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Aquí encontrarán contenido muy variado: desde cuentos debidamente ficcionalizados a análisis y soluciones de videojuegos, pasando por otras categorías indefinidas que podrán ser analizadas por los lectores mientras las estén procesando.

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martes, 22 de diciembre de 2009

Cómo preparar un examen en un mes

Válido para estudiantes universitarios y de secundaria
(Especialmente recomendado para estudiantes del IPA)

Esta es una guía práctica de pasos a seguir antes de rendir cualquier examen.

1) TREINTA DÍAS ANTES. Empezar a recopilar el material de estudio. Esto significa: ordenar los papeles, fotocopias, apuntes, libros, trencitos y demás, acumulados a lo largo del año lectivo. No es necesario empezar a leer nada, simplemente clasificar el material de estudio según un orden establecido arbitrariamente por el estudiante. Por ejemplo, se pueden ordenar las fotocopias por tema, por orden cronológico, por precio, etc. Esto se puede hacer varias veces por día para dar la idea a parientes y amigos que uno está dedicado en un cien por ciento al estudio.

2) VEINTE DÍAS ANTES. Empezar a estudiar despacio los temas más fáciles del programa. Dedicar al menos dos horas de estudio por día, durante una semana, con lapsos de descanso de media hora a cuarenta y cinco minutos entre tema y tema. Puede continuarse con la clasificación del material, para prolongar las sesiones de estudio.
 
3) QUINCE DÍAS ANTES. Empezar a sacar apuntes y hacer resúmenes de los temas más largos, si no fueron hechos previamente. Dedicar de tres a cuatro horas y media al estudio, concentrándose en los temas que le resulten más complicados. Se acepta consultar con compañeros, profesores, parientes, médicos, abogados, bomberos o con cualquier otro allegado para despejar dudas. No se recomiendo continuar con la clasificación del material, porque, a estas alturas, puede levantar sospechas en el entorno de que uno no está haciendo nada, que simplemente está “haciendo que estudia”.

4) DIEZ DÍAS ANTES. Empezar a levantarse temprano, esto significa, antes del mediodía, entre las ocho y las nueve y media. Extender las sesiones de estudio a cinco o seis horas, repasado los temas que se estudiaron por primera vez en la segunda etapa, esta vez con un grado de mayor profundidad. Comenzar a consumir café en cantidades generosas, sobre todo después de las doce de la noche.

5) SIETE DÍAS ANTES. Reducir las ocho horas de sueño estándar a cinco como máximo. Aumentar las dosis de café diarias hasta siete tazas, una cada dos horas. Llenar el espacio habitualmente utilizado para dormir estudiando con intervalos de descanso de quince minutos entre tema y tema.

6) TRES DÍAS ANTES. Reemplazar el café por anfetaminas, en caso de ser necesario. Reducir dos horas el período de sueño y aumentar dos horas el período de estudio. Se recomienda especialmente consumir barbitúricos a fin de aplacar los nervios (pero sin exceder la dosis de anfetaminas). 

7) DOS DÍAS ANTES. Hacer un repaso general pero profundo de la mitad de los temas a estudiar para el examen. No leer nada que no esté relacionado con los temas de estudio, por lo que quedan exentos diarios, revistas, novelas de Corín Tellado, horóscopos, manuales de electrodomésticos, listas de la compra y demás, ya que la lectura de estos materiales puede interferir con lo estudiado previamente. Aumentar la dosis de calmantes, sin descuidar las anfetaminas.

8) EL DÍA ANTERIOR. Levantarse temprano, preferentemente antes de la salida del Sol. Tomar una ducha fría de al menos dos horas y luego hundir la cabeza en un balde con hielo durante cuarenta y cinco minutos. En caso de presentar dolor de cabeza, tomar dos blisters enteros de aspirina, bajándolos con café cargado, seguidos de una cucharada de Valium. Hacer un repaso general y exhaustivo de la segunda mitad de los temas de examen y luego hacer un repaso general de todos los temas. Es válido despejar dudas con profesores, compañeros, familiares, etc. Se permite llamarlos por teléfono después de las once de la noche, o amenazarlos de muerte si se niegan a cooperar. Evitar contacto directo (físico, visual o de otra índole) con cualquier otro ser humano, animal o vegetal, ya que puede interferir en la concentración del estudiante y resultar gravemente herido. No recibir llamadas telefónicas, mails, mensajes de texto, cartas, faxes, palomas mensajeras, ni cualquier otro intento de comunicación por parte del mundo exterior. No escuchar radio, ni mirar televisión, ni entrar a Internet, a menos que sea para consultar material relacionado con los temas de estudio. Evitar dentro de lo posible, contacto con personas, animales u objetos que puedan despertar emociones violentas en el estudiante (por ejemplo, parientes indeseables, perros de vecinos, periodistas deportivos, etc.)

Cortarse las uñas a fin de evitar su consumo. Antes de irse a dormir, se recomienda volver a hundir la cabeza en un balde con hielo por al menos treinta minutos. Es preferible irse a dormir temprano, no después de las diez y con la previa consumición de una generosa ración de somníferos. Se recomienda especialmente no soñar y utilizar ropa interior de hule a fin de evitar mojar la cama.

viernes, 4 de diciembre de 2009

El fascinante mundo animal (II)

TEMA DE HOY: El Berberecho
El berberecho (más conocido como Julio César Gar en los ámbitos acuáticos aledaños al Río de la Plata) es un molusco desdentado que habita en las costas meridionales de todos los mares que se encuentran en las costas de cualquier país fronterizo a cualquier océano, río, charco o cualquier otra masa de agua existente en este planetoide conocido como La Tierra.

Tiene una morfología que varia entre “amorfa” y “deforme” según las connotaciones que quiera aplicar cada biólogo en un momento determinado y su peso molecular oscila entre los 3.1 y 4.27 moles por litro. Su cuerpo está recubierto por un caparazón (o “carapacho”) duro compuesto de acetato de glucosamina, carbonato de calcio, glutamato monosódico y pentacloruro de membrillo entre otras delicias, que lo protegen de agentes patógenos externos, así como del ataque de bichos malos que quieren destruirlo con el fin de quedarse con su gran fortuna.

El berberecho siente especial predilección por los lugares en los que abunda el agua salada, de la cual extrae su principal alimento: el chimichurry, que le proporciona fuerza, sagacidad, inteligencia y una notable capacidad para resolver crucigramas y autodefinidos. Sin embargo, se ha demostrado recientemente, la existencia de berberechos en depósitos de agua dulce, como charcos de agua dejados por la lluvia en cualquier calle o camino, cúmulos de escupitajos en los baños del estadio, etc.

La época de apareamiento del berberecho es el invierno, en el cual la temperatura del agua baja a –10 grados centígrados o tal vez Celsius, y el metabolismo del animal desciende de 200 a 37 hectopascales (estos datos son aproximados). Una hembra promedio puede llegar a incubar cerca de dos millones de huevecillos, de los cuales tan sólo sobrevivirá el 14,65 por ciento, debido sobre a todo a incidentes hogareños como quemaduras con la estufa o cortadas profundas con la máquina de afeitar. Según un censo realizado en 1756 por Carlos Lineo y Carlos Balderrama de la Universidad de Macedonia, el berberecho prefiere entrar en contacto con seres de otro planeta y consumir grandes cantidades de LSD antes de comenzar con el ritual de apareamiento, lo cual puede hacer que este dure entre cuatro horas y tres semanas.

Los berberechos prefieren habitar en colonias de entre dos mil a tres mil habitantes, en las que gobierna un presidente electo cada cinco años mediante un sistema de democracia indirecta, en donde los ciudadanos mandan el nombre de su candidato favorito por mensaje de texto a la Corte Electoral, la cual a su vez, envía los datos para su procesamiento a la central de Microsoft en California y desde allí Bill Gates y todos sus colaboradores dejan las fiestas salvajes para dedicarse a seleccionar un nombre al azar de entre todos los que llegan. Una vez finalizado este cuantioso escrutinio Bill Gates le comunica el nombre del ganador a Oscar Botinelli, el cual vuelve corriendo desde California a los estudios mayores de Canal 4 para transmitírselo a Fernando Vilar, mientras le lustra los zapatos y este, a su vez, le cuenta chistes obscenos a la co-conductora del noticiero de las siete.

La esperanza de vida promedio del berberecho común es de cuatro a cinco años, de los cuales pasa cerca de dos tercios durmiendo, un cuarto comiendo chimichurry y dos octavos mirando Rumbo a la Cancha. Estos datos también provienen de los estudios realizados por Balderrama y Lineo, pero a la fecha no se han actualizado.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Estimado señor Monstruo

Estimado Señor Monstruo:

Le ruego disculpe mi formalidad, pero la verdad es que no se me ocurre otra manera de llamarlo, habida cuenta de que apenas lo conozco (aunque sí lo conozco lo suficiente como para enviarle esta carta).

La razón principal de estas líneas es formularle una sencilla pregunta: ¿Cuánto tiempo piensa quedarse a vivir en mi armario? No es que me moleste, precisamente. Puedo soportar los maullidos de dolor que hacen los gatos callejeros que usted devora todas las noches. Puedo tolerar que casi toda mi ropa esté llena de rasgaduras y mordidas, al igual que mis libros, mis discos y demás efectos personales. Puedo soportar el fuerte olor animal que despide y que impregna todo el armario, incluso puedo soportar que se haya comido a dentelladas el trabajo final de sociología que tenía que entregar este mes. Por favor, no se tome a mal mi interrogante y no lo vea como un deseo de que se marche ni nada parecido. Simplemente, siento curiosidad por saber cuánto tiempo piensa quedarse viviendo en mi armario. Estoy seguro de que si lo eligió y si ya lleva tanto tiempo viviendo en él (cuatro meses) es porque le gusta mucho, le parece cómodo y espacioso. Aunque, para serle honesto, escapa a mi entendimiento cómo una criatura súper desarrollada como usted, que mide casi dos metros y medio y tiene cuatro brazos, puede caber en un armario que no debe tener más de un metro y medio de lado por un metro veinte de alto (debo confesarle que no me he tomado la molestia de calcular el volumen). Yo, en lo personal, me sentiría muy incómodo habitando en un espacio tan reducido, sobre todo teniendo en cuenta que está lleno de cosas... pero si a usted le gusta, allá usted. Sobre gustos no hay nada escrito, ¿no?

Otra de las cuestiones que quisiera despejar con usted tiene relación con sus hábitos alimenticios. Al igual que en lo referente a su hábitat, no juzgo que se deleite degustando felinos callejeros... Pero, ¿es necesario que deje los restos desparramados por todos lados? Los gatos destrozados entran en descomposición rápidamente (sobre todo con el calor que vivimos en esta época del año) y el olor que producen es francamente desagradable (sin mencionar las moscas y los gusanos). No se lo digo por mí. Puedo ponerme una pinza en la nariz para no sentir la fragancia y puedo mirar para otro lado en lo tocante a moscas y larvas, pero mis vecinos empiezan a hacerme insistentes reclamos. Dicen que el “hedor a gato putrefacto” (para ponerlo en sus propias palabras) se siente hasta en sus casas... y no lo pongo en duda, créame. Le ruego encarecidamente tomar cartas en este asunto, a fin de que todos (esto es usted, yo, mis vecinos) podamos convivir en paz y armonía.

Sin otro particular, lo saluda atentamente y confía en encontrarlo bien:

Federico.

PD: También le estaría eternamente agradecido si tuviera el bien de guardar a su mascota, la tarántula gigante, en otro lugar que no fuera debajo de mi cama. No es que me moleste, me encantan los animales, es simplemente que a en algunas ocasiones me despierto cubierto de telarañas y se me dificulta mucho respirar.

F.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Solución completa para Pánico en el IPA

Nota

Esta es simplemente una solución del juego, con todos los pasos que hay que seguir para resolverlo. No hay ningún análisis crítico del juego en sí, el cual, por razones éticas, es preferible que lo realice alguien ajeno al proyecto.
Uno de los aspectos más divertidos de jugar una aventura es explorar el entorno. Ver, tocar y examinar todo lo que tenemos a nuestro alrededor, aunque no nos ayude a resolver los puzzles en sí. Esta solución sólo contiene la información que hay que saber para resolver los puzzles, pero no dice casi nada sobre la interacción con el entorno, la cual debería correr por parte del jugador.

Comenzando

Luego de la llamativa e intrigante introducción, comenzamos con Teo en el pasillo del primer piso del IPA. Allí hay una cartelera en la pared. Podemos acercarnos para ver los extraños carteles y avisos que hay publicados. Si examinamos con más detalle, podremos descubrir que también hay una receta de cocina. Todavía no nos hace falta, así que si intentamos tomarla, Teo no lo hará. Avanzamos un poco más hacia la derecha y nos encontramos con Álgebra, un gato naranja de aspecto arisco. (Si intentamos tocarlo o mirarlo, nos daremos cuenta de lo arisco que puede llegar a ser.) A pesar de esto, hablamos con él. Le decimos que estamos buscando a melina, y s tiene idea de qué está sucediendo en el IPA. De a poco, Álgebra nos dará alguna información, pero incierta. Si queremos saber un poco más, nos pedirá que le hagamos un favor: debemos ir a la cantina a buscarle un pescado congelado. También nos dirá que la cantina está cerrada con llave (es lógico a esas horas) y que la llave está en el sótano. Después de una breve discusión, vamos dejamos a Álgebra y vamos a la derecha, pasando por al lado de las escaleras.
De esta manera llegamos al sótano. A pesar de que podemos ver todo, las luces están apagadas, por lo que Teo no podrá hacer nada. Tenemos que movernos un poco, hasta ver el interruptor que hay en la pared. Lo activamos, con lo que encendemos las luces. Vemos que hay unos cuantos instrumentos de tortura ensangrentados en el sótano. A nosotros nos interesan el MARTILLO (colgado en la pared), un EXAMEN, del montón que hay sobre la mesa (Teo se lleva un examen de biofísica) y la LLAVE de la cantina (también colgada en la pared).
Abandonamos el sótano y otra vez en el corredor de Álgebra, vamos al segundo corredor, dirigiéndonos al espacio que hay entre los dos pequeños triángulos azules. Así llegamos a un pasillo donde hay dos puertas: La de un salón de clase y la del laboratorio de biología. Abrimos la puerta del salón de clase y entramos.
Luego de admirar las complicadas ecuaciones que hay en el pizarrón, tomamos la REGLA T que está tirada en el suelo y la caja de TIZAS ECONÓMICAS que hay sobre el escritorio. Salimos del salón y vamos al laboratorio de biología. Al entrar, caminamos hacia la derecha, pasando de Alex el esqueleto, hasta llegar a la heladera. La abrimos. Dentro hay un montón de cosas extrañas, las cuales podemos mirar, tocar o incluso hablares, pero tan sólo podemos llevarnos el CEREBRO. También nos llevamos el frasco de KCl (Cloruro de potasio) que hay sobre la heladera. Una vez que tenemos estas cosas en nuestro poder, nos vamos.
Otra vez en el corredor, vamos al patio, avanzando hacia el frente (al espacio azul indicado como PATIO).
Allí, debemos avanzar a la derecha hasta donde están el orégano y la acelga. Teo detesta la acelga, así que lo único que podemos llevarnos es el ORÉGANO. Luego, usamos la llave que buscamos en el sótano con la puerta de la cantina y entramos.
La cantina está hecha un verdadero desastre... parece que allí hubo una masacre. Vemos el congelador en un rincón. Abrimos la tapa y entonces Teo encuentra el PESCADO. Luego, avanzamos un poco más, hasta los AROS DE CEBOLLA que hay sobre el mostrador y nos llevamos un paquete. Si caminamos un poco más, encontraremos a la responsable de ese baño de sangre: una ardilla psicópata que nos amenaza con un cuchillo. No podemos tocar a la ardilla ni llevarnos el molde para galletas en forma de estrella que hay sobre la mesa, porque corremos el riesgo de perder un dedo, por lo tanto, nos vamos de la cantina.
Regresamos con Álgebra (volviendo por el mismo camino por el que vinimos) y le entregamos el pescado. Entonces, le pedimos que nos cuente un poco más sobre lo que sucede en el IPA. Nos hablará de que una fuerza maligna parece haber poseído la institución... ¡Una membrana mutante! Álgebra nos cuenta sobre sus malvados planes (convertir a todos los seres humanos en zombis y así conquistar el mundo), sobre dónde está oculta la membrana, etc. También nos da una pista sobre cómo podemos detenerla: la membrana es intolerante a la lactosa. Cuando terminamos de hablar con Álgebra, volvemos a la cartelera y ahora sí nos podemos llevar la RECETA. Si la miramos, descubriremos que se trata de una receta de galletas de queso bajas en calorías (y en ese momento también veremos una escalofriante “cutscente” que nos mostrará cómo se encuentra Melina).

