, que tenía desnudos, y estaba manchado de la sangre verde de esos seres. Tenía el cabello revuelto y la cara también manchada de verde. En la mano sostenía un arma, que todavía apuntaba hacia el monstruo. Supe de inmediato que era un arma, por lo que acababa de hacer, a pesar de que tenía la inofensiva forma de una lata de refresco.
—Melina —dije sin aliento.
Ella levantó la mirada hacia nosotros, como si recién hubiera notado nuestra presencia.
Bajó el arma y se nos acercó, pasando por encima del monstruo.
—¿Están... bien? —preguntó
—Sí —dije. La escruté con la mirada, sorprendido—. ¿Dónde estabas? ¿Qué te pasó?
—Se los digo después de que los ayude a salir —dijo. Levantó el bisturí láser que se le había caído al ente. Todavía estaba encendido.
—Cuidado —le advirtió Juancho.
Melina acercó el rayo a las abrazaderas que le sujetaban las muñecas. El rayo cortó el material (que parecía metal, pero seguramente no lo era, al menos, no uno conocido en La Tierra) como si fuera manteca. Juancho cayó hacia delante, frotándose las muñecas. Melina cortó las abrazaderas de los tobillos y lo liberó por completo. Luego, me soltó a mí.
Fue hasta la mesa y tomó un par de instrumentos más y nos dio uno a cada uno.
—Tomen —dijo—. No son armas exactamente, pero pueden servir.
—¿Vas a decirnos qué te pasó? —preguntó Juancho.
—Después de que ese monstruo nos noqueara con su luz violeta, desperté y me encontré tendida en una especie de pecera traslúcida —dijo Melina—. Más bien como un ataúd transparente. Me habían quitado el traje y me habían puesto... esto. Había tres seres a mí alrededor, haciendo cosas, como experimentos, y no se dieron cuenta de que yo me había despertado. Hasta que uno se volvió y me vio. Empecé a gritar y a golpear las paredes de la caja. Ellos se acercaron a mí, alarmados. Abrieron la caja y me sacaron. Me sujetaron de los brazos y las piernas con esas manos horribles... yo forcejaba con todas mis fuerzas, pero lograron llevarme en andas hasta un aparato que tenía una mesa parecida a esta. Intentaron ponerme los grilletes, pero yo seguía luchando. La verdad es que estos seres no son tan fuertes como parece y son bastante blandos, como si no tuvieran estructura ósea. Uno de ellos me sujetaba un tobillo. Yo lo sacudí, lo solté y le di una patada en la cara. El ser se fue hacia atrás y cayó. Yo también caí al suelo, aunque los otros dos todavía me sostenían. El que había tumbado se puso en pie y trató de sujetarme otra vez, pero yo tomé uno de sus ojos. Sí, sujeté con fuerza uno de esos ojos saltones y lo retorcí. Logré arrancarlo por completo. Se desprendió como un grumo de gelatina. Creo que ayudó que tenga las uñas tan largas. Un chorro de esa sangre verde asquerosa me salpicó en la cara. El ser soltó un chillido y se apartó, sacudiendo las manos. De inmediato, los otros dos acudieron a ayudarlo. Me soltaron y yo me desplomé en el suelo. Me dije que era el momento de escapar. Me levanté y corrí hacia una de esas mesas flotantes llenas de instrumentos. Pensé que alguno me serviría, pero no sabía cuál. Tomé el primero que vi, este —levantó el arma— y en cuanto apunté hacia ellos, se disparó un rayo verde que le destrozó la cabeza a uno. Los otros dos se asustaron y me miraron. Trataron de rodearme, pero estaban desarmados, así que también les disparé. Les volé la cabeza a los dos y salí de allí. Corrí por un pasillo blanco tan helado como un refrigerador. Los estaba buscando. Por suerte, los encontré a tiempo.
—Increíble —dije—. Pero qué bueno que lograste escapar. ¿Estás bien? ¿Te lastimaron?
—No —dijo Melina.
—Pero, ¿por qué a ella la pusieron en un cuarto separado? —preguntó Juancho.
—Es mujer —dije yo—. Es diferente a nosotros. Seguramente, pensaban hacerle otro tipo de pruebas.
—Eso no importa ahora —repuso Melina con tono urgente—. Tenemos que irnos. Seguramente, ya nos están buscando. Tenemos que regresar a la Daneel I y escapar.
