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sábado, 8 de noviembre de 2008

Zorgs

I. VIAJE FRUSTRADO

1

Todo comenzó con una llamada de Elliot Herman, en la que me dijo:
—Fede, ya puedes venir. La nave está lista.
Al principio no le creí. Había estado hablando de aquella nave desde hacía meses, desde que la idea (según él) se le había ocurrido mágicamente de la noche a la mañana, y había estado trabajando en ella durante todo ese tiempo de manera incansable, aunque sin develarnos mucho sobre el proceso. Cada vez que alguno de nosotros le preguntaba: “Elliot, ¿cómo va la nave?”, él respondía “Bien, bien” y no decía nada más. Era como si pensara que nosotros, al preguntárselo, nos estábamos burlando de él. Tal vez, en el fondo, era así, pero no era con mala intención. Era simple incredulidad. Ninguno de nosotros creía que Elliot Herman, a pesar de toda su capacidad e inventiva, fuera capaz de construir una nave que lo llevara a Marte.
Pero, al parecer, lo había hecho.

Era un sábado radiante y soleado de primavera. Llegué a la casa de Elliot alrededor de las once de la mañana. Tuve que tocar el timbre tres veces para que Elliot me abriera, porque estaba en el jardín. Cuando entré, me encontré con que Melina y Juancho ya estaban ahí.
Elliot me hizo pasar al jardín, evidentemente, muy entusiasmado, hablándome sin parar de su reciente invento. Yo le estaba prestando atención, pero en cuanto salimos al jardín, dejé de oírlo.
Delante de mí, con las cuatro ruedas apoyadas sobre una especie de plataforma de metal, estaba la vieja furgoneta Mark II del padre de Elliot, la que desde hacía casi veinte años que no usaba y que aún guardaba en el garaje, como una reliquia proveniente de un pasado remoto.
Era la misma camioneta que yo había visto antes, no me cupo la menor duda, pero por supuesto, su aspecto no era el usual. Tenía una especie de aleta que le salía del techo, en la parte trasera y dos aletas más en los flancos. Junto a ellos, de cada lado, había un tanque grande, que seguramente, era de combustible, conectado con un tubo plateado. La carrocería entera parecía estar más elevada, como si Elliot hubiese colocado amortiguadores demasiado grandes. Las ventanillas, antes traslúcidas, ahroa eran completamente negras. Cuando la ví por última vez, la Mark II era de un color crema sucio, lleno de manchas de óxido. Ahora, lucía un vistoso color azul eléctrico que destellaba bajo la luz del sol y hacía juego con los cromados de los guardabarros y los tanques de combustible. También vi el nombre con el que Elliot la había bautizado, escrito en letras amarillas sobre la puerta: DANEEL I. Daneel, en honor al célebre robot de las novelas de Isaac Asimov, que era el autor favorito de Elliot.
Elliot, a mi lado, tenía una mirada de orgullo y emoción. Parecía un padre que ve a su hijo recibiéndose cono honores y está a punto de romper en llanto.
—¿Qué te parece? —preguntó.
—Es... —murmuré—. Es... increíble.
No pude decir nada más. Estaba atónito.
Melina había llevado su cámara fotográfica digital Phillips y sacó una fotografía a la furgoneta. Seguramente, ya había sacado unas cuantas antes de que yo llegara.
—¿Ya la probaste? —pregunté.
—No, todavía no —respondió Elliot—. Hice algunas pequeñas pruebas aquí mismo en el jardín, pero todavía no la usé para ningún viaje.
—¿Y piensas hacerlo? —pregunté.
—Claro —respondió él. Nos miró a los tres—. Por eso los llamé. Quería que me acompañaran en el primer viaje tripulado a Marte.
Melina, Juancho y yo, intercambiamos una mirada.
—¿Quieres que vayamos a Marte contigo? —preguntó Juancho.
—Sí —dijo Elliot—. Es un viaje demasiado peligroso para que lo haga solo. Necesito una tripulación.
—Pero no creo que estemos preparados —dije yo—. Se supone que las tripulaciones espaciales pasan meses entrenándose. Ninguno de nosotros es piloto.
—Lo sé, pero no es tan difícil como parece —dijo Elliot—. No crean todo lo que ven en las películas. Volar al espacio es más fácil de lo que parece. Y les aseguro que una vez abordo, no van a tener que realizar ninguna tarea complicada.
—Pero, ¿por qué Marte? —preguntó Melina—. ¿Por qué no un lugar más cercano, como la Luna?
Elliot hizo una mueca de desdén.
—La Luna ya pasó de moda —dijo—. Si estuviésemos en los años veinte o incluso en los sesenta, sería lo adecuado. Pero en el siglo veintiuno, no se puede pensar en la Luna. Hay que ir más lejos. Y Marte es la mejor opción. Después de todo, ningún ser humano ha puesto un pie en él hasta ahora.
Melina sacudió una mano.
—Sigue pareciéndome demasiado peligroso —dijo.
—No hay por qué tener miedo —replicó Elliot—. En serio. El Daneel I es perfectamente seguro.
Volvimos a mirarnos.
—Pero, esperen —dijo Juancho—. Yo no sé mucho de astronomía, pero me parece que Marte queda bastante lejos de La Tierra. ¿Cuánto tardaríamos en llegar en una nave como la Daneel?
—De hecho, la distancia entre La Tierra y Marte depende de las posiciones relativas de estos dos planetas —explicó Elliot con aquella voz de académico que ponía siempre que exponía algo que sabía a la perfección. Resultaba un poco irritante, aunque yo ya estaba acostumbrado—. Marte está más lejos de la Tierra cuando se encuentra en conjunción y más cerca cuando se encuentra en oposición. Se dice que Marte está en conjunción cuando desde la tierra lo vemos en el mismo sentido que el Sol. En cambio, se dice que Marte está en oposición cuando desde la Tierra lo vemos en sentido opuesto al que vemos al Sol. Cuando un planeta está en oposición es visible durante toda la noche.
“Como es natural, los lanzamientos de sondas espaciales se preparan aprovechando las oposiciones de Marte para que la distancia a recorrer sea menor. Marte entra en oposición con la Tierra una vez cada 1,88 años, aproximadamente. Como la órbita de Marte es muy elíptica y la de la Tierra es prácticamente circular, la distancia entre estas dos órbitas varía. Si la oposición ocurre en el afelio la distancia Tierra-Marte es de unos ciento dos millones de kilómetros; en cambio, si la oposición ocurre en el perihelio la distancia Tierra-Marte es de cincuenta y nueve millones de kilómetros... Por si no lo sabían, el afelio es el punto de la órbita marciana más alejado del sol, y el perihelio es el punto de la órbita más próximo al sol. En estos momentos, Marte se encuentra en oposición a la Tierra y, además, cerca del perihelio. O sea, que la distancia entre ambos planetas es, como dije, de unos cincuenta y nueve millones de kilómetros. La Daneel I viaja a unos once kilómetros por segundo cuando alcanza su velocidad máxima. Quiere decir que tardaríamos algo más de sesenta y dos horas en llegar a Marte... No llegan a ser tres días. Claro que todos estos son cálculos aproximados.
Juancho hizo una mueca.
—Es demasiado tiempo —dijo—. No creo que quiera ir. Tengo muchas cosas que hacer y poco tiempo para hacerlas.
Los ojos de Elliot mostraron desilusión tras las gruesas gafas que resplandecían bajo el sol primaveral.
—¿Qué cosas? —preguntó—. ¿A esta altura del año? Se supone que las clases ya terminaron.
—Sí, pero tengo que estudiar para los exámenes —repuso Juancho—. Y no creo que pueda estudiar en esa lata mientras flotamos en el espacio... Además, ten en cuenta que tardaríamos casi tres días en llegar a Marte. Para volver a la Tierra, tardaríamos lo mismo, o sea, que en total serían casi seis días de viaje. A eso, hay que sumarle el tiempo que permanezcamos en el planeta... Redondeando, podría ser un viaje de una semana entera. Es demasiado.
Elliot suspiró y bajó los hombros. Parecía que había dado la batalla por perdida. Entonces, nos miró a Melina y a mí, con renovada esperanza.
—¿Y ustedes? Sí piensan ir, ¿verdad?
Yo lo pensé durante un instante. Yo también estaba muy ocupado. Como Juancho, tenía exámenes qué rendir a principios de noviembre y tenía mucho que estudiar. Además, tenía dibujos que entregar en Vida Silvestre, donde había empezado a trabajar como dibujante desde hacía un par de semanas.
A mí también me parecía un viaje largo, pero por dentro sentía una ansiedad y emoción que me resultaba difícil contener. Después de todo, no era muy habitual que alguien me invitar a hacer un viaje espacial.
Entonces pensé: “Estuve estudiando como loco durante todo el año. Desde que empezaron las clases en el IPA, en marzo, casi no tuve respiro. Me vendría bien un descanso de un par de días, hacer algo diferente, salir de casa... o, mejor dicho, del planeta.”
Miré a Elliot y le pregunté:
—¿Cuánto tiempo piensas que nos quedaremos en Marte?
—Dos días... tal vez tres —dijo Elliot—. El tiempo suficiente como para recolectar la mayor cantidad de datos posible.
—Está bien —dije—. Yo acepto.
—Excelente —exclamó Elliot—. ¿Melina?
Ella se encogió de hombros e hizo un gesto gracioso, como diciendo “¿Por qué no?”
—Claro —dijo—. No tengo nada mejor qué hacer. Y esto sí que podría ser interesante.
—Perfecto —repuso Elliot. Volvió a mirar a Juancho—. ¿Juancho? Todavía estas a tiempo de cambiar de opinión.
Juancho reflexionó tan solo un par de segundos, pero en ese tiempo pude ver que dentro de él, se moría de ganas de venir con nosotros. Aún así, negó con la cabeza.
—Lo siento —dijo—. Pero me quedo.
—Está bien —dijo Elliot, resignado—. No te puedo obligar. Pero, por lo menos, quédate a ver el despegue.
—Claro, eso puedo hacerlo —dijo Juancho.
Melina le dio la cámara.
—Saca algunas fotos cuando despeguemos.
En ese momento, percibí un movimiento por encima nuestro y tuve la sensación de que alguien nos observaba. Me volví y miré hacia la casa vecina. En una ventana del piso de arriba, había alguien mirándonos, semioculto tras una cortina delgada. Atisbé el armazón negro de unos lentes muy gruesos, pero sólo por una fracción de segundo. En cuanto la miré, la persona se ocultó rápidamente detrás de la cortina, desapareciendo.
—Parece que Abelardo quiere venir con nosotros —dije.
—¿Y ese quién era? —preguntó Melina, algo inquieta.
—Abelardo —explicó Elliot—. Mi vecino. No te preocupes, es un poco curioso, pero inofensivo.
—¿Qué hace? —quiso saber ella.
—Nada —dijo Elliot—. Parece que vive encerrado en ese cuarto del piso alto de su casa, mirando todo por la ventana. Le encanta espiar a los vecinos, sobre todo a mí, por las cosas que invento. Creo que sólo lo vi afuera dos o tres veces desde que lo conozco.
—¿Alguna vez hablaste con él?
—Sí, un par de veces. Es un poco... lento. Pero olvídalo, ya se fue.


2

Entramos en el garaje, en donde estaban colgados los trajes espaciales confeccionados por Elliot y que debíamos ponernos para partir. Había cuatro en total y todos eran de un color diferente: naranja, amarillo, verde y celeste. Yo elegí el verde (mi color favorito). Elliot se colocó el celeste y Melina el amarillo. Como Juancho no pensaba viajar, dejó el traje naranja en donde estaba, colgado de la percha.
El traje era bastante liviano y la textura de la tela (fuera lo que fuera) era muy suave al tacto. El casco se ajustaba enroscándolo y cuando me lo puse tuve la sensación de que metía la cabeza dentro de una pecera. En la parte posterior, colgaba el tanque de oxígeno, en una mochila cerrada. El traje contaba con un medidor electrónico de oxígeno en el dorso de la muñeca derecha. Elliot nos explicó que cada tanque tenía dos horas de oxígeno. Cinco minutos antes de que este se acabara, el medidor activaba una alarma que indicaba que había que recargarlo. El cargador, se encontraba en la Mark II, en el panel de control.
Me había puesto el casco solamente para probarlo, para adaptarme a él, pero enseguida me lo quité. Aún no era necesario que lo usara.
Cuando estuvimos listos, Juancho nos pasó revista, con una media sonrisa burlona en los labios. Sin duda, debíamos tener un aspecto bastante gracioso metidos dentro de esos trajes.
—Elliot, los colores que elegiste son preciosos —dijo—. Muy adecuados para esta época del año.
Melina rió, pero a Elliot no le hizo mucha gracia.
Juancho nos apuntó con la cámara.
—Quietos —dijo—. Quiero conservar este momento para la posteridad.
Los tres adoptamos poses afectadas, solemnes y Juancho sacó una fotografía.
Luego, salimos al jardín otra vez. Lo único que nos faltaba era la música triunfal de fondo.
El traje disminuía mi movilidad, pero no demasiado. Pensé que dentro de poco me acostumbraría.
Los cuatro salimos riendo, mientras Juancho nos sacaba fotos, pero de pronto Elliot se paró en seco y todo su cuerpo se estremeció dentro del traje celeste. Los ojos se le abrieron como platos. Yo noté su reacción y de inmediato miré hacia la furgoneta.
—¡No! —gritó Elliot.
La puerta de la cabina estaba abierta y había alguien dentro, sentado frente al volante. Al principio no lo reconocí, creí que sería un ladrón, o tal vez el tío de Elliot, pero me equivoqué. Era Abelardo, su vecino entrometido. Al parecer, había sentido tanta curiosidad, que había decidido salir de su cuarto en el piso alto de la casa y venir a investigar.
Escuchamos un zumbido y la carrocería de la furgoneta vibró. Abelardo la había encendido.
—¡No! —chilló Elliot otra vez—. ¡Abelardo! ¡No!
Y echó a correr hacia la nave.
Nosotros lo seguimos.
—¡Abelardo! —gritó Elliot y se lanzó dentro de la cabina, como si fuera a hacer un clavado en una piscina.
Cayó encima de Abelardo (que era bastante más grande y corpulento que él) y Abelardo soltó un gemido grave y estúpido.
Ambos empezaron a manotear frente al volante, a forcejear. Abelardo tenía una de sus grandes y pálidas manos sobre la cara de Elliot, mientras este intentaba empujarlo fuera de la cabina.
—Fuera de mi nave, idiota —gruñía Elliot—. ¡Fuera!
Pero Abelardo no parecía querer irse.
A mi espalda sentí el clic ficticio de la cámara. Juancho acababa de sacar una foto del increíble acontecimiento.
Entonces, pensé que tenía que hacer algo. Elliot no iba a poder él solo contra Abelardo, por muy  lento que fuera éste.
Rodeé la camioneta y abrí la puerta del lado del conductor. Tomé a Abelardo por los hombros y tiré hacia fuera.
—Vamos, Abelardo —dije con el tono más calmo posible—. No juegues con la máquina de Elliot.
Pero Abelardo no quería hacerme caso.
Empezó a tironear y se sujetó con una mano del volante, mientras que con la otra empezó a dar manotazos torpes sobre el tablero, pulsando un montón de botones distintos.
La nave emitió una serie de ruidos extraños, que no presagiaban nada bueno. Luego, escuché una pequeña detonación y todo el vehículo se sacudió. Los motores se habían encendido.
—¡Abelardooooooo! —gritó Elliot, al borde de la desesperación, mientras forcejeaba con su vecino.
En ese momento, se nos unió Juancho. Trató de meterse como pudo dentro de la cabina y empezó a empujar a Abelardo hacia fuera.
Abelardo no decía nada, se limitaba a soltar esos aullidos graves e insulsos. Los lentes, gruesos como las bases de las botellas, se le habían torcido, dándole un aspecto aún más desquiciado.
—¡Basta! —gritó Melina de repente. Había abierto la puerta lateral de la camioneta y había entrado. Nos miraba con los ojos muy abiertos y llenos de miedo. Ella odiaba las escenas de violencia, tanto como yo.
Abelardo dio otro manotazo al tablero y entonces Daneel I empezó a elevarse. Lo hizo muy lentamente, empujada por las cuatro turbinas que tenía en la parte de abajo. Lo noté en cuanto mis pies empezaron a separarse del suelo. Miré hacia abajo y sentí pánico.
—¡No! —exclamó Elliot—. ¡No puede hacerlo!
Finalmente, los tres (Elliot, Juancho y yo) logramos hacer que Abelardo soltara el volante. Juancho lo empujó con todas sus fuerzas y Abelardo se precipitó hacia fuera. Cayó de espaldas al suelo, gimiendo, cuando la nave ya se había elevado unos cuarenta centímetros del suelo.
Al caer, Abelardo trató de sostenerse y se sujetó de la manija de la puerta abierta. La nave se ladeó bruscamente y Elliot también cayó. Abelardo amortiguó su caída, como un colchón.
Yo me aferraba al borde del asiento y tiré para no caerme. Logré sentarme ante el volante y miré el tablero ante mí. Había tantos botones como en los trasbordadores de la NASA. Un montón de lucecillas pequeñas, de distintos colores, parpadeaba, como los ojos de animales exóticos.
Un número aparecía en una pequeña pantalla. Era un diez, que luego se convertía en un nueve, luego en un ocho, luego en un siete... una cuenta regresiva.
Desde el suelo, Elliot se incorporó tan rápidamente como pudo.
—¡Fede! —me gritó—. ¡Oprime el botón verde debajo de la palanca! ¡El botón verde debajo de la palanca!
Yo miré el tablero, desesperado. El botón verde debajo de la palanca... ¡No encontraba el maldito botón! Para mí todos se veían iguales.
Mientras tanto, la nave seguía subiendo. Ya estaba a unos dos metros de altura.
—¡Fede! —me gritó Elliot desde abajo.
Asomé la cabeza por la ventanilla y lo vi. Abelardo estaba tendido a sus pies. Parecía inconsciente.
—¡No encuentro el botón! —grité—. ¡No encuentro el...
Escuché un pitido y volví a mirar el tablero. La cuenta regresiva había llegado a cero.
Las puertas se cerraron de golpe. Las ventanillas se subieron. La nave se inclinó bruscamente hacia atrás, elevando la parte delantera hacia el cielo. Entonces, los motores cobraron su máxima potencia y despegamos con un estruendo ensordecedor.