El arma mortal

Ahora que tenemos la receta, debemos concentrarnos en preparar las galletas para derrotar a la membrana.
Subimos las escaleras del corredor y así llegamos al segundo piso. Allí vemos la puerta cerrada del baño de niñas. La abrimos. Al principio, parece que Teo se resiste a entrar ahí, pero al final se arma de valor y lo consigue.
Cuando entramos al baño, nos encontramos con Diana, una compañera de clase. Le hablamos. Le preguntamos sobre Melina y sobre lo que ella está haciendo allí. No nos da mucha información acerca de nuestra amiga, pero sí nos dice que está en el baño porque busca su anillo de la suerte, el cual perdió al caérsele por el inodoro. Si tratamos de ayudarla tomando la SOPAPA que hay al lado del inodoro, Diana no nos dejará, porque es propiedad del baño de niñas. Así que tenemos que darle a Diana los AROS DE CEBOLLA que conseguimos en la cantina. De esta manera, ella tendrá un nuevo anillo de la suerte (igual al que tenía antes) y se irá feliz y contenta, con lo que podemos llevarnos la SOPAPA.
Salimos del baño y vamos al corredor, que está al lado de este.
Allí vemos tres puertas: la del CEIPA (Centro de estudiantes del IPA), y las de dos salones más. Vamos al salón del fondo, el que no tiene puerta, y entramos.
Ahora nos encontramos en un salón bastante peculiar, en el que hay un cubo con un signo de interrogación flotando en el aire. Tratamos de recoger ese cubo, entonces Teo se pone debajo del mismo y salta. Una vez que tenemos el HONGO en nuestro poder, nos vamos.
Otra vez en el corredor, vamos al salón siguiente, el que tiene la puerta cerrada. Cuando entramos, vemos a un profesor (Charles Aireado, de bioestadística) tratando de resolver unas complicadas ecuaciones. En el salón hay un pesado libro de bioestadística, el cual Charles no nos dejará llevarnos, ya que lo precisa para terminar su trabajo. Lo que tenemos que hacer, es darle una mano... o mejor dicho, un cerebro. Le entregamos el CEREBRO que encontramos en el laboratorio de biología. De esta manera, Charles logra resolver las ecuaciones, con lo que puede irse a su casa. Tomamos el MAMOTRETO y nos vamos.
Ahora podemos intentar entrar en el CEIPA, pero nos encontraremos con Héctor, el cual nos dirá que no podemos pasar, ya que los miembros del CEIPA se encuentran en reunión. La única manera de entrar es con una identificación, de la cual no disponemos de momento. Así que volvemos al pasillo en donde está el baño de niñas y de allí nos dirigimos a la puerta de la derecha (la biblioteca).
Cuando entramos, nos encontramos con el bibliotecario. Hablamos con él y le pedimos que nos ayude, lo cual será en vano. No nos dejará entrar al cuarto de atrás, ni llevarnos alguna de las identificaciones que hay en el fichero del mostrador. Debemos usamos el MAMOTRETO con el bibliotecario. Teo se lo devuelve (¡Y de qué manera!) y ahora que el bibliotecario está fuera de combate, podemos hacer lo que queramos. Nos llevamos una TARJETA del fichero del mostrador y luego rodeamos éste para ir al cuarto de atrás (Archivos).
Allí veremos lo mismo que vio Melina al principio: la bolsa vacía con los restos de baba verde que se van por la ventana. En ese cuarto hay muchos libros, pero a nosotros sólo nos interesan dos: el MANUAL DE ENTOMOLOGÍA (que está en el librero grande, en uno de los estantes del medio) y el MANUAL DE ELECTRÓNICA ESTUDIANTIL (que está sobre una de las repisas de la pared. Una vez tenemos estos dos volúmenes, abandonamos la biblioteca.
Volvemos al corredor en donde está el CEIPA y tocamos la puerta. Otra vez sale Héctor a recibirnos. Le volvemos a pedir que nos lleve con su líder y, ahora que tenemos una identificación, nos permite hacerlo.
Cuando entramos al CEIPA, vemos que Héctor está muy concentrado escuchando el discurso de su compañero Josacho (el cual está parado sobre el mostrador, a la izquierda, hablándole a una multitud muy atenta). Podemos intentar hablar con ellos, pero no nos servirá de mucho. No podemos interrumpir la reunión. Sí podemos hablar un poco con Héctor, pero él no se mostrará muy amigable. Sobre el mostrador, cerca de Josacho, hay una lata de aerosol. Si la examinamos, descubriremos que se trata de un PACIFICADOR DE ROEDORES. Lo tomamos. Luego vamos a la derecha, hacia el estudiante que está detrás del mostrador, con cara de deprimido (Anselmo). Hablamos con él y le preguntamos cuál es la razón de su tristeza. Él nos dice que está así porque perdió todos los exámenes (podemos darnos cuenta de que no es muy inteligente). Nuestro deber, como futuros educadores, es darle una mano: abrimos el inventario y usamos nuestro BOLÍGRAFO (al empezar el juego, Teo ya lo tiene) con el EXAMEN que encontramos en el sótano. De esta manera, Teo altera el examen. Ahora, le damos el EXAMEN ADULTERADO a nuestro amigo, con lo que él sale volando de la alegría.
Al salir volando, notamos que se le calló algo al suelo: su billetera. La tomamos. No tiene efectivo, pero sí una tarjeta de crédito para estudiantes (VESA), con la cual nos quedamos. Ahora que Anselmo no está, podemos llevarnos el PAN DURO COMO UNA PIEDRA que está sobre el mostrador y el PORTALÁPICES (Teo se queda sólo con el vaso). Abrimos el inventario y usamos el MARTILLO con en pan, con lo cual obtenemos HARINA. Una vez tenemos todo esto, nos vamos del CEIPA.
En el corredor, vamos hasta la escalera del fondo, que sube al tercer piso. Allí, encontramos otra cartelera, llena de avisos, al lado del baño de niños. Miramos los avisos, pero el que realmente nos importa es el AVISO IMPORTANTE. Parece que se ofrecen clases rápidas de cerrajería. Teo se queda con un talón con el número al que hay que llamar. Entramos al baño de niños.
Allí nos encontramos con Lenny, el bromista del instituto, el cual nos hará una pequeña bromita con su pistola de agua. Luego de esta escena, hablamos con Lenny. Parece que va siendo hora de que se inviertan los papeles y que por una vez, la víctima de la broma sea él Usamos la SOPAPA con el TAPÓN REPUGNANTE que hay en la cañería que sale de la pared, a la izquierda. Al hacer esto, le devolvemos la broma a Lenny... Aunque tal vez, se nos haya ido un poco la mano. Una vez que está en el suelo, doblegado, examinamos su cuerpo rechoncho (con las manos) y encontramos su pistola de agua, que en realidad está llena de una tinta roja. No hay mucho que podamos hacer por Lenny ahora, así que nos vamos.
En el corredor nuevamente, vamos a la derecha, hacia la sala de informática.
Cuando entramos, vemos que hay tres computadoras: una Rentuim, una Alférez 64 y una Napoleón M-200. La Rentuim y la Alférez no podemos usarlas, de modo que sólo nos queda la Napoleón (una maravilla de la tecnología). Pero si intentamos usarla, descubriremos que parece estar averiada. Como no sabemos mucho de electrónica, debemos usar el MANUAL DE ELECTRÓNICA que conseguimos en la biblioteca con la computadora. Gracias a él, colocamos la pequeña pieza faltante en la Napoleón y ahora la podemos usar. (Accionando el interruptor de la parte de abajo).
Inmediatamente, saltamos al ciberespacio, concretamente al sitio web de Almacén Doña Cosme. Allí hay un montón de productos a la venta, pero los que nos interesan a nosotros, son los LÁCTEOS, sobre los cuales hacemos clic. Ante la pregunta de si queremos comprar ese producto, decimos ACEPTAR (cosa que podemos hacer porque tenemos la tarjeta de crédito de Anselmo). Inmediatamente, el servicio de entrega de Almacén Doña Cosme nos deja un gran trozo de queso, justo al lado nuestro. Lo recogemos y nos vamos.
Bajamos al segundo piso y de allí, al primero (podemos bajar por las escaleras que están al lado de las que usamos para subir, con lo que llegaremos al corredor en donde está el laboratorio de biología). Volvemos al laboratorio de biología.
Caminamos hacia la derecha, hasta ver la llave de gas que sale del techo, sobre la mesa. abrimos la llave y usamos el QUESO con el FUEGO, con lo que obtenemos QUESO DERRETIDO.
Nos vamos y regresamos al corredor principal en donde está Álgebra. De allí, debemos ir a la izquierda, hacia el vestíbulo. Una vez en el vestíbulo, salimos del IPA por la puerta principal y nos encontramos en la entrada.
Allí, usamos el teléfono público que está a un costado. Teo llama al número de Cerrajería al instante. Luego de hablar con Eustaquio, recibimos el paquete que contiene la herramienta que necesitamos. Recogemos el paquete (lo cual podrá parecer decepcionante, al principio) y volvemos a entrar.
De nuevo en el vestíbulo, vamos hacia el fondo, hacia la entrada del teatro.
Nos encontramos en el escenario, en donde está Yolanda, la araña gigante, junto con sus pequeños y adorables hijos. Hablamos con Yolanda y luego intentamos llevarnos su balde, pero ella no nos dejará. Así que usamos el MANUAL DE ENTOMOLOGÍA con ella. Teo empieza a relatarle la fascinante vida de la vinchuca, con lo que Yolanda se queda dormida. Ahora, sí podemos llevarnos el balde.
Nos vamos del teatro, volvemos al corredor principal y de allí al patio nuevamente, para ir otra vez a la cantina. Es hora de enfrentarnos con la Ardilla psicópata.
En la cantina, nos colocamos frente a la ardilla y usamos el PACIFICADOR DE ROEDORES con ella, con lo cual logramos, literalmente, pacificarla. Ahora, sí podemos llevarnos el molde de galletas.
Nos vamos y regresamos al segundo piso, para volver al baño de niñas. Abrimos la canilla del agua fría y usamos el PORTALÁPICES con el AGUA, con lo cual lo llenamos. Nos vamos y volvemos al CEIPA.
Una vez allí, colocamos el BALDE de Yolanda sobre la mesa, al lado del microondas y comenzamos a poner dentro del balde, uno a uno, los ingredientes (los cuales pueden ser incluidos en cualquier orden): El queso derretido, la harina, el agua (del portalápices), el orégano, las tizas, la sal (el KCl), el hongo y la tinta (de la pistola de Lenny).
Cuando todos los ingredientes están en el balde, usamos la REGLA T para revolver, con lo que obtenemos MASA de galletas. Ahora, usamos el MOLDE que le sacamos a la ardilla para cortar la MASA, y así conseguimos GALLETAS CRUDAS, cortadas en forma de estrella. Abrimos el microondas y colocamos las GALLETAS CRUDAS dentro. Lo cerramos y unos segundos después, conseguimos GALLETAS HORNEADAS.
Ahora, estamos listos para enfrentarnos a la Membrana.

El enfrentamiento

Volvemos a bajar al sótano. Allí, usamos el ABRELATAS de Cerrajería al Instante con la puerta de acero. Abrimos la puerta y entramos. (Nota: podemos entrar, ya que ahora tenemos las galletas).
En la bodega, avanzamos hacia la derecha (no sin antes ver un poco lo que tenemos a nuestro alrededor), hasta que nos topamos con la temible Membrana. Comienza una conversación en la que le decimos que estamos a punto de derrotarla, pero la Membrana no se amedrenta y nos pregunta cómo pensamos hacerlo. Entonces, abrimos el inventario y le damos las galletas. Luego de un breve parlamento, la Membrana se come las galletas... y es entonces cuando se da cuenta de que son de queso, pero ya es demasiado tarde.
Una vez que la membrana está fuera de combate, vemos como Teo intenta desesperadamente liberar a su amiga de esa máquina infernal. Cuando lo consigue, ambos salen corriendo de allí y ahora podemos verlos libres y a salvo nuevamente, con la satisfacción de haber concluido la aventura.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El microondas y yo

MICROONDAS: ¡Espera un momento, pequeño bribón! ¿Qué te propones hacer con eso?

YO: Voy a calentar un café. ¿Te importa?

MICROONDAS: ¡Pero claro que me importa! Soy yo el que tiene que hacer todo el trabajo pesado, mientras tú descansas mirando por la ventana. Soy yo el que tiene que hacer girar la bandeja y el ventilador y producir las microondas a la misma vez, para que logren calentar el café... Y encima, cuando termino, tengo que hacer un pitido para avisarte. Para que no tengas que hacer el más mínimo esfuerzo y no tengas que dejar de mirar por la ventana para mirar en mi interior a ver si el café ya está listo o no. ¿Te parece justo?

YO: Mira, pedazo de chatarra, son las dos de la mañana, estoy cansado, tenso y no estoy de humor para discutir con los electrodomésticos. Así que por tu bien, deja que caliente este café para que pueda tomármelo. Lo necesito.

MICROONDAS: Espera un segundo. ¿Vas a tomar café a esta hora? ¿Qué haces despierto a las dos de la mañana tomando café? ¿No se supone que deberías estar durmiendo?

YO: Sí, se supone, pero no tengo tiempo para dormir.

MICROONDAS: ¿Por qué no?

YO: Tengo mucho que estudiar. En dos días tengo una prueba parcial de biofísica, una matera muy difícil, y tengo que dedicar el mayor tiempo posible al estudio... Por otro lado, creo que no tengo que darte explicaciones de lo que hago o dejo de hacer.

MICROONDAS: ¡Ahí vas otra vez! Trabajo como un burro para que tengas la comida caliente todos los días... me preocupo por tu bienestar... y así me lo agradeces... Destratándome, como si fuera... ¡como si fuera un objeto!

YO: Bueno... Debe ser porque eres un objeto, ¿no? Y además discrepo con que te preocupes por mi bienestar y por que tenga comida caliente todos los días. En cuanto a mi bienestar, creo que el microondas es uno de los aparatos más nocivos que existen. Sólo te uso para no tener que perder tiempo friendo u horneando. Y en cuando a tener la comida caliente... la verdad es que no haces un buen trabajo. El otro día puse a calentar dos tazas de café. Una quedó hirviendo y la otra, quedó helada. Y lo mismo pasa con la comida. El pollo que tenía en el freezer y que calenté anoche quedó quemado por fuera y congelado por dentro. ¡Una verdadera delicia! Y se supone que debes poder calentar comidas congeladas... Al menos, eso decía el manual de instrucciones que venía contigo dentro de la caja.

