Bienvenidos

Aquí encontrarán contenido muy variado: desde cuentos debidamente ficcionalizados a análisis y soluciones de videojuegos, pasando por otras categorías indefinidas que podrán ser analizadas por los lectores mientras las estén procesando.

Búscame (si puedes)

miércoles, 15 de julio de 2009

El ataque de la membrana

Basado en una historia real

1

Carolina se acercó al mostrador y le dijo al encargado que venía a buscar la bolsa que había dejado la semana anterior. Desde dónde estábamos, podíamos verla. Una bolsa de color rojo brillante colocada sobre un viejo archivador, que había permanecido allí desde el viernes por la tarde. Ahora, estábamos a jueves de la semana siguiente. Habían pasado casi siete días y la bolsa, con lo que contenía, había estado allí, esperándonos, todo ese tiempo.
Estábamos en la biblioteca del IPA, una tarde húmeda y gris de principios de mayo. Pero no estábamos ahí para estudiar, al menos, no exactamente. Nuestra tarea era terminar un trabajo que nos habían encargado para el ECI (Espacio Curricular de Integración, una materia nueva que instauraron con el plan nuevo, que intenta combinar bioquímica, biofísica y biología, pero que en la práctica no es más que una especie de Monstruo de Frankenstein mal hecho, que no sirve para otra cosa que obstaculizarle el progreso en la carrera a los estudiantes), que constaba en construir un modelo tridimensional de la membrana plasmática; una idea que, al principio, a mí se me antojaba sencilla, pero una vez que pusimos manos a la obra, caímos en la cuenta de que era un trabajo ímprobo, para ponerlo en palabras de un novelista clásico. Nunca se me hubiese ocurrido que armar un modelo de membrana podía ser tan difícil. Debe ser porque ví tantos modelos ilustrados en los libros que pensé que ya era algo familiar para mí. Pero una cosa es dibujar una membrana y otra muy distinta es hacerla como algo tangible, algo que se puede sostener en las manos y tocar. Básicamente ese era nuestro trabajo, esa era la tarea que nos habían encomendado y a ella nos estuvimos dedicando cerca de un mes. No es que tardáramos tanto en poder hacer la membrana, por más difícil que fuera, sino que la fecha de entrega del trabajo se había estado corriendo, sencillamente porque no teníamos profesora de citología. Las razones por las que estábamos sin profesora de la materia más importante son complicadas y no vienen al caso. Lo cierto es que el trabajo se había estado posponiendo desde principios de abril (o tal vez desde mediados, ya no lo recuerdo exactamente) y se suponía que para el viernes, o sea, el día siguiente, por fin tendríamos que entregarlo. Eso significaba que tendríamos que terminar el bendito modelo de membrana ese día o ese día. No más adelante. Por suerte, habíamos avanzado bastante y la maqueta ya estaba casi terminada. Sólo había que pegar algunas piezas más (como las moléculas de colesterol) y unir ambas capas para poder formar la bicapa, lo cual, sin duda era lo más difícil.
El encargado de la biblioteca fue a la sala que había detrás del mostrador a buscar nuestra bolsa y nos la entregó. Le agradecimos y cruzamos la puerta que comunicaba con la sala de estudio, en donde las viejas mesas azules estaban dispuestas en largas hileras, hasta el fondo de la habitación.
La sala no estaba muy llena en ese momento. Había unas cuantas mesas vacías y elegimos la que habíamos ocupado las ocasiones anteriores en que nos habíamos juntado para hacer el trabajo, cerca de los ventanales esmerilados que miraban hacia Avenida del Libertador.
Nos sentamos y señalé una mancha de pegamento seco que había sobre la mesa.
—Mira —le dije a Carolina con tono divertido—. Una evidencia del crimen.
Carolina miró la mancha y rió. La había hecho ella misma sin querer, tiempo atrás, cuando intentaba desesperadamente pegar las cabezas de dos fosfolípidos. Carolina había temido que los encargados de la biblioteca la reprendieran por manchar la mesa, pero afortunadamente, nadie lo había notado.
Ella abrió la bolsa y sacó el táper de plástico que tenía dentro.
—El momento de la verdad —comenté—. Vamos a ver qué hay.
Lo dije medio en broma, medio en serio. Habían pasado seis días desde la última vez que habíamos abierto ese táper y lo que habíamos guardado allí había permanecido sobre un archivador de metal. En otras palabras, no había sido refrigerado. Y eso podía ser un problema porque para hacer la maqueta habíamos utilizado masa hecha con harina. Había sido la propia Carolina quién se había encargado de hacer las cabezas de los fosfolípidos y del colesterol y hasta había agregado una proteína en forma de hélice, todo hecho con harina de trigo y agua. En otras palabras, elementos perecederos, que podían echarse a perder. Y si la maqueta se había echado a perder, entonces nosotros también estábamos perdidos. Porque no podríamos hacer todo de nuevo en menos de veinticuatro horas.
—Recemos porque todo esté bien —dijo Carolina, también medio en broma, medio en serio. Y a continuación, quitó la tapa.
Un olor a pan levemente rancio flotó en el aire y se desvaneció. Me incliné hacia adelante para ver bien el contenido del táper y suspiré de alivio al comprobar que, al menos a simple vista, todo estaba bien. Habíamos pintado las cabezas de los fosfolípidos con témpera amarilla y la proteína de azul. Los ácidos grasos, los habíamos hecho con palitos para brochetas quebrados y los habíamos pintado de verde.
Me alegré al comprobar que, en un principio, todo estaba en orden. No había hongos, ni olor a descomposición.
—La pintura debe haber protegido a la masa de la humedad —dije.
—Sí, es verdad —convino Carolina.
Con cuidado empezamos a sacar las cosas del táper y a ponerlas sobre la mesa.
En ese momento, apareció alguien junto a la mesa.
—Hola —dijo una voz agitada—. Perdón por la demora, estaba sacando fotocopias.
Era Elliot, que estaba con nosotros en el subgrupo que habíamos formado para hacer la maqueta.
—Llegas justo a tiempo —le dijo Carolina.
—Eso veo —repuso Elliot, todavía agitado. Tenía una mancha roja circular en cada mejilla. Seguro que había subido las escaleras corriendo y él no es precisamente alguien atlético. Elliot echó una mirada a nuestra membrana aún sin armar—. ¿Cómo está nuestro proyecto científico?
—Bien, bien —dije—. Al menos, eso parece.
Elliot dejó sus cosas en el suelo, cerca de la mesa y se sentó. Empezó a ayudarnos a sacar las cosas del táper y cuando levantó la proteína, la examinó y soltó una exclamación por lo bajo. Yo la escuché, pero Carolina no.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Elliot giró la proteína en su mano y me la enseñó.
—Mira —dijo—. Tiene hongos.
Acerqué el rostro a la proteína para ver mejor. En efecto, había una pequeña mancha circular, no más grande que la uña de un bebé, de color verde. Me di cuenta de que nunca había visto hongos como esos. No parecían los típicos hongos que aparecen sobre la comida. Estos tenían una consistencia como de gelatina. Parecían una pequeña manchita de gel.
—Parece que la pintura no protegió lo suficiente —dije, haciendo una mueca. Carolina me oyó y tomó la proteína en sus manos. La examinó y soltó una exclamación de desagrado.
—¡No puede ser! —dijo.
—No te preocupes —repuse—. No es tan grave. Se puede limpiar. Los fosfolípidos están bien, ¿no?
—Sí, creo que sí —dijo Carolina mirando las cuarenta bolitas amarillas que había sobre la mesa. Puestas así tenían un aspecto extraño: eran como pequeñas cabezas decapitadas.
—Bien, entonces no hay problema —dije.
Tomé la proteína y busqué uno de los pañuelos desechables que llevaba en el bolsillo. Limpié la mancha de hongos y quedó embarrada en el pañuelo de manera desagradable, como si fueran mocos. Hice una bola con el pañuelo y lo arrojé a la basura.
—Bueno —dije, frotándome las manos—. Empecemos.