3

Me vi empujado y aplastado contra el asiento. A mi espalda, alguien gritó. Melina. Juancho, que estaba sentado al lado mío también se aplastó y su cara adoptó una expresión grotesca, como de máscara de Halloween.
El cielo, que se veía por el parabrisas, empezó a pasar del celeste al azul oscuro y luego, al negro. Empecé a ver cientos de puntitos blancos que se movían tan rápido que formaban líneas.
La Daneel I vibraba con tal fuerza que pensé que de un momento a otro, se despedazaría y nosotros quedaríamos flotando en el espacio para siempre. Las lucecitas del tablero parpadeaban frenéticamente, como luces de discoteca en miniatura.
Tenía los ojos entrecerrados y traté de abrirlos del todo, pero me resultó muy difícil. Aún así, logré ver una palanca en el tablero, debajo de la cual había un botón cuadrado de color verde. ¡Ahí estaba!
Le di un manotazo al botón, pero nada sucedió. Lo hice un par de veces más, pero el resultado fue el mismo: nada. Seguíamos avanzando a toda velocidad por el espacio. Entonces sujeté la palanca, sin saber exactamente lo que hacía y la bajé con rapidez.
La nave desaceleró bruscamente y sentí como la implacable fuerza G que me había aplastado contra el asiento, como la mano invisible de un gigante, empezaba a ceder.
Caí hacia delante, sin fuerzas, y me golpeé la cabeza contra el volante. A Juancho le pasó algo similar, se dio de cara contra la guantera, pero sin mucha fuerza. Ni siquiera se lastimó, pero soltó una maldición.
Sacudí la cabeza, tratando de volver en mí y lo miré.
—¿Estás bien? —pregunté.
Asintió con la cabeza.
—Sí —dijo frotándose la frente de manera teatral.
Me volví en el asiento, mirando hacia atrás. Melina estaba sentada en una silla con cinturón de seguridad. Tenía la cara tan pálida como una sábana y una expresión enfermiza.
—¿Melina? —pregunté—. ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes?
Ella también asintió con la cabeza, débilmente.
—Bien —balbuceó—. Estoy un poco... mareada.
—Sí, yo también —repuse—. El despegue fue muy brusco.
Juancho miró a su alrededor, como buscando algo.
—¿Dónde está Elliot? —preguntó, alarmado.
—No está —dije yo—. Elliot no vino. Cayó al suelo junto con Abelardo, antes de que despegáramos.
—¿Y ahora qué vamos a hacer? —preguntó.
Miré el infernal panel de control de la nave.
—No sé —suspiré. En ese momento, deseé no haber ido nunca a casa de Elliot a ver su más reciente invento.
—Oigan —dijo Melina detrás de nosotros.
Nos dimos vuelta y vimos que estaba inclinada en el asiento mirando por la ventana ancha del costado de la nave.
—Miren eso —dijo, fascinada.
Nosotros miramos por la ventanilla del lado del acompañante. Podíamos ver La Tierra, haciéndose cada vez más pequeña. Podíamos ver el azul intenso de los océanos y el blanco puro de las nubes. Fue la imagen más increíble que vi en mi vida. Algo que, hasta el momento, yo sólo había visto en la televisión o en el cine, pero que ahora veía con mis propios ojos. Y no era una imagen generada por computadora, era real. Estaba viendo a La Tierra, nuestro planeta, visto desde el espacio. Me quedé sin aliento. Durante un momento, olvidé la situación en la que nos encontrábamos y me concentré únicamente en disfrutar de esa imagen espectacular.
Noté que Juancho y Melina estaban igual. Ella sacó varias fotos seguidas, a través de la ventana. Parecía que tenía ganas de abrir la puerta y salir para ver mejor.
Pero nuestra ensoñación duró poco, porque Juancho dijo:
—Nos estamos alejando.
Yo parpadeé, volviendo en mí.
—¿Qué? —pregunté.
—Nos alejamos —repitió Juancho—. La Tierra se está haciendo cada vez más pequeña. Nos alejamos de ella, sin rumbo.
Noté que era cierto. El efecto era sutil, pero se notaba. Yo no había apagado la nave cuando jalé esa palanca. Simplemente, había disminuido la velocidad de despegue, pero seguíamos viajando. Viajando... hacia ningún lugar.
—Tenemos que volver —dijo Juancho—. Ahora mismo.
Miré el panel otra vez, con creciente desesperación.
—¿Cómo funciona esta porquería? —murmuré.
—Sabía que esto era una estupidez —suspiró Juancho—. No podíamos hacer este viaje sin la preparación necesaria. Y yo ni siquiera quería ir.
Dio un pequeño golpe de puño sobre el panel.
—Por favor, no hagas eso —dije yo—. No sabes qué botón podrías apretar.
—¿Elliot no dejó un manual de instrucciones o algo así? —preguntó Melina.
—No creo —respondí—. Se suponía que él iba a venir con nosotros, pero...
Guardamos silencio durante un momento. La desesperación empezaba a rondarnos, la sentía como unas manos heladas que me tocaban las mejillas.
—¿Por qué no pruebas en accionar esa palanca otra vez? —me sugirió Juancho.
Negué con la cabeza.
—Creo que eso nos haría acelerar de manera incontrolable de nuevo —dije—. Podríamos alejarnos todavía más.
—Lo que deberíamos hacer es tratar de comunicarnos con Elliot —agregó Melina—. La nave tiene una radio, ¿no? Creo que eso sí podemos usarlo. Deberíamos intentar comunicarnos con él para que nos diga cómo regresar.
Miré el panel. Debajo de éste, junto a la palanca de cambios, había una radio grande, similar a las que usan los coches de policía en las películas.
—No perdemos nada con intentar —murmuré.
Tomé el auricular y pulsé un botón. La radio se encendió y escuchamos una estática distorsionada. Giré un dial que me pareció servía para captar alguna señal.
—¿Elliot? —dije al auricular—. Elliot, soy yo, Fede ¿Me escuchas?
Aguardé un instante, pero no hubo respuesta. En la radio había mucha estática, así que sería casi imposible poder escuchar algo.
—¿Elliot? —insistí—. Somos nosotros. Responde, por favor. ¿Estás ahí? ¿Elliot?
Esperé un poco más, pero sin éxito.
Iba a mover el dial otra vez, cuando Melina exclamó en mi oído, sobresaltada:
—¡Espera! ¿Escuchaste eso?
—¿Qué? —pregunté. No había escuchado nada, excepto su grito que casi me rompe el tímpano.
—En la radio —dijo Melina—. Escuché algo...
—Sólo es estática —dije.
—No —insistió—, escuché algo. Estoy segura. Como... una voz.
Juancho y yo intercambiamos una mirada perpleja, como si nuestra amiga se hubiese vuelto loca.
Empecé a girar el dial otra vez, muy despacio, tratando de captar la señal que Melina había escuchado. Al cabo de un instante, algo me llamó la atención. Un sonido extraño, que no era estática.
—Ahí está —gritó Melina otra vez en mi oído—. ¿Lo escuchan?
—Sí —dije.
Ajusté un poco más el dial y entonces el sonido se hizo más audible, más definido.
No era una voz, como yo había pensado al principio... o tal vez, sí lo era, sólo que hablaba en un idioma que no entendía.
—¿Qué es? —preguntó Juancho, extrañado.
—Creo que es alguien hablando —dijo Melina.
—Pero no parece estar diciendo nada —observé—. Es como si estuviera... balbuceando.
En efecto, sólo escuchaba una serie de sonidos extraños, indefinibles. Como si alguien tratara de cantar con la boca llena de gelatina. No es una comparación muy exacta, pero es la única que se me ocurre.
Giré el dial un poco más, aunque sin muchas esperanzas. No hubo cambio. El sonido no se hizo más definido.
—No creo que eso sea la voz de alguien —dijo Melina. Por su tono de voz, supe que estaba asustada.
Miré por la ventanilla, en dirección a La Tierra. Nosotros allí arriba y Elliot allá abajo, incapaces de comunicarnos. ¿Qué estaría haciendo ahora? Seguramente, estaría desesperado, incluso llorando, tratando de ponerse en contacto con nosotros.
—Apágala —dijo Juancho, refiriéndose a la radio, que seguía emitiendo aquél extraño balbuceo—. Es inútil. Si queremos volver, vamos a tener que hacerlo por nosotros mismos.
Me incliné hacia delante, pulsé un botón y la radio se apagó. El silencio cayó pesado sobre nosotros, inquietante.
Tomé el volante con ambas manos. Traté de girarlo, pero no pude. Estaba atascado. Parecía que no podía pilotar la nave. Era como si ella misma se hubiera fijado un rumbo determinado, un destino que no iba a cambiar porque nosotros quisiéramos.
—¿Adónde vamos? —preguntó Juancho.
—Creo que a dónde se suponía íbamos a ir —dije—. A Marte.
—Pero, ¿cómo? —exclamó Melina.
—La nave debe estar en piloto automático, o algo así —dije—. No puedo controlarla.
Juancho se lanzó sobre el volante, furioso y trató de girarlo, pero le sucedió lo mismo que a mí. No pudo hacerlo.
—Pedazo de basura inútil —gruñó y le dio un puñetazo al volante. La bocina sonó como una corneta agua. Era un sonido tan ridículo que casi me hace soltar una carcajada.
En ese momento, una luz brilló delante de nosotros, en medio de la negrura del espacio. Fue como el flash de una cámara gigantesca, que llenó el parabrisas de la Daneel I.
Cerramos los ojos y nos protegimos la vista con las manos. Por un instante, temí que iba a quedarme ciego.
Pero entonces, la luz se atenuó con rapidez y empezó a emitir pulsos. Pulsos de luz silenciosa.
Me quité la mano de la cara lentamente y miré, asombrado.
—¿Qué... es eso? —murmuró Melina a mi espalda.
No pude decir nada. Estaba azorado. La luz brillaba frente a la nave, flotando en la nada. Y nosotros nos acercábamos hacia ella, lo supe de inmediato. En ese momento, me pregunté si esa luz se vería desde La Tierra. Tal vez no desde el hemisferio sur occidental, porque allí era de día. Pero en el lejano oriente...
La luz se agrandó de pronto y un rayo salió proyectado de ella, dirigiéndose directo a nuestra nave. Una luz de color azul violáceo nos envolvió, entró por las ventanas, tiñéndolo todo de aquél inquietante color. La cara de Juancho estaba violeta, al igual que la de Melina y la mía, debía tener el mismo aspecto.
—¿Qué es eso? —gritó Melina, aterrada—. ¿Qué pasa?
—No sé —logré decir.
Juancho también gritó. Se sacudía en el asiento, rebotando contra él, como si quisiera salir de la nave. La verdad, es que yo también quería hacerlo.
El rayo empezó a atraernos hacia luz brillante con más rapidez. Nos estaba abduciendo.
De manera instintiva, sujeté el volante con las dos manos. Traté de girarlo otra vez, pero fue inútil. Entonces, empecé a golpea el tablero, pulsando botones, girando perillas, moviendo palancas. Pero nada sucedió. Era como si los controles de la nave estuvieran muertos.
La luz brillante, que era como una nube pulsátil, se hizo tan grande que nos envolvió.
Un segundo después, todo fue oscuridad.
Oscuridad absoluta.


II. LA NAVE

4

Tenía los ojos muy abiertos, pero era como si los tuviese cerrados. Sentí que flotaba, como si estuviera en el espacio, fuera de la nave. Me sentía liviano, sin masa. En realidad, no era una sensación desagradable, pero la oscuridad contribuía a hacerla así.
—¿Melina? —grité con una voz ronca que apenas reconocí—. ¿Juancho? ¿Dónde están? ¡Respondan!
En ese momento, unas luces muy potentes de color azulado se encendieron, pero no dentro de la nave, sino fuera.
Miré a mí alrededor, asustado, y sentí gran alivio al comprobar que todavía estaba en una pieza. Pero todavía persistía el miedo de no saber qué estaba pasando, o en dónde nos encontrábamos.
Juancho estaba a mi lado, con una cara de susto como nunca le había visto. En ese momento, parecía un niño. Melina, en el asiento de atrás, tenía una expresión idéntica y su cabello color miel se había erizado.
Miramos alrededor. Por las ventanas de la nave, entraba esa misteriosa luz azul, que nos hacía ver como seres de otro mundo.
—¿Dónde estamos? —preguntó Juancho—. No nos estamos moviendo.
Me di cuenta de que era verdad. Además, ya no estábamos en el espacio. Estábamos... encerrados en algún lugar.
—Fuimos traídos aquí —dijo Melina de pronto, con un tono de voz chato, sin expresión.
Me volví a mirarla, sobresaltado. Era verdad. La luz brillante y pulsátil que había aparecido de la nada... el rayo de luz que nos había absorbido... algo nos había atrapado y nos había encerrado en... en algún lugar.
Contemplé el panel de control de la nave. Todas las lucecitas estaban apagadas. Apreté el botón verde debajo de la palanca, pero no sucedió nada. Los motores estaban apagados y pensé que ya no iban a arrancar.
—¿Qué hacemos? —preguntó Juancho.
—Creo que lo mejor es que nos quedemos aquí —dije—. Sin movernos. Que nos quedemos a esperar...
—¿A esperar qué? —quiso saber Juancho—. No, lo mejor es que tratemos de irnos.
—La nave no funciona —repliqué—. Parece que... se desactivó, o algo hizo que dejara de funcionar. Seguramente, lo mismo que nos trajo aquí, sea lo que sea este lugar.
De pronto, sentí un ruido detrás, como de algo que se deslizaba. Con el corazón en puño, me volví, convencido de que Melina había abierto la puerta corrediza y había salido. Pero ella estaba con la espalda apoyada contra la pared opuesta y los ojos abiertos como platos. La puerta no la había abierto ella. Se había abierto sola.
Los tres nos quedamos paralizados durante un rato. Yo tenía los músculos tan tensos que me dolían y cada latido de mi corazón era como un martillazo en el pecho.
“Ahora va a entrar algo —pensé—. Tal vez un monstruo de ocho patas y cuatro cabezas o algo parecido”.
Pero no sucedió. Nada entró por la puerta. Esta se quedó abierta, como si aguardara a que saliéramos.
Entonces, ambas puertas de la cabina, la de mi lado y la del lado de Juancho, se abrieron al mismo tiempo. Juancho se estremeció como si se hubiese sentado sobre un hormiguero. Yo contuve el aliento.