MICROONDAS: Tú no lo entiendes. Calentar alimentos es una tarea muy difícil. Es muy complejo dirigir las microondas para que se distribuyan de manera uniforme sobre el alimento. Es una tarea de precisión milimétrica.

YO: Sí, me imagino.
MICROONDAS: No seas sarcástico conmigo. Estoy siendo muy honesto en este momento. Estoy abriendo mi alma.

YO: Los electrodomésticos no tienen alma. El alma es una particularidad inherente al ser humano.

MICROONDAS: No estaría tan seguro. Según el filósofo presocrático Anaxágoras, todas las cosas poseen algo llamado “nous”, o esencia elemental, que se encuentra tanto en los objetos inanimados como en los seres vivos.

YO: ¿Sabes?, me encantaría quedarme toda la noche discutiendo con un microondas sobre filosofía, pero la verdad es que no tengo tiempo. La biofísica me espera. Además, según Anaxágoras, el “nous” logra penetrar algunas cosas y otras no, lo cual explica la existencia de objetos animados e inertes. Ahora, deja que abra la puerta para calentar el maldito café.

MICROONDAS: ¡No! No voy a dejar que calientes el café hasta que reconozcas mi esfuerzo y me valores por lo que soy.

YO: Para ser honesto, creo que no vales ni la mitad de lo que pagué por ti. De haber sabido que me ibas a dar problemas, me hubiese comprado un primus.

MICROONDAS: ¡Cómo te atreves! ¿Estás diciendo que un priums es mejor que yo?

YO: Sólo digo que un primus no se quejaría tanto y haría bien su trabajo.

MICROONDAS: Eres... un... ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

YO: Bueno... no te pongas así. No es para tanto, ¿no?

MICROONDAS: Ya tuve suficiente de ti. ¡Renuncio!

YO: ¿Cómo que renuncias?

MICROONDAS: Sí. Escuchaste bien. Renuncio. No quiero volver a verte nunca más. ¡Esto se terminó!

YO: Espera, espera... no te enojes, por favor. Podríamos discutirlo...

MICROONDAS: ¡No! No hay nada más que hablar. ¡Se acabó!

YO: Está bien. Como quieras... Si tiene que se así, que así sea. Voy a calentar el café en la cocina.

MICROONDAS: Eh... No, espera. Yo...

YO: ¿Sí?

MICROONDAS: Bueno... Creo que... a lo mejor exageré un poco...

YO: Creo que yo también. Perdón... Perdón por haberte gritado. Y por haberte insultado.

MICROONDAS: Yo también grité. No sé por qué me puse así. Creo que estoy bajo mucha tensión...

YO: Pero estás hecho para funcionar a 220 Volts.

MICROONDAS: Sí, a pesar de que me ensamblaron en México con partes fabricadas en Malasia.

YO: Bueno. Entonces... ¿amigos?

MICROONDAS: Claro. Puedes calentar el café. Si quieres.

YO: Tengo una idea mejor. Espera un momento.

MICROONDAS: ¿Qué idea?

YO: Es una sorpresa. Enseguida vuelvo.

MICROONDAS: ¡Epa! ¿Qué piensas hacer con ese destornillador?

martes, 3 de noviembre de 2009

Análisis musical

MI POLLERA AMARILLA
Letra: Gladis, La Bomba Tucumana.
Análisis: Dr. Aníbal J. Membrillo. (Genetista / repostero)

Negrito cuando yo bailo
si bailo de noche y
día a todos los vuelvo locos
con mi pollera amarilla
Negrita cuando tú bailas
si bailas de noche y día
a todos nos vuelves locos
con tu pollera amarilla

Esta es probablemente la creación artística más sublime de la historia humana. Creación que es casi imposible igualar y mucho menos superar.
En la primera estrofa, escrita de manera que sólo puedo describir como angelical, por lo perfecto, nos encontramos con un coloquio entre dos seres indefinidos (una especie de emulación de “El coloquio de Monos y Una”, de Edgar Alan Poe), pero que se denominan uno a otro como “negrito” y “negrita”. Si pudiésemos trazar un paralelismo con la obra de Poe, conseguiríamos interpretar que “Negrito” es Monos y “Negrita” Una, dos seres purgados del tiempo y del espacio, despojados del cuerpo, de lo tangible, de todo lo material. Tan sólo dos almas, tan sólo dos voces comunicándose una con otra, estableciendo una relación verbal mutua que alcanza cotas lingüísticas de nivel cósmico.
El diálogo empieza cuando el ser incorpóreo femenino le comunica a su par masculino que pasa las veinticuatro horas del día realizando una danza tribal de extrema complejidad, que cautiva a cualquiera que la contemple, ya que el ser femenino posee un aditamento especial que la hace especialmente llamativa: una prenda de indumentaria de color áureo que por su descripción es algo que se utiliza rodeando la cintura.
Inmediatamente después, el ser masculino repite de manera exacta lo que el ser femenino acaba de comunicarle, con lo cual el grado de inteligencia del diálogo alcanza su cúspide máxima. De esta manera, podemos deducir que el ser masculino o bien está en un plano intelectual bastante superior de lo que habíamos creído en un principio y no puede hacer otra cosa que balbucear de manera mecánica todo lo que se le dice, o es que el diálogo en sí se encuentra en ese plano intelectual bastante superior de lo que habíamos creído y el ser no tiene más remedio que doblegarse a él para no quedar rezagado ante la magnificencia de las palabras que lo componen.

A todos los vuelvo loco ay mamá (con tu pollera amarilla)
A todos los vuelvo loco ay mamá (con tu pollera amarilla)
Al negro lo vuelvo loco ay mamá (con tu pollera amarilla)
Al negro lo vuelvo loco ay mamá (con tu pollera amarilla)

Aquí nos hallamos con la estrofa medular de esta refulgente composición poética, lo que podríamos denominar como “estribillo”. Consta de cuatro versos endecasílabos, rematado cada uno con un versículo extra, colocado entre paréntesis curvos para diferenciarlo de la estrofa propiamente dicha. A juzgar por su contenido, los versos son pronunciados por el ser femenino, mientras que el ser masculino enuncia, al final de cada uno, el versículo entre paréntesis, que se repite de manera idéntica en las cuatro oportunidades.
Lo llamativo de esta estrofa es la composición de vocablos de la misma, en donde se fusionan de manera nada menos que exquisita la pluralidad con la singularidad. Esto queda demostrado, por ejemplo, en los dos primeros versos que dicen “A todos los vuelvo loco...”. “Todos” (en plural) y “loco” (en singular) se unen en un abrazo sublime para transportarnos a los mismos confines de la inventiva humana. Otro aspecto igualmente llamativo son los versículos que se encuentran al final de cada verso, que repiten la misma idea con incansable insistencia, lo cual podría deberse al plano intelectual en el que se encuentran los seres que entablan el diálogo.

Un pasito para acá un pasito para allá moviendo mi cintura
moviendo sin parar
Un pasito para acá un pasito para allá moviendo mi cintura
moviendo sin parar

Ya en la estrofa final de este poema épico únicamente comparable con las composiciones de Homero o de Sófocles, vemos una descripción excelsa de la danza que el ser femenino realizaba al principio del poema, aunque podríamos encontrar una nota de indecisión en sus movimientos, ya que primero dice que quiere moverse en una dirección, para luego moverse en la otra, o tal vez en ambas direcciones al mismo tiempo. Luego, termina cada movimiento con una sacudida de la zona pélvica, sin que sepamos de manera exacta en qué dirección. Como conclusión, podríamos inferir que el ser femenino no es consciente de sus propios movimientos, lo que puede deberse a que está teniendo un ataque de epilepsia o que padece de un severo trastorno de las funciones motoras (lo cual queda remarcado por la repetición del verso en el que expresa sus movimientos). Un estudio reciente ha demostrado que las probabilidades de la segunda opción son considerablemente más elevadas que las de la primera, aunque el entramado de teorías es casi infinito.


NOTA: Gracias Mane, por haberme dado la brillante idea para este análisis. :-)

viernes, 23 de octubre de 2009

Mi lista negra

1) LAS COMPUTADORAS DEL IPA. Nunca funcionan bien, ni siquiera las computadoras nuevas que compraron este año. Siempre hay problemas para entrar a Internet y a la casilla de correo. Tardan una eternidad en cargar las páginas y, cuando lo hacen, quedan mal cargadas y con errores. La verdad, no entiendo por qué les cuesta tanto. ¿Qué pasa? ¿Internet no quiere al IPA o el IPA no quiere a Internet? ¿Es parte del plan Ceibal que las computadoras no funcionen en el IPA? ¿O será que los inútiles de los funcionarios encargados de la sala no saben conectar bien los cables? La verdad, me inclino más por la tercera idea.

2) ESPACIO CURRICULAR INTEGRADO (ECI). Creo que esta materia empeora cada año. El año pasado, al menos había clase. Mala, casi siempre, pero había. Este año, ni siquiera eso. Los profesores faltaron tanto que me parece que la última clase propiamente dicha de ECI fue a finales de abril (ahora estamos en octubre y falta una semana para que terminen las clases). Después hubo algunas más, pero la profesora de biología era la única que venía (cuando se supone que tienen que estar los de las tres materias: biofísica, bioquímica y biología celular) y utilizaba las horas de ECI para adelantar temas de su materia. Como si esto fuera poco, se suponía que el parcial final iba a ser una clase que teníamos que dar nosotros sobre algún tema que propusieran los profesores y que involucrara a las tres materias... pero por falta de tiempo, por falta de organización, por pereza, apatía o vaya uno a saber qué, esto no va a poder ser. Ya no hay tiempo. En su lugar, nos espera un parcial escrito sobre fotosíntesis, que para peor hay que hacer un sábado de mañana. ¡Patético!

3) EL 151. Viajar en este ómnibus es un verdadero suplicio. Un viaje de Portones hasta el IPA tarda sesenta minutos, o a veces más. Una vieja artrítica que usa bastón camina más rápido que este ómnibus... A veces veo viejas de estas caminando por la calle mientras estoy viajando y la moral se me viene al piso. El 151 es el culpable de muchas de mis llegadas tarde. Tengo que salir una hora antes de mi casa para llegar al IPA justo sobre la hora. La pregunta es: ¿Por qué cuernos demora tanto? ¿Acaso es un ómnibus que funciona a pedal? ¿O será que el conductor tiene prohibido ir a una velocidad que supere los seis kilómetros por hora? Lo único que me sirve de consuelo es que no es el único ómnibus que me sirve.

4) EL PERRO DEL VECINO. No estoy seguro de si es perro o perra porque nunca lo ví, ya que un muro de bloques (rematado con un alambre de púas digno de una película sobre Alcatraz) separa el patio del vecino del mío, pero de lo que estoy seguro es de que es insoportable. Sus ladridos son como un taladro que se escuchan a cinco cuadras de distancia. Y lo peor de todo es que se pone a ladrar a partir de las ocho de la noche hasta la una o dos de la mañana. A este simpático animalito le gusta trabajar de noche. Aunque, en realidad, creo que no es culpa del perro, sino de su dueño. El pobre animal pasa las veinticuatro horas del día en el patio, haya frío o calor, esté lloviendo o granizando. A veces, lo escucho ladrar como si rogara que lo dejaran entrar, sobre todo los días de lluvia o de mucho frío... Me sorprendería que le den de comer al menos una vez al día. Estoy seguro de que más de una vez ha ladrado de hambre. Ojalá algún día se intercambiaran los papeles, y sea el dueño el que tenga que dormir en el patio y el perro en una cama dentro de la casa.

5) LA PROFESORA DE EPISTEMOLOGÍA. No voy a mencionar su nombre aquí, porque no es necesario. Pero es una de las personas más despreciables que conocí en estos últimos años (y eso que en los últimos años conocí a unas cuantas personas despreciables, pero eso daría para otra lista negra mucho más larga). Desde el primer día de clase me cayó mal. Altiva, prepotente, malhumorada, grosera en la forma de tratar a los alumnos. En una palabra, intragable. No es de extrañar que la mayoría (entre los que me incluyo) hayan abandonado su materia. Creo que después del primer parcial no quedaron más de cuatro o cinco personas en la clase. ¡Una pena!

6) EL PROFESOR DE EDUCACIÓN PARA LA SALUD. Tampoco voy a mencionar su nombre aquí, pero es otra de las personas despreciables que conocí en estos últimos años. Parece que por sus venas no corre sangre, sino una mezcla de jugo de limón, ácido de batería y antipatía pura. La profesora de epistemología, por lo menos saluda cuando entra a la clase. El de EPS (Educación para la salud), en cambio, es incapaz de decir “buen día”. Es como si esas dos palabras no formaran parte de su vocabulario. Y lo peor es que de cada diez clases, en nueve está de un humor de perros.

7) LA PROFESORA DE PEDAGOGÍA II. Esta profesora no es antipática. Más bien, todo lo contrario. Pero lo bueno sería que diera clase alguna vez. Porque desde que empezó, no hace otra cosa que hablar de dos temas: Silvio Berlusconi y Marcelo Tinelli. Yo estoy de acuerdo con la mayoría de las cosas que dice sobre ellos (por ejemplo que son sexistas, corruptos, fascistas, entre otras características fascinantes), pero sería mejor que alguna vez hablara de los temas de su materia. ¡Y después se enoja porque a casi todo el mundo le fue mal en el parcial! (gracias a Dios, yo no soy uno de estos... Digo “gracias a Dios”, porque es un milagro que me haya ido bien).

8) EL REPRODUCTOR DE DVD. Francamente, no entiendo qué le pasa. Al principio funcionaba bien. Pero desde hace un buen tiempo a esta parte, no. Parece que se volvió caprichoso con las películas que debe reproducir. Porque reproduce algunas y otras no. Es como si el aparato eligiera qué es lo que debo ver y qué no, como si tuviese un mecanismo interno que le permite determinar cuales películas contienen escenas que pueden herir la sensibilidad de los telespectadores y cuáles películas son ATP (Aptas para todo público, no Adenosina tri-fosfato, se entiende). Si es así, tengo que reconocer que es una pieza de tecnología realmente fascinante.

9) LOS PROGRAMAS DE “TALENOS”. Creo que la palabra que mejor los define es: INSUFRIBLES. Y la escribo no con I mayúscula, sino con todas las letras mayúsculas. “Talento Argentino” (¿Desde cuándo los argentos tienen talento? Bueno, no es que en este país haya un acervo de talento cultural muy elevado. Si lo mejor que tenemos para exportar es Claudia Fernández, Mónica Farro y Osvaldo Laport, es que estamos en problemas), “El casting de la tele” (creo que el uruguayo es diez veces peor), “Cantando en la oficina” y no sé qué otros, son todos la misma porquería. Son la evidencia perfecta de la falta de “talento” de los productores televisivos de este país y del país vecino, que ya no tienen ideas (ni siquiera malas) y tienen que recurrir a la gente “común” para que piensen por ellos. (Me parece que me excedí con el uso de las comillas. Pido disculpas por eso). Y lo peor es la gente que va a estos programas a mostrar su “talento”. Es increíble lo que algunos son capaces de hacer por quince segundos (no ya minutos, sino segundos) de fama. Es increíble ver a toda una caterva de infradotados, pasando por un escenario, uno tras otro, haciendo las cosas más bizarras que puedan imaginarse. Y lo más sorprendente es que esa misma gente se cree que lo que hacen es un talento. Lo creen de verdad. Creen que es un arte prenderse fuego el pelo mientras cantan desafinando o tragar litros y litros de agua para luego escupirla en un tarro. En los últimos años la televisión ha empeorado. Ha empeorado mucho. Se ha convertido en un circo caníbal, obsceno e inculto (del cual Tinelli es uno de los principales fundadores, me atrevería a decir) en donde el rating es la prioridad número uno, y es aceptable hacer literalmente cualquier cosa con tal de conseguirlo.