Unas tres horas después, habíamos terminado.
Habíamos conseguido pegar todos los fosfolípidos, para formar dos cuadrados de veinte por veinte. Habíamos colocado los palitos que hacían las veces de ácidos grasos, de modo que las dos capas parecían un montón de muñequitos con cabeza y dos piernas. Juntamos ambas capas, de tal manera que los extremos de las patas se tocaran y las unimos con otros cuatro palos más largos, colocándolos en las esquinas del cuadrado. Finalmente pegamos la proteína, en un hueco que habíamos dejado más o menos en el centro de la membrana. La proteína salía por la parte superior, atravesaba la membrana y salía un poco por la parte inferior. Le dimos unos últimos retoques pegando algunas cabezas de colesterol pintadas con témpera naranja y añadiendo a los bordes algunos glicolípidos que habíamos hecho con cartón, siguiendo los coloridos esquemas que aparecían en el libro del bueno de Bruce Alberts, un libro que para los profesores del IPA es una especie de Biblia. Para terminar, le dimos una última mano de pintura, retocando las partes que habían quedado despintadas, sobre todo en las cabezas de los fosfolípidos. Yo pinté el círculo que había quedado en la proteína en donde habían estado los hongos. Esta vez, me aseguré que quedara bien cubierto.
Cuando terminamos, los tres estábamos bastante cansados, teníamos los dedos manchados de pintura y pegamento y yo tenía las articulaciones de las manos adoloridas por haber estado manipulando aquellas delicadas piezas, cerciorándome que cada una de ellas encajara perfectamente en su lugar. Me sentía un poco como cuando termino de dibujar después de una larga jornada.
Para ese entonces, el día ya casi se había quedado sin luz. Pasaban un par de minutos de las seis de la tarde. Las luces de la sala de estudio se habían encendido hacía rato.
—Terminamos —dijo Elliot.
Los tres nos quedamos admirando nuestra obra en silencio unos momentos. Ocupaba un lugar de privilegio en el centro de la mesa.
—No quedó nada mal —dije—. Nada mal.
Y era cierto. Todo nuestro esfuerzo había valido la pena. Al menos, era lo que yo sentía.
Carolina bostezó y consultó su reloj.
—No puedo creer que haya pasado tanto tiempo —dijo. Miró las ventanas—. Ya es de noche.
—Creo que ya podríamos irnos —dije yo—. Además, yo todavía tengo que redactar el informe.
Junto con la maqueta, teníamos que hacer un informe que explicara la evolución de los distintos modelos de membrana plasmática, hasta llegar al modelo actual. Habíamos consultado unos cuantos libros y tomado muchas notas. También habíamos hecho un borrador del informe, escrito a mano y como yo era el más hábil con la computadora, en mi habían encomendado la tarea de pasarlo y agregarle algunos esquemas, los cuales también tendría que hacer, todo eso cuando llegara a mi casa.
—Todavía queda una cosa —dijo Elliot—. ¿Quién se lleva la maqueta?
Los tres nos miramos entre nosotros, interrogantes.
—Creo que lo mejor es que la dejemos acá —dijo Carolina al final—. Si no tuvieron problema en guardarla hasta ahora, no creo que tengan problema ahora. Yo me la llevaría a mi casa, pero tengo que viajar en ómnibus y a esta hora viene lleno. Correría el riesgo de aplastarse o de que se me caiga y no quiero que eso pase.
—Ninguno de nosotros quieres —dije yo. Elliot y yo también nos movíamos en ómnibus y teníamos el mismo problema: riesgo de muerte por aplastamiento—. Y me parece bien. Dejémosla acá hasta mañana. Habrá tiempo de sobra para que se terminen de secar la pintura y el pegamento. Luego, podemos venir a buscarla, antes de entrar a clase.
—Está bien —dijo Elliot—. Como quieran.
Recogimos todo, limpiamos la mesa y guardamos nuestras cosas. Con mucho cuidado colocamos la membrana dentro del táper y este dentro de la bolsa roja otra vez. Volvimos al mostrador de la biblioteca y le pedimos nuevamente al encargado si podíamos dejar nuestro pequeño proyecto allí.
—Esta es la última vez —le dijo Carolina con una sonrisa—. Te lo prometo.
El encargado también rió.
—No hay ningún problema —dijo.
Carolina le entregó la bolsa.
—Con cuidado —dijo Elliot.
El encargado llevó la bolsa a su lugar de siempre, encima del archivador plateado. Después de eso, nos fuimos.
Cuando salimos del IPA, nos despedimos y nos fuimos cada uno por nuestro lado.
Después de una interminable hora de viaje en ómnibus, de la cual pasé la mitad viajando de pie, llegué a mi casa.
Me tomé un café con mucho azúcar, comí lo que había quedado del mediodía (había estado en el IPA desde las ocho de la mañana) y luego fue a mi cuarto a redactar el informe. Me llevó más tiempo del que había creído, sobre todo porque tuve que hacer los esquemas, que fue lo más trabajoso. Cuando terminé, ya eran alrededor de las once. Me ardían los ojos de cansancio Imprimí el informe, lo leí por arriba para ver cómo había quedado, lo guardé en una carpeta y me fui a dormir. Increíblemente, esa noche no soñé.


2

Desperté a las nueve de la mañana siguiente, sintiéndome bastante tranquilo. Tenía la sensación de que me había quitado de encima un peso enorme que había estado llevando a cuestas durante días. ¡Por fin habíamos terminado el trabajo del ECI! Ahora podía dedicarme a otras cosas.
Ni bien me levanté, sonó el celular. Era un mensaje de Carolina, diciéndome que no me olvidara de llevar el informe, porque teníamos que entregarlo sin falta. Yo le respondí algo jocoso, como que ella no se olvidara de llevar todo su encanto, o algo así. Después me di una ducha, me vestí y salí para ir al IPA otra vez. No estaba apurado y hasta me puse a silbar en el trayecto entre mi casa y la parada del ómnibus. La mañana era soleada y templada. Las nubes, por fin, se habían ido. Parecía casi una mañana de primavera.
En un momento me dije que todo estaba demasiado bien. No sabía por qué, pero eso me preocupaba. Tenía una sensación como de la calma que antecede a la tormenta. Por alguna razón, me imaginaba que iba a haber algún problema con nuestro proyecto. Que la membrana se hubiese deshecho durante la noche, o algo por el estilo. O que por alguna razón, el informe que llevaba en la mochila se perdiera y ya no pudiéramos entregarlo.
“Tranquilo —me dije, reprendiéndome—. ¿Por qué tienes que ser tan fatalista? No pasa nada, no hay ningún problema. Todo está bien, ¿por qué simplemente no lo disfrutas?”
Subí al ómnibus con estas palabras tranquilizadoras en la cabeza y decidí tratar de disfrutar del día.
Claro que, al final, yo tenía razón: los problemas no empezaron hasta que llegué al IPA.