Las puertas permanecieron abiertas. Nada se nos acercó.
“Están invitándonos a salir”, pensé.
Y como si me hubiese leído la mente, Melina dijo:
—Creo que sería mejor si...
—No —dijo Juancho de inmediato—. No lo hagas. Podría ser peligroso...
Melina no respondió. Miró la puerta ancha del costado de la camioneta. Quería salir, lo sabía. Yo también quería hacerlo. Por debajo del miedo sentía una curiosidad casi irresistible.
—Melina —murmuré.
Entonces ella se lanzó hacia delante y de un salto, ya estaba fuera de la nace.
—¡Melina! —exclamé y salí de inmediato, sin pensar.
—¡No! —dijo Juancho, más enojado que asustado y también salió.
Ahora, los tres estábamos fuera de la Daneel I.




5

Nos encontrábamos en una especie de cámara circular, enorme, como una caverna de metal azulado. En la pared que nos rodeaba había un anillo de focos redondos que despedían aquella luz azul. No se veían puertas, ventanas, ranuras o cualquier otro tipo de abertura en ningún lado.
Las paredes lustrosas resplandecían levemente. Vi nuestras siluetas difusas reflejadas. El traje espacial confeccionado por Elliot, que todavía llevaba puesto, me daba un aspecto grotesco, como si la piel se me hubiera hinchado y arrugado. Me di cuenta con un sobresalto que Melina y yo no teníamos puestos los cascos. Es más, Juancho ni siquiera tenía traje, vestía con sus pantalones gastados de algodón y la camiseta de AC/DC que le habían regalado hacía siete años para su cumpleaños.
Sin embargo, yo no sentía que me ahogaba, o que los ojos me iban a reventar. Dentro de aquella cámara, se podía respirar con normalidad, lo que quería decir que había oxígeno y la presión era la adecuada.
El aire olía levemente a algo indefinible, pero no desagradable. Olor como a metal nuevo, aunque no exactamente. Hacía frío. No tanto como para que mi aliento formara nubecillas blancas, pero no debíamos estar a más de diez grados.
Melina se acercó a una de las paredes y la tocó, con la mano protegida por el guante del traje. La cerró en un puño y dio un golpecito suave, que ni siquiera se escuchó.
—¿Hola? —preguntó—. ¿Hay alguien ahí?
Juancho se le acercó rápidamente.
—No creo que esa sea buena idea —dijo.
—Tenemos que encontrar una manera de salir —replicó Melina.
Yo negué con la cabeza.
—No vamos a salir, a menos que ellos quieran —dije.
Melina y Juancho se volvieron a mirarme. Su expresión era de asustada perplejidad.
—Estamos a su merced, sean quienes sean —respondí, encogiéndome de hombros. Odiaba escucharme hablar así, pero sabía (y ellos también) que estaba diciendo la verdad.
Melina levantó la cabeza, mirando hacia el alto techo redondo. Debía estar a unos cinco o seis metros de altura.
—¿Creen que nos estén observando en este momento? —preguntó.
—Es muy probable —dije.
—Escuchen, creo que deberíamos volver a la nave y tratar de... —empezó a decir Juancho, cuando de pronto, escuchamos un zumbido leve a nuestra espalda.
Nos dimos vuelta los tres al unísono y vimos como una abertura empezaba a formarse en la pared que estaba enfrente de nosotros. Era una compuerta, que se abría hacia arriba lentamente, descubriendo un rectángulo negro.
Los tres permanecimos muy quietos y muy juntos. Yo casi no respiraba.
La compuerta se abrió hasta una altura de dos metros. Al cabo de un instante, escuchamos pasos que se acercaban. Melina dio un paso hacia atrás, en respuesta, como si estuviese a punto de echarse a correr, y yo la sujeté del brazo con suavidad para que no se moviera. Por alguna razón, pensé que, si corría, sería peor.
En el umbral de la puerta apareció una figura alta que medía casi tanto como la puerta. La figura entró en la cámara, se detuvo y pareció observarnos. Estábamos separados por una distancia de unos siete u ocho metros y en ese momento debíamos parecer una banda de justicieros del lejano oeste enfrentando a un malvado forajido, a punto de batirnos a duelo con él.
La figura dio dos pasos, acortando la distancia que nos separaba. Sentí como todos los músculos de mi cuerpo se tensaban. Antes, la criatura había estado medio oculta por las sombras que producía la nave dentro de la bóveda, pero ahora, había salido por completo a la luz.
En efecto, se trataba de un ser muy alto. Se notaba a pesar de que tenía las piernas flexionadas, como si estuviese agachado. Eran unas piernas delgadas y largas, parecidas a patas de insecto. Supuse que si se erguía llegaría a una altura de cuatro metros. Tal vez más. Se apoyaba sobre unas patas en forma de copa que producían un ruido a succión con cada paso que daba. El torso era alargado y espigado y se notaban los relieves de lo que parecían ser las costillas sobre una piel amarillenta de aspecto rugoso. Los brazos eran tan largos que casi llegaban al suelo y huesudos como las ramas de un árbol en invierno. La cabeza tenía forma triangular. Los ojos no eran grandes y ovalados como los de los marcianitos de la televisión. Eran circulares, pequeños, como un par de canicas negras incrustadas a los costados del cráneo. Cada ojo estaba a colocado en el extremo de una protuberancia carnosa que se movía independientemente de la otra, por lo que un ojo podía mirar en una dirección y el otro en otra. La boca, colocada muy abajo en la punta del triángulo invertido que era la cabeza, era una hendidura arrugada de la que asomaban unos dientecillos afilados muy finos. Me imaginé que esos dientes podrían triturar cualquier cosa que atraparan.
La criatura se acercó otro paso. Noté que llevaba algo en una de sus manos de tres dedos. Era un objeto que parecía un micrófono o una linterna... tal vez, fuera un arma.
A mi lado, escuchaba la respiración entrecortada de Melina. me figuré que había entrado en shock debido a la impresión de ver un ser de esas características.
Traté de decir algo, pero no pude. Mi boca se abrió y se cerró, como la de un pez fuera del agua. Yo también estaba aterrado.
El ser nos apuntó con su arma—linterna. Apretó un botón y del extremo del objeto salió un destello de luz violácea, como un relámpago silencioso que me encegueció. Un instante después, lo vi todo negro, porque había perdido el conocimiento.


6

Cuando volví en mí, la cabeza me daba vueltas y me sentía aturdido. Noté que la luz me lastimaba los ojos. Pero ya no era una luz azul, sino blanca brillante. De inmediato me dije que debía estar en otro lugar. Nos habían trasladado de la bóveda azul a algún otro sitio.
Estaba acostado sobre una superficie plana, rígida y fría, como un piso de mármol. Traté de levantarme, pero no pude. No podía mover los brazos y las piernas.
Abrí los ojos del todo, a pesar de la luz, y miré a los lados. Mis brazos estaban extendidos hacia arriba. Tenía las muñecas sujetas con gruesas abrazaderas. Miré hacia abajo y noté que mis tobillos estaban igual. Y no estaba acostado en el suelo, sino en posición casi vertical, sobre una especie de mesa o plataforma.
La habitación en que me encontraba era absolutamente blanca. La luz pareja provenía de todas partes, como si las mismas paredes la irradiaran. Hacía tanto frío como dentro de un frigorífico y el aire tenía un olor fuerte similar al formaldehído.
“Esto es alguna clase de laboratorio”, pensé y una oleada de terror me subió por el vientre como una corriente eléctrica. Si eso era un laboratorio y yo estaba atado en una mesa, eso significaba que...
Escuché un gemido débil a mi lado. Giré la cabeza y vi que Juancho estaba allí, en idéntica posición que yo. Sujeto de pies y manos en una mesa igual a la mía.
Juancho movía la cabeza lentamente hacia los lados, con los ojos cerrados, como si hubiera sufrido un golpe muy fuerte.
—¿Juancho? —dije. mi voz sonó extraña, como si fuera otro el que hablaba.
Juancho abrió un poco los ojos y me miró. Tenía las córneas inyectadas en sangre y su expresión era aturdida, como si no me reconociera.
—Juancho —repetí.
—¿Fede? —balbuceó él, arrastrando las letras.
Entonces me di cuenta de algo. Miré hacia el otro lado. Miré en todas direcciones, pero en esa habitación sólo estábamos Juancho y yo.
—¿Dónde está Melina? —pregunté.
Juancho negó con la cabeza. Como yo, no tenía idea del paradero de nuestra amiga.
—¿Dónde... dónde estamos? —quiso saber.
—No sé —dije.
—¿Qué pasó? Estábamos en esa bóveda azul y entonces... apareció alguien y...
—Sí —dije yo—. De alguna manera nos noquearon y nos trajeron aquí.
Juancho miró las abrazaderas que le sujetaban las muñecas y abrió los ojos como platos.
—¿Qué es eso? —exclamó—. ¿Por qué estamos atados?
Lo miré con impotencia. No sabía qué responder, o tal vez, sí lo sabía, pero la respuesta era demasiado aterradora para decirla en voz alta.
De pronto, una compuerta se abrió. Lo hizo de la misma manera que en la cámara azul: levantándose hacia arriba. Juancho y yo nos paralizamos.
Vimos entrar otra criatura como la que nos habíamos encontrado en la cámara... o quizás, se tratara de la misma. Tuvo que agachar la cabeza para poder pasar por la puerta. Caminó con sus patas en forma de sopapa hacia nosotros y nos escrutó con sus horribles ojos negros y redondos. Un ojo me miraba a mí y el otro a Juancho. La boca se abrió un poco y la criatura soltó un chillido leve, que parecía de júbilo.
Luego extendió un brazo largo y huesudo como una rama. Uno de sus largos dedos se estiró y me rozó la cara. Fue como si me tocaran con la piel de una rata muerta. El asco me hizo estremecer.
—¡No me toques, adefesio! —grité.
El ser no reaccionó a mi insulto. Claro, no era humano.
Con la otra mano, tocó la cara de Juancho. Este reaccionó de inmediato y lo escupió en plena cara. Yo tenía la boca seca, de lo contrario, hubiera hecho lo mismo.
El ser se paralizó. Evidentemente, eso sí lo había entendido. Entonces, su boca se abrió más y de ella salió una lengua larga, plan a y bífida de color gris oscuro. Estaba surcada de venas negras. La lengua se estiró y se colocó sobre la cara, lamiendo el escupitajo de Juancho. Lo peor fue que pareció saborearlo.
La lengua volvió a guardarse en la boca.
—Asqueroso —gruñó Juancho.
El ser fue hasta un rincón del cuarto y apoyó una mano en la pared. En esta se abrió una compuerta cuadrada de la que emergió una mesa de forma elíptica, parecida a una tabla de surf y bastante larga. Sobre la mesa había toda clase de objetos de distintos tamaños y formas, pero todos parecían instrumentos manuales para hacer trabajos de precisión.
Sentí que el corazón se me contraía en el pecho.
La mesa flotaba sobre el suelo, a un metro de altura, sin ser sostenida por patas, ni soportes de ninguna clase. El ente regresó con nosotros y la mesa lo siguió silenciosamente, deslizándose en el aire.
Juancho me lanzó una mirada cargada de terror. Yo no pude decir nada. No sabía qué podía decir en un momento así. Era la primera vez en mi vida que iba a ser el conejillo de indias de un extraterrestre.
El ente tomó un instrumento de la mesa. Era un objeto en forma de huso que se ajustaba perfectamente a su mano de tres dedos. Ejerció presión sobre un costado y del extremo del objeto salió un rayo de luz de color verde chillón. No era una linterna y el rayo tenía la forma de una barra de unos treinta centímetros de largo. Emitía un zumbido agudo como el de un mosquito.
La mirada aterrada de Juancho se clavó en el instrumento. El ser pareció percibir su miedo y disfrutarlo. No sé cómo lo sé, pero... lo sé. Estábamos a merced de una criatura sádica que disfrutaba con nuestro miedo. Sabía que iba a hacernos daño y eso le complacía.
El ser acercó su instrumento mortal a Juancho. Este empezó a gemir, desesperado y a sacudirse. Claro, no era mucho lo que podía moverse, atado a esa mesa.
—¡No! —grité yo—. ¡No lo hagas, monstruo! ¡No lo toques!
En ese momento, hubiera dado todo lo que tenía por un arma cargada.
El rayo de luz verde tocó la camiseta de AC/DC de Juancho y abrió un pequeño tajo, quemándola. Una cinta delgada de humo blanco se elevó en el aire frío y desapareció. Juancho gritó, más de sorpresa que de dolor, porque el rayo no le había tocado la piel. Aún no.
El ser empezó a bajar el instrumento, cortando la camiseta desde el cuello, como si practicara una disección a un cadáver.
—¡No! —grité otra vez—. ¡No te atrevas!
Empecé a patalear, o a intentar hacerlo.
—¡No...
Entonces, repentinamente, la cabeza del monstruo explotó.
Me callé de inmediato, al ver que aquella cabeza deforme reventaba como una calabaza a la que se le ha colocado un petardo. Pedazos viscosos volaron en todas direcciones con un horrible sonido a mojado y me salpicaron la cara y también la de Juancho. Una sustancia verde y espesa como sabia de árbol (la sangre del ente) embadurnó la cara de Juancho. Se veía como si se hubiera aplicado con torpeza una de esas mascarillas de barro que se ponen las mujeres antes de dormir. En otras circunstancias hubiera resultado gracioso.
El ser decapitado, dejó caer el instrumento, que golpeó el suelo, rebotó y dejó una marca quemada. El ser se tambaleó hacia atrás, se volvió con torpeza. Pareció que iba a salir corriendo, pero sus patas se enredaron y se desplomó en el suelo. Sus largas manos aún se movían, a ciegas, como si buscaran algo... probablemente, la cabeza.





7

Miré al monstruo tendido en el suelo, muerto, o casi muerto. Sus dedos aún se movían. Era como ver una cucaracha que uno no ha aplastado del todo bien y todavía mueve sus patas con desesperación.
Pero, ¿qué le había pasado? ¿Por qué su cabeza había explotado así?
Levanté la mirada y vi que en el umbral de la puerta estaba Melina. Ya no llevaba su traje espacial, sino una especie de camisón que parecía hecho de una delgada tela blanca de goma. El camisón le llegaba hasta los pies, que tenía desnudos, y estaba manchado de la sangre verde de esos seres. Tenía el cabello revuelto y la cara también manchada de verde. En la mano sostenía un arma, que todavía apuntaba hacia el monstruo. Supe de inmediato que era un arma, por lo que acababa de hacer, a pesar de que tenía la inofensiva forma de una lata de refresco.
—Melina —dije sin aliento.
Ella levantó la mirada hacia nosotros, como si recién hubiera notado nuestra presencia.
Bajó el arma y se nos acercó, pasando por encima del monstruo.
—¿Están... bien? —preguntó
—Sí —dije. La escruté con la mirada, sorprendido—. ¿Dónde estabas? ¿Qué te pasó?
—Se los digo después de que los ayude a salir —dijo. Levantó el bisturí láser que se le había caído al ente. Todavía estaba encendido.
—Cuidado —le advirtió Juancho.
Melina acercó el rayo a las abrazaderas que le sujetaban las muñecas. El rayo cortó el material (que parecía metal, pero seguramente no lo era, al menos, no uno conocido en La Tierra) como si fuera manteca. Juancho cayó hacia delante, frotándose las muñecas. Melina cortó las abrazaderas de los tobillos y lo liberó por completo. Luego, me soltó a mí.
Fue hasta la mesa y tomó un par de instrumentos más y nos dio uno a cada uno.
—Tomen —dijo—. No son armas exactamente, pero pueden servir.
—¿Vas a decirnos qué te pasó? —preguntó Juancho.
—Después de que ese monstruo nos noqueara con su luz violeta, desperté y me encontré tendida en una especie de pecera traslúcida —dijo Melina—. Más bien como un ataúd transparente. Me habían quitado el traje y me habían puesto... esto. Había tres seres a mí alrededor, haciendo cosas, como experimentos, y no se dieron cuenta de que yo me había despertado. Hasta que uno se volvió y me vio. Empecé a gritar y a golpear las paredes de la caja. Ellos se acercaron a mí, alarmados. Abrieron la caja y me sacaron. Me sujetaron de los brazos y las piernas con esas manos horribles... yo forcejaba con todas mis fuerzas, pero lograron llevarme en andas hasta un aparato que tenía una mesa parecida a esta. Intentaron ponerme los grilletes, pero yo seguía luchando. La verdad es que estos seres no son tan fuertes como parece y son bastante blandos, como si no tuvieran estructura ósea. Uno de ellos me sujetaba un tobillo. Yo lo sacudí, lo solté y le di una patada en la cara. El ser se fue hacia atrás y cayó. Yo también caí al suelo, aunque los otros dos todavía me sostenían. El que había tumbado se puso en pie y trató de sujetarme otra vez, pero yo tomé uno de sus ojos. Sí, sujeté con fuerza uno de esos ojos saltones y lo retorcí. Logré arrancarlo por completo. Se desprendió como un grumo de gelatina. Creo que ayudó que tenga las uñas tan largas. Un chorro de esa sangre verde asquerosa me salpicó en la cara. El ser soltó un chillido y se apartó, sacudiendo las manos. De inmediato, los otros dos acudieron a ayudarlo. Me soltaron y yo me desplomé en el suelo. Me dije que era el momento de escapar. Me levanté y corrí hacia una de esas mesas flotantes llenas de instrumentos. Pensé que alguno me serviría, pero no sabía cuál. Tomé el primero que vi, este —levantó el arma— y en cuanto apunté hacia ellos, se disparó un rayo verde que le destrozó la cabeza a uno. Los otros dos se asustaron y me miraron. Trataron de rodearme, pero estaban desarmados, así que también les disparé. Les volé la cabeza a los dos y salí de allí. Corrí por un pasillo blanco tan helado como un refrigerador. Los estaba buscando. Por suerte, los encontré a tiempo.
—Increíble —dije—. Pero qué bueno que lograste escapar. ¿Estás bien? ¿Te lastimaron?
—No —dijo Melina.
—Pero, ¿por qué a ella la pusieron en un cuarto separado? —preguntó Juancho.
—Es mujer —dije yo—. Es diferente a nosotros. Seguramente, pensaban hacerle otro tipo de pruebas.
—Eso no importa ahora —repuso Melina con tono urgente—. Tenemos que irnos. Seguramente, ya nos están buscando. Tenemos que regresar a la Daneel I y escapar.
—Buena idea —respondí.
Y de inmediato, abandonamos el laboratorio.


