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sábado, 30 de agosto de 2008

Solos

PRIMERA PARTE

1

El sábado 19 de julio, mi amiga Melina y yo fuimos a ver una película. Quedamos en encontrarnos en el Moviecenter de Portones (que queda bastante más cerca de mi casa que de la de ella) a eso de las seis y media de la tarde.
Llegué allí a las seis y veinticinco y me senté en un banco a esperarla, pero un segundo después, la vi. Estaba parada en un rincón, junto al cartel de una película (no la que nosotros íbamos a ver), hablando por celular. Noté que junto a ella, estaba Juancho, nuestro amigo en común. Juancho miraba a Melina con una expresión divertida, como si acabara de contarle algo gracioso, o estuviera a punto de hacerlo. Ellos me vieron y me hicieron señas con la mano para que me acercara.
Yo lo hice, tratando de esquivar a la gente que se cruzaba en mi camino. El cine estaba bastante lleno a esa hora. Era normal, porque era sábado y además, en plenas vacaciones. El lugar estaba atiborrado de niños que correteaban de un lado a otro, gritaban, se reían, se peleaban y se arrojaban pop, como si fueran balas. Había largas colas en las boleterías y otras en el puesto de comida. En ese momento, pensé que hubiera sido mejor que alquiláramos una película en DVD para verla en casa. Pero ya estábamos en el cine e íbamos a quedarnos.
Saludé a mis amigos y nos pusimos a hablar de cualquier cosa, mientras esperábamos a que empezara la película. Hablamos del tiempo, que era inusualmente cálido para la época, de los estudios, de las películas que estaban proyectando en el cine y de vuelta al tiempo.
De pasada, les conté que hacía dos días había ido a visitar a Elliot Herman, un amigo en común. Hacía tiempo que no lo veíamos, Melina sobre todo.
¿Y cómo está? —preguntó ella sin mayor preocupación. Elliot y Melina en realidad, no eran exactamente amigos. De hecho, los únicos amigos de verdad que tenía Elliot eran la computadora, los juegos en red y las consolas de Play Station.
Está bien, creo —dije, encogiéndome de hombros—. Como siempre, encerrado en su cuarto, jugando, jugando, jugando...
Melina hizo un gesto de asentimiento con la cabeza, como diciendo: “ya conozco el asunto”.
Unos minutos después, se empezaron a formar las filas para entrar en las salas. Nosotros estábamos cerca de las escaleras que conducen a las salas y fuimos de los primeros en formarnos.
Nos tocaba la sala seis, que quedaba casi al final del pasillo.
Cuando pasamos y nos dirigimos a la sala, tuve una sensación extraña. No podría describirla de manera exacta, por más que lo he intentado. Fue parecido a estar en un lugar completamente a oscuras y que de pronto se enciendan luces muy potentes. No fue precisamente así, pero es la descripción más aproximada a la que puedo llegar.
Lo que sí puedo decir es que la sensación fue tan intensa, que me detuve de golpe, parpadeé, como si estuviera deslumbrado y me llevé una mano a la frente. Fue una reacción lo suficientemente llamativa como para que Melina y Juancho se volvieran a mirarme.
¿Qué pasa? —me preguntó Melina—. ¿Estás bien?
Sí —dije—. No pasa nada. Sólo fue un mareo.
¿Un mareo? —preguntó Melina, con recelo. Era evidente que estaba preocupada.
Sí. Ya se me pasó. —Intenté sonreír—. Creo que es por estas luces. Cada vez que entro en un shopping me siento mareado. No sé por qué.
Volví a sonreír. Pero era evidente que a Melina mi explicación no le satisfacía. Y a mí tampoco.
Vamos —dije—. Antes de que ocupen los mejores asientos.
Reanudamos la marcha y en ese momento, un par de las lámparas que había en la pared, irradiando una cruda luz blanca, parpadearon y emitieron un zumbido, como si tuvieran problemas de tensión.

2

La película transcurrió bien durante la primera media hora, pero a partir de ahí, cayó en picada. Se volvió monótona, aburrida. Y yo no era el único que tenía esa opinión. A mi izquierda, Juancho había empezado a bostezar y Melina parecía más interesada en enviar mensajes de texto a sus amigas que en lo que sucedía en la pantalla. En la sala había unas treinta o cuarenta personas. Muchas de ellas habían empezado a conversar entre ellas, e incluso un hombre viejo con la cabeza calva cubierta de piel descamada se levantó y se marchó con aire indignado. Seguramente, iba a la boletería para que le devolvieran el dinero de la entrada.
Pasaron quince minutos más y entonces me levanté.
¿A dónde vas? —preguntó Juancho.
Al baño —respondí.
No tardes —dijo él—. Te vas a perder la mejor parte.
Sí, claro —repuse con tono irónico y me fui.
Salí de la sala y me dirigí al baño, que estaba al final del corredor. El baño estaba completamente vacío y olía demasiado a pino artificial de desinfectante. Es un olor que yo tolero, pero hasta cierto punto; más allá, resulta desagradable. Procuré hacer los trámites rápido para poder salir cuanto antes y no tener que aspirar por mucho tiempo las emanaciones perfumadas del producto químico que habían vertido para limpiar.
Cuando abandoné el bañó, unos minutos después, frotándome las manos resecas por el aire caliente del secador, vi que Melina y Juancho estaban en el corredor, cerca de la puerta de la sala, mirando alrededor con aire nervioso. Cuando me aproximaba a ellos, me vieron y se acercaron a mí corriendo.
¿Qué pasa? —les pregunté. Por su cara, pensé que era algo grave. Que el cine se estaba incendiando, o algo así.
¿Dónde estabas? —me preguntó Melina.
En el baño —dije, sorprendido—. Creo que ya lo sabían... ¿Están bien? Están más blancos que un papel.
Pasa algo raro —dijo Juancho.
¿Qué? —pregunté yo—. ¿Qué pasa?
No hay nadie... En la sala, no hay nadie.
Fruncí el ceño, sin entender.
¿Cómo?
La sala está totalmente vacía —dijo Melina—. Todo el mundo desapareció.
Me quedé mirándolos largo rato, preguntándome si me estaban haciendo una broma tonta. Todavía no terminaba de entender lo que me querían decir. ¿Qué significaba que todo el mundo había desaparecido?
¿De qué... —empecé a decir, pero Melina me tomó de la mano y me llevó de un tirón hacia la sala.
Entramos y entonces vi lo que querían decir.
La sala estaba totalmente vacía. La película seguía proyectándose en la pantalla, pero no había nadie mirándola. Había restos de pop en el suelo, vasos de refresco en los aros de soporte que había en los asientos... pero no había nadie. Nosotros éramos los únicos.
Parece que la película es realmente mala —dije.
No —exclamó Melina—. La gente no se fue. Desapareció, ¿lo entiendes?
Esperen —dije—. ¿Cómo que desapareció?
Nosotros estábamos ahí —dijo Juancho, señalando los asientos que habíamos ocupado. Iba a decir algo más, pero Melina lo interrumpió.
Yo estaba mandando un mensaje de texto —dijo—. Pero en un momento, levanté la cabeza, para volver a mirar la película y me di cuenta de que la sala estaba vacía. Le dije a Juancho: “¿Dónde está todo el mundo?”. Y entonces él también lo notó. No había nadie.
Esbocé una sonrisa.
¿Y cuál es el problema? —pregunté—. La gente se fue porque no le gustó la película y punto. Fin del misterio.
No —replicó Juancho—. Si cuarenta personas se hubieran levantado para irse, seguramente lo hubiéramos notado. Pero no fue así. En un segundo estaban y al siguiente no.
Ustedes no estaban prestando mucha atención a la película, ¿no? —repuse—. Estaban distraídos con otra cosa. Melina, estabas usando el celular. Juancho, seguramente estabas a punto de quedarte dormido. La sala está muy oscura, lo cual es normal en una sala de cine. Si la gente se empezó a ir, seguramente ustedes no lo notaron. Lo más probable es que no se hayan ido todos a la vez, sino de a poco... digamos que de a diez. Es muy probable que no los hayan visto.
Pero mi explicación, aunque sonaba bastante lógica (incluso para mí), no pareció convencerlos.
No —dijo Melina—. No fue así. La gente desapareció.
Niños —dije con tono altanero—, si están tratando de hacerme una broma, les aviso que no voy a caer. No estoy asustado, ni preocupado, ni mucho menos. ¿Se dan cuenta de que lo que dicen no tiene sentido? ¿Cómo hicieron cuarenta personas para desaparecer todas de golpe en un segundo?
Melina y Juancho conocían mi predilección por las historias de misterio y terror, los fenómenos paranormales y demás, pero yo soy lo suficientemente racional como para distinguir entre la verdad y la ficción y para no tragarme el primer cuento barato que me cuentan.
Melina miró a Juancho.
Vamos a ver el resto del cine —dijo—. Para ver si encontramos a alguien.
Está bien —dijo Juancho.
Yo suspiré. Al parecer, querían llevar la broma todavía más lejos, querían hacerme caer a como diera lugar. Decidí seguirlos, por mera diversión.
Cruzamos el corredor hasta la sala siguiente, la cinco. Nos asomamos por la puerta. Allí estaban proyectando otra película, una de ciencia ficción con efectos especiales sorprendentes y muy ruidosos. Pero tampoco había nadie. Lo normal hubiera sido que viéramos siluetas de cabezas en los asientos, pero no era así.
Melina me miró con una expresión desafiante, como diciendo: “¿Viste? Yo tenía razón.”

Debo confesar que para ese momento, ya había empezado a preocuparme.
Vamos a ver otra sala —propuso Juancho.
Cruzamos el corredor, hacia la sala tres. Entramos y otra vez lo mismo: película proyectándose, nadie mirándola.
Volvimos al corredor.
Parece que todas las salas están vacías —dije en voz baja—. Tengo que admitir que no parece muy lógico.
Sí, eso es lo peor de todo —dijo Juancho—. Sobre todo porque, cuando llegamos, el cine estaba repleto.
Vamos al vestíbulo —dijo Melina.
Bajamos la escalinata alfombrada de azul. El vestíbulo estaba tan desierto como las salas. No había ni un alma. El silencio sólo era interrumpido por la música que salía de los altavoces que había colocados en lo alto de las paredes. Los grandes afiches de las películas parecieron observarnos como centinelas desconfiados.
Me acerqué a la boletería. No había nadie para atender. Las computadoras estaban encendidas e incluso había una entrada asomando por la ranura expendedora del mostrador, como una lengua rectangular de cartón amarillo. Era como si la persona que la iba a retirar, hubiera desaparecido antes de poder hacerlo.
En el kiosco de comidas tampoco había nadie. La enorme máquina seguía haciendo pop acaramelado. Los refrigeradores en donde se guardaban los refrescos seguían zumbando. Pero no había nadie.
No puede ser —dije, pensando en voz alta.
Melina se acercó a mí y me observó con aire grave.
Parece que estamos solos —dijo.