Pasada la una de la tarde, después de la clase que habíamos tenido al mediodía (Teoría del conocimiento o epistemología), Carolina, Elliot y yo nos encontramos en la puerta de la biblioteca. La clase de ECI empezaba a las tres de la tarde, así que teníamos tiempo de sobra, pero no habíamos ido a la biblioteca a buscar la membrana, sino a estudiar un poco de biofísica. Teníamos que aprovechar el tiempo para estudiar una de las materias más complicadas.
Entramos y nos dirigimos hacia la sala de estudio, pasando por delante del mostrador. De manera automática, los tres miramos hacia la puerta abierta que había detrás, por la que se podía ver la sala de archivos, en donde estaba guardada nuestra membrana. Vimos el archivador plateado de metal, con las viejas carpetas polvorientas de siempre. Pero nuestra bolsa roja no estaba.
—Miren —señalé, aunque mis amigos ya lo habían notado.
—La bolsa no está —dijo Elliot, señalando lo obvio.
Los tres intercambiamos una mirada de preocupación. En ese momento, el encargado de la biblioteca salió por la puerta, con cara de consternado. Al principio no advirtió nuestra presencia, venía caminando con la cabeza gacha. Pero en cuanto nos vio, se sobresaltó, como si lo hubiésemos asustado.
—Hola —dijo Carolina con su sonrisa de amabilidad—. Venimos a buscar la bolsa que dejamos ayer...
El encargado esbozó una sonrisa incómoda y se frotó las manos. Luego, nos miró con fingida sorpresa.
—¿Alguno de ustedes no se la llevó ayer? —preguntó.
Nosotros volvimos a mirarnos.
—No —dijo Carolina—. ¿Por qué?
—Porque... parece que no está —dijo el encargado, más incómodo que antes.
Nos miramos una vez más, cada vez más desconcertados.
—¿Cómo que no está? —intervine—. Nosotros dejamos la bolsa ayer, ¿te acuerdas?
—Sí, me acuerdo, pero yo me fui un par de horas después que ustedes —se explicó el encargado—. Y la bolsa quedó ahí, donde siempre, encima del archivador. No creo que nadie la haya tocado, porque tenía una etiqueta con sus nombres. Y hoy de mañana, cuando volví, ya no estaba. Supuse que alguno de ustedes se la había llevado.
—No, nosotros acabamos de llegar —dijo Carolina, con tono de nerviosismo creciente—. No nos llevamos la bolsa.
—¿No hay nadie más en su grupo? —preguntó el encargado, despacio.
—No, sólo nosotros tres —dijo Carolina.
—No puede ser... —murmuró Elliot.
—Esperen, tranquilos —dije yo—. Ninguno de nosotros se llevó la bolsa, así que lo más probable es que siga acá. Alguien debe haberla puesto en otro lado, para que no estorbara o algo así. Solamente hay que buscarla. No creo que nadie se la haya robado.
Carolina miraba al encargado como si no me hubiese escuchado.
—¿Podemos entrar y buscarla? —preguntó. Lo dijo con un tono casi exigente.
El encargado se frotó la nuca con una mano, incómodo.
—Se supone que no debería... —empezó. Pero guardó silencio al ver nuestros rostros. Seguramente, fueron muy elocuentes. No quiero imaginarme la cara de víctimas que debíamos tener—. Pero está bien. A lo mejor tienen razón y alguien puso la bolsa en otro lado. La verdad es que yo no tuve mucho tiempo de buscarla. Así que pasen.
Nos hizo una seña con la mano.
—Gracias —dijo Carolina.
Rodeamos el mostrador y nos dirigimos a la puerta, precedidos por el encargado.
Entramos en esa habitación bastante amplia y llena de estanterías, en las que se guardaban los muchísimos libros que tenía la biblioteca. Había al menos una docena de archivadores similares al que usábamos, con carpetas, biblioratos y montones de papeles encima, como si los cajones estuvieran saturados y los encargados hubieran tenido que empezar a acumular archivos uno encima de otro. La verdad es que la sala tenía un aspecto bastante caótico y no me pareció raro que las cosas se perdieran o se traspapelaran. Me pregunté cuántos libros se habían perdido desde que se había creado la biblioteca del IPA.
Miramos el viejo archivador plateado, con manchas de óxido en los costados y algunas abolladuras. Nuestra bolsa no estaba encima y el espacio vacío que había dejado era desalentador.
—¿Dónde puede estar? —preguntó Elliot, mirando a su alrededor con ojos grandes.
Miré las estanterías que había contra las paredes y que llegaban hasta el techo. Estaban tan saturadas de papeles que parecía que iban a abalanzarse encima nuestro de un momento a otro.
—Deberíamos preguntarla a la otra muchacha —dijo Carolina. En la biblioteca, por lo general, había dos encargados por turno—. A lo mejor ella sabe.
—Sí, pregúntenle —dijo el encargado. Luego miró hacia la puerta. Había gente aguardando a ser atendida en el mostrador—. Me tengo que ir. Tengo que atenderlos.
Y sin más se marchó, como si quisiera deshacerse de nosotros.
Carolina, Elliot y yo nos miramos nuevamente.
—¿Dónde está la otra chica? —pregunté.
—Debería estar por acá —dijo Carolina.
Empezamos a caminar entre las estanterías que había dispuestas en hileras en la sala, como las góndolas de un extraño supermercado. La sala estaba silenciosa y parecía que allí no había nadie.
—¿Hola? —preguntó Carolina—. ¿Hay alguien?
Nadie respondió.
Parecía que, en realidad, éramos los únicos allí. El encargado se había lavado las manos, dejándonos a nosotros a nuestra merced en ese caos de libros, archivos, folios y demás.
—¿Quién se podría haber llevado la membrana? —preguntó Elliot.
—No creo que nadie se la haya llevado —dije—. ¿De qué le podría servir a alguien que no fuera nosotros?
—Parece que hay un ladrón de membranas plasmáticas en el IPA —dijo Carolina, pero sin tono de broma. De todas maneras, Elliot y yo reímos.
En ese momento, ví algo en un rincón que me llamó la atención.
Apoyada al costado de un montón de biblioratos que alcanzaban el metro de altura desde el piso, estaba la bolsa roja en la que habíamos guardado la membrana.
—Miren —exclamé.
La levanté rápidamente y la abrí, aunque no era necesario. La bolsa estaba vacía. Aunque del lado de adentro había algo extraño: manchas viscosas de color verde, como la que habíamos descubierto en la proteína el día anterior. Sólo que las de la bolsa eran más grandes.
—No lo puedo creer —dijo Carolina—. La membrana se pudrió y alguien la tiró a la basura.
—No pudo haberse podrido en tan poco tiempo —objeté—. Ayer, sólo la proteína tenía una minúscula mota de hongos.
—¿La limpiaste bien? —me preguntó Carolina, con tono casi acusador.
—Sí, por supuesto —respondí a la defensiva.
Me di cuenta que Elliot no estaba cerca nuestro. Miré a mí alrededor para buscarlo y lo encontré en el otro rincón de la habitación, inclinado, mirando algo con atención.
—Oigan —dijo—. Miren esto.
Nos acercamos. Elliot señaló el suelo. Tirado allí, estaba el táper en el que habíamos guardado la membrana. Estaba dado vuelta, con la boca hacia abajo. La tapa no estaba por ningún lado. Se veía que el táper estaba manchado con algo del lado de adentro. Me incliné y lo levanté. Al darlo vuelta, los tres soltamos idénticas expresiones de asco. Todo el interior del recipiente estaba embarrado con aquella sustancia mucosa de color verde, que despedía un olor a humedad y harina rancia.
Carolina se tapó la nariz con dos dedos.
—Qué asco —exclamó.
A mí también me parecía un asco, pero no era eso en lo que estaba pensando. Pensaba en cómo era posible que la membrana se hubiese descompuesto en un período de tiempo tan corto. Se me ocurrió que a lo mejor la descomposición había empezado mucho antes, quizá cuando la guardamos por primera vez. Tal vez, las cabezas de los fosfolípidos habían empezado a pudrirse desde dentro. Y con todo el tiempo que había pasado (casi un mes), la putrefacción había aflorado a la superficie. La témpera no había logrado aislarla.
Pero otra cosa que me preocupaba era que el táper estuviera allí tirado en el suelo. Si alguien había encontrado la membrana descompuesta y había decidido tirarla a la basura, podía entenderlo. Yo, en su lugar, seguro que hubiese hecho lo mismo. Pero lo que no entendía era por qué esa persona había dejado el táper sucio tirado allí, en un rincón, como si aquello fuera un basural en lugar de una biblioteca. Otro tanto ocurría con la bolsa, que también estaba contaminada de hongos y también la habíamos encontrado tirada en el suelo.
—Deberíamos buscar al encargado —dijo Carolina—. Y preguntarle qué pasó exactamente. No puedo creer que todo nuestro trabajo se haya arruinado.
Soltó una maldición dándose un golpe en la pierna con el puño cerrado, como solía hacer cuando se enojaba.
—Espera —dije—. Todavía no te enfurezcas.
Pero yo también empezaba a sentirme ofuscado.
“Sabía que algo así iba a pasar —me dije con amargura—. Lo sabía, estaba seguro. Todo estaba saliendo demasiado bien”.
Miré el suelo y vi que había más manchas verdes, sobre las gastadas baldosas grises, que, dicho sea de paso, no se veían muy limpias. Por eso no las había visto al principio. Pensé que un poco de los hongos que había en el táper se habían derramado al suelo. Pero entonces me di cuenta que las manchas no estaban sólo allí. Había un camino de manchas que eran como pinceladas torpes sobre el suelo y que se alejaban de nosotros.
Empecé a seguir aquél rastro que parecía dirigirse a la puerta.
Mis amigos me miraron con curiosidad, pero no les presté atención.
—¿Qué haces? —me preguntó Elliot.
No respondí inmediatamente. Caminé a lo largo de todo un estante y me detuve en donde el rastro desaparecía de manera abrupta. No seguía hasta la puerta, sino que describía una curva, hacia el librero. Me arrodillé en el suelo, observando fijamente aquellas manchas extrañas. Me fijé debajo del librero. Había más hongos allí. Y un examen más detallado dejaba ver que las manchas subían por la vieja madera del estante y pasaba sobre los lomos de libros grandes y de aspecto solemne. Pero su solemnidad había quedado mancillada por aquella sustancia desagradable que los impregnaba.
Me puse de pie y vi que el rastro terminaba en un estante que estaba a la altura de mis ojos y en el que había algunas cajas de cartón cubiertas de polvo. Una de ellas tenía un rastro leve de color verdoso.
¿Qué había pasado?, me pregunté. ¿Acaso alguien había sacado la membrana podrida del táper y la había llevado hasta esa caja para guardarla allí? ¿Para qué? ¿Cón qué propósito? No tenía sentido.
—¿Qué encontraste? —me preguntó Elliot.
Señalé la caja.
—Hay un rastro de esos hongos por todas partes —señalé—. Si te fijas bien, van desde el suelo hasta este librero, suben y terminan en esta caja.
Elliot y Carolina me miraron con curiosidad, como para comprobar si yo hablaba en serio. Luego, examinaron la caja.
—Qué raro —dijo Elliot y extendió una mano para tocar la caja.
Entonces, esta se movió. Se sacudió bruscamente, como si alguien la hubiese empujado desde el otro lado del librero.
Los tres nos sobresaltamos y Elliot dio un respingo, saltando hacia atrás. La caja permaneció inmóvil unos instantes y luego volvió a sacudirse. No era como si alguien estuviera empujando la caja del otro lado. Era como si la caja tuviera algo dentro que se movía y pugnaba por salir.
—¿Qué... —empezó a decir Carolina, pero entonces la caja saltó una vez más, ahora con más fuerza que nunca. Golpeó el estante que tenía arriba con fuerza suficiente como para sacudir todo el librero. Carolina sofocó un gemido y retrocedió dos pasos. Fue entonces cuando la caja saltó de su sitio.
Cayó al suelo con un golpe seco del otro lado del librero. En el estante, quedó un hueco libre, el cual estaba untado de más de aquella sustancia verde.
A través de los libros vimos como la caja empezaba a moverse. Se arrastró con rapidez y un desagradable ruido a mojado, como el que hace una esponja llena de agua si se la deja caer. Rodeó la estantería y, como si pudiera ver por dónde iba, fue directo hasta la puerta, salió y desapareció.
Carolina, Elliot y yo nos quedamos petrificados como estatuas, en donde estábamos.
—Por favor —dijo Carolina de pronto, en voz baja—. ¿Podrían explicarme qué era eso?
—A lo mejor... era un ratón —aventuré—. Las bibliotecas viejas están llenas de ratones.
Eso podía ser verdad, pero seguro que se traba de un ratón muy grande. ¿Y qué ratón va dejando un camino de baba verde por donde se mueve?
Volvimos a mirarnos, como preguntándonos qué hacer y de golpe, los tres corrimos hacia la puerta, para salir.