10) LOVE IS NOISE. Esta canción de la banda británica The Verbe es una de las peores que he escuchado (exceptuando por supuesto las melodías de Ricardo Arojna). No tanto por la calidad de la letra, sino por la canción en sí. Porque es sencillamente inescuchable. Lastima el oído como la alarma de un auto que suena una y otra vez. Sobre todo por ese sonido distorsionado y extraño que se escucha al fondo, que parece el llamado de apareamiento de un extraterrestre malherido. Y es sorprendente, porque The Verbe fue una de las mejores bandas de brit-pop de los años noventa (casi tan buena como Oasis o Blur). La canción “Bitter sweet symphony” sin duda se convirtió en un himno característico de la época (como “Wanderwall” de Oasis o, en el otro extremo, “Smells like teen spirit” de Nirvana), pero lamentablemente The Verbe no ha logrado ni siquiera igualar la calidad de esta gran canción. “Love is noise” hace honor a su nombre. Al menos, en eso acertaron, pero no es suficiente.

martes, 13 de octubre de 2009

Entrevistando a los Sims

Un vecino ejemplar: Susano Calvin

Hace cuarenta y siete días que Susano Calvin Al Aire Libre se mudó al barrio de los Sims y construyó su bonita casa en el número 1 de la Vía Sim, con materiales enteramente biodegradables y reciclados. Y es que Susano Clavin es un ecologista acérrimo, un amante de la naturaleza, que trata de vivir en contacto con ella todo el tiempo posible.
A sus treinta y ocho años, trabaja en el Cabildo de la ciudad, ganando un sueldo modélico que le permite costear su vida de “hippie”, además de participar en numerosas actividades ecológicas en el barrio, las cuales él mismo encabeza. Desde su llegada al barrio, ha participado en varias campañas de “concientización” para hacer que sus vecinos cambien sus hábitos de vida y aprendan a tener más respeto por el ambiente en el que viven.
Susano nos recibió en su casa ecológicamente amueblada y nos invitó con bocadillos de algas marinas para hablarnos un poco de sí mismo y de lo que hace. Antes de que pudiéramos hacerle la primera pregunta, él nos sorprendió con su característico saludo, el cual emplea con todos aquellos que visitan su casa:
“Hola, amantes de la naturaleza! Soy yo, su amigo natural Susano Calvin Al Aire Libre. Me encanta estar en contacto con la naturaleza, viviendo en un ambiente natural, rodeado de árboles, plantitas y animalitos, sin las artificiales comodidades del mundo moderno. Por si no se dieron cuenta, soy vegetariano, de los que prefieren el musgo y la tierra húmeda a las hortalizas convencionales.”
Este saludo es más bien un slogan publicitario, según el propio Susano. Y por lo que se ve, le da muy buenos resultados.

FEDE: Susano, ¿cómo te recibió el barrio cuando lo pisaste por primera vez?

SUSANO: Bueno, la verdad es que la respuesta de los vecinos fue muy variada. Algunos me dieron la bienvenida de una manera muy cordial, otros se mostraron un poco más fríos. Y otros... bueno, digamos que no les agradó mucho mi llegada.

FEDE: ¿Por qué motivo?

SUSANO: Creo que hay algunas personas que no están del todo de acuerdo con mi modo de vida “natural”. A algunos les molesta, por ejemplo, que tome el sol desnudo en el patio delantero de mi casa. ¡Y la verdad es que no entiendo por qué! Tomar sol desnudo es una de las maneras más sanas que existe de hacerlo, ¿no te parece?

FEDE: Bueno... la verdad nunca lo he experimentado.

SUSANO: No sabes de lo que te pierdes. Pero, como te decía, a algunos de mis vecinos no les agradó que lo hiciera. Y me lo hicieron saber de inmediato, je, je.

FEDE: ¿Qué hicieron? ¿Te enviaron una carta, una petición o algo así? ¿Plantearon el problema en el ayuntamiento de Sim City?

SUSANO: No exactamente... Más bien tomaron el problema en sus manos... Una mañana, mientras tomaba el sol en el patio, aparecieron unos diez o doce vecinos... venían con antorchas y cuchillos. No sé cómo pero me agarraron entre todos y entonces creo que me desmayé. Pero cuando desperté estaba colgado al revés, con la cabeza sumergida en el lago de Sim City. Los peces me habían mordisqueado la nariz y las orejas.

FEDE: ¿Y tú qué hiciste en ese momento?

SUSANO: Nada, ¿qué podía hacer? Soy un amante de la naturaleza y dejé que los peces se alimentaran. Pasaron tres días antes de que un vagabundo que habita en el bosque me encontrara y me sacara del agua. Se lo agradecí y volví a casa para secarme y para ponerme curitas en la cara.

FEDE: Pero... ¿qué hiciste después? ¿Tomaste medidas de algún tipo? ¿Entablaste acciones legales contra tus vecinos?

SUSANO: ¡No, de ninguna manera! ¿Por qué iba a hacer eso? Yo soy un buen vecino, al menos, me gusta considerarme así. Soy un hombre de paz. No me gustan los pleitos. Lo que hice fue cambiar un poco mis hábitos. Ahora, en lugar de tomar sol desnudo en el frente de la casa, lo hago en el patio de atrás.

FEDE: Imagino que fue un cambio radical.

SUSANO: No, no tanto como parece. En el patio de atrás puedo hacer lo que me plazca; no hay nadie mirándome.

FEDE: Entiendo... Hablemos un poco de tu pasado. ¿Qué fue lo que te llevó a convertirte en un naturista? ¿Cuándo comenzó tu pasión por la naturaleza?

SUSANO: Cuando tenía alrededor de cinco años. Mi padre era un carnicero que gustaba de la cacería con armas de fuego. Era miembro de la Sociedad del Rifle, además de presidente de la Hermandad Aria, entre otras organizaciones filantrópicas. Un sábado de verano me llevó de caería al bosque. Decía que era momento de que me hiciera hombre, de que dejara de jugar con las muñecas de mi hermana y cosas así. Anduvimos por el bosque un buen rato sin encontrar nada bueno para cazar... Hasta que mi padre pisó accidentalmente una trampa para osos que había dejado allí otro cazador. Se le desprendió el pie y la sangre atrajo a un oso, un puma y unos cuantos animalejos. Todos empezaron a atacarlo y se lo comieron vivo, mientras gritaba de dolor y pataleaba. Vi claramente como el oso le arrancaba los intestinos de un mordisco y se los comía como si fueran tallarines con salsa... Perdón, a lo mejor estoy siendo demasiado explícito.

FEDE: No... te preocupes... ejem...

SUSANO: En fin, el caso es que vi como los animales se comían a mi padre. Entonces me di cuenta que los animales eran mejores que los seres humanos en muchos aspectos. Así que decidí unirme a ellos.

FEDE: ¿Qué quieres decir con “decidí unirme a ellos”?

SUSANO: Que me fui a vivir con ellos, simplemente. No volví a casa. Me quedé con los animales, viviendo el bosque, como uno de ellos.

FEDE: Imagino que fue una experiencia interesante.

SUSANO: La mejor experiencia de mi vida, simplemente.

FEDE: ¿Cuánto tiempo viviste en el bosque como un animal?

SUSANO: Hasta los veinticinco años. Los osos me enseñaron todo lo que necesitaba saber, hasta que decidí entrar en la universidad para estudiar botánica y derecho.

FEDE: ¿Botánica y derecho? Son dos carreras muy singulares.

SUSANO: Así es. Pero decidí estudiar derecho para encontrar una manera de generar conciencia en la población acerca del cuidado del medio ambiente. Además, me dio la oportunidad de participar en varias organizaciones ecológicas sin fines de lucro, como la Sociedad de la Tostada de Sésamo, o la Federación Internacional de la Ligustrina. Allí conocía a un montón de gente interesante que tenía los mismos eco-intereses que yo.

FEDE: ¿Eco-intereses?

SUSANO: Intereses ecológicos... es un término que utilizamos nosotros los amantes de la naturaleza, je, je... ¿Quieres más bocadillos de algas?

FEDE: No, gracias, estoy bien... Cambiemos de tema. Sabemos que llevas adelante muchos emprendimientos ecológicos en el barrio. ¿Cómo lo toman los vecinos? ¿Participan en estas actividades, o se conforman con mirar?

SUSANO: Cada caso es distinto. Algunos participan activamente de nuestras eco-actividades. Pero otros se muestran un poco más reticentes... Por ejemplo, algunos tienen ciertos reparos en cambiar sus hábitos alimenticios. Consideran que cambiar las hamburguesas de carne vacuna por tortillas de pasto con alpiste no es una buena idea. Otros no están de acuerdo con reutilizar el papel higiénico una vez usado. Pero nuestra campaña es básicamente generadora de conciencia. Con el tiempo, lograremos hacer que los vecinos de Sim City cambien sus costumbres y opten por una vida más sana, más natural.

FEDE: Aún así, imagino que tus campañas tienen unos cuantos admiradores.

SUSANO: Así es. En mi jardín hay un hormiguero en el cual di una conferencia la semana pasada. Y las hormigas se mostraron muy de acuerdo con mis ideas.

FEDE: ¿Un hormiguero?

SUSANO: Sí. Las hormigas son muy buenas escuchando, créeme. Sólo basta meter la cabeza en el hormiguero y hablarles. Son realmente muy efusivas. Le saltan a la cara a uno y empiezan a picarlo entre todas.

FEDE: Disculpa, pero no creo que eso sea bueno.

SUSANO: ¡Claro que sí! Es la manera que tienen las hormigas de demostrar su cariño. Te invito a que lo hagas cualquier día: mete la cabeza en un hormiguero o en un panal de abejas y cántales una canción. Vas a ver cómo les caes bien.

FEDE: Bueno... lo voy a pensar. Gracias por el consejo.

SUSANO: Es un placer.

FEDE: Y muchas gracias por habernos recibido y por concedernos esta entrevista.

SUSANO: También es un placer. Vuelvan cuando quieran y les enseño a fabricar ropa interior con hojas de palmera.

FEDE: Está bien. Muchas gracias.

Nos apresuramos a abandonar la casa de Susano Calvin, antes de que nos invitara a otra de sus actividades ecológicas, con la certeza de que sus eco-campañas de concientización harán mucho bien en el barrio de los Sims. ¡Esperemos que en el futuro todos coman bocadillos de algas!

jueves, 8 de octubre de 2009

El fascinante mundo animal

TEMA DE HOY: La zarigüeya

La zarigüeya (Sabrosus Zarigueyus, cuyo nombre vulgar es Tabaré Ramón) es el único marsupial bivalvo que habita en las costas septentrionales de Macedonia, a unas doscientas cincuenta pulgadas al noroeste de Chapultepec.
Es un mamífero ungulado de unos cuatro metros de longitud, pelaje corto de color castaño, acondicionado con Pantene y hocico puntiagudo. Sus orejas son lo más llamativo ya que puede girarlas trescientos sesenta grados para captar señales de onda corta provenientes de cualquier rincón del mundo. Sus patas traseras cuentan con uñas mecanizadas que le permiten podar el césped a una velocidad inusitada, así como también realizar trabajos de increíble precisión, como colgar ropa interior de un cable telefónico.
Su hábitat natural son los bosques de árboles de esponja que crecen una vez cada cien años, cuando calienta el sol aquí en la playa, aunque se sabe de zarigüeyas que prefieren habitar en el baño de la casa de Roberto Gómez Bolaños. La zarigüeya construye su madriguera en el tronco hueco de estos árboles, utilizando preferentemente materiales biodegradables como pinocha, papel, madera, cartón, aluminio corrugado, cinta adhesiva, discos compactos de Thalía y glutamato monosódico, entre otras monocotiledóneas. Casi siempre vive sola en su madriguera, aunque se lo considera un animal social, ya que los sábados a la noche invita a todos sus amigos, enviándoles un mail, y organiza fiestas de bikini open.
La zarigüeya se alimenta básicamente de pequeños roedores o de grandes frutas tropicales, como el ananá, el kiwi y el membrillo. Su comida predilecta son los canelones a la manteca, los cuales considera... precisamente “una manteca” (¡Cuac!). Habitualmente prefiere jugar al rumy canasta con su presa antes de devorarla. Se estima que una zarigüeya promedio puede llegar a comer hasta cinco quilates de membrillos en salmuera antes de tener un ataque de diarrea galopante.
Sus hábitos durmientes son más bien considerados una paradoja. La zarigüeya puede llegar a dormir unas catorce horas al día, siempre y cuando no reciba llamadas telefónicas amenazantes a media noche, lo cual sirve para quitarle el sueño una semana entera. Además posee una cualidad que la hace sobresalir entre todas las demás especies de salmón: puede soñar que se convierte en una súper zarigüeya mutante que es capaz de volar hasta Marte para derrotar a una horda de tostadores-alienígenas-devora-contadores-públicos.
La esperanza de vida de una zarigüeya es relativamente corta: en promedio, se estima que pueden alcanzar los veinticuatro años de vida, contados en años de zarigüeya, que equivalen a unos cuarenta años de humano. Esto hace que la zarigüeya dedique la mayor parte de su tiempo a hacer cosas, como costura artesanal o buscar la cura del acné.
El invierno es la época de apareamiento de la zarigüeya, donde el macho se peina hacia atrás con gomina Glex y sale a buscar hembras al centro de la ciudad. Por lo general, las hembras se sienten atraídas hacia los machos que conducen un Mercedes Benz, lo que hace que los machos menores, que conducen un Fitito o una Izeta mueran en soledad mientras miran “El sello de hoy” por canal 5. Una zarigüeya puede llegar a tener entre cinco y siete crías, que durante su desarrollo se alimentan de leche materna fortificada con Yacult. La madre abandona a las crías a los cuatro días de su nacimiento para que estas empiecen un debate político que puede llegar a durar unos cuatro o cinco años.
Cuando la zarigüeya alcanza la edad adulta, ya es capaz de pensar por sí misma y es responsable de sus propios actos, por lo que se apresura en sacar la credencial y conseguir un trabajo que le permita vivir cómodamente en su madriguera hecha con materiales biodegradables. Datos recientes han demostrado que, en la actualidad, tres de cada diez zarigüeyas disfrutan de la televisión por cable y los baños de espuma, aunque no poseemos cifras exactas.

Esto es todo por hoy, amiguitos.
¡Hasta la próxima!