3

Esto es imposible —dije—. La gente no desaparece de esa manera. Eso sólo pasa en las películas.
¿Qué podemos hacer? —preguntó Melina. Se notaba que estaba asustada, aunque trataba de mantener un tono de voz firme.
Podríamos tratar de buscar a alguien en el shopping —propuso Juancho—. No podemos ser los únicos que quedamos.
Me parece buena idea —dije en voz baja.
Miré hacia las puertas de vidrio que daban al exterior, a la playa de estacionamiento. Eran las siete y cuarto de la tarde y a esa hora ya casi era noche cerrada. Me acerqué a las puertas, caminando como un sonámbulo, y miré hacia fuera. Los altos faroles de la playa de estacionamiento, estaban encendidos. Había bastantes autos aparcados; parecían grandes animales dormidos de metal.
¿Habrá alguien afuera? —me pregunté, aunque lo hice en voz alta.
Vamos por partes —dijo Juancho—. Primero, el shopping. Después salimos.
Estaba de acuerdo.
Cruzamos juntos el pasillo que comunicaba el cine con el shopping. El silencio era tan intenso que parecía irreal, casi pesadillesco.
Lo que habitualmente debería ser un lugar repleto de gente a esa hora, un día en plenas vacaciones, era un desierto de metal, vidrio y mármol. Lo normal hubiera sido tener que abrirse paso casi a las patadas entre la multitud para poder pasar, lo normal hubiera sido tener que esquivar grupos de niños que jugaban como si estuvieran en un parque de diversiones, lo normal hubiera sido tener que hablar en voz alta para poder hacerse escuchar por sobre el murmullo de la multitud.
Pero no había ninguna de estas cosas. Sólo vacío. Lo cual no era normal.
El sonido de nuestras pisadas se escuchaba perfectamente y resonaba en el enorme lugar como en una caverna. Clap, clop, clap, clop...
Pasamos junto a una tienda de electrodomésticos, donde tenían varios televisores de distintos tamaños en las vidrieras. Estaban pasando una película que se veía en todas las pantallas. Escuchábamos un zumbido muy, muy lejano y tenue, seguramente producto del generador de energía. Todo estaba iluminado, encendido, funcionando. Pensé que era una buena señal. Al menos, podíamos ver a dónde íbamos y lo que hacíamos. Si todo hubiera estado a oscuras, seguramente, hubiéramos entrado en pánico.
Parece que tampoco hay nadie —dijo Juancho, pensativo.
No lo entiendo —manifestó Melina—. ¿Por qué todo el mundo desapareció, menos nosotros tres? No tiene sentido.
Es una buena pregunta —dije—. Pero también hay otra más importante: ¿a dónde fueron todos?
Creo que no deberíamos apresurarnos —dijo Juancho—. Todavía es demasiado pronto para saber si realmente somos los únicos que quedamos. Es posible que haya gente en otra parte.
Yo quería aferrarme a esa posibilidad, pero resultaba difícil.
Miré a Melina y me di cuenta de que ella todavía tenía el celular en la mano. Era como si no se diera cuenta de que lo llevaba. Entonces se me ocurrió una idea.
Melina —dije—. ¿Por qué no tratas de llamar a alguien?
Ella me miró sorprendida, como si no entendiera de lo que le hablaba. Entonces, notó el teléfono en su mano y se sobresaltó, como si nunca hubiera visto un aparato así en su vida.
Claro —dijo—. Buena idea.
Pulsó un botón y la pequeña pantalla se encendió.
Hay línea —anunció.
Pulsó un par de botones más (seguramente usando el marcado rápido) y se llevó el aparato a la oreja.
¿A quién llamas? —preguntó Juancho.
A mi casa —dijo Melina—. Espero que mi madre y mi hermana estén.
Esperó.
Los tres esperamos, en silencio. Juancho y yo mirábamos a Melina expectantes, como si estuviera a punto de dar el veredicto de un jurado en un juicio y nosotros fuéramos los acusados.
Al cabo de unos minutos (puede que fueran tan sólo unos segundos, pero a mí se me hicieron eternos), dije:
¿Y?
Melina hizo una mueca y movió la cabeza en señal negativa.
Nada —dijo—. No contesta nadie.
Sentí un cosquilleo desagradable en el estómago. Si la familia de Melina había desaparecido, era probable que la mía también. ¿Y si nunca volvía a verlos? ¿Y si nunca volvíamos a ver a nadie? ¿Y si Melina, Juancho y yo nos quedábamos solos en el mundo por el resto de nuestras vidas? En otras circunstancias, no hubiera sido una perspectiva ingrata, pero dada la situación que estábamos viviendo, era una idea... aterradora.
Luché para no desesperarme, o, por lo menos, para no mostrarme desesperado ante mis amigos. Lo último que quería era asustarlos más de lo que ya estaban.
De pronto, Juancho se apartó un poco de nosotros, levantó la cabeza, extendió los brazos hacia los costados y gritó:
¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Hay alguien en algún lado!
Su voz resonó en el techo abovedado, produjo un eco como sólo he escuchado en las películas, extendiéndose por los corredores desiertos, hasta que se desvaneció.
Los tres permanecimos silenciosos durante un momento, como si esperásemos una respuesta. Que nunca llegó.
Por favor —dijo Melina en voz baja—. No vuelvas a hacer eso.
Perdón —murmuró Juancho—. Solamente quería asegurarme.
Soltó un largo suspiro, como si estuviera muy cansado.
Fuimos a sentarnos a un banco, cerca de la plaza de comidas. Durante un rato, no dijimos nada.
¿Qué podemos hacer? —preguntó Melina después.
Podríamos aprovechar que no hay nadie para robarnos todo lo que podamos —dijo Juancho—. Tenemos todo para nosotros.
Melina y yo lo miramos con aire solemne. Juancho había pretendido hacer un chiste, pero la verdad no resultó muy gracioso.
Creo que lo mejor que podemos hacer es tratar de entender lo que pasa —dije.
Pero, ¿cómo vamos a entenderlo? —se quejó Melina—. No tiene sentido.
Ya sé, pero pensemos un segundo —insistí—. Aparentemente, todo el mundo desapareció, excepto nosotros tres. Podemos aceptar que no hay nadie más en el shopping, nadie más afuera, quizá nadie más en el país, e incluso nadie más en todo el mundo. Que, por alguna misteriosa razón, nosotros somos los únicos que quedamos.
¿Entonces? —dijo Juancho.
Si nosotros somos los únicos aquí, es posible que no sea porque los demás desaparecieron. Lo que pasó, no les pasó a los demás, sino a nosotros.
Melina y Juancho intercambiaron una mirada de desconcierto, que luego dirigieron a mí.
Creo que no entiendo —dijo ella.
Yo tampoco —convino Juancho.
Tanta gente no pudo desaparecer en un santiamén, así, de golpe... en cambio, tres personas sí.
Pero nosotros no desaparecimos —replicó Melina—. Estamos... bueno, estamos acá.
¿Acá dónde? —pregunté.
En el shopping, obviamente —repuso Melina.
Es cierto, pero la gente que supuestamente desapareció, también está en el shopping. Creo que no desapareció nadie, excepto nosotros.
Mis amigos volvieron a mostrarse confundidos.
Sigo sin entender —dijo Juancho—. ¿Cómo la gente puede estar y no estar? Es evidente que acá no están. Acá no hay nadie. No podemos verlos. Nadie responde a nuestros llamados. Estamos solos. No hay que ser muy inteligente para darse cuenta.
Lo que quise decir —dije— es que nosotros estamos aquí, lo cual es obvio, pero... no es el aquí que nosotros pensamos.
Entonces, ¿qué es?
Es otro lugar. Otro sitio. De alguna manera, en algún momento, pasamos del shopping en el que estábamos a este otro, totalmente vacío.
Juancho hizo una mueca que dejaba en claro que pensaba que yo estaba diciendo estupideces.
Eso no tiene ningún sentido —dijo— ¿Estás diciendo que de alguna manera saltamos a un universo paralelo, a otra dimensión, o algo así?
Me quedé en silencio, como si meditara la respuesta, pero creo que mi cara evidenciaba que eso era lo que pensaba, por muy descabellado que sonara.
Creo que estás viendo demasiadas películas —dijo Juancho con desdén—. Y estás leyendo demasiadas novelas.
Si se te ocurre otra explicación, estaría encantado de oírla —dije, aunque no estaba ofendido. En el fondo, yo tampoco me creía mi razonamiento.
Por el momento no tengo ninguna —dijo Juancho—. Lo admito. Pero no voy a empezar a pensar en cosas imposibles. Suponiendo que fuera cierto que pasamos a otro universo, o a otra dimensión, o lo que sea, ¿en qué momento lo hicimos? Yo no vi ninguna puerta, ningún agujero negro, ninguna luz brillante al final de un túnel, ni nada parecido. Simplemente, estábamos en la sala, mirando la película, y de un momento a otro, todo el mundo desapareció.
Creo que el que está mirando demasiadas películas eres tú —dije con calma—. ¿Por qué asumes que para pasar de una dimensión a otra hay que atravesar un agujero negro o acercarse a una luz brillante, o un puerta celestial? Podría pasar de un momento a otro, de un segundo a otro, sin que lo notes, o que apenas lo notes.
Son demasiadas suposiciones —dijo Juancho.
Creo que esto tiene que ver, de alguna manera, con lo que me pasó cuando llegamos.
¿Qué te pasó? —inquirió Melina.
Cuando estábamos entrando en la sala —dije— y de repente me sentí mareado. Ustedes me preguntaron qué me pasaba.
Dijiste que no era nada —dijo ella.
Es verdad. Fue solamente un malestar momentáneo, pero... quizá ese fue el momento.
¿El momento en que cruzamos? —preguntó Melina.
Asentí con la cabeza.
Pero si tú lo sentiste, ¿por qué nosotros no? Además, la gente no desapareció en ese momento. Desapareció cuando ya estábamos en la sala. Y otra cosa: ¿por qué nosotros tres cruzamos esa puerta y nadie más lo hizo?
Reflexioné unos instantes y dije:
Puede ser que me haya equivocado. A lo mejor, ese no fue el momento en que cruzamos. Quizá fue después y esa sensación que tuve fue algo previo, como... como lo que se siente cuando está a punto de haber tormenta eléctrica.
Melina asintió con la cabeza, como si supiera a qué sensación me refería, pero Juancho soltó una risita irónica y negó con la cabeza.
No puedo creerlo —dijo—. ¿Se están escuchando? Están hablando como los personajes de una película barata de ciencia ficción. No se lo tomen a mal, pero creo que se están volviendo locos.
Melina me miró como diciéndole: “no le hagas caso”.
Toda esta explicación parece lógica en ciertos puntos, pero en otros no —dijo —. Es posible que nosotros hayamos desaparecido y los demás no. Pero sigo sin entender por qué precisamente nosotros tres y no nadie más.
Me encogí de hombros.
Creo que eso es lo de menos —dije—. Que seamos nosotros tres los que cruzamos, puede ser algo causal, fortuito. Simplemente, nosotros pasamos por la puerta, pero pudo haber sido cualquiera. Pasamos y llegamos a este... a este lugar. Una especie de réplica exacta de nuestro mundo, sólo que... sin personas. Sin seres humanos.
Pero, ¿por qué tendría que haber precisamente una réplica exacta de nuestro mundo al otro lado de esa puerta? —preguntó Melina—. Si saltamos a otra dimensión, a otro universo, o como quieras llamarlo, ¿no debería ser... diferente?
¿En qué sentido? —pregunté.
Simplemente, creo que debería ser diferente.
Supongo que tanto podría serlo, como no serlo —repliqué—. Eso tampoco importa demasiado. Lo importante ahora es: ¿cómo vamos a hacer para volver?
Deberíamos cruzar esa misma puerta —sugirió Melina.
Estaba pensando lo mismo —repuse—. Pero para eso, deberíamos encontrarla.
¿De qué clase de puerta estamos hablando? Me imagino que no de una convencional. Debe ser una puerta invisible.
Una especie de agujero negro —dije—. Una perturbación en la continuidad espacio—tiempo, una curvatura que se encuentra en un lugar en el que no debería... a lo mejor, una grieta abierta en el tiempo.
Pero, ¿cómo pudo haberse abierto esa grieta?
Volví a encogerme de hombros.
No sé —dije—. Tal vez en este lugar, en este universo, se produjo algo, algún fenómeno que causó esa abertura. Tal vez, el colapso de alguna estrella, aunque creo que una estrella pequeña.
¿Una estrella? —preguntó Melina, confusa—. ¿Qué tiene que ver eso?
Los agujeros negros —expliqué—, se producen cuando se colapsa una estrella, cuando ésta llega al final de su ciclo. Colapsa sobre sí misma, al agotarse el hidrógeno, convirtiéndose en un cuerpo muy pequeño, pero extremadamente denso. Tan, pero tan denso, que genera un campo gravitatorio increíblemente poderoso. Ese campo gravitatorio es tan intenso que no sólo atrae materia hacia él, sino espacio y tiempo. Por eso el espacio se curva, formándose una especie de agujero, para decirlo groseramente.
Y por ese agujero puede pasar cualquier cosa.
Teóricamente sí —dije—. Tal vez, este agujero negro se produjo tan cerca de nuestro universo que su campo gravitatorio produjo una grieta, una rotura en nuestro propio espacio—tiempo. Digamos que tiró de la membrana espacio-temporal hasta que la rompió. ¿Entiendes?
Sí —dijo Melina—. Y nosotros cruzamos esa grieta.
Exacto.
Bueno —dijo ella tras unos instantes de silencio—, es posible que siga abierta, ¿no?
Sí, es posible.
Y que siga en el mismo lugar.
También es posible. No creo que se haya movido.
Entonces, vayamos a buscarla. Pero, ¿dónde puede estar?
Creo que no está en el corredor —dije—. Sino en la sala. Justo donde nosotros estábamos sentados.
Melina se puso de pie de un salto.
Vayamos a ver —exclamó.
Yo también me levanté. En ese momento, se me ocurrió mirar a mi alrededor.
¿Dónde está Juancho?
Había estado tan absorto en mis increíbles explicaciones que ni siquiera me había dado cuenta de su ausencia.
Melina miró en torno suyo.
¿Juancho? —preguntó en voz alta—. Juancho, ¿dónde estás?
Nos miramos, con la misma expresión de terror.
Yo iba a decir algo, cuando de pronto, escuchamos un grito. Un grito de miedo y sorpresa.
Melina se sobresaltó y se tapó la boca para sofocar un gemido.
Juancho —dije. Supe que era él. Ambos lo sabíamos.
¿Dónde está? —dijo Melina.
Me volví hacia el corredor que llevaba al cine.
Creo que está allá —dije y los dos salimos corriendo de inmediato. Entonces, nuestro amigo volvió a gritar.