3

El encargado estaba concentrado en la tarea de rellenar unos formularios cuando salimos al mostrador.
—¿La encontraron? —nos preguntó con tono despreocupado.
—No exactamente —dije—. Creo que encontramos otra cosa. ¿No viste... una caja saliendo por acá?
El encargado me miró como si me hubiese vuelto loco, pero no le dimos tiempo a que respondiera. Evidentemente, había estado tan concentrado en lo que hacía que no había visto la caja salir a su espalda.
—No importa —dijo Elliot, dándome una palmada en el brazo—. Miren.
Carolina y yo nos volvimos y vimos que el rastro iba por el suelo hacia la puerta de vidrio de la biblioteca. Esa puerta se cierra sola si una la deja abierta porque tiene un brazo con resorte. Seguro que alguien había salido y la caja había salido detrás, antes de que la puerta se cerrara.
—Oigan, ¿qué es eso? —preguntó el encargado mirando las manchas verdes del suelo.
No le respondimos. Ninguno de nosotros le prestó atención. Fuimos hasta la puerta de vidrio y salimos.
—Oigan —oí que decía el encargado a nuestras espaldas—. ¿Qué está pasando?
Pero la puerta se cerró tras nosotros y la voz del hombre se apagó.
En el piso blanco del corredor, el rastro era más pequeño, pero más visible.
—Miren —dijo Carolina—. Va hacia las escaleras.
Estábamos en el segundo piso y el rastro iba hacia las escaleras que bajaban a la planta baja.
Bajamos las dos escaleras rápidamente y cuando llegamos abajo, vimos que el rastro iba en diagonal hacia el corredor norte, uno de los que rodeaba el patio central. Fuimos hacia allí y seguimos el camino de gelatina verde hasta la puerta que comunicaba con el patio.
—Salió por acá —dijo Elliot—. Pero, ¿hacia adónde irá?
—No sé —respondí—. Lo que más me llama la atención es ¿cómo sabe a dónde tiene que ir?
—A lo mejor no lo sabe, a lo mejor sólo está andando a ciegas o guiándose por el olfato, como un perro... —empezó a decir Elliot, pero Carolina lo interrumpió.
—¡Esperen! —exclamó—. Alto. Todavía no sabemos qué es lo que estamos siguiendo. ¿Qué había dentro de esa caja?
Los tres volvimos a mirarnos con incertidumbre, como antes. En ese momento, a mí se me ocurrió una idea, pero la descarté enseguida por lo descabellada.
—Lo vamos a saber cuando la encontremos —dije—. Salgamos.
Y los tres cruzamos la puerta.
El patio del IPA, recientemente remodelado, era un enorme cuadrado de cemento, con algunos espacios rectangulares con tierra, en los que creían unos árboles formidables y frondosos.
El corredor nuevo del segundo piso cruzaba el patio de lado a lado, sostenido por gruesas columnas cuadradas. Parecía un largo tren lleno de ventanas que pasara por un puente. Del otro lado de ese puente, estaba la nueva cantina, mucho más espaciosa e iluminada, ya que las paredes eran todas de ventanas con marcos de aluminio. Era mucho mejor que la cueva oscura, húmeda y con un permanente olor a grasa que había en el subsuelo el año anterior.
Bajamos una pequeña escalinata que había en la puerta, mirando fijamente el suelo, en busca de algún rastro.
Había pocas personas en el patio en ese momento, pero si alguno nos vio, seguro que pensó que estábamos buscando un lente de contacto o algo parecido. O simplemente, que estábamos locos.
—¿Ven algo? —preguntó Carolina, buscando cerca de uno de los árboles.
—Creo que sí —dijo Elliot, alejándose de nosotros.
Se acercó al cantero más grande, que estaba frente a los salones nuevos. Allí había algunos arbustos y plantas que tenían un aspecto salvaje. Elliot trepó el banco de cemento que había en el cantero y miró la tierra húmeda y cubierta de musgo.
—¿La encontraste? —le pregunté.
—No veo nada —repuso Elliot—. Debe estar entre las plantas o...
De pronto, un chillido estridente nos sobresaltó. Fue tan agudo y repentino que Carolina gritó, sin poder evitarlo y Elliot dio un salto hacia atrás. Fue un milagro que cayera de pie en el suelo y no sentado.
Al principio no supe de dónde provino. A mí me pareció que había venido desde dentro del corredor. Pero entonces vi que los arbustos del cantero se sacudían con brusquedad. Fue un movimiento breve pero intenso. Las hojas soltaron un murmullo al frotarse entre ellas. Luego, hubo silencio. Un silencio tenso como el que se produce después de que estalla un trueno.
Carolina, Elliot y yo intercambiamos una mirada de perplejidad. Y de miedo.
—¿Qué... fue eso? —preguntó Carolina en voz tan baja que apenas la escuché.
—Un gato —dije.
Estaba seguro, se trataba de un gato. En la cooperativa en la que yo vivo está lleno de gatos callejeros y otros que tienen dueño, pero que por las noches salen a recorrer los techos y los muros, como es costumbre entre los felinos. Y de vez en cuando, en plena madrugada, se puede escucharlos pelear, lanzando bufidos y chillidos que logran despertarme. Algunos chillidos son de furia y otros de dolor, pero son inconfundibles. Y el chillido que acabábamos de escuchar había sido de dolor, estaba seguro. En el IPA también hay unos cuantos gatos, que parecen no tener dueño y pasean distraídamente por el patio y los corredores. A veces se los puede ver echados a la sombra de los árboles o jugando en los canteros, pero son gatos amistosos. No tiene la costumbre de pelearse entre ellos, al menos, yo nunca los vi pelear. Pero ahora, alguno de los gatos había chillado, como si otro le hubiese arrancado un ojo de un zarpazo.
—Vino de ahí —dijo Elliot señalando el arbusto que había en el cantero.
Me acerqué y miré el arbusto, ahora inmóvil. El silencio seguía siendo tan tenso que podía cortarse con un cuchillo.
—Los gatos del IPA nunca se pelean —dijo Carolina, como si me hubiese leído el pensamiento.
—Lo que atacó a ese gato no fue otro gato —respondí. Luego me subí al banco de cemento.
—¡Fede, no! —exclamó Carolina.
—Tranquila —dije—. Sólo voy a ver.
—Cuidado —me advirtió Elliot.
Di un pequeño salto y apoyé los pies en la tierra húmeda y fangosa del cantero. Olía a raíces y a musgo.
Miré el arbusto inmóvil. Me parecía escuchar un sonido leve, casi imperceptible. Como de alguien que mastica un chicle.
Rodeé el arbusto muy despacio. Sentía la mirada penetrante de Elliot y Carolina a mi espalda. Ellos parecían no respirar y estaban quietos como estatuas, observándome.
Empecé a sentir miedo y me pareció que la idea de ver qué había detrás del arbusto ya no era tan buena. “Lo que atacó a ese gato no fue otro gato”. Lo había dicho yo mismo. Entonces, ¿qué había sido? La idea descabellada que había tenido antes volvió a mi mente con más fuerza que nunca.
“No seas estúpido —me dije—. Sí fueron dos gatos. Uno atacó al otro y lo lastimó. Fin del misterio. ¿Qué otra cosa podría ser?”
Terminé de rodear el arbusto y lo primero que vi fue la caja de cartón que había saltado del estante de la biblioteca. Estaba tirada en el suelo, destrozada, como si la hubieran despedazado a dentelladas. Fragmentos de cartón desmenuzados yacían a su alrededor.
Al lado de la caja, en el suelo, cerca de los troncos blancuzcos del arbusto, había algo que se movía. Era algo pequeño, algo que podría haber entrado en la caja de cartón destrozada.
Era algo sin forma aparente. Como un bulto de una sustancia húmeda y verdosa. En la parte superior tenía una veintena de esferas pequeñas de un desagradable color amarillo. En la parte posterior, como una cola, le salía un rulo de color azul oscuro y aspecto enfermizo. A los costados, tenía muchas pequeñas patas muy delgadas, como las de un ciempiés.
La cosa estaba sobre lo que parecía una peluca negra muy sucia. La parte superior de la cosa se movía despacio, subiendo y bajando, como si estuviera sorbiendo la peluca. Pero entonces me di cuenta que no era una peluca, porque vi una cola larga y peluda asomando por un costado. Por el otro costado, asomaba una garra de uñas largas y curvas. Era el gato. El gato que habíamos escuchado chillar. Estaba siendo devorado por aquella cosa sin forma.
Di un paso hacia atrás y solté un jadeo. Fue involuntario. Pensé que iba a gritar, pero estaba demasiado asustado para hacerlo. El corazón me latía con mucha fuerza y sentía que no podía respirar.
Mis sonidos alertaron a la cosa.
Esta se volvió despacio, moviéndose sobre sus delgadas y rígidas patas. Al volverse vi que tenía una especie de boca, un horrendo hueco lleno de dientecillos como astillas. Los dientes estaban manchados de rojo y tenían pelos de gato atascados entre ellos.
La criatura se deslizó de lo que quedaba del pobre animal: no más que un poco de piel desgarrada y algunos huesos ensangrentados. Abrió la boca y se irguió, como si quisiera mirarme. Sus patas se movieron, como haciéndome señas para que me acercara.
Di otro paso hacia atrás, sin darme cuenta. Una sensación de irrealidad cayó sobre mí. El piso empezó a bambolearse. “Ahora voy a desmayarme —pensé—. Seguro que sí. Me desmayo y esa cosa salta sobre mí para masticarme la cara con sus colmillos”.
Pero no me desmayé. Estaba mareado, pero no me desmayé. Caminé hacia atrás con torpeza, me tropecé con mis propios pies y caí al suelo de espaldas. Carolina y Elliot me vieron y gritaron mi nombre al unísono, pero sus voces sonaban distantes.
Me levanté lo más rápido que pude, a los saltos. La cosa se estaba acercando a mí, caminando con su docena de patas traseras mientras las otras se movían en el aire, trazando pequeños círculos. Querían atraparme.
Salté hacia un costado, me tropecé con el banco de cemento y caí al duro suelo del patio. No fue una caída muy aparatosa, pero me raspé el canto de la mano derecha al tratar de frenarla.
—¿Qué pasó? —preguntó Elliot, desesperado—. ¿Qué pasa?
Me ayudaron a levantarme, pero la verdad es que yo lo hice casi solo.
—La membrana —dije casi sin aliento.
—¿Qué? —preguntó Carolina, casi gritándome.
—La membrana —repetí en voz más alta, señalando hacia el cantero.
Elliot y Carolina se volvieron y miraron hacia donde yo señalaba. La membrana estaba allí. Había trepado al banco de cemento y parecía mirarnos a los tres, aunque no tenía ojos. Al menos, no parecía tenerlos. Su horrible boca se abría y cerraba, abría y cerraba, proyectando aquellos dientes afilados y ensangrentados hacia fuera.
Esta vez fue Carolina la que dio un paso hacia atrás y hubiera caído al suelo si no hubiera chocado contra mí. Vi que Elliot se ponía blanco como un papel. La membrana chorreaba hilos de una baba verdosa que le escurrían por la boca y formaban pequeños charcos sorbe el banco.
“¿Va a atacarnos? —me pregunté—. ¿Qué es lo que va a hacer?”
Como si me hubiese escuchado, la membrana se deslizó nuevamente por el banco, volviendo al cantero.
—¿Adónde fue? —preguntó Elliot—. ¿Adónde se fue?
No respondí. No sabía qué contestar.
Entonces Carolina me miró como si me acusara.
—¿Qué era eso? —preguntó—. ¿Qué era?
—Era... la membrana —dijo Elliot antes de que yo pudiera contestar—. ¿Se dieron cuenta? Era nuestra membrana. La que nosotros hicimos.
Carolina empezó a negar con la cabeza, cada vez más enfáticamente.
—No —dijo—. No puede ser. Eso... eso es imposible. No puede ser...
—Carolina, ¿no te diste cuenta? —le preguntó Elliot—. Sí era. Era la membrana que nosotros hicimos. ¿Qué te crees que hemos estado buscando desde que salimos de la biblioteca? ¿Qué crees que había dentro de esa caja que saltó del estante? ¿Qué crees que dejó todo ese rastro verde por todas partes?
Pero Carolina parecía reacia a aceptarlo.
—Pero no puede ser —dijo—. Lo que estás diciendo no tiene sentido, ¿te das cuenta?
—Es verdad —dije yo—. No tiene sentido. Pero es así, Carolina. Esa era nuestra membrana.
Carolina, acorralada, me miró con resignación.
—Pero... ¿cómo puede ser nuestra membrana? Esa cosa estaba... viva.
—Sí —dije yo—. Creo que... de alguna manera la membrana cobró vida.
—Pero, ¿cómo?
—Los hongos —murmuré.
—¿Qué? —preguntó Carolina, como si no me hubiese escuchado.
—Los hongos —dije mirándola—. ¿Recuerdas la pequeña mancha de hongos que encontramos ayer en la proteína?
—Sí —dijo Carolina.
—Bueno, seguramente no era la única mancha que había —dije—. Los fosfolípidos debían tener hongos en la parte interior o tal vez yo no limpié la mancha lo suficiente. Seguro que por dentro la masa no estaba bien cosida. Los hongos incubaron durante todo ese tiempo, desde que empezamos a hacer la membrana, ya hace más de un mes. El tiempo está húmedo y un poco cálido para la época. Tiempo perfecto para la proliferación de los hongos. Crecieron y se expandieron en la membrana, mientras estuvo guardada en el táper. Hasta que... sucedió esto.
—Pero eso es imposible —dijo Carolina, casi gritando—. Quiero decir, es cierto que los hongos pueden haber crecido en todo este tiempo, pero no hay ningún hongo que sea capaz de hacer que un montón de masa de harina de trigo y palitos de madera se conviertan en una cosa viviente que se mueve y come.
—Bueno... estos hongos sí —dije—. No soy experto en el tema, pero yo nunca había visto hongos como esos.
—Ni yo —dijo Elliot.
—¿Qué es, entonces? —preguntó Carolina—. ¿Un hongo mutante? ¿Una especie nueva de hongo?
—Puede ser —dije yo—. Cualquiera de las opciones es posible.
Carolina se pasó una mano por la frente, como si quisiera ordenar las ideas que tenía dentro de la cabeza.
—Está bien... —dijo—. Está bien... puedo aceptar lo que dicen... por ahora. Pero lo que me preocupa ahora es: ¿qué vamos a hacer? Evidentemente esa cosa es peligrosa y está suelta por ahí.
—Tenemos que encontrarla —dije yo—. Es peligroso... —agregué, pensando en el gato deshecho que había detrás del arbusto. Agradecí que Carolina no lo hubiese visto—. Pero es nuestra responsabilidad. Nosotros hicimos esa membrana.
—Pero no era nuestra intención que se convirtiera en un monstruo carnívoro —dijo Elliot.
—Es verdad, pero somos los únicos que saben que existe —dijo Carolina—. Al menos, por ahora. Fede tiene razón. Es nuestra responsabilidad. Tenemos que encontrarla antes de que ataque a alguien.
—Está bien —dijo Elliot—. Pero hay algo que me preocupa: cuando encontremos la membrana... si es que la encontramos... ¿cómo vamos a detenerla?