Fin de la transmisión
(¡Bip!)

jueves, 10 de septiembre de 2009

La casa de muñecas

1

Juancho, Melina y yo habíamos pensado pasar un fin de semana en la casa (“casa” es una manera de decir, el término correcto sería “choza”) que los tíos de él tienen en Punta del Diablo, así que hacia allí nos dirigíamos esa mañana de viernes.
Eran principios de julio, en plenas vacaciones, concretamente empezando la segunda semana.
Habíamos planeado el viaje poco antes de las vacaciones y al idea (como la mayoría de las buenas ideas) había surgido espontáneamente. De hecho, fue a Melina a quién se le ocurrió, mientras los dos estudiábamos en la biblioteca del IPA. Aunque ella no lo dijo directamente, sino que dijo algo al pasar, como “deberíamos hacer algo en las vacaciones, ¿no?”. Yo le dije que me parecía buena idea. Empezamos a discutir varias opciones (olvidando de inmediato el libro de sociología que estábamos leyendo), pero ninguna terminaba de convencernos. Hasta que Melina sugirió que podíamos hablar con Juancho y preguntarle si quería unirse a nuestra empresa. A mí me pareció bien. Pensamos en invitar a Elliot, pero él tenía pensado ir a un simposio de física en Berlín, Alemania durante las vacaciones, así que lo descartamos. Ese mismo día, llamé a Juancho por teléfono y le hablé de nuestro plan. Él aceptó casi de inmediato, como si hubiese estado aguardando junto al teléfono, esperando que yo lo llamara. Seguramente, tenía más ganas de irse de vacaciones que Melina y yo juntos. Porque en cuanto lo mencioné, él propuso que fuéramos a la casa de sus tíos.
Juancho me había hablado en alguna que otra ocasión de esa casa, pero yo nunca había ido. Dijo que podíamos pasar un par de días allí. Le pregunté si no había inconveniente y él dijo que no, que no había ningún problema. Me hizo gracia: lo dijo como si la casa fuera suya y no de sus tíos.
En unos quince minutos ya teníamos resuelto todo el plan. Iríamos a Punta del Diablo el fin de la primera semana de vacaciones. Podíamos llegar el viernes por la mañana (o al mediodía a más tardar) e irnos el domingo de noche... aunque esa idea a mí no me parecía tan buena porque me imaginé que un domingo a la noche en la ruta habría muchísimo tránsito y el viaje de vuelta se haría interminable. Pero no dije nada. Sobre todo porque Juancho se ofreció llevarnos en su coche... el viejo Mercury azul que continuamente está en el taller porque tiene algo roto, o porque le falta una pieza. Según creo, ese auto pertenecía al abuelo de Juancho y éste se lo regaló para su cumpleaños, poco antes de morir.
A esto también me mostré de acuerdo, pese a que tenía mis reparos... no me parecía que el Mercury estuviera en condiciones de hacer un viaje tan largo. Juancho casi no lo usaba precisamente por eso. Yo mismo me había subido al Mercury alguna vez. Tengo que decir que conmigo se portó bien, como si supiera que yo era una presencia amistosa... pero eso había sido en un par de viajes cortos, de la casa de Juancho a la mía o viceversa. Nunca había hecho un viaje por carretera con el Mercury... me figuraba que Juancho tampoco. “Bueno –me dije en ese momento, cuando me disponía a llamar a Melina para confirmarle el viaje e informarle de los términos del mismo-, para todo hay una primera vez, ¿no?”


Juancho prometió pasarnos a buscar el viernes por la mañana a nuestras respetivas casas y eso hizo, alrededor de las nueve. Primero fue a buscarme a mí (porque sabía mejor el camino a mi casa) y luego fuimos por Melina. Cuando llegamos, la vimos sentada en el muro que bordea su edificio con unos cuatro o cinco bolsos llenos a reventar, a su alrededor.
Al ver aquello, Juancho suspiró.
-Nunca salgas de viaje con una mujer –dijo.
Yo me reí y me imaginé que los dos terminaríamos haciendo esfuerzos sobrehumanos para meter todos aquellos bultos en el baúl del Mercury. “Seguramente no hay espacio suficiente”, pensé. Y no me equivoqué.


2

La primera hora del viaje transcurrió con tranquilidad, casi con monotonía. Juancho iba conduciendo y yo estaba a su lado, en el asiento del acompañante. Melina, por su parte, viajaba en el asiento de atrás, rodeada de algunos de sus muchos bolsos.
Yo me entretenía mirando el paisaje de la ruta 9, que era casi siempre el mismo: campo, alambrados, monte, más campo, algunas vacas, algunos caballos, casitas perdidas en la lejanía, galpones, más campo... era como los fondos continuos de los dibujos animados. En un momento, me pareció que habíamos pasado junto a la misma vaca dos veces.
La radio estaba prendida y escuchábamos música vieja que Juancho tenía en un caset. Sorprendentemente, la casetera del Mercury funcionaba y desde que habíamos partido de Montevideo, habíamos estado escuchando una colección de canciones que iban desde Bob Dylan a bandas como Pantera o Megadeth. Juancho tenía toda una caja llena con auténticos casets con bandas de finales de los ochenta y principios de los noventa... una verdadera colección de reliquias, teniendo en cuenta que el caset es algo que en la actualidad está prácticamente en desuso... pero al menos, teníamos algo para escuchar.


Al principio no hablábamos mucho. Tan sólo hacíamos algunos comentarios sobre cualquier cosa, en especial del paisaje que teníamos a nuestro alrededor. Al principio, los viajes largos pueden parecer emocionantes, pero con el tiempo se vuelven monótonos.
Yo ya empezaba a sentir esa monotonía, cuando Melina se inclinó hacia delante en el asiento de atrás y dijo:
-Veo veo.
En ese momento, la canción de Bob Dylan que estábamos escuchando terminó y el caset se detuvo con un chasquido apagado. Había llegado el final del lado A.
-Dalo vuelta –me dijo Juancho.
Pulsé un botón y el caset salió como una lengua de plástico. Lo di vuelta, lo puse otra vez y apreté play. Casi de inmediato, Bruce Springsteen empezó a cantar, con un coro de voces melódicas de fondo.
-Veo, veo –dijo Melina otra vez con insistencia.
Me volví en el asiento y la miré.
-¿Qué ves? –pregunté.
-¿Una cosa?
-¿Qué cosa?
-Una cosa de color... verde.
Miré a mi alrededor con rapidez. Me pareció que no había nada verde a la vista. Casi todo dentro del Mercury era negro o marrón.
-Me rindo –dije.
-Los árboles de afuera –dijo Melina.
Miré por la ventanilla. Estábamos pasando junto a una hilera de árboles interminable que había detrás de un alambrado. Melina se echó a reír.
-Qué inteligente –dije yo.
-Ya lo sé –repuso ella.
-Bueno –dije-. Me toca a mí... veo, veo.
-¿Qué ves?
-Una cosa.
-¿De qué color?
-De color... magenta –dije.
Juancho rió.
Melina me miró confundida.
-¿Magenta?
-Sí –respondí con solemnidad-. Magenta... Magenta apagado, para ser más exacto.
Melina reflexionó un poco.
-¿Puedo jugar? –preguntó Juancho.
-Claro –dije.
Melina miró a su alrededor, como había hecho yo hacía un momento. Luego miró por la ventanilla, para saber si había algo magenta en la carretera.
Al cabo de un momento dijo:
-Me rindo.
-¿Te rindes? –pregunté-. ¿Tan rápido?
Juancho volvió a reír.
-Sí –dijo Melina, molesta-. Acá no hay nada que sea magenta. Y afuera tampoco.
-¿Cómo que no? –dije yo-. Mira bien.
Melina me echó una mirada impaciente.
-¿Te estás burlando? –preguntó.
-No –me apresuré a decir-. ¡Para nada!
Juancho se echó a reír a carcajadas.
Melina me lanzó un golpe, pero lo esquivé echando la cabeza hacia atrás.
-Se están burlando de mí –dijo-. ¿Cuál es el chiste?
Esto arrancó otra salva de carcajadas de Juancho. Yo también reí, no pude evitarlo.
-En serio –dijo Melina, como si estuviese enojada-. No entiendo. ¿Cuál es el chiste? ¿Qué es de color magenta?
Juancho rió hasta que le saltaron las lágrimas. Es un milagro que no perdiera el control del auto.
-Tienes que mirar con atención, Melina –dije yo-. El demonio está en los detalles.
Melina cruzó los brazos y apretó los labios.
-Son unos idiotas –dijo-. Los dos.
Cuando Juancho logró controlar su risa, me dijo:
-Creo que se merece una explicación.
-Sí, es verdad –dije yo-. Parece que se enojó enserio. –Me volví en el asiento y miré a Melina otra vez-. Mira, lo de Magenta se refiere a... –empecé a decir, pero no pude continuar, porque un estallido sordo y repentino nos sobresaltó a todos.
Melina gritó y Juancho soltó una maldición, mientas giraba el volante con brusquedad, tratando de mantener el control del coche, que había empezado a girar, describiendo un círculo.
No estoy seguro, pero creo que dimos dos o tres vueltas de trompo, en medio de un chirrido espantoso de neumáticos raspando la carretera. Por la ventanilla vi como la cuneta se acercaba cada vez más hacia nosotros, enturbiada por una nube de humo blanco y gris que empezaba a envolvernos.
Juancho volvió a soltar un insulto y casi arranca la palanca del freno de mano de un tirón, mientras que sujetaba el volante con la otra como si fuera a caerse.
De pronto, el Mercury se detuvo con un fuerte sacudón. Los tres nos sacudimos entro del coche como muñecos de trapo. Mi cabeza estuvo a punto de golpearse contra la de Juancho.
El motor del Mercury soltó algo parecido a una tos ahogada y se apagó.
Un silencio repentino cayó sobre nosotros.


3

Sacudí la cabeza, como para tratar de volver en mí. En ese momento, escuché que Juancho tosía a mi lado y luego se aclaraba la garganta. Yo pensé que también iba a toser. El auto estaba lleno de humo con olor a aceite quemado.
-¿Están bien? –preguntó Juancho débilmente.
-Sí –dije yo y entonces tosí.
Me di vuelta en el asiento y vi a Melina. Tenía una expresión entre confundida y asustada y se estaba quitando un mechón de pelo de la cara.
-¿Estás bien, Meli? –pregunté.
-Sí, bien –dijo ella.
Miró a su alrededor, como si no supiera en donde estaba. Uno de sus bolsos se había caído al suelo.
-¿Qué pasó? –dijo en voz baja.
-Creo que... se pinchó una rueda –respondió Juancho.
Pensé que iba a decir algo más, pero de inmediato abrió la puerta del coche y se bajó. Melina y yo intercambiamos una mirada y lo imitamos.
Solo en ese momento, cuando me bajé, me di cuenta dónde estábamos: en el borde de la ruta, con la trompa del auto asomando hacia la cuneta. Era una suerte que Juancho hubiese reaccionado con suficiente rapidez, o de lo contrario hubiésemos terminando hundidos en una zanja llena de agua podrida.
Miré la carretera y pude ver claramente las marcas negras de las ruedas que habíamos dejado en nuestro frenético camino. Parecían pinceladas hechas por un bebé, que describían una curva torcida hasta donde estaba el auto.
“Dios, nunca había visto nada así fuera de una película”, pensé. Pero también pensé que habíamos tenido suerte... podría haber sido peor.
-¡No puede ser! –exclamó Juancho de pronto, sacándome de mi ensoñación.
Vi que estaba agachado junto a la rueda trasera izquierda, con una mano apoyada sobre el herrumbrado guardabarros. Melina estaba a su lado, mirando la rueda como quién mira a una mascota muerta.
Me acerqué.
-¿Qué pasa? –inquirí.
-Mira esto –dijo Juancho señalando la rueda.
Me incliné un poco hacia delante y pude ver que estaba destrozada. No era un simple pinchazo; la llanta estaba literalmente desintegrada. Le faltaba un pedazo, como si un animal enorme se lo hubiese arrancado de un mordisco.
Volví a mirar la carretera y entonces vi que el rastro negro que habíamos dejado estaba sembrado de trozos de goma.
-Increíble –dije en un murmuro apagado-. Creo que la rueda era demasiado vieja.
-No, no tanto –dijo Juancho-. Las cambié hace dos años y el auto casi no lo uso. No pudo haber sido por desgaste.
-¿Y entonces? –preguntó Melina-. ¿Pasamos sobre un montón de navajas?
Juancho la miró con impaciencia, pero no dijo nada.
-Debemos haber pisado algo –dije yo-. Qué fue, no lo sé. Pero no hay otra explicación.
Juancho se puso de pie y se encogió de hombros.
-Bueno, da igual –dijo-. Vamos a cambiar esta maldita rueda.
Fue hasta la puerta abierta del conductor, se asomó y sacó las llaves. Luego volvió y usó la llave para abrir el baúl.
-Voy a necesitar tu ayuda –me dijo.
-Claro –respondí.
Juancho abrió el baúl. La tapa se levantó con un chirrido seco.
Dentro, había una vieja caja de herramientas azul, cubierta de grasa. Un par de botellas de aceite, una de lubricante y otra de líquido de frenos. Un gato hidráulico, también cubierto de grasa. Una bolsa de plástico que parecía contener rulemanes y una correa de goma. También había un rollo de alambre de acero (“Lo atamos con alambre”, pensé), y hasta una tijera de podar, tan oxidada que de seguro ya no se podía usar... Pero no había ninguna rueda de repuesto.
-¿Y la rueda? –preguntó Melina.
-No... no está –dijo Juancho.
-¿Cómo que no está? –preguntó Melina con tono casi acusador.
-No está –repitió Juancho, incrédulo-. No está. No hay rueda.
-Pero... –dijo Melina-. ¿No trajiste rueda de repuesto?
-Creí que la tenía –dijo Juahco, pensativo, como si hablara consigo mismo-. Creí que estaba ahí, nunca la saco, siempre hay una rueda de repuesto en el baúl...
-¿No revisaste antes de salir? –preguntó Melina-. ¿Cómo... cómo no revisaste el baúl antes de salir, Juancho? ¿Cómo?
-Creí que lo había hecho... creí que... Lo revisé, estoy seguro de que lo hice...
-No –dijo Melina-. Evidentemente no. Evidentemente no lo revisaste, Juancho, o habría una rueda de repuesto... y no hay ninguna.
Juancho se tapó los ojos con una mano. Al parecer, no le importó que estuviera tiznada por tocar la rueda del Mercury.
-No puede ser... estoy seguro de que revisé el baúl antes de salir, estoy seguro... –empezó a decir.
-No, Juancho –exclamó Melina-. ¡No lo hiciste!
-Alto, alto –dije yo formando una T con las dos manos, como si fuera un árbitro-. Tiempo. No nos desesperemos, ¿puede ser? Conservemos la calma.
Melina me miró como si la culpa de todo lo que sucedía fuese mía.
-¿Y ahora qué vamos a hacer? –me preguntó-. No tenemos rueda de repuesto. ¿Qué vamos a hacer?
-Podríamos pedir ayuda –dije-. Los tres tenemos celulares, ¿no?
Melina buscó el suyo en el bolsillo de la campera, con tanta rapidez, como si hubiera sonado.
Sacó el teléfono, miró la pantalla y soltó un juramento por lo bajo.
-¿Qué pasa? –pregunté.
-No hay señal –repuso Melina.
Miré el teléfono. En efecto, en la diminuta pantalla aparecía un cartel que decía NO SIGNAL.
Busqué mi propio teléfono, lo abrí y la pantalla se iluminó. Pero en lugar de aparecer la hora y la fecha, como de costumbre, aparecían las palabras BUSCANDO SEÑAL...
Apreté un botón al azar, pero no sucedió nada. En el fondo, no esperaba que sucediera.
-Debemos estar muy lejos de... cualquier lado –dijo Melina.
-¿Cómo pude ser tan estúpido? –se preguntó Juancho-. ¿Cómo no me di cuenta de que no había rueda de repuesto?
-Buena pregunta –dijo Melina.
-No te desesperes –le dije a Juancho-. Creíste que habías revisado el baúl cuando en realidad no era así. A mí me pasa todo el tiempo: estoy seguro de que hice algo y en realidad no lo hice. Claro que siempre me doy cuenta cuando ya es demasiado tarde. ¿Nunca te pasó Melina?
-Sí, puede ser –aceptó Melina, a regañadientes.
-Ahora, lo importante es que nos concentremos en resolver este problema –dije.
-Pero, ¿cómo? –dijo Melina-. ¿Qué vamos a hacer? No tenemos rueda de recambio, no tenemos teléfono...
-Es verdad, pero estamos en una carretera, ¿no? –dije-. Pasan autos todo el tiempo. Lo que tenemos que hacer es esperar a que pase algún conductor y pedirle ayuda. Podría llevarnos a alguna estación de servicio para que busquemos un mecánico.
-¿Estación de servicio? –preguntó Melina mirando hacia ambos lados de la carretera-. Debe estar lejos... estamos en el medio de la nada, Fede.
Miré a mi alrededor. Parecía ser verdad: estábamos en el medio de la nada. Todo estaba muy silencioso... demasiado. Estábamos rodeados de árboles y de campo que parecía extenderse hasta el infinito en todas direcciones, pero no se escuchaba ruido de animales: no había canto de pájaros, ni mugido de vacas, ni relincho de caballos, ni balido de ovejas... ni siquiera se escuchaba a los grillos cantando en los arbustos. Nada, ni el croar de una rana en la zanja llena de agua.
En el campo, a ambos lados de la carretera, no se veía ninguna casa a la lejanía. Ningún casco de estancia, o galpón, o gallinero. Nada: solamente campo y monte. Los únicos rastros de civilización visibles eran los alambrados que delimitaban los campos y los postes de tendido eléctrico, hechos con troncos delgados llenos de nudos, y rematados en la parte de arriba con nidos de horneros que parecían abandonados.
-Alguien tiene que pasar en algún momento –dije-. No estamos en el medio de la nada, Melina, estamos en una de las rutas más transitadas del país.
Melina se encogió de hombros, como diciendo: “Si tú lo dices...”
Y en ese momento, empezamos a escuchar el rumor de un motor que se acercaba.