SEGUNDA PARTE

1

Cuando Melina y yo llegamos al vestíbulo alfombrado de azul del cine, todo parecía en orden, al menos a simple vista.
Pero entonces vimos a Juancho. Estaba parado en la escalinata que conducía al corredor de las salas de proyección, de espaldas a nosotros. No se movía. A juzgar por el grito que había dado cuando nosotros estábamos sentados en el banco de la plaza de comidas, hablando sobre lo que nos había sucedido, creí que alguien lo había atacado. Sin embargo, parecía estar ileso.
Juancho —exclamé—. ¿Qué pasa?
Él no dijo nada. Tampoco se movió. Era como una estatua.
¿Juancho? —preguntó Melina con voz asustada.
Juancho estaba mirando fijamente algo en el suelo del corredor. Se notaba por la inclinación de su cabeza.
¿Qué será? —pensé yo—. ¿Un cadáver? Dios, eso es lo único que nos falta.”
Entonces, nos acercamos. Subimos la escalinata y nos paramos frente a él.
Juancho, ¿qué... —empecé a decir, pero las palabras murieron en mis labios, cuando miré el suelo. Melina ahogó un gemido.
El suelo del corredor, que debía medir unos diez o doce metros de largo, estaba cubierto de ratas. O, en realidad, esa fue la primera impresión que me dio: que se trataba de ratas. Pero al ver mejor, comprobé que no lo eran. De hecho, la semejanza de estas criaturas con las ratas era prácticamente nula.
Se trataba de unos animalillos pequeños (al menos en eso sí se parecían a las ratas), completamente negros, pero no cubiertos de pelo, sino más bien de una extraña pelusa que se veía erizada. Al tocarla, debía sentirse áspera y desagradable, como la lengua de un gato. No había tocado a ninguno de esos animales (aún), pero estaba totalmente seguro de lo que se sentiría al hacerlo.
Tenían una cabeza alargada, extremadamente alargada, casi más que el cuerpo, con un hocico que se iba angostando, formando una trompa que terminaba en un orificio, por el cual sobresalían unos dientecillos minúsculos pero curvos, puntiagudos y evidentemente afilados. No tenían orejas, sino simples agujeros cubiertos de una piel escamosa de color gris. Los cuerpos, regordetes, terminaban en unas colas cortas y gruesas surcadas por docenas de venas de color negro que latían, hinchándose y distendiéndose. Uno casi podía ver fluir la sangre negra en su interior. Se apoyaban sobre seis patas (tres a cada lado) diminutas, rematadas por unas uñas como agujas de cinco centímetros de largo. Aunque lo peor eran los ojos. De color rojo brillante, como un par de saquitos de membrana llenos de sangre. Eran saltones, como si estuvieran a punto de salirse de las órbitas, o a punto de reventar. Estaba seguro de que si los ojos de esas criaturas demenciales estallaban y lo que fuera aquel líquido rojo que contenían, llegaba a salpicarme, podía darme un infarto y moriría allí mismo.
Todos estaban en el suelo del corredor, como un ejército ordenado y disciplinado que se dispone a entrar en el campo de batalla. Todos miraban hacia nosotros con sus inquietantes ojillos de sangre. Y también emitían un sonido espeluznante. Era una respiración bronca, que producía un sonido similar al que harían unas uñas rotas al rasgar un pizarrón. Ponía la piel de gallina.
Los vellos de la nuca se me erizaron y vi que a mi lado, Melina se estremeció como si recibiera una corriente eléctrica. Los dientes le castañetearon.
¿Qué... —empezó a decir.
Shhh —le hizo Juancho, llevándose un dedo a los labios. Era como si temiera que si hacíamos un ruido o movimiento brusco, las criaturas nos saltarían encima y nos acribillarían con aquellas uñas como agujas.
Tomé un brazo de Melina, casi sin darme cuenta.
Vamos —dije en voz baja. Retrocedí un paso, bajando un escalón—. Vámonos de una vez.
Pero ellos no se movieron. Las criaturas tampoco. Estaban esperando... esperando el momento oportuno para atacarnos.
Oigan —dije con tono más firme y apreté el brazo de Melina—. Vámonos. ¿Entienden? Vámonos.
Melina reaccionó, como si despertara de un trance. Me miró desconcertada y bajó los escalones. Luego, Juancho hizo lo mismo, pero sin apartar la mirada de las criaturas. Nunca lo había visto en ese estado. Era como si estuviera en shock. Y la verdad no era reconfortante.
Después de un instante que se me hizo eterno, Juancho bajó la escalinata alfombrada y se unió a nosotros. Las criaturas permanecieron muy quietas. Era como si estuvieran disfrutando del momento, saboreando nuestro miedo, regodeándose con él.
Al principio empezamos a retroceder lentamente, muy despacio. Pero no habíamos recorrido la mitad del vestíbulo, cuando Melina tropezó con su propio pie. Estuvo a punto de caer de espaldas, pero yo la sujeté a tiempo. Sin embargo, el accidente fue como una señal de partida. Las criaturas soltaron un chillido y se abalanzaron hacia nosotros. Saltando en bandada por encima de los escalones. Se movieron todas al mismo tiempo, moviendo sus pequeñas bocas erizadas de dientes.
Esta vez, Melina soltó un chillido auténtico, no un gemido. No intentó disimularlo, o taparse la boca para no dejarlo escapar. Gritó y el estridente sonido retumbó en todo el vestíbulo, o tal vez en todo el shopping, haciendo que me zumbaran los tímpanos.
Instintivamente (supongo) corrimos hacia la puerta de vidrio que conducía a la playa de estacionamiento, y por consiguiente, al exterior.
Pero cuando llegamos, nos detuvimos en seco, al ver que afuera, justo al otro lado de la puerta, había más de estas criaturas. En el corredor del cine había tal vez unas trescientas o cuatrocientas. Pero afuera, debía haber miles. Todas formaban una alfombra negra iluminada por diminutos puntos rojos. De pronto, se empezaron a abalanzar contra la puerta, golpeándose contra ella con golpes sordos. Querían abrirla. E iban a hacerlo.
¡Van a entrar! —gritó Melina.
La tomé de la mano, porque parecía petrificada por el miedo, y corrimos en la dirección contraria, hacia el pasillo que comunicaba con el shopping.
Entramos por ahí y las criaturas del cine nos siguieron, al tiempo que las que estaban afuera destrozaban los vidrios de la puerta y entraban. No lo vi, pero escuché el estallido de los cristales.
El suelo del shopping no estaba alfombrado, de modo que nuestras pisadas se escuchaban perfectamente. Y las de las criaturas también. El sonido que producían sus uñas al golpear el suelo era espeluznante. Un castañeteo como el que hacen los dientes de las calaveras en las películas de terror.
Al principio corrimos sin rumbo, sin saber exactamente a dónde ir. Era obvio que teníamos que alejarnos de aquellas alimañas endemoniadas, pero me imaginé que no podríamos salir del shopping. Seguramente lo estaban rodeando. Seguramente estaban por doquier, en las calles, dirigiéndose a nosotros.
Echamos a correr por un corredor larguísimo. En determinado momento, Juancho levantó uno de los recipientes de basura que había dispuestos a intervalos regulares, se volvió, sin dejar de correr y lo lanzó contra las criaturas.
El recipiente cayó sobre ellas, pero no aplastó a ninguna, o si lo hizo, no las mató. Las criaturas le pasaron por arriba, cubriéndolo y cuando lo dejaron atrás, estaba reducido a unos cuantos jirones de metal, como viruta carcomida. En un segundo habían corroído el metal con sus dientes y sus uñas espeluznantes. No quise ni imaginarme qué harían con la piel blanda de un ser humano.
Me di cuenta de que no podíamos seguir corriendo por siempre. No teníamos más remedio que escondernos en algún lugar, al menos por el momento.
Miré hacia un lado y vi una tienda de electrodomésticos, por supuesto, desierta. Tenía el cartelito de ABIERTO pegado en la puerta de vidrio con una ventosa.
¡Vamos! —les dije a mis amigos.
Nos dirigimos hacia allí, aunque al principio ellos parecieron algo desconcertados por mi decisión, pero no la objetaron.
Entramos y yo cerré la puerta de golpe. Era una de esas de vaivén, de grueso plexiglás. El cartel de ABIERTO se sacudió y produjo un sonido similar al aletear de las alas de un pájaro que huye asustado al escuchar el rugido de un depredador.
Las criaturas llegaron a la puerta y empezaron a aglomerarse del otro lado. Algunas se aplastaban contra el cristal, soltando chillidos de protesta, abriendo sus horribles bocas y sacando sus aún más horribles lenguas, largas y cilíndricas, como lombrices.
Empecé a sentir la fuerza que hacían para entrar, la fuerza sumada de todas ellas, que empujaban la puerta como una mano gigante. Juancho me ayudó a mantener la puerta cerrada, empujando también. Pero no íbamos a resistir mucho tiempo.
¡Ayúdenme! —gritó Melina de pronto.
Me volví con el corazón en la boca, seguro de que las criaturas estaban entrando por algún otro lugar (tal vez el conducto de la ventilación), pero no era así. Melina estaba parada detrás de una secadora vertical, con las manos apoyadas en ella, como si intentara empujarla.
No te muevas —le dije a Juancho.
Dejé la puerta y me acerqué a Melina para ayudarla. Empujamos la secadora (que era bastante pesada) y ésta cayó de costado con un golpe similar a una campanada. Entonces la arrastramos hacia la puerta. Juancho se apartó y su lugar fue ocupado por la secadora. La puerta quedó bloqueada. Pero las criaturas no cejaron en su empeño por entrar. Siguieron amontonándose, golpeando. Habían empezado a formar una especie de pared al otro lado de la puerta, subiéndose unas encima de otras.
Pensé que si ejercían la fuerza suficiente iban a hacer estallar la puerta, como habían hecho con los vidrios de la puerta del cine. O tal vez se comieran el plexiglás, como habían hecho con el tacho de basura que Juancho les había arrojado en el corredor.
Retrocedimos un paso y nos quedamos mirando la puerta, pasmados. Yo me sentía desnudo e indefenso. Supongo que porque estábamos rodeados de cristal a través del cual las criaturas podían vernos con sus malsanos ojillos rojos.
¿Qué vamos a hacer? —preguntó Juancho, mirándome, como si yo tuviera la respuesta.
En ese momento, Melina se movió hacia un rincón, en el que había una manivela discretamente oculta. Empezó a girarla con rapidez y una rejilla de hierro empezó a bajar rápidamente desde una roldana en el techo, encima de la puerta. Claro, era la rejilla de seguridad que tienen todos los comercios para evitar que entren personas indeseables cuando cierran sus puertas al público.
La rejilla bajó hasta encontrarse con la secadora y chocó contra ella, de modo que no pudo bajar más. Yo me moví rápido. Corrí la secadora apenas un centímetro, separándola de la puerta. Entonces la rejilla terminó de caer y volví a poner la secadora como estaba, antes de que las criaturas aprovecharan el momento para embestir nuevamente.
Otra vez volvimos a mirarlas a través de la puerta. Ahora, nuestro campo de visión estaba obstruido por la rejilla. Sus huecos eran bastante pequeños, afortunadamente. Pero todavía podíamos ver los miles de pares de ojos rojos.
Al cabo de un momento, sucedió algo extraño. Las criaturas empezaron a retroceder, a replegarse. Se alejaron de la puerta, abriendo una brecha entre ellas y nosotros. Formaron una especie de círculo en el suelo del corredor, como si se reunieran para discutir otra estrategia de ataque. Quizá eso mismo estaban haciendo.
Nosotros intercambiamos una mirada de perplejidad y miedo. Melina movió las manos como diciendo: “¿Y ahora qué hacemos?”
Yo me encogí de hombros. “No tengo idea”.