4

Los tres saltamos por encima del banco de cemento y comenzamos a examinar el cantero. Los restos deshechos del gato seguían allí, repugnantes. Al verlos, Carolina se tapó los ojos con una mano y se apartó. Yo pensé que iba a gritar, o tal vez a vomitar por la impresión, pero, gracias a Dios, se contuvo.
—Debe estar escondida en algún lado —dijo Elliot, mirando con atención los arbustos.
—No creo que nos ataque —dije yo—. Después de todo... ya comió.
Pero mis palabras no parecieron tranquilizar a mis amigos.
—¿Ven algún rastro? —inquirió Elliot.
—Nada —dijo Carolina.
Yo estaba caminando despacio, con la cabeza gacha, mirando fijamente el suelo barroso. Era muy difícil distinguir si había rastros de hongos en el suelo, ya que en su mayor parte estaba cubierto de musgo, líquenes y hierbas. Pero de pronto, me topé con una tapa de alcantarilla, que sobresalía de la tierra. Era cuadrada y tenía agujeros redondos, como una galleta gigante. La tapa, que parecía nueva, como todo en el patio remodelado, tenía embarrada una mancha verde encima.
—Creo que encontré algo —anuncié.
Carolina y Elliot, que estaban más atrás, se acercaron.
Los tres miramos la tapa.
—Debe haber pasado por ahí —dijo Elliot, señalando los agujeros redondos—. Debe estar abajo, en el alcantarillado.
—¿Vamos a tener que bajar ahí? —preguntó Carolina.
—Creo que deberíamos bajar Elliot y yo —dije.
Carolina lo pensó un instante.
—No, yo también voy —dijo.
—No es necesario, Carolina —empecé a decir, pero ella me interrumpió.
—Sí —dijo—, es necesario. No quiero quedarme acá mientras ustedes están ahí abajo. Me voy a sentir mucho peor. Voy a acompañarlos. A lo mejor, necesitan mi ayuda.
—Está bien —dije.
Me incliné hacia delante y levanté la tapa, sujetándola por los agujeros, cuidando de no mancharme las manos con los hongos gelatinosos. La tapa era bastante más pesada de lo que había creído y parecía estar colocada a presión. Salió con un sonido hueco, acompañada de un olor a humedad muy penetrante.
Deje la tapa a un costado y contemplé el hueco cuadrado. El pozo debía medir unos veinte metros de profundidad y podía verse, al fondo, en la húmeda oscuridad, una pequeña corriente de agua sucia. El sonido nos llegaba hueco y cavernoso, como el rugido de alguna criatura mitológica escondida en una cueva.
—Bueno... bajemos —dije.
Yo fui primero, porque sabía que Elliot y Carolina no se iban a atrever.
Una de las paredes del hueco tenía una escalera hecha con gruesas vigas de hierro que llegaba hasta el fondo. Me metí en el hueco, me sujeté con fuerza (las vigas estaban mojadas y un poco oxidadas) y empecé a bajar.
Cuando bajé un par de metros, levanté la cabeza y miré a mis amigos. Ellos estaban fuera, mirándome con atención. La luz del día brillaba alrededor de sus rostros pasmados con un aire espectral.
—Vengan —dije—. No pasa nada.
Elliot fue primero y Carolina lo siguió.

Unos minutos después, habíamos llegado al fondo. La corriente de agua de color gris-marrón pasaba por entre nuestros pies, siguiendo la dirección de un túnel que parecía interminable. Allí abajo, el aire era prácticamente irrespirable. Olía a humedad, a barro podrido y un poco a orina.
—Creo que acá desembocan todos los baños del IPA —dijo Elliot, observando las rugosas paredes de cemento, manchadas de moho.
—Puede ser —dije—. Tengan cuidado. Caminen por el medio. No se acerquen a las paredes, porque ahí están los desagües.
Como si mis palabras fueran una invocación, se escuchó un ruido de agua moviéndose y un segundo después, un chorro de un líquido color amarillento cayó por uno de los desagües que había en la pared, sumándose a la corriente que pasaba por el suelo.
—Qué asco —dijo Carolina, en un murmuro impresionado.
—Te dije que te quedaras arriba —le respondí.
—No, me quedo abajo —repuso ella.
—Hay que pensar... ¿a dónde pudo haber dio la membrana? —dijo Elliot.
—Creo que sólo pudo haber seguido una dirección —repuse mirando el fondo oscuro del túnel.
—Ojalá tuviéramos una linterna —dijo Carolina.
—Sí tenemos, en cierto modo —dijo Elliot, buscando en sus bolsillos. Finalmente, extrajo su teléfono celular—. Saquen sus celulares —agregó.
Carolina y yo obedecimos. Me pregunté cómo no se me había ocurrido antes. La luz de la pantalla podía servirnos para ver por dónde íbamos.
—No son exactamente linternas —dijo Elliot—. Pero van a servir.
—Ojalá tuviéramos un arma —dijo Carolina entonces, con tono de ironía, pero sin humor.