4

-¿Qué es eso? –preguntó Melina.
-Un auto –dije yo acercándome al medio de la carretera-. Un auto que se acerca.
-Cuidado, Fede –dijo Melina tomándome del brazo. Pero no había problema. El coche que se acercaba no parecía hacerlo con rapidez.
Estábamos en la cima de una pequeña loma, por lo que no vimos al auto hasta que apareció en lo alto, a unos doscientos metros de nosotros, viniendo en nuestra misma dirección, esto es, dirigiéndose al este.
Solo que no era un auto, sino una camioneta. Una de esas camionetas Chevrolet viejas y enormes, que hacen mucho ruido. Esta en concreto, era de un color rojo chillón, que soltaba destellos como un espejo. Parecía que su dueño, acababa de encerar la carrocería. A pesar de que la camioneta era vieja, estaba en perfecto estado. Resplandecía como si nunca en todo el tiempo que llevaba funcionando, se hubiese hecho un solo rasguño. Tal vez su dueño consideraba que era un coche de colección y por eso le daba un trato tan especial. Juancho y yo nos miramos. Melina tenía una expresión de incredulidad, como si dijera “esto no puede ser cierto”. Juancho miraba la camioneta con curiosidad, al igual que yo.
El conductor de la Chevrolet fue aminorando la marcha a medida que se acercaba a nosotros, hasta que se detuvo por completo al llegar junto al Mercury. Entonces, la ventanilla del lado del conductor, que estaba baja hasta la mitad, se bajó del todo, con un chirrido desagradable, y el conductor asomó la cabeza.
-¿Están bien, niños? –preguntó.
Era un hombre bastante entrado en años, delgado, con la cara llena de arrugas y la nariz larga y puntiaguda. Era totalmente calvo excepto por dos matas de cabello enmarañado que le crecían cada una a cada lado de la cabeza. Tenía el cuero cabelludo lleno de manchas marrones y cubierto de un polvillo blanco que parecía caspa. Sus orejas eran enormes, como las de la mayoría de los viejos y también tenían pelo que asomaba hacia fuera como bolas de pelusa gris. Pero lo más llamativo de todo era su cabello. No era blanco, como era de esperar en alguien de su edad, sino de color naranja apagado... como si lo tuviera teñido. El color y la forma de su pelo le daban el aspecto de un payaso, veterano de muchísimos circos.
Su ropa era algo que también llamaba la atención. Llevaba una camisa de color rojo intenso, abotonada hasta el cuello y con los puños también abotonados y unos pantalones vaqueros de lo que me pareció era púrpura (más tarde comprobaría que así era).
“Debe trabajar de payaso en algún circo ambulante –pensé-. O tal vez anima fiestas o algo parecido. Tiene que ser eso”.
-Hola –dijo Juancho, con voz algo nerviosa-. ¿Podría ayudarnos? Tuvimos una... pinchadura y no tenemos repuesto.
El viejo asomó más la cabeza por la ventanilla. Su cuello, delgado como un lápiz y arrugado como el de una tortuga, se estiró y una nuez prominente apareció moviéndose. Miró el Mercury con sus ojos lechosos de color azul pálido.
-Sí... parece que si... –dijo-. Parece que pincharon. ¡Qué mala suerte!
Se quedó en silencio, contemplando el auto, como si le gustara.
-¿Podría ayudarnos? –preguntó Juancho otra vez.
El viejo lo miró.
-¡Sí! –exclamó de pronto con una voz aguda que sonó como el graznido de un gallo. Melina se sobresaltó.
El viejo abrió de golpe la portezuela de la camioneta y se bajó de un salto. Vi que, en efecto, sus pantalones eran púrpuras y, además, llevaba unos extraños mocasines rosados con volados en las lengüetas. Pude ver que sus medias eran soquetes de color verde chillón.
El viejo se acercó al Mercury con pasos elásticos. Se inclinó hacia delante, apoyando las manos enormes y huesudas en las rodillas y examinó la rueda pinchada.
-¡Por Dios! ¿Qué les pasó, niños? ¿Por dónde anduvieron?
-Por esta misma ruta –dijo Juancho.
-Sí –dijo el viejo irguiéndose-. A veces esto pasa por acá... ¡Voy a ayudarlos! Pero lamentablemente no tengo rueda de repuesto.
Nosotros tres nos miramos.
-Pero entonces, ¿cómo... –empezó a decir Juancho.
-¡No se preocupen, niños! No tengo rueda, pero puedo llevarlos a un lugar.
-¿Una estación?
-No, la estación más cercana está a unos cincuenta kilómetros –dijo el viejo-. En esa dirección –señaló hacia el este, en donde la ruta se perdía en la lejanía-. Pero puede llevarlos a la casa de mi primo. No está a más de dos kilómetros de acá... dos kilómetros y medio. Podemos estar ahí en un segundo y pueden usar su teléfono para llamar a un mecánico.
Nosotros volvimos a mirarnos. Entonces volví a mirar al viejo y le pregunté:
-¿Se refiere a esa casa de madera blanca y techo color lavanda?
El viejo soltó una carcajada repentina y nada agradable.
-¡Exacto! –dijo.
Recordaba que, momentos antes de pinchar, habíamos pasado frente a una casa bastante grande y en apariencia muy bien cuidada. No quedaba muy lejos y seguramente ahí había alguien que podría ayudarnos.
-¡Suban, suban, queridos niños! –dijo el viejo haciendo enérgicos movimientos con el brazo-. Vamos a la casa de mi primo.
-Esperen –dijo Melina entonces. Todos nos volvimos a mirarla-. No deberíamos dejar nuestras cosas acá, si vamos a dejar el auto sólo.
-Sólo va a ser un momento, Melina –dijo Juancho-. Creo que esa casa no queda ni a cinco minutos de acá. No vale la pena cargarnos con todo.
-Tu amigo tiene razón, bonita –dijo el viejo-. No se preocupen por sus cosas. Van a estar bien. Vamos a tardar menos que un parpadeo en volver.
Melina hizo una mueca.
-Está bien –dijo, no muy convencida.
Juancho subió todas las ventanillas y cerró todas las puertas y el baúl del Mercury, y se aseguró de que trancarlas con la llave.
La verdad es que a mí tampoco me gustaba mucho la idea de dejar el coche ahí sólo con todas nuestras pertenencias dentro, pero consideré que era lo mejor. No valía la pena que pusiéramos todo nuestro equipaje (mejor dicho, todo el equipaje de Melina) en la camioneta del viejo, si íbamos a hacer un viaje tan corto. Afortunadamente, tenía mi billetera conmigo. En la mochila que había dejado en el asiento del Mercury sólo había un poco de ropa vieja y mi cepillo de dientes. Nada de valor.
-Vamos, vamos, niños –exclamó el viejo. Ya se había subido a la camioneta y había puesto en marcha el ruidoso motor-. No se retrasen.
Abrió la puerta del lado del acompañante y fuimos hacia la camioneta. Juancho entró primero, después Melina y después yo. El asiento de la Chevrolet era enorme, como un sofá y los tres entramos a la perfección. Cuando cerré la puerta, Melina se inclinó un poco hacia mi lado. Era como si no quisiera estar cerca del viejo, a pesar de que Juancho estaba entre ellos. Por alguna razón, a Melina no le había agradado ese anciano. Yo me había dado cuenta desde el principio.


5

El interior de la camioneta olía a desinfectante y un poco a alcohol. Vi que en el suelo, entre los pedales, había una pequeña botella de whisky Sandy Mac. Parecía que llevaba bastante tiempo ahí. El viejo era raro, pero en ese momento, no estaba borracho. De todas maneras, no era tranquilizador saber que le gustaba beber en la camioneta.
Del espejo retrovisor colgaban un par de dados de peluche enormes, de color anaranjado intenso, con los puntos negros. El parabrisas trasero estaba lleno de calcomanías, en su mayoría de caricaturas, calaveras prendidas fuego, osos japoneses y demás extravagancias.
Sobre el tablero, al lado del enorme volante, había una estatuilla de plástico de una bailarina hawaiana que movía las caderas al ritmo de las vibraciones de la camioneta. La cara de la bailarina se había deformado, como si la hubiesen acercado al fuego y ahora tenía una expresión un tanto monstruosa con los rasgos derretidos. Verla contonearse no era un espectáculo muy agradable.
Al principio viajamos en silencio. Un silencio incómodo, al menos para mí. Había una tensión extraña en el aire y no entendía por qué. Pensé que se debía, en gran parte, a la incomodidad de Melina. No sé si Juancho la había notado. Supuse que no.
-Niños –dijo el viejo de ponto con su voz aguda-. ¿Son de Montefideo?
-¿Perdón? –dijo Juancho.
Entonces, el viejo se echó a reír a carcajadas, mientras daba golpes sobre el volante con una mano.
-¡Dios, estos niños son tan inocentes! –exclamó el anciano-. Montefideo... ¡es un chiste!, ¿no lo captan? Cuando digo Montefideo, quiero decir Montevideo. ¡Ja, ja!
-Sí –dijo Juancho-. Somos de Montevideo... los tres.
-Ajá. Lo sabía.
-¿Usted de dónde es? –pregunté yo y de inmediato me arrepentí. La verdad no tenía intención de iniciar una conversación con el anciano... pero me pareció que era mejor que el silencio absoluto.
-De cualquier parte –dijo el viejo-. De ningún lugar en especial... de muchos lugares a la vez... de Marte, mi tierra natal. ¡Marte, patria querida! –cantó el viejo desafinando de manera horrible-. ¡Marte de mis amores!
“Si fuera de Marte, la verdad no me sorprendería”, pensé, pero no lo dije.
-¡Vamos! –dijo entonces, cuando dejó de reír-. ¿Por qué esas caras largas? ¡Anímense! Díganme, ¿cómo se llaman?
Juancho le dijo nuestros nombres.
-¿Y son amigos? ¿Parientes? ¿Primos? ¿Abuelos? ¿O qué?
-Amigos –dijo Juancho.
El viejo dio una palmada repentina sobre la bocina. Esta sonó como un cornetazo típico de dibujos animados. Pensé que seguramente tendría la guantera llena de dentaduras postizas que castañetean, habanos que explotan y flores que arrojan agua.
-¡Viva la amistad! –bramó el viejo, haciendo sonar la bocina-. ¡Viva la amistad!
Melina se estremeció, incómoda. Era evidente que prefería estar en cualquier lado menos allí.
-¿Usted... cómo se llama, señor? –preguntó Juancho.
El viejo miró por la ventanilla de su lado y no respondió. Como si no hubiese escuchado la pregunta.
-¡Tierra a la vista! –gritó señalando hacia un lado.
Los tres vimos que nos acercábamos a aquella casa que habíamos visto antes del accidente. En efecto era bastante grande y ya podíamos ver su techo en forma de pico de brillantes tejas color lavanda.
“Gracias a Dios”, pensé.
-Ahí vamos –dijo el viejo y giró el volante de la camioneta. Esta cruzó de senda y se internó en el camino particular de la casa, que era de tierra marrón claro. La entrada estaba flanqueada por dos torres macizas de ladrillo. Había un portón de hierro forjado, abierto de par en par, como dándonos la bienvenida.
-¿Cómo se llama su primo? –preguntó Juancho.
Pero el viejo tampoco respondió.
-Aquí vamos, aquí vamos –dijo dando saltitos en el asiento, como un niño con ganas de ir al baño-. Qué emoción.
La camioneta avanzó unos veinte metros por el camino, que describía una curva suave y se detuvo frente a la gran casa.
-Bueno –anunció con voz firme, pero sin la alegría de antes-. Fin del viaje.
De pronto, se inclinó sobre nosotros, estirando un brazo largo y delgado como una rama, hasta que sus dedos asieron la manija de la puerta y tiraron de ella. La puerta se abrió con un chirrido.
Miré al viejo y noté que su expresión había cambiado considerablemente. Aquella sonrisa enorme en sus labios arrugados se había desvanecido por completo. Ahora tenía una expresión seria, casi fría. Sus ojos estaban clavados en la casa.
-Vayan, niños –dijo el viejo-. Llamen a la puerta. Mi primo los va atender con la calidez que se merecen. Vayan, vayan...
-¿Acaso usted no va a... –empecé a decir, pero el viejo me interrumpió.
-No querrán dejar su auto mucho tiempo ahí sólo en la ruta, ¿verdad? Vayan.
-Sí –dijo Melina, apresurada-. Es mejor que bajemos.
Creo que si en ese momento yo no me hubiese movido, Melina me habría saltado por encima.
Bajé de la camioneta, luego Melina hizo lo mismo (casi salió expulsada) y finalmente bajó Juancho, despacio. En cuanto lo hizo, el viejo cerró la puerta con un golpe seco.
-Bueno –dijo Juancho volviéndose a la camioneta-. Gracias por...
Pero el anciano puso marcha atrás al instante, pisó el acelerador y la camioneta salió hacia atrás, derrapando sobre el camino de tierra. Dio una vuelta en U y apunto estuvo de chocar la parte trasera contra el tronco de un álamo. Maniobró y luego arrancó a toda velocidad, alejándose por el camino, dejando una nube de humo detrás.