—Buena idea —respondí.
Y de inmediato, abandonamos el laboratorio.


8

Melina tenía razón: los corredores estaban helados. Parecía que a esos seres les gustaban las bajas temperaturas.
Cuando salimos del laboratorio en el que Juancho y yo habíamos estado atrapados, empezamos a correr por un pasillo estrecho y muy largo de paredes blancas que irradiaban luz. Tuve la sensación de que me encontraba recorriendo el intestino de un robot. Sé que suena descabellado, pero eso fue lo que sentí.
—Esperen un momento —dijo Juancho mientras corríamos—. ¿Tienen idea de a dónde vamos? ¿Cómo saben que nuestra nave está en esa dirección?
Nos detuvimos de golpe.
—Es verdad —dije—. No lo sabemos.
—Pero no podemos quedaros quietos —protestó Melina.
—Este lugar es enorme —repuso Juancho—. Si nos ponemos a caminar sin una dirección concreta, seguramente tardaríamos un año en dar con la nave.
—Lo que necesitamos en un mapa, una guía, o algo así —dije.
—Sí, pero, ¿dónde vamos a conseguirla? —preguntó Juancho.
—Tal vez en el laboratorio —sugerí—. Tenemos que volver.
Juancho no pareció muy entusiasmado con la idea, pero aceptó.
Estábamos a menos de diez metros del laboratorio. Y cuando nos disponíamos a regresar, vimos que algo se acercaba por el corredor, a lo lejos.
—¿Qué es eso? —dijo Melina.
Venía muy rápido, deslizándose por el aire. Agucé la vista y vi que se trataba de un extraterrestre montado en una especie de vehículo aéreo, similar a una moto de agua de las que se ven en verano en la playa.
—¡Es uno de ellos! —gritó Juancho.
Melina se adelantó a nosotros, le apuntó con el arma y disparó tres veces. Vi rayos verdes que volaban en dirección al monstruo. Pero este maniobró hábilmente con su nave y esquivó los tres disparos, que dieron en las paredes arqueadas del corredor. Luego, aceleró la marcha.
Melina volvió a disparar y el resultado fue el mismo.
—¡Corran! —gritó Juancho.
—¡No! —dije yo—. ¡Entremos en el laboratorio!
—Pero... —empezó a decir Juancho, pero no le di tiempo a terminar.
—¡Vamos!
Y los tres echamos a correr hacia el laboratorio, en dirección al monstruo que se nos acercaba peligrosamente. Lo veía venírsenos encima de un momento a otro. Seguramente, nos embestiría con su vehículo, despedazándonos. La puerta del laboratorio, parecía estar a diez kilómetros, en lugar de diez metros.
Pero llegamos y nos lanzamos dentro.
La nave siguió de largo por el corredor pasando a toda velocidad. Sentí la ráfaga de aire frío que despedía al pasar, golpeándome la cara.
Caímos al suelo y nos levantamos enseguida. Yo me asomé por la puerta, mirando hacia el corredor. El monstruo se alejaba en su moto voladora. Parecía que no iba a poder frenar y dar marcha atrás, o doblar para volver.
—Se va —observé con voz estúpida.
—Mejor —dijo Melina.
—¿Están locos? —nos gritó Juancho—. ¡Ahora estamos atrapados!
—No, estamos vivos —repliqué—. Si nos hubiésemos echado a correr por el pasillo, esa cosa nos hubiera alcanzado. Va en una nave y nosotros a pie, Juancho. Piénsalo.
Se quedó callado, pensándolo un momento.
—Vamos a buscar ese mapa —dijo Melina y se acercó a una consola que había contra la pared, llena de botones triangulares. Cada botón tenía un símbolo extraño encima. Era como un teclado con las letras del idioma de los extraterrestres.
Examiné el teclado y pregunté a Melina:
—¿Alguna idea?
Ella reflexionó un instante y luego le dio un golpe a un botón con el puño cerrado.
Una luz verdosa se encendió en la pared, encima de la consola. Una pantalla.
En ella aparecieron columnas enteras de esos jeroglíficos incomprensibles, que desaparecían en un parpadeo y eran sustituidas por otras.
—¿Qué dirá ahí? —preguntó Juancho.
Negué con la cabeza.