8

Melina tenía razón: los corredores estaban helados. Parecía que a esos seres les gustaban las bajas temperaturas.
Cuando salimos del laboratorio en el que Juancho y yo habíamos estado atrapados, empezamos a correr por un pasillo estrecho y muy largo de paredes blancas que irradiaban luz. Tuve la sensación de que me encontraba recorriendo el intestino de un robot. Sé que suena descabellado, pero eso fue lo que sentí.
—Esperen un momento —dijo Juancho mientras corríamos—. ¿Tienen idea de a dónde vamos? ¿Cómo saben que nuestra nave está en esa dirección?
Nos detuvimos de golpe.
—Es verdad —dije—. No lo sabemos.
—Pero no podemos quedaros quietos —protestó Melina.
—Este lugar es enorme —repuso Juancho—. Si nos ponemos a caminar sin una dirección concreta, seguramente tardaríamos un año en dar con la nave.
—Lo que necesitamos en un mapa, una guía, o algo así —dije.
—Sí, pero, ¿dónde vamos a conseguirla? —preguntó Juancho.
—Tal vez en el laboratorio —sugerí—. Tenemos que volver.
Juancho no pareció muy entusiasmado con la idea, pero aceptó.
Estábamos a menos de diez metros del laboratorio. Y cuando nos disponíamos a regresar, vimos que algo se acercaba por el corredor, a lo lejos.
—¿Qué es eso? —dijo Melina.
Venía muy rápido, deslizándose por el aire. Agucé la vista y vi que se trataba de un extraterrestre montado en una especie de vehículo aéreo, similar a una moto de agua de las que se ven en verano en la playa.
—¡Es uno de ellos! —gritó Juancho.
Melina se adelantó a nosotros, le apuntó con el arma y disparó tres veces. Vi rayos verdes que volaban en dirección al monstruo. Pero este maniobró hábilmente con su nave y esquivó los tres disparos, que dieron en las paredes arqueadas del corredor. Luego, aceleró la marcha.
Melina volvió a disparar y el resultado fue el mismo.
—¡Corran! —gritó Juancho.
—¡No! —dije yo—. ¡Entremos en el laboratorio!
—Pero... —empezó a decir Juancho, pero no le di tiempo a terminar.
—¡Vamos!
Y los tres echamos a correr hacia el laboratorio, en dirección al monstruo que se nos acercaba peligrosamente. Lo veía venírsenos encima de un momento a otro. Seguramente, nos embestiría con su vehículo, despedazándonos. La puerta del laboratorio, parecía estar a diez kilómetros, en lugar de diez metros.
Pero llegamos y nos lanzamos dentro.
La nave siguió de largo por el corredor pasando a toda velocidad. Sentí la ráfaga de aire frío que despedía al pasar, golpeándome la cara.
Caímos al suelo y nos levantamos enseguida. Yo me asomé por la puerta, mirando hacia el corredor. El monstruo se alejaba en su moto voladora. Parecía que no iba a poder frenar y dar marcha atrás, o doblar para volver.
—Se va —observé con voz estúpida.
—Mejor —dijo Melina.
—¿Están locos? —nos gritó Juancho—. ¡Ahora estamos atrapados!
—No, estamos vivos —repliqué—. Si nos hubiésemos echado a correr por el pasillo, esa cosa nos hubiera alcanzado. Va en una nave y nosotros a pie, Juancho. Piénsalo.
Se quedó callado, pensándolo un momento.
—Vamos a buscar ese mapa —dijo Melina y se acercó a una consola que había contra la pared, llena de botones triangulares. Cada botón tenía un símbolo extraño encima. Era como un teclado con las letras del idioma de los extraterrestres.
Examiné el teclado y pregunté a Melina:
—¿Alguna idea?
Ella reflexionó un instante y luego le dio un golpe a un botón con el puño cerrado.
Una luz verdosa se encendió en la pared, encima de la consola. Una pantalla.
En ella aparecieron columnas enteras de esos jeroglíficos incomprensibles, que desaparecían en un parpadeo y eran sustituidas por otras.
—¿Qué dirá ahí? —preguntó Juancho.
Negué con la cabeza.
De pronto, apareció una imagen. Era de nuestro planeta. Del planeta Tierra. Estaba tridimensional y estaba rodeada de anotaciones, que podían ser coordenadas. Al lado del modelo terrestre, había un triángulo formado por una docena de círculos blancos. En la imagen, los círculos se acercaban al planeta, rodeándolo y luego parecían aterrizar sobre él. Los círculos se tornaron rojos y La Tierra se volvió traslúcida.
—Por Dios —murmuró Melina.
—Creo que... —dije yo—. Parece que están planeando una invasión. Van a invadir nuestro planeta.
Nos quedamos en silencio un momento.
Entonces, un extraterrestre apareció en la puerta. Soltó un chillido y nos apuntó con un arma que era como la de Melina, pero mucho más grande.
Disparó.
El disparo dio en una de las mesas (en la que había esto yo) y la desintegró por completo, reduciéndola a un montículo de polvo negro.
Melina le disparó al monstruo y yo, sin saber exactamente por qué, empecé a oprimir todos los botones del teclado. En la pantalla aparecieron símbolos extraños que parpadeaban y bailaban. El disparo que hizo Melina dio al lado de la puerta, dejando una quemadura.
En ese momento, una compuerta redonda se abrió en el techo, justo sobre nuestras cabezas y empezó a aspirar. Era como estar debajo de una aspiradora gigante. El aire producía un silbido ensordecedor.
—¿Qué está pasando? —me gritó Melina, pero no la escuché. Solo vi que se movían sus labios.
La succión fue tan poderosa que nos elevó. Nos separó del suelo y aquella abertura nos tragó como la boca de un enorme monstruo. Para él, éramos tan livianos como pelusas.


III. SALIDA

9

Fuimos absorbidos por un conducto interminable y tortuoso. Yo giraba sobre mí mismo, como si estuviera dentro de una lavadora, mientras el aire frío me azotaba. Creo que gritaba, pero no podía escuchar mis propios gritos. De vez en cuando, chocaba contra las paredes del tubo o contra alguno de mis amigos. Rebotábamos como pelotas de goma y yo tuve la aterradora idea de que íbamos a permanecer así para siempre.
Pero entonces, el ducto se terminó. Se abrió otra boca como la que nos había succionado y caímos al vacío.
Caímos sobre lo que parecía ser un enorme almohadón de gelatina. Sentí un sonido a mojado y cómo la blanda superficie se movía debajo de mí. Tuve una instantánea sensación de repugnancia, pero se disipó rápidamente.
Me levanté despacio, ya que estaba muy mareado. Todo me daba vueltas. Ayudé a Melina y a Juancho a ponerse de pie.
—¿Están bien? —pregunté con voz ahogada.
Ellos asintieron con la cabeza, sin decir palabra. Estaban sin aliento. Melina tenía mechones de pelo enredado cayéndole sobre la cara.
Juancho se pasó una cara manchada con sangre extraterrestre y miró a su alrededor.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
Era un cuarto redondo, similar a la bóveda en la que habíamos aparecido con al Daneel I, solo que esta no tenía luces azules, sino blancas, como las del laboratorio.
Había un ventanal largo en una pared que miraba hacia el espacio. Desde allí podía verse La Tierra, flotando entre un sinfín de estrellas. Estábamos tan cerca de casa... tan cerca y tan lejos a la vez.
Bajamos con torpeza de ese almohadón gigante que había amortiguado nuestra caída.
Y en ese momento, apareció un extraterrestre en el cuarto. Entró por una compuerta y nos miró con sus ojos saltones y movedizos. Este ser era algo distinto a los demás. Era un poco más alto y tenía la piel moteada de verde, como la piel de un sapo.
Se acercó unos pasos a nosotros. Noté que Melina buscaba el desintegrador y que no lo encontraba. Seguramente, se había perdido en nuestra vertiginosa caída. El ente nos estudió con la mirada. Luego echó la cabeza hacia atrás y soltó un bramido que me hizo zumbar los tímpanos. Parecía un grito de guerra y lo que me pareció que gritaba fue: “Zoooooooorgs”.
¿Zorgs?, me dije. ¿Se refiere a ellos a nosotros?
Unas luces en las paredes se encendieron, alrededor de nosotros y dejaron ver un anillo de lo que parecían ser frascos, decenas de ellos. Cada frasco contenía algo en su interior. Una especie de gusano blanco rechoncho con el esbozo de una cabeza triangular y un par de motas negras que eran los ojos. Supe entonces que eran larvas. Larvas de aquellos seres. Sus hijos, sus crías. Y aquél ser moteado de verde debía ser la reina. La encargada de procrear y perpetuar la especie. Nosotros estábamos en su nido, en su cámara de incubación.
Pero, ¿por qué las larvas estaban guardadas en aquellos frascos? ¿Qué pensaban hacer con ellas?
Volví a mirar la ventana. Miré La Tierra, azul y apacible. Pensé que esos frascos eran como cápsulas...
Miré a la reina.
—Eso es lo que van a hacer, ¿no? —dije—. Van a enviar a sus crías a La Tierra. Esa es la invasión que planean, ¿verdad? Seguramente van a usar a las mujeres para incubar. Por eso le estaban haciendo esos estudios a Melina —agregué más para mi mismo que para los demás—. Por eso la tenían en un laboratorio diferente. Necesitaban estudiarla para saber si era apta para su propósito.
No sé si la reina me entendió o no. Volvió a echar la cabeza hacia atrás y soltó otro bramido.
Melina dio un paso adelante. Luego, empezó a acercare a la reina.
—Melina —dije, alarmado, pero ella siguió su camino, sin escucharme. Juancho me miró como diciendo: “¿Qué va a hacer?”, pero sólo pude encogerme de hombros.
Melina se paró frente a la reina con las manos atrás y la miró fijamente. La reina la escrutaba con sus ojos móviles.
—¿Me quieres para que críe a tus hijos? —preguntó.
La reina la miró en silencio. Me pareció que la entendía. Es increíble, pero eso fue lo que me pareció.
—En tus sueños —agregó Melina.
Entonces, sacó las manos de detrás de la espalda, apuntó a la cabeza de la reina con el arma y disparó. No la había perdido. Había tenido el lanza rayos todo el tiempo con ella, simplemente había estado esperando el momento oportuno para usarlo.
La mitad de la cabeza de la reina explotó con un sonido sordo y repugnante y salpicó a Melina de sangre verde, pero a ella no le importó. La reina se tambaleó hacia atrás y empezó a soltar alaridos distorsionados con su media boca, mientras un chorro de sangre verde salía de la cabeza destrozada como en una fuente.
La reina se fue hacia atrás, chocó bruscamente contra la pared, aplastando unos cuantos de los frascos que contenían las larvas. Melina les apuntó y empezó a dispararles. Los frascos estallaban uno a uno y las larvas blancas caían muertas al suelo, bañadas en ese líquido amarillento en el que habían estado guardadas.
Empezó a sonar una alarma. Era un pitido muy agudo que subía y bajaba de tono. Un montón de luces empezaron a prenderse y apagarse, como en una discoteca.
Yo tomé a Melina del brazo, que parecía muy concentrada en destruir a las larvas.
—Vamos —dije—. Tenemos que irnos.
Melina disparó a la ventana, creo que accidentalmente. Abrió un agujero perfectamente redondo en el cristal (si es que era cristal) y la cámara empezó a perder presión, a medida que el aire salía de ella.
Todo se estremeció violentamente, como si hubiera un terremoto.
En ese momento, la compuerta redonda por la que habíamos caído se abrió y tres extraterrestres cayeron hábilmente sobre el almohadón. Los tres estaban armados y empezaron a dispararnos en cuanto nos vieron.
—¡Corran! —grité.
Noté que la compuerta por la que había entrado la reina estaba abierta. De ella salía una fulgurante luz azul.
Melina disparó tres veces sin éxito a los extraterrestres (guardias de la reina, seguramente) que habían llegado, pero no le dio a ninguno. Mientras tanto, la reina estaba apoyada contra la pared, rodeada de sus horribles hijos muertos, sangrando a borbotones, chillando y pataleando.
Cruzamos la compuerta y nos encontramos otra vez en la cámara azul.


10

La Daneel I estaba allí, tal como nosotros la habíamos dejado, con todas las puertas abiertas.
Por favor, que todavía funcione, me dije. Por favor.
En la cámara, se escuchaba la ensordecedora alarma, chillando a más no poder. Allí, el suelo también temblaba.
Entramos a la nave. Escuchamos un ruido a succión cuando cerramos las puertas y la nave se presurizó. Yo me senté al volante, miré desesperado el infernal panel de control y entonces giré las llaves que colgaban del contacto. El motor encendió con un ronquido grave. En ese momento, las luces azules a nuestro alrededor, empezaron a estallar.
Moví la palanca que estaba arriba del botón verde. La Daneel I se elevó un poco del suelo.
—¿Cómo vamos a salir? —gritó Juancho, a mi lado—. ¡No hay salida!
Melina se inclinó sobre el asiento delantero, abrió la ventanilla del lado del conductor, sacó el brazo y disparó con el lanza rayos a la pared que estaba delante nuestro. Disparó varias veces, en círculo. Un trozo derretido de la pared se desprendió y salió disparado como un proyectil hacia el vacío.
Melina se metió rápidamente y yo cerré la ventanilla, antes de que el cambio de presión hiciera implotar la nave.
Dos de los guardias aparecieron en la compuerta y empezaron a dispararnos, pero se veían aturdidos.
—¡Vamos! —gritó Juancho.
Moví la palanca hacia arriba con tanta fuerza, que casi la arranco. Esta vez, no hubo cuenta regresiva, porque fue un despegue de emergencia. Las turbinas laterales se encendieron y la Daneel I arrancó a toda velocidad.
Pasamos por el agujero que había abierto Melina, que era apenas más ancho que la nave. Los laterales rozaron el borde del agujero.
Salimos hacia el espacio a toda velocidad.
Detrás de nosotros, la nave extraterrestre, la nave de los Zorgs, una enorme estructura plateada en forma de plato hexagonal, empezó a estallar. Hubo explosiones en distintos puntos de la nave y luego una explosión enorme. Una luz blanca envolvió nuestra nave y tuve el presentimiento de que se derretiría. Fuimos catapultados por la onda expansiva. Fue un milagro que la nave no se despedazara. Tuve que sostener el volante con mucha fuerza para no perder el control de la nave.
La explosión colapsó de inmediato, al no haber oxigeno que quemar en el espacio.
La Daneel I dejó de vibrar.
Me di cuenta de que estaba empapado en sudor y que el volante estaba caliente. Seguramente el chasis externo de la nave estaba chamuscado. Pero aún funcionaba y estaba seguro de que lograría llevarnos a casa.
Me volví y miré a mis amigos. Juancho estaba tendido en el asiento del acompañante, con las manos encima de la cabeza, como si se protegiera de un bombardeo aéreo. Melina estaba detrás, sentada en el asiento, con las uñas clavadas en los brazos del mismo.
—¿Están bien? —pregunté.
Juancho se irguió lentamente.
—Bien —dijo.
—Yo también —respondió Melina.
—Mely —dije—. Lo que hiciste sí que fue valiente. Nos salvaste la vida a Juancho y a mí dos veces y encima nos ayudaste a escapar.
—Es verdad —repuso Juancho—. Gracias, Mely.
Melina sonrió y se apartó un mechón de pelo manchado de verde de la cara.
—No fue nada —respondió—. Ustedes hubieran hecho lo mismo por mí.
Juancho miraba por el espejo retrovisor.
—Parece que no quedó nada de la nave de esos bichos —comentó.
—Me alegro —respondió Melina.
—Yo también —dije—. Y me pregunto si la explosión se habrá visto desde La Tierra.
—Seguramente sí —dijo Melina.
—Vamos a tener mucho que contar cuando volvamos —dijo Juancho—. Elliot no nos va a creer. Nadie nos va a creer.
—Y no creo que a Elliot le haga mucha gracia el estado en que dejamos su nave —agregué.
—Todo fue culpa de su vecino Abelardo —dijo Juancho y los tres reímos—. Pero impedimos una invasión extraterrestre, así que debería darnos un premio.
Por un momento, miramos La Tierra debajo nuestro. Había girado mientras no estuvimos y ahora todo lo que se veía era el azul infinito del océano... de algún océano. ¿Cuánto tiempo habíamos estado fuera? ¿Acaso serían días? ¿O tal vez semanas?
—Fede —me dijo Melina—. ¿Ya aprendiste a manejar esta nave?
Miré el panel lleno de botones, perillas y lucecitas parpadeantes.
—Creo que estoy aprendiendo —dije.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Juliana