6

Juancho dio un par de pasos rápidos, como si quisiera correr detrás de la camioneta, pero se detuvo.
-Oiga, ¿a dónde va? –gritó-. ¡Oiga!
Pero era imposible que el viejo lo oyera.
Vimos como salía por el camino particular de la casa hacia la ruta y luego se perdía de vista. Lo único que nos quedó fue el rumor de la Chevrolet alejándose y una nube de polvo y humo que empezaba a asentarse.
-¿Por qué... por qué se fue así? –preguntó Melina después de un momento de silencio que a mí se me hizo bastante largo.
-No sé –dijo Juancho.
-Oigan –dijo Melina-. Esto no me gusta.
-¿Qué cosa? –pregunté.
-Esto. Esta... situación. Es muy raro. No me gustaba ese viejo, desde que apareció.
-Bueno, ya se fue –dijo Juancho-. Deberías sentirte mejor.
-Sí, pero, ¿por qué se fue así? Parecía que quería salir corriendo, que quería... escapar.
Juancho se encogió de hombros.
-Te dije que no lo sé, Melina. ¿Cómo quieres que lo sepa? No sé quién era ese maldito viejo. No sé cómo se llama, no sé de dónde vino y no sé a dónde fue. Y, para serte franco, tampoco me importa. Lo único que me importa es arreglar el estúpido Mercury para poder seguir con nuestro estúpido viaje. ¿Tú no quieres eso?
Melina miraba la casa, como si no lo hubiese escuchado.
-Creo que deberíamos irnos –dijo.
-Ni hablar –dijo Juancho-. ¿Ir a dónde? ¿Quieres volver al Mercury y esperar? Ya estamos acá: vamos a pedir ayuda al primo de ese viejo.
Melina no dijo nada más. Por suerte. Estaban a punto de iniciar una discusión y yo no quería eso.
Subimos la escalinata del porche de la casa y Juancho tocó el timbre.
Se escuchó una melodía tenue, dulce, que se desvaneció en la quietud del lugar. La casa estaba tan silenciosa como la ruta en donde habíamos pinchado.
Esperamos unos segundos. Entonces, Juancho volvió a tocar.
-Parece que no hay nadie –dijo Melina.
-El viejo dijo que su primo estaba y que nos ayudaría –respondió Juancho.
“No creo que el viejo sea una fuente muy confiable”, pensé, pero no dije nada.
Juancho volvió a tocar el timbre. Por tercera vez, el tono musical se elevó en el aire quieto como una plegaria y se desvaneció.
-No hay nadie –dijo Melina.
Juancho suspiró, sujetó la manija de la puerta y la giró. Empujó la puerta y esta se abrió sin problemas, sin hacer el menor sonido.
Juancho nos miró tratando de ocultar su sorpresa.
-¿Hola? –preguntó a la puerta abierta-. ¿Hay alguien?
Esperamos un momento, pero nadie nos respondió.
-Si hubiera alguien, creo que nos hubiera oído –dijo Melina.
-¿Hola? –volvió a preguntar Juancho casi gritando.
-Juancho, no hay nadie –dije yo.
-Bueno... igual podríamos entrar, ¿no? –preguntó.
-¿Qué? ¡No! –exclamó Melina.
-Podríamos entrar, usar el teléfono para llamar a un mecánico e irnos –dijo Juancho-. Si por casualidad, el dueño de casa aparece, podemos explicarle la situación. Seguramente va a entender.
Dicho esto, Juancho cruzó el umbral y entró en la casa.
Melina y yo nos miramos con incredulidad.
-¿Se van a quedar ahí? –preguntó Juancho desde el interior.
-Vamos –le dije a Melina-. No pasa nada.
Entré, pero me quedé en el umbral. Melina vaciló un momento más, pero luego vino conmigo. Prefería estar dentro de la casa con nosotros que estar afuera y sola. Era una buena elección.


7

El interior de la casa estaba algo fresco. Eso fue lo primero que noté. El día no era muy frío y, además, era bastante seco, pero parecía que el dueño de casa no había encendido ninguna chimenea o estufa.
Cruzamos un estrecho vestíbulo que tenía unos cuadros de flores colgados de las paredes y llegamos a un salón bastante amplio. Una escalera con barandal subía al segundo piso.
En la sala había un sofá grande de tres cuerpos, un par de sillones que hacían juego, un escritorio pequeño en un rincón con una tapa de persiana. Por todos lados había pequeñas mesitas auxiliares. Muchas de ellas tenían lámparas encima. Otras, plantas y otras, montoncitos muy ordenados de revistas. En las paredes blancas había más cuadros de flores.
En la casa reinaba un orden meticuloso. Todo estaba muy limpio. Parecía que no había una sola mota de polvo en ningún lado. Los muebles habían sido dispuestos con toda precisión para que no desentonaran ni quedaran torcidos respecto a los demás.
-¿Hola? –preguntó Juancho, aunque ya sabía que sólo iba a recibir silencio como respuesta.
-Ahí está el teléfono –dije yo, señalando el escritorio de persiana-. Vamos a llamar a alguien.
Yo iba a hacerlo, pero Juancho se me adelantó.
-Yo me encargo –dijo.
Tomó el auricular del teléfono blanco y se lo llevó a la oreja. Pero en lugar de marcar un número, empezó a apretar la horquilla repetidas veces.
-¿Qué pasa? –pregunté.
-No hay línea –dijo Juancho.
Me acerqué y tomé el auricular. Era cierto. No se escuchaba nada. Hice lo mismo que Juancho: apretar la horquilla varias veces, pero no sirvió de nada.
Entonces miré el aparato. Algo extraño me había llamado la atención. Pasé la mano por los costados y comprobé que no tenía cable. No había ningún cable conectado al teléfono y a la pared.
Levanté el teléfono y me sorprendió descubrir que era increíblemente liviano... como si estuviera hueco. Como si tan sólo fuera una carcasa de plástico. Empecé a apretar los botones, pero estos no se hundían. Parecían pegados, como si fueran botones falsos.
-Esto no es un teléfono –dije-. Es un juguete.
-Imposible... –empezó a decir Juancho, pero entonces yo miré a mi alrededor, sobresaltado.
-¿Dónde está Melina? –pregunté.
Juancho también echó una mirada, buscándola. En ese momento, Melina salió por el umbral arqueado que comunicaba con la cocina.
-Chicos –dijo con expresión grave-. Encontré algo raro en la cocina.
-¿Tan raro como un teléfono falso? –pregunté.
-¿Qué? –preguntó Melina, con expresión confundida.
-El teléfono –dije, enseñándoselo-. No es un teléfono. Es... simplemente una carcasa de plástico. No está conectado a la línea telefónica. Ni siquiera tiene un puerto para conectar el cable. Los botones no se pueden presionar. Es completamente falso. Es un teléfono de juguete de tamaño natural.
Melina me miró con menos sorpresa de la que yo había esperado.
-Yo encontré algo similar –dijo-. Vengan.
Fuimos a la cocina, que era bastante grande. Tenía una mesada central y hasta un armazón en el techo para colgar hoyas y sartenes. El piso era de baldosas negras y blancas, como las cocinas de las películas. El horno era plateado reluciente, igual que el enorme refrigerador. Aquí en la cocina, también todo era muy ordenado... demasiado ordenado. Cada cosa estaba exactamente en sitio. Mover un cubierto un centímetro de donde estaba, hubiese desmoronado aquél orden divino... o, debería haber dicho, artificial.
-Miren el horno –dijo Melina.
Lo miramos. Estaba encendido. Se veía el reflejo tenue de una llama a través de la puerta cerrada.
-¿Dejaron algo cocinándose? –pregunté.
-Eso parece, ¿no? –dijo Melina.
Se acercó al horno y abrió la tapa.
-Miren otra vez –dijo.
El horno estaba prendido, sí, pero no era una llama. Era una pequeña lamparita color naranja colocada en un rincón. Sobre la parrilla del horno había una bandeja con un pollo asado y verduras. Melina sacó la bandeja y la puso sobre la mesada. No se quemó las manos, porque la bandeja estaba fría. De hecho, ni siquiera era de metal.
-Este pollo es falso –dijo Melina y dio golpecitos sobre la dorada superficie. Sonó “toc, toc”-. Es de plástico. Las verduras también.
Tomé un trozo de zanahoria y traté de partirlo a la mitad, pero se dobló en mi mano sin romperse. Era de goma.
-Esto cada vez me gusta menos –dijo Juancho.
A mí tampoco me gustaba. Un teléfono de juguete en el living... un pollo de plástico en un horno que se encendía con una lamparita...
-¿Dónde estamos? –pregunté en voz baja.
-No sé –dijo Juancho-. Y creo que no quiero saberlo.
Yo me dirigí al refrigerador y lo abrí.
Estaba prácticamente vacío, a excepción de más verduras de plástico, un par de botellas de Coca-Cola pintadas para dar la impresión de que estaban llenas y algo que parecía un enorme jamón cocido, también de plástico. Y la heladera no enfriaba, claro. También era de mentira. Pensé que tenía su lógica. ¿Para qué refrigerar comida de plástico?
Traté de abrir las canillas, pero no pude. Estaban trabadas... o también eran falsas. Pensé que, aunque pudiera abrirlas, no saldría una gota de agua.
Juancho empezó a abrir las alacenas que había sobre la mesada (que no era e mármol, sino de plástico, la textura era inconfundible). Todas estaban vacías. Los cajones y los armarios también. Había una ordenada pila de platos, que también eran de plástico, algunos vasos y hasta una botella de vino hecha de cera.
En la mesada central había un centro de mesa compuesto por frutas. Estas también eran de cera, pero eso no era de extrañar.
-Miren lo que encontré –dijo Juancho en un momento.
Vimos que tenía algo en la mano: unas rebanadas de pan lactal.
-¿Es pan de verdad? –preguntó Melina.
-No –dijo Juancho doblando una de las rebanadas. Esta se quebró con un crujido seco-. Son de cartón.
-Quiero irme –dijo Melina-. Esta casa me está asustando.
-A mí también –dije yo.
-Escuchen –empezó a decir Juancho, pero se interrumpió, cuando de pronto, escuchamos que un bebé empezaba a llorar.