2

No sé cuánto tiempo pasó, tal vez media hora o cuarenta y cinco minutos. Los tres estábamos en silencio, como metidos en nuestros propios pensamientos. Yo estaba sentado tras el mostrador del local (que no era muy grande) con los brazos cruzados y la cabeza apoyada sobre ellos. Juancho estaba en un rincón, sentado en una silla plegable de aluminio, mirando las luces fluorescentes del techo, como si lo tuvieran hipnotizado. Melina estaba acurrucada sobre un lavarropas, con las piernas flexionadas contra el pecho, los brazos alrededor y la barbilla encima de las rodillas. Tenía las mejillas rojas, como si hubiera estado llorando, aunque en todo ese tiempo no la vi derramar una sola lágrima. Los ojos le brillaban.
Por su parte, las criaturas seguían allí, en el corredor, sin moverse, mirándonos con sus vivaces ojillos rojos. No parecían tener ánimos de atacarnos. Era como si tan sólo quisieran asustarnos. O estuvieran esperando a que nos volviéramos locos y decidiéramos escapar. En lugar de desperdiciar energía en tratar de entrar, preferían esperar a que nosotros saliéramos. Y yo sabía que íbamos a tener que hacerlo en algún momento, porque no podíamos quedarnos a vivir en esa tienda de electrodomésticos para siempre.
En un momento, Juancho se levantó de la silla. Lo hizo muy despacio, como si temiera alertar a las criaturas. Luego, se acercó a la vitrina y miró a través de la rejilla de seguridad.
¿Qué están haciendo? —murmuró, después de un momento de silencio—. Es como si... como si estuvieran esperando. Como si pensaran.
Son sádicas —dijo Melina. No me gustó nada escucharla decir eso. O tal vez, fue el tono de voz en que lo dijo.
Juancho se volvió hacia nosotros y nos miró.
¿Cómo vamos a salir? —preguntó.
Me miraba como si yo tuviera la culpa de la situación que estábamos viviendo. No entendía por qué. Supongo que se debía a su desesperación.
Es posible que si salimos no nos ataquen —dijo Melina.
Yo negué con la cabeza.
Sería muy arriesgado comprobarlo —objeté.
Pero míralos —dijo Melina—. Están ahí, sin moverse. Sin hacer nada. Podríamos pasar entre ellos.
No —dije con un tono de voz más firme—. Es posible que eso mismo estén esperando que hagamos.
Bueno, pero no podemos quedarnos acá encerrados para siempre —dijo Melina, casi gritando.
Juancho y yo nos sobresaltamos. Ella había pensado lo mismo que yo, pero lo había dicho.
Me levanté de la silla y me acerqué a donde estaba.
Mely —dije en voz baja—, estamos muy asustados. Pero vamos a tratar de mantener la calma. Si nos desesperamos, no vamos a poder encontrar una solución.
Yo no veo ninguna —repuso Melina con aire sombrío. Permaneció en silencio un momento. Luego, mirándome, dijo:— ¿Saben? Hace un rato me di cuenta de algo extraño.
¿Qué cosa? —pregunté.
De que no recuerdo... nada —dijo ella.
Fruncí el ceño.
¿Qué quieres decir?
Eso. Que no recuerdo. No me acuerdo de nada, de antes de llegar al cine. En este rato que estuvimos en silencio, me puse a pensar y me di cuenta de que no me acuerdo ni de lo que hice ayer, o esta mañana, o incluso esta tarde, antes de venir. Es como si me hubieran borrado la memoria.
Yo me sobresalté. No tanto por lo que había dicho Melina, sino porque me di cuenta de que a mí me pasaba lo mismo. Lo intenté con esfuerzo, pero tampoco pude acordarme de nada que hubiera ocurrido antes de que llegara al Moviecenter. ¿Qué había hecho esa mañana? ¿Y durante la tarde? ¿Qué había almorzado? ¿Qué programa había visto en la televisión? ¿Había hablado con alguien por teléfono, había ido a algún lugar? No me acordaba. Recordaba vagamente (muy vagamente) haber ido a visitar a Elliot Herman, pero... todo era demasiado borroso.
Miré a Juancho. Su expresión dejaba bien en claro que a él le pasaba lo mismo.
Me froté los ojos con las manos y procuré no desesperarme.
Creo que deberíamos buscar otra manera de salir que no fuera por la puerta —sugirió Juancho, de pronto y se lo agradecí. Estaba preocupado por resolver ese problema primero. Después, podíamos ver lo de nuestra repentina amnesia—. Por el tubo de ventilación o algo así.
Yo levanté una mano, señalando hacia lo alto de la pared que estaba detrás del mostrador. Juancho siguió mi dedo y vio la rejilla del ducto de ventilación. Era un rectángulo de unos quince centímetros de ancho y cuarenta de largo. Por allí no podía pasar nada más grande que una rata... o que una criatura de ojos rojos.
Ah —murmuró Juancho, decepcionado, al ver la rejilla.
¿Y si las distrajéramos de alguna manera? —preguntó Melina—. A lo mejor, si hiciéramos un ruido fuerte o llamáramos su atención con algo, podríamos alejarlas de la puerta y salir.
Pero, ¿cómo lo haríamos? —dije yo—. Además, aunque consiguiéramos salir, todavía tendríamos que resolver otro problema: ¿a dónde iríamos? ¿Qué haríamos? ¿A quién le pediríamos ayuda? No se olviden que somos los únicos en este... lugar.
Entonces, deberíamos encontrar la manera de volver —dijo Melina. Me miró con los ojos brillantes—. Eso era lo que íbamos a hacer, ¿verdad? Antes de que las criaturas aparecieran. Íbamos a buscar esa puerta que nos iba a llevar de regreso a nuestro mundo.
Juancho soltó una especie de bufido e hizo un ademán brusco con la mano.
No empiecen con esa estupidez otra vez —exclamó.
¿Todavía crees que es una estupidez después de esto? —dijo Melina, señalando hacia la ventana, hacia las criaturas.
Juancho las miró momentáneamente. Luego, se dirigió a Melina, diciendo:
No sé de dónde salieron. No sé qué son. Tampoco sé dónde estamos. Y en el fondo, eso es lo de menos. Lo importante es salir. Que salgamos de una buena vez. Que volvamos a donde estábamos antes.
Eso es lo que queremos todos —dije yo—. Y además...
De pronto, el timbre de un teléfono me interrumpió. Los tres nos sobresaltamos. Melina estuvo a punto de caer de encima del lavarropas. El sonido venía de ahí mismo, de la tienda.
Miramos el teléfono que había sobre el mostrador, al lado de la computadora. Cuando sonaba, una lucecita naranja parpadeaba.
Melina, Juancho y yo nos miramos, como preguntándonos qué hacer.
Deberíamos atender —murmuró Melina.
Entonces yo me aproximé al teléfono y levanté el tubo.
¿Hola? —dije sin aliento. El corazón me latía desbocado en el pecho. Melina y Juancho se acercaron a mí para escuchar. Aunque al principio, no se oyó nada. Sólo silencio, como si la línea estuviera muerta—. ¿Hola? —repetí—. ¿Quién... quién está...
Entonces, escuchamos un sonido extraño y desagradable, como de succión, como el sonido que hacen los niños cuando toman sopa, pero más grave y profundo. La mano que sostenía el auricular del teléfono, empezó a temblar.
¿Quién es? —grité—. ¿Quién está ahí?
El sonido se hizo más agudo y luego empezó a sonar entrecortado, como si quien lo estaba haciendo, estuviese tosiendo. Se trataba de alguien, estaba seguro. Alguien estaba usando el teléfono, profiriendo esos sonidos guturales con el fin de asustarnos. Era una broma estúpida y enfermiza de un bromista pervertido. Alguien que sabía la situación en la que nos encontrábamos y se burlaba de nosotros.
¿Quién es? —grité más fuerte—. ¡Responda!
Entonces, el sonido se convirtió en una carcajada grave, similar a la que hacen los personajes de Cuentos de la Cripta, pero mucho más realista. Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. El vello de mis brazos se erizó.
La risa se prolongó unos segundos. Luego se cortó de golpe y el teléfono volvió a quedar en silencio, pero yo me quedé con el auricular pegado a la oreja más tiempo.
¿Qué pasó? —preguntó Melina, angustiada—. ¿Quién era?
No... no sé —murmuré. Volví a dejar el tubo en su lugar.
¿No sabes? —exclamó Melina—. Pero, ¿dijo algo?
No dijo nada —respondí—. Sólo escuché sonidos... sonidos extraños. Y una risa.
¿Una risa? —preguntó Juancho, consternado.
Asentí.
Alguien se burla de nosotros —dije—. Creo que no estamos aquí por accidente... Creo que alguien nos puso en esta situación adrede para... jugar con nosotros.
Juancho y Melina intercambiaron una mirada de perplejidad.
Eso no tiene sentido —dijo Juancho—. ¿Quién nos pondría en esta situación? ¿Cómo? ¿Y por qué?
No sé —repetí, negando con la cabeza.
Me acerqué a la ventana y me quedé largo rato mirando a las criaturas en el corredor. Seguían allí, tan inmóviles como antes. Esperando... esperando tal vez una orden.
Melina se acercó a mí.
¿Qué pasa? —inquirió.
No se mueven —dije en voz baja—. Siguen ahí, sin moverse. Son como... perritos amaestrados, que hacen trucos bajo las órdenes de un amo. No creo que esos bichos piensen por sí mismos. No están esperando a que nosotros salgamos; están esperando a que su amo les dé una orden.
Melina me observó como si me hubiese vuelto loco. Tal vez fuera así.
Vamos a tener que hacer algo para comprobarlo —dijo—. Deberíamos salir.
Negué enfáticamente con la cabeza.
No, es muy arriesgado —dije—. Es posible que me equivoque. Que esas criaturas no estén siguiendo órdenes y simplemente...
No voy a quedarme acá sentada a esperar a que pase algo —dijo Melina—. No quiero que jueguen conmigo... quien quiera que sea.
Pasó junto a mí rápidamente, tomó la manivela que levantaba la cortina y empezó a girarla.
No, espera —dije, pero en ese momento, las criaturas empezaron a moverse.
No se abalanzaron contra nosotros (aunque al principio creí que eso era lo que iban a hacer), no intentaron atacarnos, no empezaron a rascar la puerta con sus uñas largas como agujas de máquina de coser. Simplemente se apartaron.
Se movieron hacia los lados, abriendo un camino de un metro de ancho, justo delante de la puerta del local. Se abrieron como el mar ante Moisés y sus seguidores. Era como si nos invitaran a salir, como si nos dijeran: “Adelante, son libres de irse cuando quieran”.
Melina se había detenido en la tarea de levantar la persiana (que se había elevado unos cincuenta centímetros del suelo) y miraba atónita a las criaturas, igual que Juancho y yo. Pero al cabo de un instante, empezó a girar la manija otra vez.
Yo le sujeté la muñeca con una mano, para que parara.
Espera —dije.
Parece que quieren dejarnos salir —dijo ella con ansiedad.
Puede ser un truco —repuse—. Puede que sea justo lo que ellas quieren que hagamos.
Melina soltó un característico suspiro de impaciencia, como hacía siempre que tenía que enfrentarse a un problema difícil o a una labor que no quería hacer. Movió el brazo con brusquedad y se soltó de mi mano.
No quiero quedarme más tiempo acá encerrada —dijo—. En serio. No quiero hacerlo.
Giró la manivela con más rapidez. En ese momento, Juancho se dispuso a mover la secadora que bloqueaba la puerta. Parecía que él también estaba ansioso por salir.
La rejilla se levantó como un telón de metal plateado, descubriendo un escenario inquietante: el camino que habían abierto las criaturas, una franja de color blanco brillante trazada en medio de la oscuridad de sus cuerpos negros.
Cuando la persiana estuvo subida del todo, Juancho abrió la puerta.
Despacio —dije yo, ya que lo había hecho con excesiva brusquedad.
Me miró con una expresión altiva, como diciéndome que ya era un adulto y no le dijera lo que tenía que hacer. Luego dio un paso y salió de la tienda.