UNO

Una tarde nubosa y fría de principios de septiembre llegué a la casa de mi amigo Rolando Santini, lleno de creciente preocupación. Había escuchado un mensaje suyo grabado en el contestador automático de mi teléfono cuando llegué a casa de la Facultad de Ciencias, en la que estudiaba antes de cometer el error de decidir ir al IPA. Era un mensaje breve, pero lo que decía Rolando con una voz asustada que yo nunca había escuchado, me dejó consternado.
Fede —decía el mensaje—. Necesito... necesito que vengas. Es urgente. Creo que hice algo que no... (se escuchó un sonido extraño, como el gruñido de un animal, seguido de una serie de golpes. Rolando gimió de angustia). Por favor... rápido. Ven rápido. El proyecto del que te hablé se salió de control y..”
Se escuchó otro rugido, esta vez más cerca. Luego, algo que me pareció un grito (es difícil precisarlo, porque el mensaje estaba lleno de ruidos), otro golpe contundente y finalmente silencio.
Yo escuché el mensaje en la quietud de mi living y al principio no supe cómo reaccionar. Simplemente me quedé parado al lado del teléfono, mirando el parlante por el que había salido la voz grabada de mi amigo pidiéndome auxilio. Sentí que empezaba a embargarme una sensación de irrealidad. Era la primera vez que escuchaba a Rolando tan asustado. Sin duda, en el momento de grabar el mensaje, estaba muerto de miedo.
Luego de un momento de silencio, escuché la voz de robot que anunciaba la hora y la fecha en que el mensaje había sido grabado. “4 de septiembre de 2007, 17:21 hs”.
En ese momento, volví en mí y miré el reloj. Eran las 17:40. Hacía casi veinte minutos que el mensaje había sido grabado... cuando yo todavía estaba en la Facultad, asistiendo a una clase de física de dos horas. Había estado en la Facultad desde las nueve de la mañana y durante el regreso a casa sólo había pensado en comer algo y descansar un par de horas antes de empezar a estudiar. Quizá también una pequeña siesta. Un plan sencillo, en el que no tenía previsto escuchar una grabación tan inquietante en el contestador automático.
Ahora, parado junto a la mesita del teléfono, con la mochila todavía colgándome del hombro, me dije que mis planes iban a quedar, al menos por el momento, postergados. No podía ignorar a Rolando. Me estaba pidiendo ayuda. Lo había hecho hacía veinte minutos y quizá ya fuera demasiado tarde.
Así que, descolgué la mochila de mi espalda y la dejé caer al suelo, sin molestarme en colgarla del gancho que hay junto a la puerta, o ponerla sobre una silla. Me volví hacia la puerta y salí. Sabía que tenía que apurarme.
DOS

Llegar a la casa de Rolando, ubicada en la calle Divina Comedia, me llevó otros quince minutos. Ya eran casi las seis. Me pregunté cómo había podido pasar tanto tiempo.
La casa, grande, cómoda y limpia, tenía el mismo aspecto de siempre, al menos desde afuera. Las paredes muy blancas y el tejado bajo de losetas moradas. El césped de la entrada, prolijamente cortado y de un color verde muy vivo. Sobre el sendero escalonado de piedra que conducía a la puerta había algunas hojas de árbol, secas y arrugadas, que habían sido arrastradas por el viento desde la vereda.
En ese momento, la calle estaba desierta y el silencio era absoluto. Yo sabía que Divina Comedia era una calle tranquila, pero nunca la había visto así.
Subí los leves escalones del sendero, encaminándome hacia la puerta de entrada, mientras sentía los latidos de mi corazón cada vez más acelerados. La casa se veía bastante normal, aunque el silencio reinante empezaba a incomodarme. Lo que más me preocupaba era lo que pudiera encontrarme cuando entrara. Durante el camino, había estado pensando en mil posibilidades distintas de lo que podía haber ocurrido. ¿Rolando había sido agredido por alguien? ¿Acaso había entrado un ladrón en la casa? ¿O era algo peor?
Ven rápido —había dicho Rolando—. El proyecto del que te hablé se salió de control y..”.
El proyecto”, pensé. ¿Qué podía tener que ver? ¿Qué era lo que había hecho Rolando exactamente?
Llegué a la puerta.
En ese momento, un lujoso Ford plateado pasó por la calle, prácticamente en silencio. Me volví por un segundo, para mirarlo mientras se alejaba.
Debería pedir ayuda —pensé—. Debería llamar a la policía”.
Mejor no. Estaba preocupado, pero no quería causar un alboroto, al menos por ahora. Primero tenía que asegurarme que todo estaba bien, tenía que tener una idea de lo que estaba pasando.
Toqué el timbre. Escuché su tono musical vibrando dentro de la casa y vi mi rostro reflejado en las ventanillas arqueadas de la puerta blanca estilo Monticcello. Me di cuenta de que tenía un aspecto horrible, como si hubiese visto un fantasma.
Esperé unos segundos que se me hicieron eternos, moviendo los dedos nerviosamente. Rolando no me respondió. Él vivía solo, así que era poco probable que me atendiera alguien que no fuera él.
Volví a intentarlo. Toqué el timbre y además, di tres vigorosos golpes en la puerta.
¿Rolando? —grité, acercando mi cara a las ventanillas—. Soy yo, Fede. Escuché tu mensaje en el contestador. Vine en cuanto pude. —Volví a tocar—. ¿Rolando?
Esperé otra vez. Y no hubo respuesta.
Miré la manija de la puerta. Seguramente estaba cerrada con llave, pero...
Sujeté la manija y la giré. La puerta se abrió sin problemas. Lo normal es que hubiera estado trancada y no me hubiera dejado entrar. Sin embargo, estaba abierta. Era como si alguien que no era Rolando (algún visitante no deseado) supiera que yo iba a ir y me estuviera esperando.
Respiré hondo. Vi cómo la puerta se abría ante mí. Di un paso y entré.
TRES

Cerré la puerta muy despacio, detrás de mí. Estaba en el pequeño vestíbulo de la casa.
¿Rolando? —pregunté en medio del silencio. No me gustó el tono agitado de mi voz—. ¿Rolando? Soy yo, Fede ¿Dónde estás?
¿Y no se te ocurrió pensar que a lo mejor no te llamó desde su casa? —me dije en ese momento—Puede haberte llamado desde cualquier otro lado”
No —dije en voz alta, pero murmurando—. Si Rolando hubiera estado en otro lugar, me lo hubiera dicho.
Tal vez —me dije—, pero era posible que sí estuviera en otro lugar y no hubiese tenido tiempo de decírtelo. Después de todo, el mensaje se interrumpió de golpe. Alguien lo interrumpió”.
Era verdad, pero ya estaba en la casa y procuraría asegurarme que Rolando no estaba allí antes de pensar en ir a otro lado. Después de todo, la puerta de calle no estaba trancada cuando llegué. Eso indicaba que había algo anormal allí.
Di vuelta a la esquina y me encontré en el verdadero vestíbulo, que comunicaba con todas las habitaciones de la casa y en donde estaba la escalera que llevaba al piso de arriba.
Desde allí podía ir a la cocina, al comedor, a la sala de estar o al baño, y si subía, podía ir al cuarto de Rolando, a su estudio, al pequeño cuarto de huéspedes o al baño de la planta alta.
¿Rolando? —volví a preguntar.
Me acerqué a la escalera alfombrada de blanco, (para que hiciera juego con el empapelado de las paredes) y miré hacia arriba. Pensé en subir, pero lo mejor era que primero revisara el piso de abajo.
Fui a la cocina.
Allí, me recibieron los destellos metálicos de los modernos electrodomésticos y el zumbido suave y monocorde de la heladera. Sobre la mesa redonda del centro de la cocina había un vaso con agua y una taza. Cuando me acerqué, vi que la taza contenía un resto de café. Seguramente, el que había tomado Rolando esa mañana. La jarra de la cafetera, colocada sobre el mármol color crema, estaba casi llena.
Sobre la puerta de la heladera había pegadas varias notas escritas a mano, sujetas con imanes con forma de frutas y vegetales. Eran pequeños recordatorios que Rolando solía escribir para no olvidar las tareas que debía realizar. Si había algo que caracterizaba a Rolando era su organización y orden, algo que lo diferenciaba mucho de mí.
Rolando no estaba en la cocina, eso era evidente, así que me fui.
Crucé el vestíbulo y fui al salón, en donde estaba el enorme televisor de pantalla semiplana, el reproductor de DVD y el home theater. Mirar películas en la casa de Rolando era como ir a un cine.
Los sillones blancos y modernos estaban ordenados. Los almohadones no tenían una sola arruga y no había nadie sentado o acostado en ellos. Contra las paredes había estanterías repletas de libros y revistas (en su mayoría libros de ciencias y revistas como “Investigación y Ciencia”, “Nature” y “National Geographic”), además de cajas con CDs (el gusto musical de Rolando iba desde el jazz, pasando por el funk hasta la música tecno) y unos cuantos adornos de vidrio que yo siempre consideré de mal gusto. Pero su dueño, no estaba.
Volví al vestíbulo, pensando en revisar el baño antes de subir, cuando escuché un ruido proveniente del piso de arriba.
Me detuve en seco frente a la escalera y miré hacia lo alto. Sonó como si alguien corriera un mueble pesado con rapidez.
¿Rolando? —pregunté.
La idea de revisar el baño de la planta baja quedó olvidada. Con el nombre de mi amigo en los labios, corrí escaleras arriba.
CUATRO

Cuando llegué al corredor tapizado con una moqueta blanca, me encontré con que la puerta del estudio de Rolando (la habitación que usaba para estudiar y trabajar) estaba abierta de par en par. Las otras puertas (la del baño, del cuarto de huéspedes y el dormitorio) estaban cerradas.
Iba a entrar en el estudio cuando algo en el suelo, sobre la mullida alfombra, me llamó la atención. Me arrodillé para verlo mejor. Eran marcas, como cortes hechos con algún objeto afilado... como un cuchillo. Había seis cortes en total, dispuestos en dos grupos de tres. Eran tan profundos que habían atravesado la moqueta y llegado al suelo de madera de abajo, el cual estaba arañado. Entonces me dije que esas marcas no habían sido hechas con un cuchillo, sino con garras.
Recordé el rugido gutural que había escuchado en mi contestador automático.
¿Acaso Rolando había sido atacado por algún animal? Pero, ¿qué animal podía dejar unas marcas como esas en la alfombra? Seguramente un oso, pero era imposible.
El proyecto del que te hablé se salió de control”...
Entré en el estudio.
Estaba vacío y lo supe desde el pasillo, pero aún así quería ver lo que podía encontrarme allí dentro. Sentía tanta curiosidad por eso como por lo que le había pasado a Rolando.
Allí estaba el moderno escritorio, sobre el cual había un montón de ordenados papeles, un par de vasos portalápices, algunos libros de bolsillo, manuales de física y una calculadora con un sinnúmero de botones. En el rincón opuesto, se encontraba la mesa de la computadora. La máquina estaba apagada. Junto a ella había un teléfono y un par de portarretratos. Colgada de la pared, justo encima de la computadora, había una cartelera de corcho con docenas de notas clavadas con alfileres de colores.
Me acerqué a la mesa de la computadora y empecé a abrir los cajones. Me sentía como un intruso. No me gustó, pero aún así no me detuve. Tal vez pudiera encontrar una pista sobre lo que le había ocurrido a mi amigo. Después de todo, allí, en el estudio, era donde desarrollaba su famoso proyecto.
En los cajones no encontré nada más emocionante que unos cuantos artículos de oficina, paquetes de papel, disquetes y CDs. Miré la limpia superficie de la mesa. Las fotografías enmarcadas llamaron mi atención.
Una era de la casa de Rolando, tomada desde la fachada un soleado día de verano. Yo conocía esa foto, la había visto algunas veces antes. Pero la otra, no. En ella, se veía a Rolando rodeando con un brazo los hombros de una niña de unos siete u ocho años, de ojos enormes de mirada intensa y la nariz moteada de pecas. Ambos sonreían a la cámara, felices. La foto había sido tomada en el jardín de la casa de Rolando, a juzgar por los arbustos que se veían atrás.
Tomé la fotografía para observarla mejor. Sin duda era reciente, porque yo no la había visto antes. La niña no me resultaba familiar. ¿De quién se trataría? Rolando era soltero, no tenía hijos. ¿Alguna sobrina, quizás? ¿La hija de algún amigo?
Dejé la fotografía sobre la mesa y me acerqué al escritorio. Miré los papeles que había encima. En su mayoría eran diagramas hechos por Rolando, con anotaciones, fórmulas y números garabateados a los costados.
Aquello eran algunos bosquejos de su proyecto. No logré entenderlos, sobre todo porque Rolando no me había hablado más que superficialmente de él. Según tenía entendido, estaba relacionado con la interpretación de los sueños. Rolando me había comentado que quería desarrollar un sistema mediante el cual fuera posible visualizar los sueños, con el fin de interpretarlos y comprenderlos mejor.
Hasta la fecha, nadie sabe exactamente por qué soñamos —me había dicho en una ocasión, cuando almorzábamos en la cantina de la Facultad—. Nadie sabe qué son los sueños, qué significan y demás. En ese sentido, la ciencia aún se encuentra en pañales. Ni la psicología, ni la psiquiatría, ni siquiera la neurobiología han podido comprenderlo del todo. Es irónico, ¿no? Para los seres humanos, la mente humana sigue siendo un misterio.
Yo asentí. Estaba de acuerdo con Rolando, aunque me parecía que su proyecto era un tanto ambicioso y no me imaginaba cómo podría llevarlo a cabo. Por supuesto, no le expresé mis ideas. Además, estaba convencido de que Rolando era bastante más inteligente que yo. Tenía una sagacidad, tenacidad y astucia como pocas veces he visto. Sin duda podría alcanzar su meta con relativa facilidad.
Seguí mirando el extraño diagrama, que parecía una especie de anillo erizado de pinchos de los que salían cables muy delgados, sin entender cómo podía ayudarme a encontrar a mi amigo.
Entonces, percibí una presencia en el estudio. Había alguien conmigo y me observaba.
Levanté la vista de inmediato y vi a la niña de la fotografía parada en el umbral de la puerta. Me escudriñó con sus ojos enormes y oscuros y luego me sonrió.
CINCO