De pronto, apareció una imagen. Era de nuestro planeta. Del planeta Tierra. Estaba tridimensional y estaba rodeada de anotaciones, que podían ser coordenadas. Al lado del modelo terrestre, había un triángulo formado por una docena de círculos blancos. En la imagen, los círculos se acercaban al planeta, rodeándolo y luego parecían aterrizar sobre él. Los círculos se tornaron rojos y La Tierra se volvió traslúcida.
—Por Dios —murmuró Melina.
—Creo que... —dije yo—. Parece que están planeando una invasión. Van a invadir nuestro planeta.
Nos quedamos en silencio un momento.
Entonces, un extraterrestre apareció en la puerta. Soltó un chillido y nos apuntó con un arma que era como la de Melina, pero mucho más grande.
Disparó.
El disparo dio en una de las mesas (en la que había esto yo) y la desintegró por completo, reduciéndola a un montículo de polvo negro.
Melina le disparó al monstruo y yo, sin saber exactamente por qué, empecé a oprimir todos los botones del teclado. En la pantalla aparecieron símbolos extraños que parpadeaban y bailaban. El disparo que hizo Melina dio al lado de la puerta, dejando una quemadura.
En ese momento, una compuerta redonda se abrió en el techo, justo sobre nuestras cabezas y empezó a aspirar. Era como estar debajo de una aspiradora gigante. El aire producía un silbido ensordecedor.
—¿Qué está pasando? —me gritó Melina, pero no la escuché. Solo vi que se movían sus labios.
La succión fue tan poderosa que nos elevó. Nos separó del suelo y aquella abertura nos tragó como la boca de un enorme monstruo. Para él, éramos tan livianos como pelusas.


III. SALIDA

9

Fuimos absorbidos por un conducto interminable y tortuoso. Yo giraba sobre mí mismo, como si estuviera dentro de una lavadora, mientras el aire frío me azotaba. Creo que gritaba, pero no podía escuchar mis propios gritos. De vez en cuando, chocaba contra las paredes del tubo o contra alguno de mis amigos. Rebotábamos como pelotas de goma y yo tuve la aterradora idea de que íbamos a permanecer así para siempre.
Pero entonces, el ducto se terminó. Se abrió otra boca como la que nos había succionado y caímos al vacío.
Caímos sobre lo que parecía ser un enorme almohadón de gelatina. Sentí un sonido a mojado y cómo la blanda superficie se movía debajo de mí. Tuve una instantánea sensación de repugnancia, pero se disipó rápidamente.
Me levanté despacio, ya que estaba muy mareado. Todo me daba vueltas. Ayudé a Melina y a Juancho a ponerse de pie.
—¿Están bien? —pregunté con voz ahogada.
Ellos asintieron con la cabeza, sin decir palabra. Estaban sin aliento. Melina tenía mechones de pelo enredado cayéndole sobre la cara.
Juancho se pasó una cara manchada con sangre extraterrestre y miró a su alrededor.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Era un cuarto redondo, similar a la bóveda en la que habíamos aparecido con al Daneel I, solo que esta no tenía luces azules, sino blancas, como las del laboratorio.
Había un ventanal largo en una pared que miraba hacia el espacio. Desde allí podía verse La Tierra, flotando entre un sinfín de estrellas. Estábamos tan cerca de casa... tan cerca y tan lejos a la vez.
Bajamos con torpeza de ese almohadón gigante que había amortiguado nuestra caída.
Y en ese momento, apareció un extraterrestre en el cuarto. Entró por una compuerta y nos miró con sus ojos saltones y movedizos. Este ser era algo distinto a los demás. Era un poco más alto y tenía la piel moteada de verde, como la piel de un sapo.
Se acercó unos pasos a nosotros. Noté que Melina buscaba el desintegrador y que no lo encontraba. Seguramente, se había perdido en nuestra vertiginosa caída. El ente nos estudió con la mirada. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó un bramido que me hizo zumbar los tímpanos. Parecía un grito de guerra y lo que me pareció que gritaba fue: “Zoooooooorgs”.
¿Zorgs?, me dije. ¿Se refiere a ellos a nosotros?