3

Juancho se quedó de pie, muy quieto, con la puerta a su espalda, mirando fijamente el camino que las criaturas habían abierto.
Melina y yo estábamos al otro lado del cristal, todavía dentro de la tienda, observando a nuestro amigo con la respiración contenida.
Yo casi esperaba ver a Juancho dando un paso al frente y a las criaturas saltando sobre él, cubriéndolo por completo, trepando por él con sus afiladas garras... Cerré los ojos un instante y los apreté con fuerza, para borrar esa imagen horrible de mi cabeza. Cuando volví a abrirlos, vi que Juancho se había movido y no había dado uno, sino dos pasos por el sendero. Se alejaba de la tienda muy despacio.
Las criaturas a su alrededor, volvían sus cabezas deformes, clavando sus ojillos rojos como sangre en él. Era como si quisieran atacarlo, pero quien fuera que controlaba a esos animales, se los impidiera. Ahora resultaba obvio que alguien las controlaba. De lo contrario, no creo posible que hubieran podido abrirnos ese camino.
Juancho caminó, un paso tras otro, uno por vez, como si avanzara por la cuerda floja y las criaturas fueran el público que lo observaba atentamente desde abajo. Melina y yo también lo observábamos, petrificados como estatuas. Yo sentía los rápidos y pesados latidos de mi corazón en las sienes. Eran como martillazos y había empezado a dolerme la cabeza.
Juancho tardó una eternidad (eso me pareció a mí) en llegar al final del sendero, en donde el suelo blanco estaba totalmente despejado. Miró hacia ambos lados con incredulidad, como si no pudiera creer que había conseguido llegar hasta allí. Luego se volvió hacia nosotros y nos hizo un gesto con la mano para que lo siguiéramos.
Melina y yo nos miramos.
Vamos —dijo ella.
Está bien —dije—. Pero yo voy primero y tú atrás de mí. Si esas cosas llegan a moverse o hacer algo, vuelve corriendo aquí, cierra la puerta y baja la persiana, ¿está claro?
Melina asintió como una niña pequeña. En ese momento, lo parecía.
Bien —dije—. Vamos.
Abrí la puerta y salí. Melina fue detrás de mí, casi pisándome los talones.
Miré a mi alrededor. Las criaturas negras como el carbón me devolvieron la mirada. Casi pude ver mi rostro reflejado en sus ojos rojos, como verme reflejado en miles de espejos diminutos. Fue una sensación espantosa.
Di un paso y luego otro y otro más. Las criaturas no se movieron. Me pareció que había avanzado una distancia enorme, pero me di cuenta de que no era así. Tan solo me había apartado un metro o menos de la puerta. Y Melina, que estaba a mi espalda, aún menos.
Juancho estaba frente a nosotros, en el otro extremo del sendero, a una distancia que parecía de unos ocho kilómetros. Extendió los brazos hacia mí y movió los dedos, indicándome que me acercara.
Yo seguía caminando muy despacio.
¿Mely, estás bien?
Sí —dijo ella—. ¿Y tú?
También.
Si ella estaba bien, yo también.
Di un último paso que fue como un pequeño salto y llegamos con Juancho. Melina casi lo abrazó.
Nos volvimos y miramos a las criaturas. Ellas se movieron otra vez, cerrando el camino. Instintivamente, los tres retrocedimos un paso, aunque ellas no se nos acercaron. Simplemente, cerraron el camino, como si ya hubiesen terminado su trabajo.
Entonces empezaron a apelotonarse, formando un círculo compacto en el centro del corredor. Se subieron unas encima de otras y empezaron a cavar. Me di cuenta porque raspaban sus uñas contra el suelo y lo mordisqueaban con los dientes. Y realmente hicieron un pozo, o mejor dicho, un agujero.
Lo perforaron en menos de tres minutos, bajo nuestra mirada pasmada. El sonido que hacían los dientes y las uñas al rascar la dura superficie me hacía vibrar los dientes, pero pensé que si había tolerado tanto hasta ahora, también podría soportarlo.
Era un agujero de casi dos metros de diámetro, por el que las criaturas se escabulleron. Pasaron por ahí y desparecieron. El agujero era un círculo casi perfecto. No había escombros, ni trozos de piedra, tierra o monolito mayores al tamaño de un grano de arena. Un polvillo gris quedó flotando en el aire.
Unos minutos después de que todas las criaturas se hubieron ido por el agujero, yo me acerqué, como hipnotizado.
Escuché que Melina pronunciaba mi nombre, como si quisiera que me detuviera, pero no le hice caso.
Me arrodillé frente al borde del pozo y miré. No se veía nada más que oscuridad total, como si debajo de la superficie, debajo del suelo del shopping no hubiera absolutamente nada, como si el inmenso local estuviera flotando en medio del espacio. Y tal vez fuera cierto. Después de todo, aquel no era el shopping al que nosotros habíamos ido a ver una película, no era el lugar en el que vivíamos. Era una especie de imitación, un remedo de nuestro mundo, buena a simple vista, pero burda e incompleta en el fondo.
Me hubiera gustado tener una linterna a mano para iluminar el agujero, pero no la tenía. Tuve que contener el impulso de meter la cabeza para ver mejor.
Al cabo de un momento, Melina y Juancho se acercaron.
¿Qué hay ahí? —preguntó ella.
Nada de nada —respondí.
Juancho se arrodilló a mi lado, para mirar.
Inclinó un poco la cabeza, como si hubiera percibido un sonido.
¿Escuchan eso? —murmuró.
¿Qué cosa? —pregunté.
En ese momento, una criatura saltó del agujero de golpe. Cayó al suelo entre Juancho y yo. Ambos nos sobresaltamos y Melina gritó.
Nos levantamos de inmediato. La criatura correteó hacia nosotros con la boca muy abierta, emitiendo un chillido agudo y horrible.
Yo levanté un pie y cuando la criatura estuvo lo suficientemente cerca, lo bajé con todas mis fuerzas, aplastándole la cabeza.
Escuché un ¡crack! contundente, pero no fue como el sonido que hacen los huesos al romperse, sino más bien metálico. Como cuando se le da demasiada cuerda a un juguete y las piezas saltan en su interior.
La criatura quedo tendida en el suelo. Una de sus patas traseras vibró, como si recibiera una descarga eléctrica y se detuvo.
Levanté el pie y vi un pequeño charco de una sustancia viscosa de color rojo a los lados de la cabeza aplastada de la criatura. Le había reventado los ojos con el golpe. Vi que le salía algo brillante de la boca, pero no era la lengua.
Extrañado, me incliné para recoger al animal.
¡No! —exclamó Melina, sujetándome del brazo.
Está muerto —dije—. No te preocupes.
Ella me soltó sin mucha convicción. Entonces yo sujeté la cola del animal con la punta de los dedos y lo levanté, como a una rata muerta.
La cola, cubierta de escamas duras y puntiagudas, hizo un sonido como de cascabel. Extendí la otra mano y puse a la criatura encima. Su pelo negro, aunque muy fino, era áspero como el alambre. La cabeza aplastada colgaba lánguidamente por el borde de mi mano, hacia abajo. Todavía tenía aquel extraño objeto brillante saliéndole de la boca, de la cual goteaba una sustancia aceitosa de color amarillento.
Los tres formamos un círculo alrededor de mi mano, observando a la criatura con atención. Me di cuenta de que Melina estaba petrificada. Estaba seguro de que si la criatura tenía un espasmo o se despertaba de golpe, Melina se desmayaría del susto.
Juancho miró las gotitas de sustancia que le caía de la boca. Tocó una con la punta del índice y la frotó con el pulgar. Luego se olió los dedos.
Qué asco —dijo Melina.
Pero la expresión de Juancho no era de asco, sino de extrañeza.
No tiene olor a nada —dijo—. Y tiene una consistencia como de lubricante.
Yo levanté la cabeza de la criatura, colocándola sobre mi mano. Miré el objeto que le salía de la boca. Estaba cubierto con aquella sustancia aceitosa. Lo tomé con la punta de los dedos y tiré hasta que salió por completo. Entonces, la larga trompa del animal se frunció y desinfló.
Levanté el objeto, observándolo bajo la luz cruda de los tubos fluorescentes.
¿Qué es? —preguntó Melina.
Un resorte —dije.
Es verdad —dijo ella—. Pero... ¿por qué tenía un resorte en la boca?
Era parte de su boca —dijo Juancho—. Esto es aceite —mostró los dedos brillantes de la sustancia—. Como el que se usa en los mecanismos de relojería para lubricar los engranajes.
Yo asentí y pasé una mano sobre el lomo velludo de la criatura.
Es verdad —dije—. Y sientan esto. Es como tocar una esponja de alambre.
Melina pasó un dedo sobre la piel negra de la criatura.
Es alambre —afirmó—. Mírenle los ojos. Están rotos, como si fueran burbujitas de cristal. Estas criaturas no son reales. No son animales. Son... como robots. O muñecos.
Bueno —dije—, eso apoya mi teoría de que hay alguien jugando con nosotros. Es evidente que alguien fabricó estas criaturas y las usó para... asustarnos. Ahora entiendo cómo es posible que sean capaces de comerse un recipiente de metal y hacer un agujero en un suelo de monolito. Ningún animal de carne y hueso sería capaz de hacerlo.
Miré las largas uñas. Aunque eran negras, ahora que las veía de cerca, me daba cuenta de que eran de metal. Tal vez de acero.
Eso puedo entenderlo —dijo Melina—. Pero no explica lo demás. ¿Cómo es posible que estemos completamente solos? ¿Y dónde estamos realmente?
Iba a responder que no lo sabía, cuando de pronto, la risa volvió a escucharse. Pero no en el teléfono, sino en el corredor. Vino de todas direcciones, desde muy lejos, y llegó a nosotros resonando en las paredes.
Los tres miramos a nuestro alrededor, asustados. A mí se me cayó la criatura muerta (si es que se puede decir que alguna vez estuvo viva) de la mano. Al golpear el suelo hizo un sonido similar al de una bolsita llena de tornillos.
La risa se prolongó por unos segundos, profunda, grave, horrible. Luego se fue haciendo cada vez más leve, hasta que desapareció y el silencio ominoso volvió a caer sobre nosotros como una pesada manta.
Melina me sujetó la mano instintivamente, clavándome las uñas barnizadas hasta que sentí dolor.
Aquel bromista retorcido estaba allí, con nosotros, en todas partes.