Al principio no supe qué hacer. Me quedé parado donde estaba, tratando de decir algo, pero solamente logré emitir un balbuceo.
La niña seguía sonriéndome. Noté que le faltaba un diente inferior. Tenía el cabello enrulado de color negro sujeto con un par de broches de plástico blanco. Llevaba puesto un vestido negro con volados en la falda, que se me antojó un poco anticuado para una niña de esta época. Los zapatos de hebilla también eran negros y estaban tan lustrados que brillaban como espejos.
Hola —logré articular—. Yo... ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Sabes... sabes dónde está Rolando?
La pequeña permaneció un momento más allí parada, sin dejar de sonreír. Entonces, repentinamente, dio media vuelta y se fue corriendo.
¡No! —dije, y fui tras ella—. ¡Espera!
Salí del estudio y la vi corretear por el pasillo hacia la puerta del fondo, la que daba al cuarto de huéspedes. La gruesa alfombra blanca ahogaba los pasos de la niña.
Llegó a la puerta, la abrió, entró y la cerró de inmediato, como si estuviese ocultando algo que no quería que yo viese. Pero iba a verlo, eso era seguro.
Me acerqué rápidamente a la puerta y la abrí.
Esper... —empecé a decir al tiempo que entraba.
Pero no di un paso cuando me detuve en seco, retrocedí trastabillando y por poco caigo de espaldas al suelo.
Ante mí se alzaba una criatura inenarrable, espantosa. Era un animal cuadrúpedo, macizo, de aspecto pesado y rápido a la vez. Estaba cubierto de un pelaje largo de color rojizo que se veía tan suave como el alambre. Tenía una cabeza larga, terminada en trompa, y unas orejas puntiagudas que más bien parecían cuernos. En el extremo del hocico tenía una nariz hendida y una boca pequeña.
Cuando me vio, la criatura se levantó sobre sus patas traseras, adquiriendo un tamaño colosal. Extendió las largas patas delanteras, velludas y terminadas en largas garras negras, curvas y cortantes como navajas. Ahora entendía qué había hecho aquellos tajos en la alfombra frente a la puerta del estudio. Yo tenía razón, no había sido un cuchillo.
El animal abrió su pequeña boca y ésta se agrandó, agrandó y agrandó, hasta que quedó convertida en una abertura lo suficientemente grande como para meter una sandía entera. Tenía unos dientes largos, puntiagudos y amarillentos. Una lengua larga como una serpiente, de color gris negruzco, erizada de escamas punzantes, emergió de la boca, se agitó delante de mí y soltó unos cuantos hilos de una baba espesa que se derramó en el suelo.
Los ojos negros, redondos como canicas, me miraron con maligna avidez desde encima del hocico.
La criatura rugió y recordé lo que había escuchado en el contestador de mi casa. A aquel mismo animal, rugiendo de furia.
Yo grité en respuesta. Di otro torpe paso hacia atrás y esta vez sí caí al piso, con los brazos echados hacia adelante. Si alguien me hubiera visto, seguramente se hubiera reído.
Miré hacia la puerta del cuarto de huéspedes otra vez y entonces advertí que la criatura que me había dado un susto de muerte, había desaparecido. Su rugido seguía resonando en mis oídos, pero el pasillo se encontraba en absoluto silencio.
Eché una rápida mirada a la redonda. Estaba solo. ¿Dónde se había metido ese animal? ¿Cómo había hecho para desaparecer tan rápido?
Me levanté, jadeando, sintiendo cómo mi corazón se desaceleraba lentamente.
La puerta del cuarto de huéspedes estaba abierta por completo. Me atreví a acercarme dos pasos y miré hacia adentro. No había nadie allí. Ni la criatura ni la niña que me había sonreído en el estudio. Ahora que estaba solo otra vez, me parecía que la pequeña nunca había estado allí. Como si hubiese sido una ilusión mía.
El pequeño cuarto estaba vacío, sin embargo lo que vi dentro, me llamó la atención, así que entré.
SEIS

Sobre la cama de una plaza, tendida con pulcritud, había un aparato que parecía un televisor futurista. Tenía una pantalla rectangular y una barra llena de botones debajo. Conectado al televisor había un cable que terminaba en un objeto en forma de aro que había sobre la cama.
Me acerqué a la cama y levanté el aro, erizado de picos de los que salían delgados cables. Era igual al diagrama que había visto en el estudio de Rolando. Al parecer, mi amigo había materializado sus ideas, no se había quedado en meros planos.
Volví a mirar el televisor futurista. La pantalla apagada estaba negra. Estudié los botones, preguntándome cuál sería el de encendido. Entonces pulsé el más grande, basado en la idea arbitraria de que el botón más grande siempre es el interruptor.
Y no me equivoqué. La pantalla se encendió, pero en ella tan sólo se veía estática, una nieve gris que se agitaba, como cuando la tele pierde señal. Pensé en oprimir algún otro botón, para obtener imagen, pero decidí no hacerlo. Tenía miedo de hacer una operación equivocada y de alguna manera desestabilizar el invento de mi amigo. Volví a pulsar el interruptor y la pantalla se apagó en silencio.
Me volví y vi que en el rincón había una pequeña mesa cuadrada con una silla. Sobre la mesa había una PC portátil Dell. Estaba cerrada y tenía el aspecto de una agenda.
Abrí la portátil y la encendí.
Lleno de impaciencia, esperé a que Windows se cargara. Y cuando por fin lo hizo (después de lo que me parecieron dos horas), apareció un cuadro de diálogo que me pedía una contraseña.
Di un golpecito sobre la mesa con el puño cerrado. Debería haberme imaginado que iba a ocurrir algo así.
Vamos a ver —me dije—. Si fueras Rolando, ¿qué contraseña utilizarías?”
Miré a mi alrededor, como si pudiera encontrar la respuesta en esa habitación (quizá en algún objeto), pero no.
Entonces, noté que al lado de la PC había una pequeña libreta con espiral. Abrí la libreta y vi la palabra “JULIANA” escrita encima de un montón de anotaciones hechas con una caligrafía diminuta.
Juliana —murmuré en voz alta, en el cuarto silencioso y vacío. Parecía un nombre, un nombre de mujer. Pero no me sonaba familiar.
Entonces recordé la fotografía que había visto en el estudio de Rolando, en el que aparecían él y la niña pecosa, en el jardín de la casa. Mi mente hizo una rápida asociación, quizá potenciada por el hecho de haber visto a la niña y de haberme encontrado con aquella temible criatura.
No me cupo duda de que Juliana era el nombre de la pequeña.
Volví a mirar la pantalla de la laptop. El cuadro de diálogo esperaba mi respuesta, así que tecleé “Juliana” e hice clic en el botón de aceptar. El sistema se abrió sin problemas.
Sonreí, pero no pude evitar sentirme como un intruso otra vez.
Miré atentamente la pantalla de escritorio y vi una carpeta que se llamaba (sorpresa, sorpresa) “Juliana”. Abrí la carpeta. Dentro había un montón de archivos, quizá más de veinte, y eran de varios tipos. Había documentos de texto, planillas de datos y hasta archivos de sonido y video. Los nombres de estos últimos eran las fechas en las que evidentemente habían sido creados.
Decidí abrir el archivo de video más reciente que encontré, que era de hacía tres días.
Se abrió el reproductor multimedia y entonces pude ver una imagen en blanco y negro y tomada desde un ángulo alto, como de una cámara de seguridad, que mostraba el vestíbulo de la casa. La niña que había visto, se encontraba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y las manos juntas. Se movía hacia delante y hacia atrás, hacia delante y hacia atrás, casi de manera convulsiva.
De pronto, algo bajaba la escalera. Vi su sombra proyectada en la pared. Se trataba de la criatura que me había asustado hacía apenas unos minutos. Al verla en la grabación, sentí un hormigueo en el estómago. La criatura bajó lentamente los escalones y se acercó a la niña. Con la respiración contenida, esperé ver cómo le saltaría encima para comerle la cabeza de un mordisco con su horrible boca. Pero no hizo eso. El animal rodeo a la niña, dio una vuelta alrededor de ella y luego se sentó a su lado. La pequeña levantó una mano y le acarició la cabeza, justo entre las orejas. El animal cerró los ojos, contento. Era como ver a una niña con su perro grande. La criatura se echó en el suelo.
Entonces, una sombra emergió de la puerta de la cocina. Una sombra larga, de aspecto amenazante, que se proyectó en el suelo, oscureciendo a la niña.
Ella levantó la cabeza, asustada, y miró a quien fuera que estuviera en la puerta de la cocina. Yo no podía verlo, porque el ángulo de la cámara no me lo permitía. La criatura se levantó de inmediato, echando la larga cabeza hacia delante, en señal de alerta. La sombra se movió en el piso, acercándose a la chica, y entonces la grabación terminó.
Me quedé un momento inmóvil, atónito. No acababa de creer lo que había visto. El animal que me había asustado y que yo creía peligroso era la mascota de Juliana, o, mejor dicho, su guardián. ¿Y quién era la sombra ominosa que apareció recortada en el suelo? ¿Se trataría de Rolando? No, me dije, no podía ser él. No sabía cómo lo sabía, pero no era mi amigo. ¿Acaso se trataba de un ladrón? Tal vez por eso Rolando había instalado un sistema de cámaras de vigilancia en la casa. Yo no lo sabía y no las había visto al entrar.
Repentinamente, la máquina soltó un pitido y apareció un mensaje que decía AXOVAC ACABA DE DETECTAR ACTIVIDAD.
¿Axovac? me pregunté. Hice clic en ACEPTAR y entonces se abrió otra ventana, en la que se veía el living, también desde un ángulo alto y en blanco y negro. Vi cómo el enorme televisor se encendía solo, los almohadones del sofá salían volando en direcciones distintas y las cortinas se sacudían violentamente, todo al mismo tiempo. Luego, vi una silueta, idéntica a la que acababa de ver en la grabación, cruzar la sala de un lado a otro. Era una silueta, nada más, una sombra proyectada sobre los objetos, incorpórea. En el salón no había nadie.
Cierra la puerta —dijo alguien a mi lado, de repente.
Me volví sobresaltado y vi a la niña, a Juliana, mirándome con expresión aterrada.
Me levanté de un salto con tanta brusquedad que la silla se volcó hacia atrás.
Ahí viene —dijo la niña—. ¡Cierra la puerta, rápido!
Al principio no entendí a qué se refería. Entonces, miré la puerta del cuarto. En ese momento, escuché que, en efecto, algo venía. Algo furioso, que subía las escaleras a toda velocidad con pasos rápidos y sonoros. Sin duda no se trataba de una visita amigable, así que cerré la puerta de golpe, como me pidió la niña.
Casi de inmediato, escuché un rugido del otro lado, proveniente del corredor, luego una especie de grito inhumano, hueco y resonante. Hubo un golpe contundente que hizo vibrar el suelo y la ventana del cuarto. Otro rugido más, otro grito y luego silencio. Un silencio que cayó pesadamente. Caí en la cuenta de que me había quedado sin aliento y que había dejado de respirar y tuve que hacer un esfuerzo consciente para volver a hacerlo.
Juliana miraba la puerta del cuarto, petrificada y con los ojos enormes.
Ahora había calma, pero estaba seguro que lo que fuera que estaba allí, no se había ido.
SIETE

Miré a la niña, que se encontraba a mi lado. Ella me devolvió la mirada. Seguramente, mi rostro fue muy elocuente, porque me dijo:
No te preocupes. Gary lo va a mantener a raya.
¿Gary?
Mi guardián —dijo la niña.
¿Te refieres a... a ese...
Juliana asintió con la cabeza.
Gary me protege. Ya sé que te asustó, pero es bueno. No le haría daño a nadie... a nadie que no me hiciera daño a mí, claro.
Tú eres Juliana, ¿verdad? —traté de mantenerme calmado, de no parecer asustado o exaltado, pero me era muy difícil. Noté que las manos me temblaban ligeramente y no podía controlarlas. Eso me desesperaba.
La niña asintió con la cabeza, respondiendo mi pregunta.
¿Qué haces aquí? —inquirí entonces—. ¿Conoces a Rolando? Seguro que lo conoces. Estás con él en esa foto que tiene en el estudio.
Rolando y yo somos vecinos —explicó Juliana—. Además, somos muy buenos amigos. Él me ayudó a dormir, pero ahora... surgieron problemas.
Bajó la mirada hacia sus brillantes zapatos negros. Hablaba de manera increíblemente adulta para ser una niña de siete años.
¿Problemas? —murmuré. Sí, era evidente que habían surgido graves problemas. Me arrodillé en el suelo, para mirarla a los ojos—. Escucha, yo me llamo Fede. Soy amigo de Rolando. Él me llamó por teléfono, dejó un mensaje en el contestador, pidiéndome que viniera. Parece que... necesitaba ayuda. Por eso viene. Para ayudarlo. Pero no lo encuentro por ningún lado. Y tú estás aquí y... y parece que también alguien más.
Rolando está durmiendo —dijo Juliana—. El Sombrero lo puso a dormir.
¿Qué quiere decir eso? —exclamé. Un escalofrío me recorrió la espalda—. ¿Qué es El Sombrero?
No qué, sino quién —corrigió la niña con una expresión de maestra de escuela que en otras circunstancias me hubiese hecho reír—. El Sombrero no me dejaba dormir. Por eso Rolando me ayudó.
Señalé hacia la cama, hacia el aparato extraño que había encima de ella.
¿Te ayudó con eso?
Juliana asintió con la cabeza.
¿Qué es esa máquina? —le pregunté—. ¿Para qué sirve? ¿Lo sabes?
Sirve para ver los sueños —dijo Juliana—. Uno se coloca ese aro en la cabeza cuando está durmiendo y otro puede ver lo que está soñando en la pantalla. Hace mucho tiempo que yo tengo pesadillas y que casi no puedo dormir. A veces, paso días enteros sin dormir. Tengo pesadillas con El Sombrero.
¿Quién es El Sombrero?
Es... es alguien malo. Se mete en mis sueños y me asusta. Está todo vestido de negro y lleva puesto un sombrero enorme, también negro. El sombrero no me deja ver su cara. Nunca pude verla. Pero El Sombrero me asusta. Y Gary me protege de él.
A ver, Juliana —dije—. Vamos por partes. Tú tienes pesadillas. Rolando inventó este aparato con el que puede verlas.
Sí.
Pero esto no es un sueño —dije, aunque en ese momento, empezaba a tener ciertas dudas—. Esto es la vida real; ahora tú y yo estamos despiertos.
Sí —repitió Juliana como si hubiese dicho algo tan obvio que resultaba tonto.
Entonces, ¿cómo es posible que ese tal Sombrero y Gary estén aquí? —pregunté.
Creo que fue por una falla en el sistema —dijo Juliana—. Eso fue lo que dijo Rolando. De alguna manera, su equipo falló y mis pesadillas se materializaron en el mundo real.
Me estremeció que una niña de su edad supiera la palabra “materializaron”, pero no dije nada.
Ahora, El Sombrero me persigue aquí también —dijo Juliana—. Quiere... quiere llevarme. Por suerte, tengo a Gary, pero no sé si va a poder protegerme mucho tiempo.
No te preocupes —respondí—. Volvamos a El Sombrero. Dijiste que había puesto a Rolando a
dormir. ¿Qué quiere decir eso exactamente?
Que lo llevó abajo, al garaje, y lo dejó dormido, conectado a su máquina. El Sombrero manipuló el invento de Rolando y ahora lo usa para mantenerlo atrapado dentro de sus propias pesadillas. Es lo mismo que quiere hacer conmigo, es lo que quiere hacer con todos.
Traté de pensar un instante, pero no lo conseguí.
O sea que Rolando está simplemente dormido —acoté.
Sí, pero no puede despertar. La única manera de despertarlo es desconectándolo de la máquina de El Sombrero.
Me imagino que eso no es tan sencillo —repuse.
Juliana negó con la cabeza.
No. No es simplemente tirar de un enchufe. Si se desconecta mal, Rolando podría no volver a despertar jamás. Su mente podría quedar atrapada en sus pesadillas para siempre.
¿Cómo sabes todas estas cosas? —pregunté.
Juliana se encogió de hombros.
Las sé —respondió, lacónica—. Rolando me explicó mucho cuando me ayudaba con mis pesadillas.
Bueno —dije—, ahora nosotros tenemos que ayudarlo a él. ¿Dónde está Rolando? Me refiero a... su cuerpo.
Abajo, en el garaje —dijo Juliana—. Pero no creo que podamos entrar sin que El Sombrero nos descubra. Ahora mismo está ahí afuera... al otro lado de la puerta. Esperándonos.
Yo no oigo nada —declaré.
Pero él está ahí.
¿Y dónde está... Gary?
También está afuera, vigilando que El Sombrero no entre en el cuarto —dijo Juliana—. El Sombrero le tiene miedo.
Recordé la grabación que había visto en la PC de Rolando, en la que una silueta siniestra aparecía proyectada en el suelo del vestíbulo, donde estaban Juliana y Gary. Recordé la manera en que Gary se había erguido cuando la silueta apareció. Sí, era posible que El Sombrero le tuviera miedo.
Pero tenemos que ayudar a Rolando —repliqué—. Aunque también hay otro problema: ¿cómo nos deshacemos de El Sombrero?
Rolando me dijo que tal ver fuera posible encerrarlo en la máquina —comentó Juliana.
¿Cómo? —pregunté.
No sé. Sólo Rolando lo sabe.
¿Y cuándo te lo dijo?
Hace un rato.
Pero... ¿eso significa que lo viste? ¿Qué hablaste con él?
Puedo hablar con él —dijo Juliana—. Mentalmente, digamos.
No lo entiendo —confesé. Estaba perdido.
Yo también estoy en el garaje, Fede —dijo la niña— Quiero decir, mi cuerpo. Está en el garaje, junto al de Rolando. El Sombrero logró atraparme. Pero yo logré materializar mi mente fuera de ese lugar. Gary me ayudó. Por eso puedo aparecer aquí ahora. Y por eso El Sombrero anda tras de mí. Quiere atrapar mi mente y encerrarla dentro de mis pesadillas.
¿O sea que... o sea que no estás aquí realmente? ¿Qué eres como un fantasma?
Juliana negó con la cabeza.
No —dijo—. No soy ningún fantasma. Simplemente, soy yo.
Levanté una mano trémula y le toqué el cabello. Era suave y sedoso. Y tangible. Mi mano no atravesó su cabeza como si se tratara de un holograma. Ella estaba allí realmente. Dios, ¿cómo podía hacerlo? Toda esa situación iba mucho más allá de mi comprensión. De repente, sentí un mareo y la habitación dio una vuelta vertiginosa. Me tambaleé y caí sentado en la silla. Si no hubiera estado ahí, habría acabado en el suelo.
¿Estás bien? —me preguntó Juliana, preocupada.
Sí —murmuré—. Sí, sólo... creo que esto es más de lo que puedo manejar.
Es entendible —repuso ella con ese tono adulto que resultaba tan inquietante.
En ese momento, Gary apareció. Atravesó la puerta y se materializó al lado de su pequeña protegida. Yo no pude evitar sobresaltarme. Era un animal tan... bueno, tan extraño...
Se sentó al lado de Juliana. Ella le acarició la cabeza, entre las orejas puntiagudas. Gary respondió entrecerrando sus ojos negros y soltando un áspero ronroneo.
Parece que El Sombrero se fue —dijo Juliana.
¿Adónde?
No sé. Debe estar ideando otra manera de atraparme. Por eso Gary volvió conmigo.
Miré al animal y y pensé en tocarlo a él también, pero me resistí. Tal vez fuera muy amigable, pero su aspecto no lo ayudaba.
En ese momento, se me ocurrió una idea.
OCHO