Unas luces en las paredes se encendieron, alrededor de nosotros y dejaron ver un anillo de lo que parecían ser frascos, decenas de ellos. Cada frasco contenía algo en su interior. Una especie de gusano blanco rechoncho con el esbozo de una cabeza triangular y un par de motas negras que eran los ojos. Supe entonces que eran larvas. Larvas de aquellos seres. Sus hijos, sus crías. Y aquél ser moteado de verde debía ser la reina. La encargada de procrear y perpetuar la especie. Nosotros estábamos en su nido, en su cámara de incubación.
Pero, ¿por qué las larvas estaban guardadas en aquellos frascos? ¿Qué pensaban hacer con ellas?
Volví a mirar la ventana. Miré La Tierra, azul y apacible. Pensé que esos frascos eran como cápsulas...
Miré a la reina.
—Eso es lo que van a hacer, ¿no? —dije—. Van a enviar a sus crías a La Tierra. Esa es la invasión que planean, ¿verdad? Seguramente van a usar a las mujeres para incubar. Por eso le estaban haciendo esos estudios a Melina —agregué más para mi mismo que para los demás—. Por eso la tenían en un laboratorio diferente. Necesitaban estudiarla para saber si era apta para su propósito.
No sé si la reina me entendió o no. Volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó otro bramido.
Melina dio un paso adelante. Luego, empezó a acercare a la reina.
—Melina —dije, alarmado, pero ella siguió su camino, sin escucharme. Juancho me miró como diciendo: “¿Qué va a hacer?”, pero sólo pude encogerme de hombros.
Melina se paró frente a la reina con las manos atrás y la miró fijamente. La reina la escrutaba con sus ojos móviles.
—¿Me quieres para que críe a tus hijos? —preguntó.
La reina la miró en silencio. Me pareció que la entendía. Es increíble, pero eso fue lo que me pareció.
—En tus sueños —agregó Melina.
Entonces, sacó las manos de detrás de la espalda, apuntó a la cabeza de la reina con el arma y disparó. No la había perdido. Había tenido el lanza rayos todo el tiempo con ella, simplemente había estado esperando el momento oportuno para usarlo.
La mitad de la cabeza de la reina explotó con un sonido sordo y repugnante y salpicó a Melina de sangre verde, pero a ella no le importó. La reina se tambaleó hacia atrás y empezó a soltar alaridos distorsionados con su media boca, mientras un chorro de sangre verde salía de la cabeza destrozada como en una fuente.
La reina se fue hacia atrás, chocó bruscamente contra la pared, aplastando unos cuantos de los frascos que contenían las larvas. Melina les apuntó y empezó a dispararles. Los frascos estallaban uno a uno y las larvas blancas caían muertas al suelo, bañadas en ese líquido amarillento en el que habían estado guardadas.
Empezó a sonar una alarma. Era un pitido muy agudo que subía y bajaba de tono. Un montón de luces empezaron a prenderse y apagarse, como en una discoteca.
Yo tomé a Melina del brazo, que parecía muy concentrada en destruir a las larvas.
—Vamos —dije—. Tenemos que irnos.
Melina disparó a la ventana, creo que accidentalmente. Abrió un agujero perfectamente redondo en el cristal (si es que era cristal) y la cámara empezó a perder presión, a medida que el aire salía de ella.
Todo se estremeció violentamente, como si hubiera un terremoto.
En ese momento, la compuerta redonda por la que habíamos caído se abrió y tres extraterrestres cayeron hábilmente sobre el almohadón. Los tres estaban armados y empezaron a dispararnos en cuanto nos vieron.
—¡Corran! —grité.
Noté que la compuerta por la que había entrado la reina estaba abierta. De ella salía una fulgurante luz azul.
Melina disparó tres veces sin éxito a los extraterrestres (guardias de la reina, seguramente) que habían llegado, pero no le dio a ninguno. Mientras tanto, la reina estaba apoyada contra la pared, rodeada de sus horribles hijos muertos, sangrando a borbotones, chillando y pataleando.
Cruzamos la compuerta y nos encontramos otra vez en la cámara azul.


10

La Daneel I estaba allí, tal como nosotros la habíamos dejado, con todas las puertas abiertas.
Por favor, que todavía funcione, me dije. Por favor.
En la cámara, se escuchaba la ensordecedora alarma, chillando a más no poder. Allí, el suelo también temblaba.