TERCERA PARTE

1

Cuando el silencio volvió, Melina tembló violentamente y los dientes les castañetearon, como si hubiese percibido una corriente de aire helado.
Los tres nos miramos, como preguntándonos qué hacer a continuación. La criatura—robot yacía a nuestros pies, con la cabeza aplastada. Teníamos el agujero que las criaturas habían cavado en el suelo, justo delante de nosotros. Di un paso hacia él y lo miré, como había hecho antes.
¿Qué vas a hacer? —me preguntó Melina.
Después de un momento de silencio en el que fingí pensar, dije:
Quiero ver qué hay del otro lado.
¡No! —exclamó ella—. ¿Estás loco? Esas cosas están ahí abajo. Si nos metemos por ahí...
Melina —dije con el tono más calmado del que fui capaz—, si esas criaturas hubieran querido comernos, creo que ya lo hubieran hecho. Tuvieron su oportunidad, ¿te acuerdas? Y en lugar de atacarnos, nos dejaron el paso libre, hicieron este agujero y se fueron.
Puede ser una trampa —dijo ella—. Una trampa, precisamente para que las sigamos.
No sé ustedes —intervino Juancho—, pero yo ya estoy harto de especular, de hacer teorías y de jugar a que estamos viviendo una novela de Phillip K. Dick. Si vamos a hacer algo, lo que sea, hagámoslo de una vez. Este juego me tiene harto. Quiero irme.
¿Por qué no volvemos al cine? —propuso Melina—. Podríamos ver si esa puerta interdimensional está realmente ahí, como habíamos supuesto al principio.
Yo me había arrodillado junto al borde del agujero y ahora me levanté.
Seguramente no hay nada —dije. Me sentía desganado. Ahora, todo mi razonamiento, que a Melina tanto le había gustado (y a mí también), me sonaba estúpido, un montón de palabrerío sin sentido que parecía sacado de una serie barata de ciencia ficción. Hasta estaba a punto de darle la razón a Juancho, que había rechazado mis suposiciones sobre mundos paralelos y agujeros negros desde el principio. Supongo que yo también estaba harto y todo lo que quería era salir de ahí. Y encontrar al que nos había puesto en ese lugar—. Ya no quiero perder más el tiempo.
Yo tampoco —convino Juancho. A pesar de que seamos tan buenos amigos, es extraño que Juancho y yo estemos de acuerdo en algo—. Casi tengo ganas de tirarme de cabeza en ese agujero, sólo para ver qué hay del otro lado.
Por favor —repuso Melina—. Volvamos a la sala a fijarnos. Si la puerta no está ahí, podemos volver y...
Juancho suspiró y puso los ojos en blanco.
Está bien —dije yo—. Vamos al cine. Pero intentemos no tardar demasiado.
Melina me miró casi con alivio. Pensé que me iba a dar las gracias, pero no lo hizo.
Entonces, fuimos de vuelta al cine.
Pensé que nos íbamos a encontrar con otra horda de criaturas de metal y ojos rojos esperándonos, pero no fue así. El cine estaba desierto. La alfombra azul, con su atractivo diseño espacial de planetas, naves y cometas, estaba rasgada por todas partes: el producto de las uñas de las criaturas al correr sobre la alfombra.
Miré la puerta de salida. El vidrio estaba roto en la parte de abajo, por donde los falsos animales habían entrado. Ahora, el lugar se encontraba tan vacío, que era como si nunca hubiera sucedido nada.
Subimos la escalinata y volvimos al corredor. Caminamos por él, pero nada extraño sucedió. Llegamos a la sala seis y entramos. La película había terminado. La pantalla se encontraba iluminada con una potente luz blanca.
Me volví y miré lo alto de la pared, hacia las ventanitas cuadradas por las que salía la luz del cuarto de proyección. Motas de polvo danzaban perezosamente sobre los conos de luz. “¿Habrá alguien ahí arriba?”, me pregunté.
La sala estaba totalmente oscura, como de costumbre. No había nada raro, ninguna luz iridiscente flotando en el aire, ninguna emanación de rayos cósmicos, ningún remolino celestial. Nada de nada, sólo aire oscuro.
¿Ves? —le dije a Melina, y no me molesté en disimular mi impaciencia—. Nada.
Ella reflexionó unos instantes. Luego se sentó en una de las butacas, la misma que había ocupado cuando estábamos viendo la película.
Vengan —nos dijo a Juancho y a mí—. Siéntense.
Juancho y yo nos miramos.
Háganlo —dijo ella—. Por favor.
Obedecimos de mala gana y nos sentamos en nuestras respectivas butacas, exactamente las mismas que habíamos ocupado cuando mirábamos la película.
Esperamos unos momentos. Nada sucedió.
¿Y? —preguntó Juancho—. ¿Se supone que tiene que pasar algo?
Te lo dije, Melina —dije yo—. Esto no sirve. Mejor, volvamos al shopping.
Juancho y yo nos levantamos, pero ella se quedó sentada, mirando largo rato la brillante pantalla blanca.
¿Vas a venir o no? —le pregunté.
Melina suspiró, bajó la cabeza con aire derrotado y se levantó.
En ese momento, se escuchó un chasquido, como si alguien hubiese accionado un interruptor. Entonces la pantalla se oscureció por un segundo y luego apareció una imagen. Estaban proyectando otra película.
En ella se veía un primer plano de un suelo oscuro moteado de puntitos de color rojo brillante. Luego, el primer plano de las caras de consternación y miedo de tres muchachos, dos hombres y una chica.
¿Qué... —dijo la chica en la película.
Shhh —le hizo uno de los muchachos, llevándose un dedo a los labios.
Hubo otro primer plano de los ojillos rojos que miraban a los muchachos con aire hambriento.
Vamos —dijo el otro muchacho en voz baja, y lo reconocí. Los reconocí a los tres, reconocí lo que estaba sucediendo.
Éramos nosotros. En la pantalla, estaban proyectando lo que nos había ocurrido, como si se tratara de una película, como si todo el tiempo nos hubiesen estado filmando. Pero no con una cámara oculta, sino de manera “profesional”, como si nosotros de verdad estuviésemos actuando en una película. Incluso cuando los personajes (o sea, nosotros) hablaban, aparecían subtítulos en inglés, en la parte de abajo.
¿Qué es esto? —murmuró Melina.
En ese momento, sentí que estaba sosteniendo algo en la mano. Bajé la mirada y vi la entrada amarilla que había comprado en la boletería, cuando llegué al cine aquella tarde. Acerqué la entrada a mis ojos y leí el título de la película. No era el de la película que había ido a ver. En su lugar decía PERDIDOS EN EL CINE.
Metí la mano en el bolsillo y encontré un folleto de papel satinado, con los anuncios y horarios de las películas, doblado en cuatro. Recordé haberlo tomado de la bandeja que había junto a la boletería. Lo desplegué y miré el lado en que se anunciaban las películas en cartel, con una breve sinopsis a un lado. Casi de inmediato encontré Perdidos en el Cine. Había una foto diminuta del afiche de la película, que apenas miré, porque lo que había al lado llamó mi atención. Decía:
Director: Albert Iceman. Duración: 111 min. Género: suspenso.
Tres amigos van al cine de su barrio a mirar una película durante las vacaciones. Al principio todo transcurre con normalidad, pero de pronto, se dan cuenta de que son los únicos en el cine. Todo el mundo ha desaparecido. De esta manera, comenzará una pesadillesca aventura, en la cual los protagonistas intentarán descubrir qué les sucede, a dónde fue todo el mundo y por qué.
Volví a mirar la pantalla. En ella, nosotros corríamos por el pasillo del shopping y llegábamos a la tienda de electrodomésticos en la que nos escondimos, mientras las criaturas nos perseguían.
¿Qué está pasando? —preguntó Melina, con desesperación.
Juancho levantó la cabeza, hacia los ventanucos rectangulares del cuarto de proyección.
Debe haber alguien ahí arriba —dijo—. Alguien tuvo que haber puesto la película.
Dicho esto, salió corriendo de la sala. Yo fui tras él.
¡Esperen! —exclamó Melina y nos siguió.
Fuimos hasta el final del corredor. En un rincón, casi escondida, había una angosta puerta gris, que tenía un brazo neumático en la parte superior. También tenía un cartel rojo con letras blancas que decía: SÓLO PERSONAL AUTORIZADO.
Juancho tiró de la manija y la puerta se abrió sin problemas. Detrás de ésta, había una escalera en caracol que ascendía. Subimos rápidamente y llegamos a otra puerta común. La abrimos y nos encontramos en el cuarto de proyección.
Era la primera vez que entraba en un lugar así. Era un cuarto pequeño con una alfombra negra cubriendo todo el suelo y las paredes de color muy blanco. Contra la pared del fondo había estanterías de metal llenas de rollos de película en latas redondas etiquetadas. El mobiliario estaba compuesto por una pequeña mesa de metal y una silla giratoria de oficina que se veía muy vieja. En las paredes había algunos afiches de películas clásicas como Casablanca, Apocalipsis Now y Psicosis.
Había dos cámaras enormes colocadas con los lentes apuntado hacia los ventanucos. Una de ellas estaba encendida y la película giraba a toda velocidad. La potente luz parpadeaba con cada cuadro que pasaba.
Miramos a nuestro alrededor, con una mezcla de fascinación, curiosidad y miedo. El cuarto estaba vacío. No había nadie operando la cámara.
Sea quien sea que puso la película —dijo Juancho—, debe haberse ido.
Si es que la puso alguien.
Juancho me miró como si no me entendiera, pero no le hice caso. Algo colgado en la pared me llamó la atención. Me acerqué y vi otro afiche de película. De la película que estaban proyectando en ese momento, Perdidos en el Cine. El afiche era negro, con aspecto ominoso. En él, se veían nuestras caras de susto en primer plano, delante de un fondo que era un cine de aspecto siniestro y cientos de ojillos rojos a nuestro alrededor. Debajo en letras rojas podía leerse el título de la película. Más abajo, estaban los créditos, los cuales leí rápidamente.
Guión y dirección: Albert Iceman.
Leí los demás nombres, de los productores, asistentes, editores y demás, pero no me decían nada. Eran como nombres inventados, ficticios. Sin embargo, el nombre del director, Albert Iceman me intrigaba. Me resultaba conocido y no entendía por qué. A mí me encanta el cine y nunca había escuchado hablar de él.
¿Albert Iceman? —dije en voz alta, pensativo.
Melina se acercó a mí y miró el afiche.
Dios, esto es siniestro —murmuró—. ¿Y quién es Albert Iceman?
No sé —repuse—. Pero por alguna razón, el nombre me suena familiar...
Sentía que tenía la respuesta delante de mis ojos, pero no podía verla, lo cual me frustraba profundamente.
Juancho se acercó al proyector, lo examinó detenidamente, hasta que encontró una pequeña palanca en un costado y la bajó. El aparato se apagó de golpe. La película dejó de girar y la pantalla en la sala se oscureció.
Ya no quiero ver esto —dijo.
Asentí. Entendía cómo se sentía. Era demasiado extraño verse a uno mismo en una pantalla de cine, agigantado, escuchando su propia voz amplificada por los parlantes.
El nombre de Albert Iceman me taladraba el cerebro, buscando una respuesta, un rostro para ese nombre. Empezó a dolerme la cabeza otra vez.
Mejor vámonos —dije—. Acá no tenemos nada que hacer.
Melina y Juancho se mostraron de acuerdo.