Juliana —dije—. ¿Puedes hablar con Rolando en este momento?
Sí —dijo ella—. Le dije que viniste a ayudarlo. Él se alegra.
Qué bien —dije—. Pero, ¿puedes preguntarle cómo puedo hacer para ayudarlo exactamente?
Sí —dijo Juliana—. Creo que puedo hacerlo.
La niña se sentó en el suelo, cruzada de piernas, y cerró los ojos. A su espalda, Gary también se echó, aunque con un ojo puesto en la puerta de la habitación.
Juliana puso las manos sobre las rodillas y suspiró.
¿Rolando? —murmuró—. Necesito encontrarte... Fede vino a ayudarte.
Esperé, con el aliento contenido. Juliana no dijo nada por un buen rato. Ni se movió. En ese momento parecía una estatua. Pensé en decir algo, pero temía interferir de alguna manera y romper la conexión entre ella y mi amigo.
Al final, Juliana abrió los ojos de golpe y me sobresalté.
¿Y? —pregunté, lleno de ansiedad.
Juliana negó con la cabeza.
No logro encontrarlo.
¿Qué? —exclamé.
No responde. Lo busqué, pero... no lo encuentro... Creo que El Sombrero lo atrapó y lo escondió en algún lugar.
Pero, ¿dónde? —dije, casi gritando, desesperado.
En ese momento, una mano enorme emergió del suelo. Era como una garra negra, hecha de sombra, que salió de repente y se cerró sobre Juliana y Gary. El animal soltó un rebuzno gutural, más de furia que de miedo, y Juliana chilló aterrada. La mano los envolvió, cubriéndolos por completo de oscuridad.
¡Juliana! —grité yo.
Salté sobre la mano, convencido de que la atravesaría debido a su textura insustancial. Pero un pulgar del tamaño de un palo borracho se eyectó, golpeándome de lleno. Fue como darme contra un muro y salí volando hacia atrás. Choqué de espaldas contra la pared y me desplomé en el suelo, ruidosamente.
La mano empezó a descender, hundiéndose otra vez en el piso, que seguía tan sólido como siempre. Los gritos de Juliana y los bramidos de Gary sonaban amortiguados, sordos.
Cuando la mano ya estaba casi por completo hundida, escuché un potente rugido. Una de las zarpas de Gary abrió una brecha en la mano negra y la criatura saltó hacia fuera. Casi de inmediato, el tajo rasgado se volvió a cerrar, cicatrizando de una manera alarmante.
Gary intentó ayudar a su protegida, intentó morder la mano que se la llevaba, pero ya era demasiado tarde.
La mano se hundió y desapareció. Los gritos desesperados de Juliana cesaron de inmediato.
NUEVE

Me incorporé, sintiendo un dolor sordo en la nuca, la parte posterior de la cabeza y la espalda.
Gary husmeaba el suelo con su gran nariz, daba vueltas en círculos, nervioso, alrededor del sitio donde la mano había desaparecido. Cuando me levanté, se volvió a mirarme con sus penetrantes ojos negros.
Tenemos que ayudarla”, decían esos ojos claramente. “No podemos dejar que se la lleve”.
Pero, ¿cómo? —pregunté yo en voz alta, y me sobresalté. Le estaba hablando a una criatura irreal como si ella me hubiese hablado primero. Tal vez fue así. Ahora que lo pienso, no estoy del todo seguro.
Gary saltó sobre la cama y levantó el aro conectado a la máquina con sus fauces. Yo lo miré.
¿Qué quieres que haga? —pregunté—. ¿Qué me ponga eso?
Gary permaneció mirándome durante largo rato. “Sí”, parecía decir.
Me acerqué a la cama y me senté.
Pero no sé cómo funciona este aparato —respondí—. No sabría qué hacer. Además, se supone que hay que estar dormido y en este momento no tengo sueño. Ahora, nada de nada podría hacerme dormir.
Gary hizo un movimiento con la cabeza, como insistiendo en que le hiciera caso.
Pero...
Se acercó a mí. Pude percibir el calor que irradiaba su cuerpo. Un calor muy real. Puso el aro sobre mi regazo. Yo lo tomé entre las manos, lo levanté y examiné.
Está bien —murmuré—. Aunque no sé qué...
Gary saltó de la cama y se sentó frente al panel de la máquina, frente al televisor futurista lleno de controles. Utilizando una de sus garras pulsó delicadamente el interruptor y la pantalla se encendió. Luego, con la punta de la nariz empezó a pulsar otros botones. Yo me quedé mirándolo, atónito.
La máquina emitió una serie de sonidos distorsionados, como una radio que busca señal. En la pantalla al principio sólo se veía estática, pero entonces se oscureció y aparecieron unas palabras en verde que rezaban SISTEMA LISTO.
La criatura se volvió a mirarme, como diciendo: “Ahora”.
Yo levanté el aro, que se parecía mucho a la corona de espinas que supuestamente llevó Jesús el día de su crucifixión y de la que tanto me habían hablado cuando era niño e iba al colegio católico. Me habían hablado de cómo las espinas se clavaban en la frente y el cuero cabelludo de Jesucristo, rasgando la piel, abriendo heridas que luego goteaban sangre sobre su rostro torturado... Eran cuentos muy agradables para niños de seis años.
Coloqué el aro sobre mi cabeza.
Listo —le dije a Gary—. ¿Y ahora?
Utilizando sus dientes, accionó un par de botones más. A continuación, se acercó a mí.
¿Qué... —empecé a decir, pero me dio un golpe tremendo en la cabeza con una de sus enormes patas. Yo me desplomé de lado en la cama, inconsciente.
DIEZ

Abrí los ojos y me encontré de pie en un lugar que no era el cuarto de huéspedes de la casa de Rolando.
Miré a mi alrededor exaltado, confundido y asustado. Me invadía una sensación extraña, difícil de describir. Me sentía... desconectado, como que yo no era yo. Sé que es confuso, pero no se me ocurre otra manera de expresarlo.
No estaba solo, había alguien conmigo. Miré a un lado y allí estaba mi viejo amigo, Gary, sentado en el suelo como un perro. Levantó la cabeza, mirándome.
¿Qué pasó? —pregunté.
En ese momento, recordé el golpe que me había dado en la cabeza. Claro, me había puesto a dormir, lo cual era necesario para que el infernal invento de Rolando funcionara. En realidad estaba inconsciente, pero era como dormir, después de todo.
Contemplé el lugar, asustado. Me encontraba en un lugar que no me era en absoluto familiar. No era la casa de Rolando, eso estaba claro.
¿Dónde estamos? —le pregunté a Gary.
No esperaba respuesta, así que dejé de mirarlo, pero entonces, escuché una voz tranquila que decía:
Esto es la casa de Juliana”.
Me volví conteniendo el aliento y volví a mirar a Gary. Él seguía sentado en el suelo, observándome con sus ojos negros.
¿Qué... dijiste... dijiste algo? —No puedo decir que estuviera particularmente sorprendido. A esas alturas, después de todo lo que había pasado, no.
Sí —respondió la voz—. Dije que esta es la casa de Juliana”.
Yo había estado mirando fijamente a Gary y no lo vi mover la boca durante la pronunciación de esa frase. Es más, parecía que las palabras sonaban dentro de mi cabeza, como si yo mismo tuviera una voz interior que me hablaba.
¿Estás... me estás hablando?
¿Y a quién más iba a hablarle?”, preguntó la voz con tono ligeramente burlón.
¿Puedes hablar?
Ya ves que sí”.
Gary me miraba, sin abrir sus fauces.
Pero, ¿cómo...
Aquí si puedo hablar —repuso Gary. Su voz sonaba increíblemente humana—. Mejor dicho, aquí tú sí puedes escucharme”.
¿Aquí?
Me refiero a este... a este sector de la realidad —explicó Gary—. Este vendría a ser el mundo de los sueños, para decirlo de un modo que lo entiendas. Aquí mis palabras pueden ser entendidas por cualquiera. Incluso, podrías escuchar hablar a un perro, si se diera la oportunidad”.
Me quedé en silencio un momento, tratando de pensar. “Claro —me dije—, no estaba despierto, estaba soñando. Yo no estaba realmente allí, mi cuerpo descansaba en el cuarto de huéspedes de la casa de Rolando. Se supone que en los sueños todo es posible. Uno puede volar, o transformarse en un dinosaurio o pasearse en un Ferrari rojo a toda velocidad... Y las criaturas monstruosas pueden hablar como los humanos.”
Supongo que es posible —murmuré.
Lo es”, afirmó Gary.
Pero... ¿por qué estamos aquí? —inquirí.
Es la única manera de derrotar a El Sombrero —dijo Gary—. No podemos hacerlo en el mundo real. Allí, solamente podemos contenerlo”.
Pero, ¿cómo vamos a derrotarlo? —pregunté—. Creo que es demasiado poderoso.
Y lo es, pero sólo porque vive de la imaginación de una niña de siete años... igual que yo. La única manera de derrotar a El Sombrero, es demostrarle que él no existe. Que no es más que un invento. Que nunca ha existido y nunca podrá hacerlo”.
Perfecto —dije yo—. ¿Y cómo hacemos eso?
Por eso estamos aquí —dijo Gary—. Sígueme”.
Gary se levantó y empezó a caminar. Y yo lo seguí, por supuesto.
Por primera vez desde que llegamos, me fijé realmente en la casa. Parecía bastante más grande que la de Rolando y bastante más vieja.
El suelo era de una madera oscura (creo que pino) tan encerado que brillaba como un enorme espejo negro. De las paredes colgaban unos cuantos cuadros, que en su mayoría eran pinturas de flores o naturaleza muerta. Los muebles se veían anticuados, aunque en muy buen estado, tapizados de terciopelo verde. Cuando entramos en la sala, vi un reloj de péndulo contra la pared. Era de ébano, tan negro como el piso, y parecía fundirse con él, como si el reloj hubiese crecido del suelo. El aire tenía un fuerte olor a cera para muebles, cuero viejo y cortinas polvorientas. Una luz mortecina, gris y fría entraba por las ventanas.
¿Juliana vive aquí? —pregunté.
Así es —respondió Gary—. Lo sé, es una casa bastante espeluznante. No es extraño que Juliana imagine cosas como El Sombrero”.
Pero, ¿con quién vive? ¿Dónde están sus padres?
Juliana es huérfana —explicó Gary—. Sus padres murieron cuando ella tenía dos años. Vive con su tía, Catalina, que en realidad, podría ser su abuela. Es una mujer de bastante dinero, por eso tiene este caserón. Deberías verla. Parece escapada de un cuento de los hermanos Grimm. La madre de las hermanastras malvadas de Cenicienta. Viste siempre de negro, con un vestido grueso que va del cuello hasta los tobillos, y hace que Juliana se vista igual”.
Pero, ¿cómo la trata? —pregunté.
Yo diría que con cordial frialdad —dijo Gary—. Esa mujer es más fría que una estatua de mármol. Nunca ha maltratado a Juliana, pero la somete a un régimen muy severo. No la deja ir a la escuela, ¿sabes? Ella le enseña todo aquí. Juliana tiene que levantarse a una hora determinada todos los días y asistir a las lecciones que le imparte su tía durante unas seis horas seguidas. Le enseña matemática, idioma español y un poco de música, pero también costura y buenos modales. Buenos modales, ¿te das cuenta? Luego, Juliana tiene que hacer deberes ella sola. Apenas le deja tiempo para jugar. Juliana casi no tiene juguetes, excepto por unas muñecas viejas que eran de su madre. Y lo peor es la comida...”
¿Qué le da de comer?
Casi siempre una sopa repugnante de espinaca. Juliana la odia. Siempre trata de llenarse con pan, para no tener que tomarla. Mientras su tía toma té con bombones justo frente a ella”.
Eso es muy cruel —dije—. Pero, ¿no hay nadie que sepa de esa situación y piense hacer algo?
Creo que los pocos que saben, no se atreven, por miedo a que Catalina pueda tomar represalias. No te olvides que es una mujer muy poderosa”.
Me di cuenta de que habíamos subido una escalera alfombrada y que ahora estábamos dentro de un cuarto bastante grande. En él, había una cama de dos plazas, una cómoda con un espejo ovalado enorme encima, un armario estilo Luis XV en el que podría vivir una persona y un par de sillas del mismo estilo. La única ventana tenía unas cortinas largas de color blanco sujetas con listones a los costados.
¿Dónde estamos? —pregunté, aunque ya me lo imaginaba.
Este es el cuarto de Catalina”, dijo Gary.
Miré la cómoda y vi una cabeza de maniquí de plástico. Sobre ella había una peluca de color castaño claro con un peinado voluptuoso.
La tía de Juliana usa peluca”, me dije.
¿Por qué estamos aquí? —pregunté.
Aquí está lo que podríamos llamar la fuente de poder de El Sombrero. El origen de las pesadillas de Juliana”.
¿Dónde?
Gary se acercó al enorme armario. Yo lo seguí.
Adentro”, indicó.
Abrí la puerta, que produjo un chirrido agudo y entonces alguien dentro del armario me miró.
ONCE

Me sobresalté y di un paso hacia atrás, pero de inmediato me di cuenta de que no había qué temer. No había nadie mirándome dentro del armario. No se trataba de una persona, sino de un cuadro, que estaba colgado del lado de adentro de la puerta del armario.
Aún así, era para asustarse. Se trataba del retrato de una mujer vieja con una piel pálida como una sábana. Tenía un rostro alargado, las mejillas hundidas y los pómulos puntiagudos y salientes. Sus labios eran apenas una delgada línea pintada de un color rojo tan intenso que parecía sangre. Sus ojos eran oscuros, penetrantes, con una expresión tan fría que parecían dos astillas de hielo gris, apuntando siempre a quien se atreviera a mirarla. Llevaba el cabello gris—plateado sujeto en un peinado similar al de la peluca que había sobre la cómoda. Tenía el cuello largo como el de un cisne, que en una mujer con veinte años menos hubiera resultado bonito, pero que en ella, parecía una columna blanca surcada de cientos de pequeñas arrugas, y además, tenía la nuez muy pronunciada.
Es ella —dijo Gary detrás de mí—. Te presento a Catalina”.
Dios —dije—. Ahora entiendo lo que siente Juliana. Y además, ¿quién colgaría un cuadro dentro de un armario?
Alguien como Catalina” —fue la respuesta de Gary—. Pero eso no es lo importante, sino lo que hay dentro”.
Hizo un gesto con su larga cabeza. Yo miré y vi que colgado dentro del armario había un largo sobretodo negro y un sombrero del mismo color con un ala enorme, encima. El traje despedía un fuerte olor a naftalina. Vi que en el suelo del armario, había una polilla muerta.
El Sombrero —murmuré y sentí un escalofrío corriéndome por la espalda.
Aquí está —dijo Gary—. “La fuente de todos los miedos de Juliana... un simple sobretodo negro y un sombrero”.
Creo que si yo estuviese en el lugar de Juliana, también me asustaría —repuse—. Ella debe haberlo visto en algún momento y debe haberse asustado. Tal vez vio a alguien con esto puesto. ¿Es de Catalina?
Sí —dijo Gary—. Pero yo nunca la he visto usarlo”.
Tal vez, Catalina sí —dije—. Bueno, ¿y qué hacemos ahora?
Hay que destruirlo —dijo Gary—. Hay que destruir este traje. Así, El Sombrero caerá en la cuenta de que no es real... y desaparecerá”.
¿Estás seguro de que va a funcionar?
Tiene que funcionar”, dijo Gary con tono seguro.
Volví a mirar el traje y el sombrero. Era inquietante. Parecía que había alguien dentro del armario.
Creo que podría quemarlo —dije.
Buena idea”, asintió Gary.