5

Empezamos a caminar por el túnel, por el medio, cuidando de no acercarnos a las paredes, con el agua corriendo por entre nuestros pies. Podría decirse que seguíamos la corriente.
De vez en cuando veíamos grupos de enormes cucarachas saliendo de grietas en las paredes del túnel. Parecía que se alimentaban de una sustancia naranja que había por todas partes, formando repugnantes burbujas. Me pregunté que sería aquella cosa, pero en realidad no quería averiguarlo. También veíamos ratas. Increíblemente, no fueron muchas las que encontramos, pero sí algunas, de color gris o marrón, bastante grandes y repugnantes. Caminaban pegadas a las paredes del túnel, huyendo de la luz que proyectaban nuestros teléfonos, horadando la pestilente oscuridad.
Al principio caminamos en silencio. Podíamos sentir la tensión en el aire. Pero al cabo de unos minutos, Carolina preguntó:
—¿Cómo podemos estar seguros de que la membrana vino por acá?
—Por eso —dije yo, señalando hacia arriba. Carolina levantó la cabeza y miró el sucio techo del túnel. El rastro verde de hongos pasaba por allí—. ¿Quieres volver? —le pregunté a Carolina.
—No, ya es tarde para echarse atrás —dijo ella.
—¿Escuchan eso? —preguntó Elliot de pronto.
—¿Escuchar qué? —pregunté.
—Creo que algo se mueve, más adelante —respondió Elliot en voz baja, señalando el fondo oscuro del túnel. Allí, parecía que la oscuridad era infinita.
Agucé el oído y pude escuchar, por encima del sonido del agua, una serie de crujidos leves. Como si alguien estuviese aplastando las cucarachas que poblaban el túnel con unas botas muy gruesas.
—Deben ser las ratas —aventuré.
Elliot y Carolina guardaron silencio.
—Sigamos —dije.
Empezamos a caminar otra vez, ya que nos habíamos detenido al percibir aquél sonido. El sonido desagradable se iba haciendo cada vez más audible. Sentí que mi corazón empezaba a latir cada vez más fuerte, como cuando ví a la membrana por primera vez...
Carolina se detuvo en seco, ahogando un gemido. Ella estaba a mi izquierda y Elliot a mi derecha. Yo iba en el medio. Carolina miró hacia la pared de la izquierda y nosotros también.
La membrana estaba allí. Acurrucada en un rincón, casi pegada a la pared del túnel. Era evidente que estaba comiendo, porque se movía igual que cuando la había visto devorar al gato. La parte superior, perlada de bolas de masa amarilla, subía y bajaba despacio. Era un movimiento que daba escalofríos, sobre todo porque uno sabía que estaba comiendo.
Debajo de la membrana había un pequeño montículo de cucarachas muertas. Aunque, en realidad, la mayoría de ellas estaba moribunda. Podían verse las patas moviéndose con ciego frenesí, pugnando inútilmente por escapar.
“No eran las ratas”, pensé, mientras contemplaba pasmado aquél horrible espectáculo. El crujido extraño que habíamos escuchado era la membrana comiendo gordas y crujientes cucarachas.
Al principio ninguno de nosotros habló. Estábamos demasiado impresionados, como al principio.
—Deberíamos... hacer algo —dijo Elliot en voz muy baja, como queriendo evitar que la membrana lo oyera. Parecía que, hasta el momento, no se había percatado de nuestra presencia.
Elliot tenía razón. Teníamos que hacer algo... pero, ¿qué? La idea que tenía en la cabeza era la de matar a la membrana... de alguna forma. Pero, ¿cómo? ¿Con qué? “Ojalá tuviéramos un arma”, había dicho Carolina cuando entramos al túnel. Y tenía razón.
—Creo que... —empecé a decir, pero no pude terminar.
Vi que Elliot pasaba a mi lado a toda velocidad, con los brazos levantados. Tenía algo en las manos, que sostenía por encima de la cabeza. Ví que se trataba de un herrumbrado tubo de plomo cuando Elliot lo descargó con toda su fuerza (que no era mucha) sobre la membrana.
—¡Elliot! —gritó Carolina.
La membrana no notó lo que pasaba, hasta que pasó. Al parecer, las cucarachas le gustaban demasiado como para dejarlas. El pesado tubo cayó sobre ella con un ruido a mojado. Fue como si Elliot golpeara un montón de gelatina.
La membrana se desmenuzó en varios pedazos que salieron salpicados en varias direcciones. Un par de ellos quedaron embarrados contra la pared, otro cayó al riachuelo que corría por el túnel, siendo arrastrado por la corriente.
Las pocas cucarachas que quedaban vivas, huyeron despavoridas, en cuanto Elliot las liberó de su captor.
“Corran, son libres”, pensé de pronto, sin darme cuenta y estuve a punto de soltar una carcajada histérica.
El golpe había sonado como una campanada, cuando el tubo chocó contra el cemento del suelo... sólo que fue como escuchar una campanada con la cabeza dentro de la campana. El sonido reverberó y se alejó por el túnel. Sentí una dolorosa vibración en los tímpanos.
Elliot estaba muy agitado por el esfuerzo. Tenía la cara roja y estaba jadeando. Los lentes se le habían torcido, dándole el aspecto de un loco. Aún sostenía el tubo, cuya punta manchada de verde estaba apoyada en el suelo, en medio de un círculo de cucarachas carcomidas.
Carolina y yo nos miramos. Nunca habíamos visto a Elliot actuar así.
Nos acercamos a él. Le toqué el hombro y él se volvió, sobresaltado. Pensé que iba a partirme el tubo de plomo en la cabeza.
—Tranquilo —dije, levantando las manos y echándome hacia atrás—. No me vas a aplastar a mí también, ¿no?
Elliot pareció tomar conciencia de su estado. Miró el tubo y se sorprendió, como si se hubiera olvidado de que lo tenía. Lo dejó caer, se acomodó los lentes y se pasó una mano por el cabello revuelto.
—Perdón, es que... —empezó a decir.
—No importa —repuse—. Bien hecho. De haber sabido que era tan fácil, lo hubiera hecho yo.
—Creo que fue demasiado fácil —dijo Elliot. Luego, sonrió. Entonces yo sonreí. Y Carolina también. Sonreímos de alivio.
—Ya podemos irnos de este lugar horrible —dijo Carolina.
Yo estaba de acuerdo.
Pero entonces miré la pared y la sonrisa se desvaneció de inmediato de mis labios. Carolina y Elliot lo notaron y ellos también dejaron de sonreír.
—¿Qué pasa? —preguntó Carolina.
Sin decir nada, señalé hacia la pared. Ellos se volvieron. Así, los tres vimos como el grumo de membrana que había quedado pegado en la pared, se deslizaba hacia abajo lentamente. Pero no como si estuviera cayendo por efecto de la gravedad... sino como si se moviera conscientemente. Era como contemplar una babosa deforme y sobredimensionada.
La cosa se arrastró hasta el suelo y en ese momento, otro de los grumos, éste más grande, se arrastró hasta el primero. Ambos se fusionaron, se pegaron, uniéndose en uno. Otros dos trozos aparecieron, arrastrándose de distintas partes. El pedazo que había caído al agua y que yo creía que a esa altura se encontraba muy lejos, arrastrado por la corriente, salió del agua gris, se deslizó, dejando un rastro mojado y se unió a los demás.
La membrana se recompuso, se formó de nuevo ante nuestros ojos. Las bolas de masa amarilla aparecieron en su dorso encorvado otra vez, como si le crecieran. También volvieron a aparecer las patas hechas de palitos. Algunos fragmentos más pequeños también aparecieron y se unieron a la membrana. En menos de un minuto, quedó completamente regenerada. Su forma no era exactamente igual a la original, pero se parecía bastante. Pero... había algo más.
El tamaño.
La membrana era más grande que antes, estaba seguro. No se debía a un efecto de la deformación. La membrana había crecido.
“Es lógico —pensé—. Después de todo lo que comió... Pero, ¡por Dios!, sí que crece rápido”.
Una vez formada, la horrible boca llena de dientes se abrió mucho y soltó un bufido de ira. Me pregunté si el golpe que le había dado Elliot le había dolido. Pensaba que sí. O lo deseaba.
La membrana volvió a pararse sobre su parte trasera, moviendo las patas como si quisiera atraparnos. Elliot, Carolina y yo dimos un paso hacia atrás, al unísono. Entonces, la membrana saltó hacia delante, como propulsada por un resorte. Nosotros dimos un salto al mismo tiempo. Creo que, de no haberlo hecho, la membrana me habría caído de lleno en la cara. Pero cayó en el agua, con un chapuzón. Empezó a mover las patas con rapidez, manteniéndose a flote. Yo pensé que iba a nadar hacia nosotros, pero en lugar de eso, dio media vuelta y empezó a alejarse por el túnel, chapoteando con sus cientos de pequeñas patas.
—¿Adónde... a dónde va? —preguntó Elliot, pasmado.
—No sé —dije. Yo también estaba sorprendido. ¿Por qué no nos había atacado después del golpe que le habíamos dado?
“Tal vez no sea tan peligrosa después de todo”, me dije. Pero esa idea no me convencía.
Mientras pensaba en esto, Carolina empezó a caminar por el túnel.
—¿Adónde vas? —le pregunté.
—A seguir a la membrana.
—No, Carolina —dijo Elliot—. Mejor salimos de este maldito túnel mientras todavía podemos...
—No —repuso Carolina—. No me voy a ir. Voy a seguir a esa cosa e intentar detenerla. Quiero saber a dónde va.
Carolina siguió caminando, alejándose de nosotros. Elliot y yo nos miramos. “Tenemos que hacer algo —pensé—. Y rápido”.
Y como si Elliot me leyera la mente dijo:
—Carolina, espéranos.
Y los dos fuimos tras ella.


