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lunes, 22 de agosto de 2011

Comprobado: la tele me odia


No lo entiendo. Yo no le hice nada. ¿Por qué me trata así? Si me gustaba. Me caía bien. Antes, por lo menos. Pero de golpe algo pasó. se volvió mala. Agresiva. Violenta. Como si ya no me quisiera. Como si le hubiese hecho algo para que me odiara. Y no sé qué pudo ser. Primero fueron los programas. Se volvieron malos. Malos de verdad. Y después, las publicidades. Se volvieron peores... casi diabólicas. Cosa que tuve oportunidad de comprobar la semana pasada.

Prendo la tele, está puesto canal 10. Están transmitiendo el noticiero. Se van al corte. Empieza la propaganda. Aparecen tres mujeres en un baño, que podría ser un restorán o lugar público, hablando de los problemas que tienen para defecar. Se quejan de que lo llamen “tránsito lento” y prefieren llamarlo “estreñimiento”... Todo esto, mientras se maquillan frente al espejo. Luego dicen que van a hacer una obra de teatro sobre el tema. Si no entiendo mal, una obra de teatro protagonizada por tres mujeres que se paran en un escenario a hablar de los problemas que tienen para hacer sus necesidades fisiológicas. (Más tarde, me entero de que las entradas se agotan para la primera función).

Cambio de canal. Voy al 4 (a esa hora, afortunadamente, el inmundo noticiero  terminó y están pasando una telenovela no menos inmunda). Propaganda de una conocida marca de cerveza. Un tipo sentado en un sillón. Todo transcurre en cámara lenta, con una voz en off que va relatando lo que sucede usando un vocabulario ampuloso. Aparecen dos mujeres despampanantes, voluptuosas. Cada una se sienta en un brazo del sillón, con el tipo en el medio. Y empiezan a bambolear de un lado a otro sus enormes pechos. Por la cara del sujeto, parece que acaba de eyacular. Dato curioso: la voz en off del locutor (que por su tono, parece que también acaba de eyacular) menciona a las mujeres como “criaturas”. Qué tiene que ver beber cerveza con que dos mujeres se sienten en los brazos de un sillón a sacudir sus atributos... no lo sé.

Me levanto y voy a la cocina a buscar un poco de agua (pienso que también me gustaría tomarme un valium, pero lamentablemente no tengo). Vuelvo al sillón. Ahora hay otra publicidad, no menos espeluznante que la anterior.

El escenario es una ciudad sin nombre, al parecer la zona céntrica, la más transitada. Aparece un hombre maduro con una chica joven, casi una adolescente: su hija. Comienza a hablarle en tono confidencial de las cosas que ocurren a su alrededor. Le dice que preste especial atención a unos seres infrahumanos a los que denomina con un nombre que resulta prácticamente impronunciable para cualquier mortal: “workaholics”... o algo similar. El padre le describe estos seres a su hija, advirtiéndole lo peligrosos que son para una chica... Al parecer se trata de unas criaturas de escaso desarrollo intelectual, con un apetito sexual extremadamente elevado y una inclinación permanente a la autosatisfacción erótica, ya que rara vez pueden satisfacer sus deseos sexuales con el sexo opuesto. Pese a sus limitaciones intelectuales, estas criaturas adoptan estrategias de ataque muy hábiles para cazar hembras. Y lo más llamativo de todo es que a veces (sólo a veces) tienen éxito. Por esto, el padre advierte a la joven que tiene que ir con mucho cuidado. Pero todo es inútil. En un segundo de descuido del progenitor, la hija ha caído en las garras de uno de estos workaloquis... worakohics... worka... ¡como se diga! Al final, descubro que la publicidad es de una marca de chicles, lo cual me hunde en un pozo sin fondo de incertidumbre que hace que mi cerebro se retuerza de dolor como un gusano en un anzuelo.

Las manos me tiemblan, estoy echando espuma por la boca, pero aún así logro manotear el control remoto para cambiar de canal.

Paso a canal 12 (la verdad no sé por qué, tan sólo estoy haciendo zapping). Otra propaganda de bebida alcohólica, ahora de grapamiel. No, esta vez no se trata del clásico “Y pensar que me habían dicho”, aunque tiene una estética similar y el autor de la famosa frase (el Hombre de la Polera) tiene un papel protagónico. En esta ocasión se trata de una especie de parodia de concurso de televisión. Hay un jurado compuesto por tres personajes de la “farándula”. También hay un conductor o maestro de ceremonias. El conductor dice algo incomprensible que, gracias a Dios, mi mente ya no recuerda. Entonces hace su aparición el Hombre de la Polera. Parece a punto de decir algo sumamente importante. Los notables miembros del jurado ponen cara de circunstancia (en este punto me pregunto por qué no se dedicaron a la actuación). El Hombre de la Polera dice algo aún más incomprensible,  y entonces, de manera repentina, todo el mundo aplaude. Hasta aquí puede que haya cierta lógica. No mucha, claro, pero sólo una pizca, dentro del universo paranormal del mundo de la publicidad. Y entonces, de pronto, sin previo aviso, aparece un imitador del nefasto Samuel “Chiche” Gelblung. La máscara de goma que lleva este imitador parece haber sido expuesta recientemente a un calor extremo, porque está deformada, como derretida. Este falso “Chiche” está sentado en un sofá, mirando la televisión. Se escucha el sonido del concurso (la voz del conductor, del Hombre de la Polera, etc.), que él ha estado mirando. Tiene un vaso de grapamiel en la mano. Entonces dice algo que es todavía más incomprensible que lo que dijeron el conducto y el Hombre de la Polera, en referencia a la calidad de la bebida en cuestión.

Me duele la cabeza, la habitación da vueltas. Intento pensar, intento razonar, pero no lo consigo. Es como si las pautas publicitarias que acabo de ver hubiesen irradiado sus malignas y enfermizas ondas hacia mi cerebro y este estuviese a punto de estallar. Intento tomar el control para apagar, pero se me resbala de las manos, sudorosas y heladas, y se hace pedazos contra el suelo. Intento levantarme, pero me caigo de bruces. Aún así, logro arrastrarme hasta el televisor lo justo para pulsar el botón de apagado y hacerlo callar antes de que otra propaganda termine con lo poco que queda de mí, mientras me pregunto qué hice para merecer algo tan cruel.

Paso dos horas en el suelo del living, en la oscuridad, temblando, hasta que por fin creo tener fuerzas para levantarme e irme a la cama.

***

Es obvio. La Tele me odia. Creo que de ahora en adelante voy a tener una actitud bastante más cautelosa ante ella.

El aparto que hasta hace poco me pareciera inofensivo, que me entretenía, me informaba y hasta (que el Señor me proteja) me educaba, se ha vuelto tremendamente hostil y peligroso. Encenderlo es casi como poner la cabeza dentro de la boca de un león hambriento. Primero fueron los programas. Ahora, también las propagandas... por favor, ¿qué nos espera?

Sin embargo, me permito sin optimista: creo que mientras no pulse el botón de ON/OFF del control remoto o del televisor mismo, estaré bien. Mientras lo use únicamente para apoyar un florero encima, no habrá problema. O, al menos, eso espero.