8

Melina, sobresaltada, dio un paso hacia atrás, como si buscara donde ocultarse.
-¿De dónde viene eso? –preguntó.
-Creo que del living –dije yo.
-No –repuso Juancho-. Del piso de arriba.
El llanto continuaba, inmutable. Sonaba como un bebé que acaba de despertar de una larga siesta.
“Tal vez es eso –pensé-. En la casa hay un bebé. Un bebé abandonado. Lo dejaron sólo, mientras dormía en silencio y se marcharon”.
-Deberíamos ir a ver –dijo Melina.
-Buena idea –repuse.
Salimos de la cocina y fuimos hacia las escaleras. Empezamos a subir, despacio. El llanto se iba haciendo más claro a medida que subíamos.
Llegamos a un corredor estrecho, alfombrado de verde, en el que había cuatro puertas. En las paredes, había más cuadros de flores, todos dispuestos en un orden perfecto.
Todas las puertas estaban cerradas... el llanto podía provenir de cualquier habitación.
Decidimos ir a la primera que estaba del lado izquierdo. Acerqué el oído a la puerta y escuché. Habíamos acertado. El llanto venía de allí.
Tomé la manija de la puerta y la abrí con cautela. Casi esperaba que algo horrible nos saltara a la cara ni bien abriera la puerta algunos centímetros.
Pero nada horrible saltó y terminé de abrir la puerta.
Nos encontrábamos en una habitación evidentemente confeccionada para un bebé. Las paredes estaban empapeladas de alegre color azul, con un estampado de patitos amarillos sonrientes. Había un armario con los cajones pintados de colores brillantes y una lámpara en el techo que tenía una pantalla con un motivo de los personajes de Disney. Había unas cuantas repisas en las paredes, todas llenas de muñecos y osos de peluche de distintas formas y colores.
Pero lo que más llamó nuestra atención fue la cuna, que estaba al fondo, junto a la ventana. Había un móvil colgando de un gancho en el cielorraso, justo sobre la cuna.
El llanto ya se estaba tornando insoportable. En la habitación, sonaba anormalmente alto, como si el bebé estuviera llorando a través de un megáfono.
Nos acercamos a la cuna y, al asomarnos, vimos al bebé. Estaba cubierto con un edredón blanco hasta el cuello. Tenía los ojos muy abiertos y brillantes y las mejillas regordetas sonrosadas.
En apariencia, era un bebé muy saludable. Excepto por una cosa: no era real.
Era un muñeco de plástico, con un altavoz incorporado, que podía verse dentro de su pequeña boca.
Juancho quitó el edredón y levantó al muñeco, que seguía soltando su llanto artificial. Tenía puesto un vestido verde.
-¿Cómo se apaga esta porquería? –preguntó.
-Dámelo –dijo Melina.
Juancho se lo entregó. Melina dio vuelta al bebé y le levantó el vestido, descubriéndole la espalda. Allí, había un pequeño interruptor, que ella accionó. El llanto cesó de inmediato.
-Gracias –dijo Juancho, agradecido por el silencio. Yo también lo agradecí.
-La verdad es que me esperaba algo así –dije, mirando al bebé de plástico-. Después de lo que vimos hasta ahora...
Melina dejó al bebé otra vez en la cuna, con sumo cuidado, como si fuera de verdad, y hasta volvió a taparlo con el edredón. Juancho y yo la miramos con sorpresa.
-A mí tampoco me sorprende –dijo Melina-. Esto es... como una casa de muñecas.
-Una casa de muñecas de tamaño natural –dije yo.
-Sí –dijo Melina-. Una casa que se ve muy real... se parece a la que yo tenía cuando era niña.
-¿En serio?
-Sí. Mi abuela me regaló una casa de muñecas cuando yo cumplí seis años –prosiguió Melina-. La compró en un viaje que hizo a Inglaterra. Mi abuela solía viajar mucho en esa época. era una casa tan grande que mi madre tuvo que ayudarme a llevarla a mi cuarto, porque yo no la podía levantar sola. Era como una mansión con dos alas a cada lado y se podía abrir por la mitad. Estoy segura de que si le sacaba todas las cosas que tenía dentro, podía meterme, como si me metiera en una valija. Nunca lo intenté, claro. –Una pausa-. Lo que más me fascinaba eran los detalles. Todo era tan... exacto. La casita tenía de todo: venía con una familia entera (papá, mamá, dos hijos y hasta un perrito) pero también venía con todos los accesorios: la cocina estaba totalmente equipada, había un juego entero de vajilla en miniatura y hasta comida en miniatura... como la que vimos en la cocina. El comedor tenía una mesa larga con una docena de sillas, el salón tenía muebles, televisor, lámparas, libreros, un tocadiscos... hasta una chimenea en la que se podía encender una luz. Y las lámparas también podían prenderse. La casa funcionaba con cuatro pilas grades. El teléfono tenía sonido y hasta había timbre en la puerta. Sonaba muy parecido al timbre de esta casa, si una apretaba el botón. Todos los muebles tenían cajones que se podían abrir y todos estaban llenos de cosas: libros, peines, espejos, cajitas de maquillaje... los espejos de los tocadores eran de verdad, si una se miraba, podía verse reflejada. Muchas de mis amigas también tenían casas de muñecas, pero ninguna como esa: la mayoría de las casas que se vendían acá venían completamente vacías, sin accesorios, que había que comprar aparte, o los accesorios no eran más que etiquetas pegadas a las cosas... etiquetas que representaban libros, o platos de comida... Pero la casita que me regaló mi abuela no. Esa casa fue el juguete más increíble que jamás tuve. Pasaba horas y horas por día jugando con ella. –En este punto esbozó una sonrisa triste-. Jugaba tanto que muchas veces mi madre tenía que esconderla bajo llave para que yo me pusiera a hacer los deberes de la escuela.
-¿Qué pasó con la casa? –pregunté-. ¿Todavía la tienes?
-Sí –dijo Melina-. Guardada en el armario, dentro de una caja. Por supuesto que ya no la uso y la inmensa mayoría de las cosas que tenía se perdieron hace tiempo... Pero la casa todavía la tengo.
-Casa de muñecas o no –dijo Juancho, mirando fijamente al bebé de plástico que descansaba dentro de la cuna-. Esto me está dando escalofríos. Creo que es obvio que en esta casa no hay nadie y que no podemos pedir ayuda. Ese viejo desquiciado nos trajo hasta acá como una broma pesada, o por alguna otra razón que prefiero no averiguar... Lo mejor es que nos vayamos, ¿les parece?
-Sí –dije yo-. Estoy de acuerdo.
A mí también me estaba dando escalofríos. Una casa de muñecas de tamaño natural... Y nosotros estábamos encerrados en ella, como muñecos vivientes.
-Sí –dijo Melina, casi con agradecimiento-. Vámonos.
Salimos del cuarto infantil y bajamos las escaleras con rapidez.
Nos dirigíamos a la puerta de salida, cuando escuchamos una voz a nuestra espalda que dijo:
-La cena está lista.
Fue una mujer.
Nos volvimos y miramos la puerta que daba al salón. Había alguien allí; pudimos ver un par de sombras pálidas moviéndose.
-La cena está lista –repitió la voz.
Melina me tomó del brazo, dándole una suave sacudida.
-Vámonos –murmuró en voz tan baja que apenas la escuché.
Había alguien más en la casa, a parte de nosotros y el muñeco bebé. Pero, ¿quién? ¿Acaso era el resto de la familia? ¿Acaso en esa casa de muñecas vivía una familia de muñecos en tamaño natural?
A esas alturas no me parecía una locura. Al contrario, me parecía lo más lógico, dentro de esa situación totalmente ilógica.
-Vámonos –volvió a decir Melina, con un tono de voz igual al anterior. Estaba asustada.
Pero Juancho fue rápidamente hacia la sala, en lugar de ir hacia la puerta de salida.
Se asomó por el umbral y al cabo de un momento, nos hizo una seña con la mano para que nos acercáramos.
-Vengan –dijo en un susurro.
Melina y yo nos acercamos, aunque sin mucha convicción.
-Miren –dijo Juancho.
Nos asomamos y vimos lo mismo que él.
En el sillón del living había un hombre sentado. Estaba leyendo el diario, con las piernas cruzadas. En la alfombra, muy cerca de él, había un niño jugando con unos coloridos autitos de juguete.
El televisor estaba encendido y en él vimos una cara que nos resultó muy familiar.
-El viejo –dijo Melina, señalando el televisor.
Era verdad. Era la cara del viejo la que veíamos en la pantalla y a todo color. El mismo viejo estrafalario que nos había encontrado en medio de la ruta y nos había llevado en su camioneta hasta esa casa infernal.
Estaba en la televisión, haciendo muecas con su cara elástica y arrugada y sacudiendo su enorme corbata de moña color rojo chillón. Se escuchaban risas de fondo, como si estuviera actuando frente a un público que al parecer disfrutaba del espectáculo.
De pronto, alguien más apareció en la sala, pero del otro lado, en la puerta de la cocina. Era una mujer esbelta que llevaba puesto un vestido florado y un delantal rosado. En una mano tenía un cuchillo enorme de carnicero. La hoja resplandecía, enseñando su filo cruel.
-La cena está lista –dijo la mujer otra vez.
Sólo que no era una mujer.
Era una especie de maniquí articulado. Su piel de plástico era de color de la piel natural (al igual que la piel del bebé), pero se notaba que era plástico. Sus ojos eran brillantes y vacíos y ni siquiera podían girar. Estaban fijos, mirando siempre en la misma dirección. La boca de la mujer, pintada de un color rojo tan intenso que parecía sangre, tenía una sonrisa petrificada que no podía borrarse. Una sonrisa de muñeca, que pretendía ser dulce o amable, pero que en realidad, resultaba siniestra.
Cuando la mujer-maniquí dijo “La cena está lista” por cuarta vez, el hombre dejó el diario y se levantó. Él también era un muñeco. Sus rasgos eran demasiado perfectos y el pelo era una masa inmóvil de plástico pintado de castaño. Sus movimientos eran toscos, robóticos. Su cuerpo solamente tenía las articulaciones básicas de brazos y piernas. Tal vez podía girar la cabeza trescientos sesenta grados (lo cual no era nada humano), pero nada más.
-Vamos, Timoteo –dijo el muñeco, inclinándose un poco hacia el niño que jugaba en el suelo-. Mamá ya preparó la cena.
El niño levantó un poco la cabeza, irguió el cuerpo y se levantó. Lo hizo sin flexionar los brazos ni las rodillas. Sus miembros de plástico eran totalmente rígidos.
-Está bien, ya voy.
-A lavarse las manos, chicos –dijo la mujer, desde el umbral de la cocina.
El niño emitió un sonido que pareció ser de protesta.
-Nada de protestas –dijo el padre-. Hay que lavarse las manos antes de comer. Vamos.
-Está bien –repitió el niño a regañadientes.
Fueron hacia el baño de la planta baja.
En ese momento, la madre giró la cabeza, mirando directamente a donde estábamos nosotros.
-¡Oh! –gritó su voz artificial-. ¡Tenemos visitas! –Sus manos de plástico se elevaron hasta la cabeza. Todavía tenía el cuchillo así que este también se elevó, apuntando su afilada hoja directamente hacia nosotros-. Se van a quedar a comer, ¿verdad? ¡Querido! ¡Tenemos visitas! ¡Hay que poner tres platos más en la mesa!
En la televisión, el viejo dejó de hacer sus ridículas morisquetas y nos miró.
-¡Sí! –dijo con su voz chillona-. ¡Tenemos visitas! ¡Las visitas que traje yo! ¡Quédense a comer! ¡La cena está lista! ¡Ja, ja, ja, ja!
Echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír a carcajadas. El público que lo miraba, lo acompañó y empezó a reír.
La mujer-maniquí también empezó a reír, con risitas cortas y rápidas. Todavía tenía los brazos levantados y el cuchillo apuntando hacia nosotros. Entones empezó a acercarse. Sus movimientos eran extraños, propios de un muñeco que no puede flexionar rodillas ni pies. Su cuerpo se sacudía con cada paso.
-Quédense a comer –nos dijo la mujer-. La comida esta lista.
El padre y el niño salieron de la cocina y también empezaron a caminar hacia nosotros, con los brazos extendidos, como si quisieran atraparnos. Caminaban igual que la madre. Y también reían. En la televisión, el viejo no paraba de reír. Y el público también.
Nosotros empezamos a gritar.
Estuvimos a punto de caer cuando nos precipitamos hacia la puerta de salida.
Juancho manoteó con torpeza, hasta que consiguió abrirla y los tres salimos disparados a toda velocidad, con un coro de risas malévolas de fondo.
-¡Quédense a cenar! –gritaban los muñecos, todavía-. ¡Quédense a cenar! ¡Ja, ja, ja!



9

El Mercury estaba exactamente donde nosotros lo habíamos dejado, a un costado de la carretera, con las cuatro puertas y el baúl bien cerrados, las ventanas subidas y una de las ruedas traseras destrozada.
Habíamos caminado (o, mejor dicho, casi corrido) de regreso al coche desde la casa. habíamos tardado unos quince minutos, pero estábamos tan nerviosos y caminamos con un paso tan apresurado, que cuando llegamos al auto, estábamos exhaustos. A mí me dolían las piernas, como si hubiese corrido una maratón y el corazón me latía con fuerza en el pecho.
Durante el camino de regreso, no vimos a ninguno de los desquiciados muñecos que nos habíamos encontrado en la casa. Tampoco nos encontramos al viejo en su camioneta de color rojo chillón. Al parecer, el viejo y sus muñecos habían decidido dejarnos en paz. A lo mejor, ya no los divertíamos.
Juancho buscó las llaves del coche en su bolsillo, abrió la puerta del conductor y se sentó en el asiento, con las piernas hacia fuera. Yo me recosté contra el costado del coche y Melina se sentó sobre la tapa del cofre.
Al principio nos quedamos en silencio durante un rato. Como si no supiéramos bien qué decir. Todavía estábamos demasiado azorados por la experiencia que acabábamos de vivir... Aunque a mí me parecía más bien una pesadilla irreal.
Finalmente, Melina dijo:
-¿Y ahora qué hacemos? –tenía la voz ronca, como siempre que está cansada.
Juancho bajó la cabeza y la sacudió, como diciendo: “No tengo idea”.
En ese momento, escuchamos el ruido de un motor, que se acercaba.
Melina se sobresaltó y bajó del cofre del Mercury, como si alguien la hubiese empujado. Juancho se levantó con rapidez. Los tres fuimos a la mitad de la carretera y miramos hacia ambos lados.
-¿Es él? –preguntó Melina.
-No –me apresuré a decir-. Es otro coche.
-¿Estás seguro?
-Sí. No suena igual a la camioneta del viejo.
En efecto, un coche apareció a lo lejos, acercándose a nosotros. Y no era la camioneta Ford del viejo. Era un Wolkswagen Parati color celeste sucio... Un coche totalmente inocuo, que iba en dirección a Montevideo.
-Tal vez pueda ayudarnos –dijo Juancho.
-¿Estás seguro? –preguntó Melina, recelosa.
-Es un auto común y corriente, Melina –dijo Juancho con tono de impaciencia.
El Wolkswagen llegó hasta nosotros y aminoró la marcha. Juancho le hizo señas con las manos.
El conductor se orilló y se detuvo. Se asomó por la ventanilla del lado del acompañante, mirándonos. Era un hombre de mediana edad, calvo, vestido con una camisa de franela a cuadros. Su rostro era totalmente insípido, común.
“Un hombre normal, en un coche normal”, pensé.
-¿Necesitan ayuda? –preguntó, solícito.
-Sí –dijo Juancho y los tres nos acercamos al auto-. Pinchamos una rueda y no tenemos repuesto... ¿Por casualidad usted podría...?
El conductor echó una mirada evaluativa al Mercury.
-Guau –dijo el conductor-. Un Mercury. Hacía tiempo que no veía uno de esos. Yo tengo una rueda de auxilio –dijo-. Si quieren, puedo dejárselas.
-No –dijo Juancho-. No puede dejarnos su rueda de auxilio. ¿Usted con qué se quedaría?
-No hay problema –dijo el hombre, sonriendo con amabilidad-. Evidentemente ustedes la necesitan más que yo.
-¿No podría llevarnos a una estación de servicio o algo así? –pregunté yo.
El hombre hizo una mueca y negó con la cabeza.
-Lo lamento –dijo-. La verdad es que estoy muy apurado. El trabajo me tiene de arriba para abajo todo el día. Escuchen: puedo dejarles la rueda ustedes pueden colocarla. Saben cómo colocar una rueda, ¿verdad?
-Sí, por supuesto –dijo Juancho. Iba a agregar algo más, pero entonces el hombre se bajó del coche.
-Perfecto –dijo.
Rodeó el Wolkswagen, abrió la puerta de atrás, que se elevó hacia arriba silenciosamente y empezó a sacar la rueda que estaba allí, sujeta con una correa.
-Por favor, déjeme ayudarlo –dijo Juancho y se apresuró a ayudarlo.
Entre los dos pusieron la rueda en el suelo. Estaba bien inflada y rebotó un poco.
-¿Tienen herramientas? –preguntó el hombre.
-Sí, no se preocupe.
-Muy bien. Me gustaría quedarme a ayudarlos, pero, como les dije, estoy muy apurado. Que tengan suerte, chicos. Cuídense.
Y se apresuró a volver a su coche.
-Espere –dije yo-. Al menos... Al menos, déjenos pagarle por la rueda.
-Sí –dijo Melina-. Es lo menos que podemos hacer.
El hombre volvió a sonreír, levantó una mano y negó con la cabeza.
-No se preocupen –dijo él-. El mundo ya es lo suficientemente ingrato. Si no nos ayudamos entre nosotros, qué nos espera, ¿no?
Nos quedamos en silencio. La verdad, no sabíamos qué decir.
Entonces yo miré el Wolkkswagen. Recordé que mi tío, en una época, había tenido un coche idéntico. Y también noté que algo en el interior del auto me llamaba la atención. Traté de determinar qué era, pero no estaba seguro.
-Muchas gracias –dijo Juancho entonces-. De verdad.
Melina y yo pronunciamos palabras similares de agradecimiento.
-No es nada. –Nos estudió con la mirada un instante-. ¿Están bien?
Los tres nos miramos entre nosotros.
-Sí –dije-. No se preocupe. Sólo... un poco consternados por el accidente.
-Lo entiendo.
El hombre entró en su coche y volvió a encender el motor.
-Cuídense, por favor –dijo, asomando la cabeza por la ventanilla por última vez.
A continuación aceleró y se alejó por la carretera. Nosotros nos quedamos observando como ese coche color celeste, tan común, tan poco llamativo, se perdía en la lejanía.
-Bueno –dije yo-. Creo que por fin nos salió algo bien este día, ¿no?
-Parece que sí –dijo Juancho-. Vamos. Vamos a poner la maldita rueda. Ayúdame, Fede.
-Por supuesto –dije.
En pocos minutos, habíamos colocado la rueda de repuesto. Colocamos la rueda vieja y destrozada en el baúl del Mercury y volvimos a subirnos, dispuestos a continuar con nuestro viaje.
Juancho y yo acabamos con las manos negras por manipular las herramientas cubiertas de grasa y las ruedas mugrientas, pero a mí no me importó. Podía lavarme cuando llegáramos. Lo importante era que por fin habíamos solucionado el problema y que por fin parecía que nuestros planes iban a hacerse realidad.
Pero yo volví a pensar en el Wolkswagen... En lo que había en él que me había llamado la atención cuando lo vi antes de que el conductor se marchara. ¿Qué era? Hice un esfuerzo mental por establecerlo, pero no pude.
-¿Les parece que si le contamos lo que nos pasó a alguien, nos creerá? –preguntó Melina, sacándome de mis reflexiones.
-Puede que sí, puede que no –dijo Juancho-. Pero la verdad, yo no quiero contarle esto a nadie. Lo que quiero, es olvidarlo.
Nos quedamos en silencio un instante.
-Tal vez sea lo mejor –dijo Melina.
En ese momento, me di cuenta. Me di cuenta de qué era lo que me había parecido extraño en el Wolkswagen.
El conductor tenía un montón de papeles sin importancia en el tablero. Eso no tenía nada de raro. Pero también tenía un pequeño adorno de plástico. Una bailarina hawaiana, que meneaba las caderas cuando el auto se encontraba en movimiento.
Una pequeña bailarina de plástico, idéntica a la que tenía el viejo en su camioneta.
Estaba a punto de decirle esto a mis amigos, cuando de pronto, un llanto quebró la quietud del coche. Nos sobresaltamos tanto, que los tres soltamos idénticas exclamaciones de sorpresa.
-¿Qué es eso? –preguntó Juancho, alarmado.
Melina miró asustada a su alrededor, igual que yo.
“No puede ser”, pensé.
-¿Qué es? –preguntó Juancho otra vez, gritando.
Melina se volvió y empezó a levantar y mover los bolsos que estaban detrás del asiento. Entonces, el llanto se hizo más audible.
Yo me pasé para el asiento e atrás, pasando por encima del respaldo del asiento del acompañante.
Miré el compartimiento en donde estaban los bolsos. En el piso del compartimiento, cubierto con un edredón hasta el cuello, como si estuviera en una cuna, estaba el bebé de plástico. El mismo que habíamos encontrado en el cuarto infantil de la casa de muñecas, soltando su llanto artificial.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
-¡Apágalo! –gritó Juancho. No sé si me gritó a mí o a Melina. Tal vez a los dos.
Melina levantó al bebé como si temiera que este fuera a morderla. Entonces, el edredón se deslizó, dejando caer lo que ocultaba debajo, junto al bebé: un enorme cuchillo carnicero.