6

Llegamos a la escalera de vigas de hierro que subía por el conducto que había al final del largo túnel, con los pies chapoteando sobre el riachuelo de agua sucia que corría a con nosotros. En realidad, el túnel no terminaba allí, sino que describía una curva en ángulo recto y se alejaba hasta perderse en la oscuridad.
—Bueno... —dije yo cuando llegamos a esa esquina—. ¿Qué hacemos?
Teníamos dos opciones: subir por la escalera, o seguir por el otro túnel. Yo, optaba por la primera.
—La membrana no está por aquí —observó Carolina, mirando a su alrededor—. A lo mejor siguió por ese túnel...
—No lo creo —replicó Elliot. Carolina y yo nos volvimos a mirarlo. Elliot estaba parado frente a la escalera y se miraba la mano con atención. Luego, nos la enseñó. Tenía los dedos embadurnados de verde—. Me parece que subió por aquí. Hay rastros de esta porquería en la escalera.
Observé las gruesas vigas de hierro y comprobé que era cierto. Al parecer, la membrana había subido, pero, ¿cómo? ¿Y por qué?
Los tres miramos hacia arriba.
—¿Adónde llevará esta escalera? —preguntó Carolina.
—Sólo hay una manera de averiguarlo —dijo Elliot.
En lo alto, flotando en la oscuridad, se veía un delgado destello de luz brillante, como el que entra por una persiana al amanecer.
Carolina saltó hacia la escalera, sujetándose con ambas manos de uno de los escalones y empezó a trepar con rapidez.
Cuando Carolina ascendió dos o tres metros, empezó a subir Elliot y al final yo. Pero antes, me volví para mirar el oscuro túnel. Escuchaba un chapoteo en el agua, que se acercaba...
“Sólo deben ser las ratas”, me dije.
El ascenso fue bastante trabajoso. Los escalones estaban resbaladizos, viscosos, como cubiertos de baba. Me resbalé unas cuantas veces y en algunas de ellas, estuve a punto de caer al vacío. Comprendí que, si eso hubiera pasado, me podría haber roto una pierna... o el cuello. Pensé que lo primero era lo peor. Si me rompía una pierna, sentiría un dolor insoportable y ya no podría levantarme, y sería carnada viva para las ratas. En cambio, si me rompía el cuello, moriría de inmediato y no sentiría nada.
Pero no me caí, gracias a Dios, y logré llegar a la superficie con mis amigos.
Carolina y Elliot me ayudaron a salir del hueco cuando ellos salieron.
Me incorporé, agitado, con la ropa húmeda y apestando a alcantarilla. Saber que Carolina y Elliot se encontraban en un estado similar al mío no me servía de consuelo.
Nos miramos como si fuera la primera vez que nos veíamos después de diez años.
—¿Están... están bien? —Tuve que aclararme la garganta para poder hablar.
—Sí —dijo Elliot—. ¿Y tú?
—Creo que... creo que sí —logré responder, mirándome la ropa, mojada y sucia. Pero de inmediato, me volví hacia el hueco, que seguía abierto como la horrible garganta de un monstruo subterráneo—. ¿Dónde estamos?
—En el baño —dijo Elliot.
Observé que era cierto. Estábamos en un baño. Era pequeño, de azulejos blancos y olía intensamente a desinfectante. El compartimiento del inodoro estaba cerrado por una puerta de madera.
—Pero... ¿en qué baño estamos? —pregunté.
No era uno de los baños del IPA. Era demasiado pequeño, para empezar, y además no tenía las paredes llenas de grafitis hechos con marcadores o tizas. Y además, estaba demasiado limpio. Había una única pileta y, debajo de ésta, una vieja caja de herramientas, oxidada y sin tapa.
—No me digan que estamos en el baño de una casa —dije—. No me digan que estamos en la casa de alguien...
Me imaginé que sucedería si el dueño o dueña de casa abriera la puerta despreocupadamente para usar su baño y de golpe se encontrara con nosotros tres. Me imaginé que en otras circunstancias, hubiera sido una escena jocosa.
—No creo —dijo Elliot—. No avanzamos tanto por ese túnel.
—Miren el rastro —dijo Carolina señalando el sueño.
El rastro de baba verde partía del desagüe e iba en diagonal hacia la puerta, la cual se encontraba abierta apenas unos centímetros. Del otro lado, nos llegaban ruidos leves de platos y vajilla entrechocando, como si provinieran de un comedor.
Elliot iba a decir algo pero se interrumpió, cuando escuchamos un grito agudo que reverberó en las gruesas paredes del baño. Después del grito, escuchamos un golpe sordo, contundente, luego un vidrio que se rompía como si alguien le hubiese dado una patada y finalmente un grito de hombre que era más de protesta que de miedo.
Los tres miramos a nuestro alrededor. No tuvimos que buscar mucho para saber de dónde provenían los gritos.
Abrí la puerta con rapidez y los tres nos apretujamos en el umbral para poder salir.


7

“Somos como bomberos, o policías —me dije—. En lugar de huir del peligro, corremos hacia él”.
Era verdad, pero no podíamos hacer otra cosa. Debíamos detener a la membrana, antes de que causara más daño.
En cuanto salimos de aquel baño que olía a pino artificial, me di cuenta de que no estábamos en una casa particular. Seguíamos en el IPA, sólo que estábamos en la cantina. Habíamos llegado a ella a través de las alcantarillas como extrañas ratas humanas. Elliot tenía razón: no habíamos avanzado tanto por ese túnel.
Estábamos en el lado del mostrador que corresponde a los dueños de la cantina, lo que vendría a ser la cocina, en donde había dos grandes máquinas para freír y hornear. Allí se cocinaban milanesas, hamburguesas, papas fritas y toda la comida “de verdad” que vendía la cantina. La mayoría de la gente creía que, en general, era buena comida, aunque los precios eran exorbitantes.
Al entrar, vimos que la cantina era un caos... para ponerlo en palabras de Elliot, “era un verdadero Pandemónium”.
Había un par de mesas volcadas y unas cuantas sillas también, seguramente debido a la gente que se había levantado de golpe al ver interrumpido su almuerzo de una manera tan repentina. Había un charco de café en el suelo y algunos platos de comida tirados. La comida estaba embarrada sobre las baldosas grises.
En el suelo junto al mostrador había un montón de trozos de porcelana blancos... las tazas para café y té habían caído al suelo, haciéndose añicos. También habían caído los cestos de alambre en donde se colocaban los paquetes de las catorce marcas de galletas que vendía la cantina.
Al principio no vimos a nadie. Era como si estuviéramos sólos. Pero entonces, escuchamos un chillido, y luego a alguien que exclamaba:
—¡Por Dios!, ¿qué es esto?
En el rincón opuesto al que nos encontrábamos, había tres personas. Una era Enriqueta, la dueña y administradora de la cantina. El otro era Cleto, su marido, que siempre llevaba puesto un delantal blanco, aunque no era el encargado de cocinar, sino más bien de ayudar a su mujer, aunque en realidad siempre parecía que oficiaba de sirviente. Y la tercera era Anastasia, la ayudante de cocina, una muchacha delgada de cabello negro y rostro ingenuo, que no aparentaba más de quince años.
La membrana también estaba allí, por supuesto, y tenía a los tres arrinconados, como un perro rabioso que ha capturado a un trío de ladrones y no piensa dejarlos escapar.
Me di cuenta de que la membrana realmente parecía un perro, por el tamaño que había adquirido. Había aumentado tal vez tres o cuatro veces su volumen y ahora tenía las dimensiones de un pastor alemán bien alimentado. También noté que además de haber crecido notablemente, había mutado: a los costados del cuerpo blando y viscoso le salían un par de tentáculos de algo más de un metro de largo. Eran gruesos y de color verdoso, como dos babosas gigantes que se sacudían y ondulaban. Estaban embadurnados en una baba amarillenta que chorreaba al suelo en repugnantes gotas como mocos.
Los tentáculos trataban de sujetar los tobillos de Enriqueta y sus protegidos, pero ella se los impedía, lanzándoles cuchilladas con el enorme cuchillo para cortar carne que tenía en la mano. Cleto y Anastasia estaban detrás de ella, agazapados, como polluelos asustados detrás de la gran madre gallina. De vez en cuando, Cleto lanzaba un golpe con el repasador manchado de grasa que tenía.
—¡No te acerques, monstruosidad! —gritaba Enriqueta. La membrana soltaba chillidos de furia, que sonaban como los de un murciélago gutural.
“¡Por Dios! —pensé—, ¿cómo es posible que haya crecido tanto? Seguramente comió de los productos que vende la cantina y eso hizo que creciera de golpe. Si sigue así... ¿a qué tamaño podría llegar? ¿Qué sucedería si se come a alguien?”
Tuve una pavorosa visión, en la que la membrana crecía hasta ser más alta que un edificio y salía a aterrorizar la ciudad, al estilo Godzila.
—Tenemos que hacer algo —dijo Carolina, aterrada.
Cleto nos había visto en cuanto llegamos y nos miraba con expresión suplicante.
—¡Ayúdenos, por favor!
Era verdad; teníamos que hacer algo y rápido.
Podíamos intentar herir a la membrana, pero sabíamos que sería inútil: volvería a regenerarse de inmediato, como había ocurrido en el túnel. Si Enriqueta le cortaba un tentáculo con el cuchillo, seguro, este volvería a crecer.
Desesperado, miré en derredor, buscando cualquier cosa que pudiera servirnos para detener al monstruo.
Entonces, de repente, pensé: “¿Qué puede matar cualquier ente vivo? Muchas cosas. Enfermedades... cambios bruscos en el ambiente en el que viven... cambios climáticos...”
“Cambios climáticos”.
El calor extremo puede matar a cualquier ser viviente.
Y el frío extremo también.
Recordé algo que había leído hacía un tiempo en la revista Investigación y Ciencia, en un artículo que trataba sobre el origen de la vida en la Tierra. Allí se exponían unas cuantas teorías y una de ellas era la del hielo líquido que provenía del espacio y que podría haber albergado las moléculas que dieron origen a la vida. El artículo comenzaba diciendo: “El hielo mata la vida”.
Era verdad. Así que necesitábamos hielo, mucho hielo.
La cantina contaba con un congelador como los que hay en los frigoríficos, pero me pareció demasiado difícil hacer que la membrana se encerrara ahí.
Así que fui hasta la pared en la que estaba colgado el extintor de incendios, sobre un rectángulo amarillo.
Estaba sujeto con dos correas de cuero, pero yo le di un tirón tan fuerte, que se desprendió sin problemas. Me di cuenta que era más pesado de lo que yo había creído. En las películas parecen más ligeros.
Me acerqué a la membrana, por detrás, apuntando el extremo cónico del aspersor hacia ella.
En ese momento, la membrana lanzó uno de sus tentáculos con rapidez y sujetó el tobillo de Anastasia. Ella soltó un chillido. La membrana dio un tirón y Anastasia cayó de espalda al suelo. La membrana empezó a atraerla hacia ella, mientras su enorme boca llena de dientes se abría y se abría.
—¡Oye, tú! —grité a la membrana y le di una patada a la espalda llena de bultos amarillos.
La membrana se volvió de inmediato, enseñándome su horrenda boca babeante. Vi que tenía no dos, sino cuatro ojos, saltones y redondos, de color negro y rojo. Parecían los ojos de un demonio, inyectados en sangre.
—¡Toma esto, cara-de-vómito!
Accioné la palanca del extintor y una nube blanca y helada salió con mucha presión por la boca del aspersor. La membrana soltó un chillido y su cuerpo blando se estremeció mientras aquella sustancia blanca la cubría.
La nube se disipó un poco y pude ver que la cara de la membrana estaba cubierta de espuma, como si tuviera rabia. No era suficiente, así que le disparé otra vez. La membrana volvió a chillar.
“La estoy venciendo —pensé—. Estoy...”
De pronto, la membrana lanzó uno de sus tentáculos, que fue como un látigo, me sujetó las piernas y dio un tirón, igual que había hecho con Anastasia momentos antes. Me desplomé en el suelo, resbalando sobre aquélla espuma blanca.
La membrana empezó a atraerme hacia ella, mientras abría la boca. Noté que el extintor había empezado a hacer efecto. La membrana tenía costras heladas sobre la cara, que se le desprendían, dejando horribles yagas rojizas. Uno de sus ojos se había cubierto de escarcha y parecía a punto de desprenderse. Pero era fuerte, demasiado fuerte y resistente.
Siguió atrayéndome hacia ella y yo seguí disparándole con el extintor. Algunos de los afilados dientes se le cayeron, congelados, con trozos de encía pegados a ellos.
Elliot y Carolina me sujetaron con rapidez de los hombros y tiraron hacia atrás, forcejeando, en un intento de que la membrana me soltara, pero era inútil.
La membrana abrió enormemente la boca y pude ver su lengua larga y gruesa, retorciéndose como una serpiente morada y cubierta de ampollas. La lengua salió, reptando, y empezó a dar golpes ciegos en el aire.
Anastasia se acercó por detrás de la membrana y le hundió el cuchillo en la espalda. La enorme hoja se hundió como en una esponja embebida en baba de caracol. Creo que la membrana apenas lo notó.
Mis pies ya estaban dentro de su boca. Si la cerraba, los dientes me cortarían las piernas como los de una sierra. Tenía que actuar con rapidez.
La horrible lengua cayó sobre mí, como si me saboreara. También tenía costras congeladas y se estaba despedazando, pero poco a poco.
Entonces, me erguí, inclinándome hacia delante y hundí el extintor en las fauces de la membrana, todo lo que pude. Lo empujé con los brazos y las piernas, para que la membrana no pudiera escupirlo.
Fue entonces, cuando me soltó. Me levanté de inmediato y todos vimos como la membrana empezaba toser, a convulsionarse. El extintor era demasiado grande para ella y no podía comérselo de un bocado.
Su cuerpo semi congelado, cubierto de espuma blanca, estaba empezando a desmoronarse, pero todavía luchaba y parecía que iba a resistir mucho más.
Miré a mí alrededor. Todos los rostros pasaron ante mí, borrosos. Todos, excepto uno.
—¿Dónde está Carolina? —le pregunté a Elliot, casi gritándole.
Elliot sacudió la cabeza, asustado.
—No sé —dijo.
—¡Apártense! —gritó alguien, de pronto.
Nos volvimos y vimos que Carolina estaba allí. Tenía algo en la mano y lo sujetaba a la altura del hombro, como si estuviera dispuesta a lanzarlo.
No ví lo que era hasta que lo arrojó: un martillo, que seguramente había sacado de la caja de herramientas que había en el baño, bajo la pileta. Era un martillo grande, pesado, de esos que tiene un extremo en forma de horquilla, para saca clavos.
El martillo voló en el aire, girando sobre sí mismo, y dio de lleno en el extremo del extintor que sobresalía de la boca de la membrana, con un sonoro ¡clang!. El extintor estalló.
Todos nos lanzamos al suelo al unísono, al tiempo que una nube de trozos de membrana salía volando en todas direcciones.
Escuché un grito final, agónico, débil y luego el sonido húmedo que hacían las entrañas de la membrana al impactar contra las paredes, las ventanas, el suelo, el techo y nosotros. Cuando estaba en el piso, tendido boca abajo, con las manos sobre la cabeza, sentí que algo como gasa mojada me caía encima y me estremecí de repugnancia.
La explosión sonó sorda, como si un globo muy inflado hubiese reventado debajo del agua. Luego, escuchamos el golpe metálico de lo que quedaba del extintor al caer al suelo.
Y luego, silencio.