2

Bajamos por la escalera en caracol y abandonamos el cine. Caminamos en silencio por el pasillo del shopping, volviendo por donde habíamos venido. Íbamos a regresar al agujero que habían dejado las criaturas en el suelo, aunque todavía no estábamos seguros de qué íbamos a hacer al respecto.
Pasamos por delante de una gran vitrina, en la que se exhibían computadoras y otros artículos informáticos. Había un monitor encendido en el que se veía un protector de pantalla extremadamente real de unos peces coloridos nadando en una pecera.
Al ver la pantalla, me detuve en seco, me volví hacia la vitrina y corrí hacia ella, pegando la frente al helado cristal. Mis amigos me miraron sobresaltados, como si me hubiera vuelto loco.
Iceman —dije mirando el monitor. No era el bonito protector de pantalla lo que me había llamado la atención, sino la computadora en sí. Sentí que de pronto, en mi mente, comenzaban a girar engranajes que habían estado atascados durante mucho tiempo.
¿Qué pasa? —preguntó Melina, alarmada.
Es Iceman —dije yo, mientras seguía con la mirada los peces tropicales digitales—. Es él.
¿Qué? —preguntó Juancho—. No te entiendo.
Me volví hacia mis amigos.
Ese nombre —dije—, Albert Iceman me sonaba familiar por alguna razón, pero no lograba darme cuenta de cual. Entonces, vi la computadora y lo entendí. Albert Iceman... es Elliot. Elliot Herman.
Juacho y Melina intercambiaron una mirada de desconcierto.
¿Qué quiere decir eso? —preguntó ella—. ¿Qué tiene que ver Elliot con ese tal Albert Iceman, sea quien sea?
¿Nunca jugaste juegos en red con Elliot? —le pregunté.
Melina reflexionó unos instantes, aunque la respuesta era obvia.
No —dijo.
Yo sí —dije, y me volví a mirar el monitor otra vez—. Cada jugador puede ponerse el nombre o nickname que quiera. El mío es Madmax, como la película. Elliot siempre es Iceman... el hombre de hielo.
Melina me miró en silencio durante largo rato, como si estuviese asimilando lo que acababa de decirle. En cambio, Juancho me miraba como si ya hubiese entendido todo.
Pero no lo entiendo —dijo Melina finalmente—. ¿Estás diciendo que Elliot... está detrás de esto?
Creo que él quería que lo supiéramos, al final —dije—. Por eso nos mostró esa película en la que aparecíamos nosotros, por eso dejó el afiche en el cuarto de proyección, para que lo viéramos. Según el afiche, él es el director, ¿no? Él es el que estuvo moviendo los hilos desde el principio. El que se está burlando de nosotros, jugando este juego enfermizo.
Pero... —murmuró Melina—. Pero, ¿cómo puede ser? ¿Cómo puede hacerlo?
En el fondo no me sorprende demasiado —declaré—. Si hay alguien capaz de hacer algo así, es Elliot. Ya lo conocen: es un adicto a los videojuegos, está todo el tiempo conectado, jugando, escribiendo programas, creando juegos en línea y jugando otra vez. La computadora es su vida, no existe prácticamente nada más para él. No me extraña que haya empezado a creer que todo es un juego, que la vida es un enorme videojuego.
Recordé a Elliot, rollizo, de baja estatura, con unos lentes enormes y la cara grasienta, encerrado en esa cueva oscura y sin ventilar que es su dormitorio, en donde pasa horas y horas jugando. Recordé la vez que pasó tres días enteros con sus noches, sin dormir siguiera un minuto, jugando a un violento juego en red en el que el objetivo era matar a cualquiera que se te cruzara en el camino. Fue en su cumpleaños. Yo estaba con él. También estaba Juancho y un par de amigos más. Estuvimos jugando toda la noche, hasta las seis de la mañana. Entonces, a mí ya me ardían los ojos, sentía los dedos entumecidos y me dolía la espalda. Me marché y Juancho hizo lo mismo unos minutos después. Todos nos fuimos de a poco y Elliot se quedó solo, pero no dejó de jugar. Estaba conectado con gente de todo el mundo, de lugares como la India, Pakistán e incluso Sudáfrica. Y con ellos se quedó setenta y dos horas seguidas, parando solamente para ir al baño o a comer algo, matando personajes imaginarios en escenarios imaginarios con armas imaginarias. Sí, lo de Elliot era realmente patológico.
Sentí un escalofrío y me estremecí.
Melina soltó un suspiro de frustración.
Sigo sin entender —dijo—. ¿Estás diciendo que somos los personajes en un videojuego creado por Elliot?
Creo que sí —dije.
Eso es imposible —dijo Melina—. ¿Cómo es posible que estemos en un videojuego?
¿Hace cuánto que no ves a Elliot? —pregunté.
Hace como un mes. O tal vez más —dijo ella.
Yo lo vi hace dos días —murmuré, intentando recordar—. Fui a su casa. Estuvimos jugando... creo. Me siento un poco confundido, los recuerdos son borrosos. Me acuerdo que fui a su casa. Y ustedes también estaban ahí.
Juancho y Melina se miraron.
No —dijo Juancho—. Hace años que no voy a la casa de ese idiota.
Creo que yo nunca fui a su casa —acotó Melina.
Guardé silencio tratando de recordar. Mi mente era un alboroto. Veía pequeños destellos, como chispas en mi memoria, imágenes de cosas que habían sucedido, o que yo creía que habían sucedido. Yo estaba en la casa de Elliot... luego llegó alguien... ¿era Juancho o Melina? ¿Era verdad que Melina nunca había ido a la casa de Elliot? Era posible, Elliot no era la clase de muchacho que las chicas suelen visitar, pero...
Vamos a jugar a un juego nuevo”, había dicho Elliot.
El mareo se intensificó. El piso dio vueltas. Me tambaleé hacia atrás y me apoyé de espaldas contra la vitrina. De no haber estado ahí, hubiera caído al piso.
Melina se acercó a mí, preocupada, y me preguntó si me sentía bien.
Antes de que pudiera decir que sí, una voz dijo a mi espalda:
Muy brillante, sabía que lo ibas a descubrir.

3

Me volví sobresaltado, mirando la vidriera. En el monitor de la computadora que estaba a la venta, el bonito protector de pantalla de peces tropicales había desaparecido. En su lugar, se veía una cara redonda, de cachetes hinchados y azotados brutalmente por el acné. La nariz era algo respingona y los lentes tenían mucho reflejo. Apenas dejaban ver los oscuros ojos que había detrás de ellos. Sin embargo, supe quién era. Los tres lo supimos de inmediato. La cara sonreía de manera sardónica.
Elliot —dije.
Hola, chicos —saludó él con tono casual, como si nos hubiese encontrado en la parada del ómnibus—. ¿Cómo les está yendo? Realmente los felicito. Sabía que tarde o temprano, se darían cuenta.
¿Qué... —murmuró Melina—. ¿Esto... esto es real? ¿Eres real?
Tan real como la lluvia —dijo Elliot, jovial—. Tan real como ustedes.
Juacho se acercó a la vitrina y le dio un pequeño pero contundente golpe con el puño.
¿Qué hiciste, idiota? —gruñó—. ¿Qué fue lo que nos hiciste? ¿Dónde estamos? ¿Qué es todo esto?
Elliot ni se inmutó.
Tranquilo, Juancho —dijo—. No te exaltes. Esto, como bien dijo tu amigo, es un juego. Es mi juego, creado por mí mismo. ¡Y ustedes lo están jugando! ¿No se sienten emocionados?
Si esto es un juego —dije—, ya no queremos seguir jugándolo. Nunca quisimos. Nos pusiste en esta situación a propósito, sin que nosotros lo supiéramos.
Si lo hubieran sabido —dijo Elliot—, no hubiera tenido ninguna gracia.
¿Te parece que esto tiene gracia? —preguntó Juancho, resentido.
Elliot adoptó una expresión altanera, como si fuera alguien educado que trata de explicarle un problema de matemática sencillo a un trío de retardados.
Chicos, les acabo de decir que es un juego. Nada más que eso. En un juego uno no corre verdadero peligro. Uno no muere. Si le pegan no le duele. Si se corta, no sangra. Eso es lo maravilloso. Podría decirse que uno... es inmortal. Esas criaturas que tanto les asustaron, no iban a hacerles daño. Sólo pretendía asustarlos un poco, para demostrarles que mi juego realmente funciona. El lugar en que ustedes se encuentran, ese shopping desierto, tampoco es real. Está hecho de tal manera que lo parezca, pero sigue siendo una fantasía digital. Solamente píxeles y renders, ceros y unos... —Me miró a mí—. ¿Lo ves? Te equivocas al decir que yo no distingo la fantasía de la realidad, que creo que la vida es un enorme videojuego. —Nos miró a todos—. Ustedes creen que estoy loco. Sé que lo creen, los escucho hablar por la espalda, pero ustedes creen que no, porque estoy encerrado en mi cueva oscura, jugando. Creen que soy... una especie de enfermo, un adicto, como me llamaron. Pero no. Sé distinguir entre un juego y la vida real. Y quería saber si ustedes eran capaces de hacerlo. Por eso los hice jugar. Quería saber qué tan buenos eran desenvolviéndose en una situación tan absurda como la que creé. Tengo que admitir que lo hicieron mejor de lo que esperaba. F..., esta teoría tuya sobre el portal dimensional creado por un agujero negro fue realmente fascinante, lo admito. Digna de Isaac Asimov. Fascinante, sí, pero totalmente errada. Ahora, se dan cuenta. Yo estuve escuchando todo lo que decían, estuve observando todo lo que hacían y sus reacciones fueron básicamente las que yo esperaba. Se preocuparon, luego se asustaron, luego estuvieron al borde de la desesperación... los invadió el desconcierto, la sensación de que era imposible lo que les estaba ocurriendo. Ustedes se burlaron de mí, yo me burlé de ustedes.
Pero, ¿cómo lo hiciste? —preguntó Melina.
Elliot enarcó las cejas.
¿No lo recuerdan?
Creo que fuimos a tu casa —dije yo—. Hace dos días.
Así es —repuso Elliot—. Los tres fueron a mi casa.
Juancho y Melina negaron con la cabeza al unísono.
No —dijo Melina—. No me acuerdo de eso. Eso nunca pasó.
Claro que sí —dijo Elliot—. Simplemente están padeciendo los efectos de la droga que les administré.
¿Droga? —preguntó Juancho.
Ustedes vinieron a mi casa —dijo Elliot—. Yo los había invitado, aunque no les dije la razón. Seguramente vinieron llenos de curiosidad. Cuando llegaron, les ofrecí algo de tomar... nada raro, solamente jugo de naranja...
En ese momento otro destello se produjo en mi cabeza: yo levantaba un vaso de jugo de una bandeja, en la cocina de la casa de Elliot. Me di cuenta por la reacción de Melina y Juancho que ellos también lo recordaban de golpe.
Los tres nos miramos. Melina era la que estaba más desconcertada. Seguramente se sentía como si hubiesen insertado esos recuerdos en su memoria, sin que ella los hubiera vivido.
El jugo tenía una mezcla de sedantes —prosiguió Elliot—. No se preocupen, la preparé yo mismo. Las dosis son inofensivas. Después de que se durmieron, los conecté a mi consola de realidad virtual... Me enorgullece decir, que también es un invento mío. Tardé años en perfeccionarla. Lo que ustedes están viendo ahora es el resultado de muchos años de esfuerzo.
¿Quieres decir que... hace dos días que estamos conectados a tu máquina? —pregunté.
Elliot asintió con la cabeza.
No se preocupen, el efecto de las drogas va a pasar en poco tiempo, tal vez media hora o algo así.
Calculé las dosis exactamente. Van a despertar como si nada y no van a sufrir ningún efecto secundario. En este mismo momento están cómodamente sentados en mi sillón, conectados a la máquina.
La cara de Elliot desapareció de la pantalla y en su lugar vimos el desordenado living de su casa. Los tres nos acercamos a la pantalla para ver mejor.
Vimos que en el sofá había dos cuerpos: el mío y el de Juancho. Estábamos sentados el uno al lado del otro, con los brazos colgando lánguidamente a los costados del cuerpo y la cabeza de cada uno apoyada en un pequeño almohadón. Por su parte, Melina estaba sentada en el sofá individual junto a nosotros, en una posición similar. Parecíamos dormidos. No podíamos ver nuestros propios rostros porque estaban cubiertos por algo similar a cascos de motociclista con un montón de cables que les salían de la parte superior. Los cables estaban conectados a un aparato que había sobre la mesita de centro del living, que se parecía a una de esas aspiradoras viejas con forma de tanque.
Al verme allí tendido, tuve una sensación extraña, pero a la vez empezaba a entender. Ahora comprendía por qué no podía recordar nada de los dos días anteriores, ni ellos tampoco. No podíamos recordar nada porque no habíamos hecho nada. Habíamos permanecido en el living de Elliot Herman, dopados, durante cuarenta y ocho horas, jugando a un juego siniestro sin que lo supiéramos.
Elliot volvió a aparecer en la pantalla.
Duermen como bebés —dijo—. Por cierto, F..., no te preocupes por ese extraño mareo que sentiste cuando estaban a punto de entrar a la sala de cine. Simplemente, fue una fluctuación en el flujo de energía. Nada de qué preocuparse.
Yo apoyé una mano sobre el frío cristal de la vitrina y la cerré, convirtiéndola en un puño. Mis dedos se apretaron con tanta fuerza, que empezaron a dolerme.
Elliot —dije—. Más te vale que nos saques de acá ahora mismo.
Eso pensaba hacer —dijo él—. Simplemente estaba esperando a que descubrieran la verdad. Creo que ese era el objetivo final del juego: saber qué era lo que pasaba realmente. —Soltó una risita despreocupada—. Me parece que ganaron, después de todo... pero se llevaron un susto de muerte.
Nos miró con expresión divertida.
Está bien —dije—. Ya aprendimos la lección. Ya nos dimos cuenta. Eres un genio y nosotros unos idiotas. Nunca tendríamos que haberte subestimado, ni habernos burlado. ¿Estás contento? ¿Era esto lo que querías oír?
Elliot reflexionó unos instantes.
Mmmmm... —murmuró—. Sí, eso era lo que quería oír. Gracias.
Ahora, sácanos —ordené.
Para salir, simplemente, tienen que entrar por el agujero que hicieron las criaturas en el suelo —explicó Elliot—. Ellas les abrieron la puerta de salida y ustedes por poco se mueren de la incertidumbre. Pero ahora ya lo saben, el juego terminó. Vayan, así voy a poder desconectarlos sin peligro.
¿Peligro? —preguntó Juancho.
Si los desconecto ahora, corro el riesgo de causarles daño cerebral. Podrían quedar en coma de por vida o incluso... morir. ¡Pero no se preocupen! Eso no va a pasar. Simplemente hagan lo que les digo. Vayan al agujero. Nos vemos del otro lado.
Nos saludó con la mano, divertido, y en ese momento, Melina soltó un gemido de sorpresa. No estaba mirando la pantalla, sino el suelo, a su lado.
Allí estaban las criaturas otra vez. Las pequeñas mascotas enfermizas de Elliot, mirándonos con sus penetrante ojitos rojos. A pesar de que ya sabíamos que no eran reales, a pesar de que sabíamos que todo era una pantomima, seguían resultando siniestras. Supongo que tengo que reconocerle eso a Elliot: las criaturas y todo el mundo de pesadilla que creó para nosotros fue bastante convincente.
Oigan —dijo Elliot, en la pantalla, mirando a las criaturas con aire preocupado—. ¿Qué hacen ahí?
Ya fue suficiente, ¿no te parece? —dijo Juancho, apenas conteniendo la ira—. ¿Para qué las trajiste? Ya sabemos lo que son. La broma terminó.
Elliot tecleó rápidamente en su teclado.
¿Elliot? —dije yo.
La cara de Elliot empezó a palidecer. Pude ver que había empezado a sudar y seguramente, frío.
¿Elliot?
Yo no las traje —balbuceó—. Yo...
¿Qué pasa? —preguntó Melina.
Elliot tecleaba con mayor rapidez y murmuraba algo incomprensible, como si estuviese discutiendo consigo mismo.
Las criaturas nos observaban jadeando.
Elliot —dije pausadamente—. Haz que se vayan.
Es lo que estoy intentando... no sé qué pasa... debe... haber algún error en el sistema. No... no se asusten. Simplemente, ignórenlas. Hagan lo que les digo: vayan al agujero.
En ese momento, se escuchó un pitido ensordecedor, como una alarma, y entonces el shopping tembló bruscamente.
Los tres nos sacudimos y Melina cayó del rodillas. Escuchamos el estruendo de cosas golpeándose y cayendo al suelo, el chirrido de las vigas de metal del techo retorciéndose, el estallido cristalino de las lamparitas.
En la pantalla, la cara de Elliot tembló.
¿Qué pasa? —le grité—. ¡Haz que pare!
Yo no lo estoy haciendo —gritó Elliot a su vez—. ¡No soy yo! ¡Parece que la máquina tiene el control! ¡Corran! ¡Corran al agujero! ¡Vayan a...
El monitor se apagó y cayó al suelo, haciéndose pedazos. Hubo otro temblor. La vitrina se rajó por todas partes y estalló sobre nosotros en forma de un granizo de cristales. Me cubrí la cara con las manos.
Luego ayudé a Melina a levantarse, ya que seguía tendida en el suelo.
¡Vamos! —dijo Juancho.
Los tres corrimos hacia el agujero y las criaturas salieron detrás de nosotros.
Mientras tanto, el shopping se desmoronaba a nuestro alrededor y encima nuestro. Habían empezado a caer lámparas al suelo, bastante grandes, trozos de revoque y gruesas vigas de metal. Por todos lados, había docenas de pequeñas explosiones: aparatos que hacían cortocircuito, lámparas que caían al suelo o simplemente estallaban, objetos como platos, vasos, floreros y macetas que reventaban como si alguien les hubiese colocado explosivos dentro.
Parecía que el juego de Elliot había cobrado vida propia y no iba a permitir que nos fuéramos, no nos iba a permitir ganar.
El agujero que habían hecho las criaturas seguía allí, frente a la tienda de electrodomésticos en la que nos habíamos ocultado, pero me di cuenta de algo increíble: se estaba cerrando. Se estaba haciendo cada vez más pequeño y bastante rápidamente.
¡Rápido! —grité—. ¡Se está cerrando!
Corrimos más rápido.
Una especie de armazón hecha de vigas de hierro cayó de pronto delante nuestro, bloqueándonos el paso. Produjo un estruendo horrible de hierros retorcidos. Un segundo más tarde y nos hubiera aplastado como a cucarachas.
Rodeamos el armazón, que era como el esqueleto de un dinosaurio de metal y llegamos al agujero. Por él empezaron a salir más criaturas. Estaban frenéticas. Arañaban el suelo con sus largas y afiladas uñas. Parecían hormigas enfurecidas saliendo de un hormiguero. Empezaron a rodearnos, pero no nos hicieron nada.
No puedo entrar ahí —gritó Melina, al borde de la histeria. Había empezado a llorar. Aquellas criaturas realmente le daban miedo.
Tenemos que hacerlo —dijo Juancho—. ¡Se está cerrando cada vez más!
Pero... —empezó a decir Melina, pero no le di tiempo a terminar. No era el momento de ponerse a discutir.
La sujeté de los hombros y la empujé con fuerza al agujero. Ella gritó, desesperada, pero cayó, hundiéndose en aquel negro vacío. Su grito se extinguió de inmediato.
Juancho me miró con los ojos como platos, como si no pudiera creer que acababa de hacer una cosa así. La verdad es que yo tampoco.
¿Qué? —le grité en la cara—. ¿Te vas a quedar ahí parado?
Entonces parpadeó, como volviendo en sí. Hubo otro violento temblor. Juancho perdió el equilibrio. Se tambaleó al borde del agujero y yo lo empujé, para que terminara de caer. Inmediatamente, yo también salté detrás de él, cerrando los ojos y tomando aire, como si estuviera a punto de lanzarme desde el trampolín de una piscina.
La oscuridad me envolvió de golpe y el estruendo del shopping desmoronándose se hizo inaudible de inmediato. Lo último que escuché fue una especie de chillido infrahumano y luego hubo silencio.