Entramos a la nave. Escuchamos un ruido a succión cuando cerramos las puertas y la nave se presurizó. Yo me senté al volante, miré desesperado el infernal panel de control y entonces giré las llaves que colgaban del contacto. El motor encendió con un ronquido grave. En ese momento, las luces azules a nuestro alrededor, empezaron a estallar.
Moví la palanca que estaba arriba del botón verde. La Daneel I se elevó un poco del suelo.
—¿Cómo vamos a salir? —gritó Juancho, a mi lado—. ¡No hay salida!
Melina se inclinó sobre el asiento delantero, abrió la ventanilla del lado del conductor, sacó el brazo y disparó con el lanza rayos a la pared que estaba delante nuestro. Disparó varias veces, en círculo. Un trozo derretido de la pared se desprendió y salió disparado como un proyectil hacia el vacío.
Melina se metió rápidamente y yo cerré la ventanilla, antes de que el cambio de presión hiciera implotar la nave.
Dos de los guardias aparecieron en la compuerta y empezaron a dispararnos, pero se veían aturdidos.
—¡Vamos! —gritó Juancho.
Moví la palanca hacia arriba con tanta fuerza, que casi la arranco. Esta vez, no hubo cuenta regresiva, porque fue un despegue de emergencia. Las turbinas laterales se encendieron y la Daneel I arrancó a toda velocidad.
Pasamos por el agujero que había abierto Melina, que era apenas más ancho que la nave. Los laterales rozaron el borde del agujero.
Salimos hacia el espacio a toda velocidad.
Detrás de nosotros, la nave extraterrestre, la nave de los Zorgs, una enorme estructura plateada en forma de plato hexagonal, empezó a estallar. Hubo explosiones en distintos puntos de la nave y luego una explosión enorme. Una luz blanca envolvió nuestra nave y tuve el presentimiento de que se derretiría. Fuimos catapultados por la onda expansiva. Fue un milagro que la nave no se despedazara. Tuve que sostener el volante con mucha fuerza para no perder el control de la nave.
La explosión colapsó de inmediato, al no haber oxigeno que quemar en el espacio.
La Daneel I dejó de vibrar.
Me di cuenta de que estaba empapado en sudor y que el volante estaba caliente. Seguramente el chasis externo de la nave estaba chamuscado. Pero aún funcionaba y estaba seguro de que lograría llevarnos a casa.
Me volví y miré a mis amigos. Juancho estaba tendido en el asiento del acompañante, con las manos encima de la cabeza, como si se protegiera de un bombardeo aéreo. Melina estaba detrás, sentada en el asiento, con las uñas clavadas en los brazos del mismo.
—¿Están bien? —pregunté.
Juancho se irguió lentamente.
—Bien —dijo.
—Yo también —respondió Melina.
—Mely —dije—. Lo que hiciste sí que fue valiente. Nos salvaste la vida a Juancho y a mí dos veces y encima nos ayudaste a escapar.
—Es verdad —repuso Juancho—. Gracias, Mely.
Melina sonrió y se apartó un mechón de pelo manchado de verde de la cara.
—No fue nada —respondió—. Ustedes hubieran hecho lo mismo por mí.
Juancho miraba por el espejo retrovisor.
—Parece que no quedó nada de la nave de esos bichos —comentó.
—Me alegro —respondió Melina.
—Yo también —dije—. Y me pregunto si la explosión se habrá visto desde La Tierra.
—Seguramente sí —dijo Melina.
—Vamos a tener mucho que contar cuando volvamos —dijo Juancho—. Elliot no nos va a creer. Nadie nos va a creer.
—Y no creo que a Elliot le haga mucha gracia el estado en que dejamos su nave —agregué.
—Todo fue culpa de su vecino Abelardo —dijo Juancho y los tres reímos—. Pero impedimos una invasión extraterrestre, así que debería darnos un premio.
Por un momento, miramos La Tierra debajo nuestro. Había girado mientras no estuvimos y ahora todo lo que se veía era el azul infinito del océano... de algún océano. ¿Cuánto tiempo habíamos estado fuera? ¿Acaso serían días? ¿O tal vez semanas?
—Fede —me dijo Melina—. ¿Ya aprendiste a manejar esta nave?
Miré el panel lleno de botones, perillas y lucecitas parpadeantes.
—Creo que estoy aprendiendo —dije.