8

Cuando consideré que la tormenta había pasado, abrí los ojos y levanté un poco la cabeza. Había un silencio increíble, pero a mí me zumbaban los oídos.
Lentamente, me puse de pie.
Me dolía la cabeza y me sentía mareado.
Miré a mi alrededor y vi que una neblina fría lo envolvía todo, una neblina que se disipaba despacio.
En el suelo, donde había estado la membrana, había un charco enorme de color verdoso, con forma de estrella. Algunos grumos sin forma sobresalían en él, inertes, como tozos de gelatina.
Había trozos de membrana por todas partes. Las manchas verdes que había en el techo goteaban. Vi que en el techo había algo más: el martillo que había lanzado Carolina. La explosión lo había eyectado con una fuerza tal, que se había incrustado en el cielorraso. Las ventanas estaban embadurnadas de la misma sustancia, que chorreaba despacio hacia abajo, como la sangre en las películas de terror.
Me miré el cuerpo y noté que estaba en las mismas condiciones. Tenía las manos, los brazos y la ropa cubiertos de baba verde y otras cosas que no quise imaginar. Mi cara, seguramente, estaba igual. Sentía que tenía algo pegado en una mejilla. Lo despegué, apretando los dientes para no desfallecer ante la impresión y vi que era uno de los dientes de la membrana. Había volado con la explosión.
Elliot estaba tendido al lado mío y Carolina también. Ella fue la primera que se levantó. Me miró con expresión aturdida, como si no me reconociera. Y yo, por poco, tampoco la reconozco a ella: su cara estaba pintada de verde casi en su totalidad.
Miró la gran mancha que había en el suelo y después volvió a mirarme a mí.
—¿La... la matamos? —preguntó.
Asentí.
—Sí —dije—. La mataste.
Carolina esbozó una sonrisa confundida y luego miró a Elliot.
—Elliot —dijo—. ¿Estás bien?
Elliot seguía tendido en el piso, con las manos sobre la cabeza.
—Elliot —dije yo—, levántate. Ya se terminó.
Elliot levantó la cabeza y nos miró, confundido. Tenía los lentes cubiertos de baba y los limpió con los dedos. Un colgajo de membrana estaba adherido a su cabello.
—¿Ya... ya pasó? —preguntó.
—Sí —respondí—. Ya se terminó la pesadilla.
Elliot se volvió y miró a Carolina.
—Buen movimiento —le dijo.
—Gracias —dijo ella.
En ese momento, Enriqueta, Anastasia y Cleto estaban incorporándose. Cleto tenía el delantal completamente manchado de una sustancia morada.
—¿Están todos bien? —preguntó mientras ayudaba a Anastasia a ponerse de pie.
—Sí —dije yo—. Todos bien. ¿Y ustedes?
Cleto se miró el delantal.
—Estamos... bien —dijo, sin mucha convicción.
—Menos mal que aparecieron, chicos —nos dijo Anastasia—. Esa cosa estuvo a punto de...
Calló, al darse cuenta de que la idea era demasiado horrible para decirla en voz alta.
—No hay problema —dijo Elliot.
—¿Qué era esa cosa? —preguntó Cleto, mirando la mancha del suelo—. ¿De dónde salió?
—Es... una historia muy larga —respondí.
—Bueno —dijo Enriqueta de pronto. Tenía una escoba en una mano y un trapo en la otra y nos miraba a todos con expresión regañona. No tengo idea de dónde sacó las cosas para limpiar, aparecieron en sus manos como por arte de magia—. Es hora de limpiar este desastre... ¡Cleto! ¡Ve a buscar un balde con agua!
—Sí, enseguida —dijo Cleto al instante y fue apresurado al baño.
Elliot me miró con expresión interrogante.
—¿Crees que vuelva a regenerarse? —inquirió.
—No, no creo —me apresuré a responder—. Explotó en un millón de pedazos y la mayoría no son más que puré... Aunque por las dudas, creo que habría que juntar todo lo que queda de la membrana en una bolsa y arrojarla al incinerador.
—Buena idea —dijo Carolina.
Elliot miró algo que tenía en la punta del zapato. Era un grumo de una masa color naranja, idéntico a la sustancia que habíamos visto pegada en las paredes del túnel. El grumo se movía, muy despacio... pulsaba. Como si tuviera algo dentro que quisiera salir.
La sonrisa de alivio que había estado dibujándose en el rostro de Carolina, empezó a desvanecerse.
—¿Qué es eso? —murmuró en voz tan baja que apenas la escuché.
Recordé los grumos naranjas del túnel... había cientos, tal vez miles.
El que tenía Elliot en el zapato empezó a abrirse. Algo asomó por la grieta diminuta, pero apenas tuvo tiempo de hacerlo. Elliot sacudió el pie, el grumo cayó al suelo y de inmediato lo aplastó con fuerza.
¿Qué era esa cosa? ¿Un huevo? ¿Un embrión? ¿Acaso la membrana había tenido cría?
Me imaginé todos esos grumos reventando en las alcantarillas y un montón de diminutas membranas saliendo, reptando por las paredes y nadando hacia el agua, hacia la corriente subterránea, que podía llevarlas prácticamente a cualquier lugar.
Cerré los ojos y me estremecí.
Miles de membranas pequeñas, invadiendo la ciudad...
Casi podía verlo.