4

Durante un período de tiempo que no sé exactamente cuánto duró (lo mismo pudo ser un minuto que una hora) no estuve en ningún lado. Fue como si mi espíritu flotara en medio de la nada absoluta. No veía nada, no escuchaba nada. En realidad, por extraño que parezca, hasta experimentaba una sensación de paz...
Entonces, escuché una risita seca y una voz familiar que decía:
Dios, qué realismo.
Abrí los ojos (o, en realidad, mis ojos se abrieron por cuenta propia) y vi la cara de Elliot frente a la mía. Había recuperado su expresión divertida.
Volví a sentir mi cuerpo, de hecho, sentía un hormigueo en todos lados.
Estaba acostado y me levanté de golpe. Elliot se apartó.
Tranquilo —dijo—. Está todo bien.
Miré a mi alrededor, desconcertado, pero casi de inmediato supe en dónde estaba. Era la casa de Elliot. Estábamos en el oscuro living, rodeados de sus muebles poco cuidados y de su característico desorden.
Vi la consola de realidad virtual sobre la mesita de centro. En un rincón, estaba la computadora de Elliot, la que seguramente usó para controlar su juego. Vi el casco de motociclista que había usado, tirado en el suelo, junto al sofá. Juancho estaba a mi lado, sentado todavía, con la cabeza echada hacia atrás. Parpadeaba, adormecido, como si volviera en sí después de haber estado inconsciente. Parecía aturdido.
Melina estaba sentada en el otro sillón. Todavía tenía el casco puesto y no se movía. Iba a acercarme a ella, cuando de pronto se estremeció. Sacudió los brazos y trató de quitarse el casco con rapidez.
Tranquila —le dijo Elliot, quien acudió en su ayuda—. No te preocupes, Melina, todo está bien. Ya pasó.
Elliot le sacó el casco. Melina sacudió la cabeza. Estaba bastante despeinada y en otras circunstancias, hubiera resultado graciosa.
Miró a Elliot, desconcertada, luego a su alrededor, luego a Juancho y por fin a mí. Se puso de pie de un salto.
¿Qué pasó? —exclamó—. ¿Qué le pasa a Juancho? ¿Qué pasó cuando estábamos...
Tranquila —volvió a decir Elliot, con aquella irritante voz divertida—. No pasó nada. No te preocupes por Juancho, simplemente está un poco mareado. Ya se le va a pasar.
Melina bajó la cabeza y volvió a sentarse, como si las piernas le hubieran fallado. En el sofá, Juancho balbuceó en voz muy baja algo que no entendí. Yo también me sentía mareado y débil. Era normal, después de todo, hacía dos días que no me movía.
¿Qué fue lo que pasó? —pregunté, mirando la consola sobre la mesita—. Tu juego por poco nos mata.
Elliot me miró, todavía sonriendo. Los granos que tenía por toda la cara le brillaban más que nunca.
Ese fue el gran final —dijo—. ¡Le grand finalle! Genial ¿no? Creo que, después de todo, yo soy el ganador. Se creyeron la última y definitiva broma, el chiste cúlmine. El final siempre tiene que ser lo más espectacular, ese es mi lema.
Parpadeé, desconcertado.
¿Quiere decir que... —murmuré—. ¿Que... —pero no pude continuar.
Elliot lo hizo por mí.
Sí —dijo, asintiendo con la cabeza—. Ese trágico final también fue preparado por mí. En ningún momento perdí el control de la máquina. Fue lo que les hice creer, pero yo lo hice todo. Tienen que entenderme, chicos, no podía permitir que se fueran así como así.
Las manos empezaron a temblarme.
Podrías... podrías habernos matado —dije con voz seca. Me moría de sed en ese momento, pero eso apenas me preocupada. Lo que quería hacer en ese momento, era saltar sobre Elliot y empezar a estrangularlo.
Elliot negó con la cabeza.
Ni pensarlo —dijo—. Todo estaba bajo control. Todo estaba calculado. Las cosas que caían, las cosas que explotaban... todo. No iba a pasarles nada. Yo nunca pondría en riesgo la vida de mis amigos. —rió entre dientes con aire triunfal—. Además, no se olviden que nada era real... ¡Bueno! El juego por fin terminó. Seguramente están muy cansados y quieren irse a su casa. Yo también quiero descansar, hace dos días que no duermo.
¿Ah, no? —preguntó Melina a su espalda.
Elliot se volvió a mirarla y Melina se levantó.
No —dijo Elliot, todavía divertido—. Crear mundos fantásticos es un trabajo muy agotador... pero gratificante. ¿No están de acuerdo? Ahora, es hora de descansar.
Melina esbozó una sonrisita dulce. Apoyó una mano sobre el hombro de Elliot. Éste se estremeció, ya que no estaba muy acostumbrado al contacto femenino.
Elliot... —murmuró Melina—. Yo te voy a hacer descansar.
La sonrisa desapareció de su rostro y con la otra mano le dio un puñetazo en la cara. Los lentes de Elliot se partieron a la mitad con un sonoro chasquido. Elliot trastabilló, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, sobre la mesita de centro. Las patas se quebraron y la mesa se desplomó, con la consola de realidad virtual y Elliot encima.
No pude evitar sonreír de satisfacción.
Eso no fue ningún juego —le dijo Melina a Elliot con cómica solemnidad. Él estaba tendido en el suelo, con los ojos cerrados, gimoteando como un niño y con la marca de los dedos de Melina sobre la cara—. Fue muy real. Fue mi juego. ¿Qué te pareció?
¿Qué pasa? —preguntó Juancho, aturdido, desde el sofá.
Al final, nosotros ganamos —respondí.
Miré a Melina y le hice un gesto de aprobación con los pulgares. Ella me respondió con un guiño. Luego, ayudé a Elliot a levantarse. Él también había aprendido su lección.