Extendí una mano hacia el armario y tomé la punta de una manga del sobretodo. Iba a tirar de él, cuando de pronto, el sobretodo se infló, adquiriendo proporciones humanas. Escuché un rugido de furia y el brazo que sujetaba se eyectó hacia adelante como un pistón, golpeándome en la cara. Salté hacia atrás trastabillando y caí al suelo.
El traje salió fuera del armario. Flotaba en el aire y la parte baja se agitaba como una banderola al viento. En los puños del sobretodo aparecieron un par de garras negras, con unos dedos largos y huesudos. El sombrero se levantó y un círculo de oscuridad pareció mirarme.
El Sombrero había llegado justo a tiempo, para impedir que lo destruyera.
Estiró los brazos hacia los lados y éstos se alargaron hasta alcanzar los dos metros de longitud. Luego, se proyectaron hacia delante y las garras me sujetaron de los tobillos. Me levantaron en el aire y quedé colgando de cabeza. El Sombrero giró en un rápido círculo y me soltó. Salí volando y caí encima de la cómoda, chocando de espaldas contra el espejo, que se hizo pedazos. Aplasté la cabeza de plástico que llevaba la peluca y me desplomé en el suelo junto a una lluvia de trozos de cristal.
En ese momento, Gary saltó encima de El Sombrero por detrás y hundió sus enromes dientes en su hombro, al tiempo que clavaba las garras en el sobretodo. Lo rasgó, abriendo unas grietas negras que se cerraron casi de inmediato.
Una de las garras de El Sombrero creció hasta adquirir las dimensiones de un auto compacto y golpeó de lleno a Gary. Tuvo que hacerlo dos veces antes de que Gary lo soltara y cayera al piso, soltando chillidos de dolor.
Pero Gary no era tan fácil de vencer. Volvió a incorporarse, sacudió la cabeza y saltó otra vez sobre El Sombrero. Ambos empezaron a forcejear en el aire, revolviéndose el uno sobre el otro. Rebotaban contra las paredes, como una pelota de goma, tirando los cuadros que había colgados. Los rugidos de Gary eran ensordecedores.
De pronto, El Sombrero logró sujetar a Gary del cuello y lo golpeó tres veces contra la pared. Luego lo hizo dar una vuelta, como había hecho conmigo, y lo arrojó contra la ventana. Gary la atravesó y desapareció, cayendo al vacío.
En ese momento, yo me levanté, con torpeza. Me dolía la espalda y sentía cortes pequeños en las manos, producto de las astillas del espejo que se había roto. No sabía para quién serían los siete años de mala suerte, si para mí o para El Sombrero.
Yo traté de erguirme y mantenerme firme, a pesar de que estaba muerto de miedo. Recordé lo que me había dicho Gary. “La única manera de derrotar a El Sombrero, es demostrarle que él no existe. Que no es más que un invento. Que nunca ha existido y nunca podrá hacerlo”.
El Sombrero flotó hacia mí y me sujetó del cuello con una de sus garras. Sentí las uñas negras clavándose en mi piel. Traté de hablar, pero solté una arcada seca. El Sombrero iba a matarme, estaba dispuesto a hacerlo.
No lo permitas —me dije—. No permitas que vea el miedo que sientes. No lo dejes alimentarse de tu miedo”.
¿Vas a matarme, imbécil? —dije con voz ahogada, mientras me ahorcaba—. No vas a poder hacerlo. Ya no te tengo miedo. ¿Sabes por qué? Porque sé lo que eres. No eres nada. ¡Nada! No existes. Eres tan sólo la invención de una niña. Nada más que una sombra que se mueve en el aire. Nada más. No puedes matar a nadie. No puedes asustar nadie. Eres... eres patético. Una mala imitación de fantasma. Un remedo mal hecho de espantajo. Solamente un traje negro y un sombrero ridículo flotando en el aire. Nada más que eso. Y nunca vas a llegar a ser nada más.
Estaba funcionando. La fuerza que El Sombrero ejercía sobre mi cuello disminuyó paulatinamente. Noté que todo su cuerpo negro empezaba a temblar.
Me das gracia —continué—. No das miedo, das risa. Eres... eres un payaso. Pero un payaso triste que solamente logra hacer reír dando lástima, pretendiendo ser algo que no es, haciéndose el chico malo cuando no es nada más que una sombra que tiene que vestirse con una gabardina y un sombrero negro para asustar a los niños. ¡Los niños! Al final, ni siquiera ellos te van a tener miedo, estúpido. Nadie te va a tener miedo y todo el mundo se va a reír de ti. Todo el mundo se va a burlar del fantasma fracasado. ¡Ja, ja! Ese es un buen nombre. No El Sombrero, sino El Fantasma Fracasado. ¡Fantasma Fracasado!
La garra que me apretaba el cuello fue cediendo hasta soltarme. El Sombrero dio un paso hacia atrás, indeciso, y en ese instante yo me moví deprisa, tomé el sombrero y se lo quité.
Ni siquiera te atreves a mostrar la cara —dije con tono burlón.
Cuando le quité el sombrero, yo esperaba no ver nada más que una mancha oscura, como un trozo de sombra. No esperaba encontrarme con un rostro perfectamente formado y tangible.
Al principio pensé que se trataba de un hombre, pero cuando vi las facciones, noté que era una mujer y me di cuenta de inmediato de qué mujer se trataba. Vi la piel blanca como el mármol, las mejillas hundidas, el cuello largo lleno de arrugas. Los labios de color rojo sangre, que estaban curvados en una mueca de odio. El cráneo estaba totalmente calvo, excepto por algunas hebras grises y arrugadas que colgaban del cuero cabelludo lleno de desagradables manchas amarillentas. Los ojos de color tormenta me miraban lanzándome destellos de maldad, ira y miedo.
Allí estaba El Sombrero, quien por fin revelaba su identidad. Era Catalina, la tía malvada de Juliana.
Claro —me dije—. ¿Quién más podía ser?” A esas alturas, parecía obvio que la fuente de todas las pesadillas de Juliana fuera su tía, esa mujer fría, severa y en cierto punto aterradora a quien Juliana (y seguramente cualquier otro niño) le tenía miedo.
Usted —dije sin aliento.
¡Mocoso! —gritó la mujer con una voz gutural, cavernosa, apenas humana—. ¡Mocoso, atrevido, insolente! ¿Cómo te atreves a desafiarme? Todos los niños de ahora son iguales. Irrespetuosos de la autoridad, mal educados, irrespetuosos de sus mayores. Juliana es igual. La pusilánime de mi hermana no quiso entenderlo.
¿Qué? —exclamé.
La fea boca de Catalina se curvó en una sonrisa torva.
Haces mal en no tenerme miedo. ¿Crees que solamente me gusta asustar?
Extendió una mano. Creí que iba a golpearme, pero la usó para taparme los ojos. Entonces, vi a un bebé en una cuna, dormido. O, mejor dicho, a una bebé, a juzgar por las sábanas rosadas que la cubrían. Una mujer joven, muy hermosa, miraba a la criatura con amor. Luego, la escena cambió bruscamente y me encontré mirando una pequeña cocina. Sobre una mesa cuadrada con un mantel de hule había tres tazas de té. Una figura alta, encorvada y oscura se inclinaba sobre ellas. La figura, vestida de negro, volvió el rostro y noté que se trataba de Catalina. Tenía algo en la mano. Era un frasco color caramelo y estaba vertiendo un líquido incoloro dentro de las tazas, con un gotero. La escena volvió a cambiar y ahora la mujer joven y un hombre joven (seguramente, su marido) tomaban el té. Catalina también, en silencio, y los miraba con una expresión de triunfo y soberbia. Cambio de escena: la mujer y el hombre jóvenes estaban tendidos en el suelo, junto a la mesa. Las tazas de té, rotas, estaban tiradas junto a ellos. Catalina los miraba con aquella expresión altanera. La imagen desapareció y fue sustituida por otra, en la que la bebé aparecía otra vez en la cuna. En esta oportunidad, estaba despierta, pero tranquila, moviendo sus pequeños y regordetes brazos. Entonces, una sombra que parecía llevar un enorme sombrero en la cabeza, apareció, oscureciéndola. Los ojos de la pequeña se abrieron como platos y rompió en llanto.
Catalina sacó su mano de mi cara y yo me aparté hacia atrás, jadeando.
¿Lo ves? —dijo Catalina—. ¿Ves lo que soy capaz de hacer?
Usted los mató —dije—. Mató a los padres de Juliana... ¿por qué?
¡Porque eran un par de ineptos! —chilló Catalina—. ¡Porque no servían para educar a una niña como se debe! ¡En cambio, yo sí! ¡Yo sé cómo hacerlo! ¡Yo sé cómo poner a los niños en su lugar!
Usted no es más que una vieja desquiciada —repliqué—. ¡Y una asesina!
Catalina echó la cabeza hacia atrás y rió con unos chillidos que me pusieron la carne de gallina.
Hice lo que tenía que hacer —repuso—. Ahora, esa mocosa de mi sobrina está bajo mi cuidado. Ahora, está bien.
Negué con la cabeza.
No, no lo está —dije—. Y no voy a permitir que siga martirizándola.
¿Cómo lo vas a hacer, mocoso enclenque? —preguntó con tono desafiante.
Usted no existe —repliqué.
¡Claro que existo!
No aquí. Este no es su mundo. Esta no es la realidad. Ya se lo dije: aquí no es más que El Sombrero. La invención de una niña. Aquí no puede matar a nadie.
El rostro de Catalina vaciló.
No —repuso—. Yo...
Antes tenía poder, pero ahora no —dije—. Ya no lo tiene. Porque yo no le tengo miedo. ¿Lo entiende? ¡No le tengo miedo!
La vieja se estremeció y dio un pequeño salto hacia atrás.
Ahora se intercambian los papeles”, pensé.
Yo empecé a avanzar hacia ella y ella empezó a retroceder.
No le tengo miedo, vieja idiota, ridícula y enajenada. No le tengo miedo, no le tengo miedo, no le tengo miedo...
En un momento, Catalina intentó armarse de valor, intentó endurecer su expresión, pero no lo consiguió.
Fede” —sentí que alguien me llamaba.
Me volví y vi a Gary detrás de mí. Estaba sentado en el suelo, junto a una lata de cera para pisos y una caja de fósforos. Yo había creído que El Sombrero lo había eliminado para siempre, pero gracias a Dios, me equivoqué.
Creo que vas a necesitar esto”, me dijo.
Me incliné y levanté los objetos.
Gracias —dije.
Destapé la lata y apunté con el pico hacia Catalina.
Quítese el traje —ordené.
No —repuso ella—. ¡Nunca!
Saqué un fósforo de la caja y lo encendí.
Última advertencia. ¡Sáqueselo ahora!
Vas a tener que quitármelo, mocoso —repuso ella—. ¡Soy El Sombrero! ¡Soy invencible!
No lo es —repuse.
Apreté la lata y un chorro de cera líquida empapó el traje. Luego, arrojé el fósforo que había encendido. El sobretodo negro se encendió de inmediato, con una potente llamarada amarilla.
Catalina empezó a agitar los brazos y a soltar horribles chillidos. Luego, comenzó a dar vueltas en círculos, con torpeza. Rebotaba contra las paredes, contra los objetos, mientras las llamas la envolvían con voraz rapidez. Sin darse cuenta, empezó a acercarse a la ventana rota, por la que había salido volando Gary momentos antes. Creí que iba a tener que empujarla, pero ella hizo todo el trabajo. Se topó con el borde de la ventana, tropezó y cayó al vacío. Aunque, en realidad, creo que se dejó caer. Sus gritos se hicieron cada vez más apagados y finalmente, se extinguieron.
Gary y yo nos acercamos a la ventana, asomándonos, y miramos hacia abajo.
El Sombrero estaba tendido sobre el césped seco del costado de la casa, convertido en un amasijo carbonizado. Todavía había algunas llamas pequeñas que luchaban por no extinguirse, aunque supe que no iban a conseguirlo.
Se fue —murmuré.
Gary asintió.
No escapó de la realidad”, dijo, sin mover la boca.
DOCE

Nos apartamos de la ventana y le dije a Gary:
Tenemos que salir. Tenemos que buscar a Rolando y a Juliana. ¿Dónde están?
No te preocupes —respondió él—. Están bien. Aún están en el sótano, pero todavía están conectados a la máquina de El Sombrero”.
Pero si El Sombrero no era real, su máquina tampoco lo era —repliqué.
No, la máquina sí es real —dijo Gary—. No te olvides que él pasó al mundo real, en donde pudo manipular el invento de Rolando para controlarlo”.
Entiendo —murmuré—. Tenemos que volver.
Mi trabajo ya terminó —repuso Gary—. Ya hice todo lo que podía. Ya derrotamos a El Sombrero. Ahora sólo resta desconectar la máquina, pero puedes hacerlo tú solo”.
Pero no sabría cómo —protesté—. Juliana me dijo que no se trataba simplemente de tirar del enchufe o corría el riesgo de que ellos quedaran atrapados para siempre.
No te preocupes —dijo con voz tranquila—. Eso era cuando El Sombrero controlaba la máquina. Pero ahora que se ha ido, no lo hace más. Juliana y Rolando están a salvo. Simplemente, están dormidos. Para desconectarlos, hay que seguir el mismo sencillo procedimiento que con la máquina a la que tú estás conectado”.
Pero tampoco sé manejar esa máquina —dije.
Te dejé las instrucciones junto a la cama para cuando despiertes”.
¿Y tú qué vas a hacer?
Irme a descansar un poco —dijo Gary—. Estoy cansado, Fede. Hoy fue un día muy duro”.
Lo sé —dije—. Creo que no vamos a volver a vernos.
Supongo que no”.
Bueno... gracias. Gracias por toda tu ayuda, Gary. En serio. Podría decir que Juliana tiene una mascota estupenda.
Gary rió, sin mover los labios. Escuché su risa en mi cabeza.
Gracias —dijo—. Y Rolando tiene un muy buen amigo. Además, no podría haber hecho esto sin tu ayuda. Así que yo soy el que te está agradecido.
Se acercó, sacó la lengua y me lamió la mano. Fue como si me lamiera un perro, al contrario de lo que yo imaginaba cuando vi a Gary por primera vez.
Adiós, Fede —dijo—. Y una vez más, gracias.
Dio media vuelta y se alejó, dirigiéndose a la puerta del cuarto.
Pero, espera —exclamé—. ¿Cómo voy a volver?
Gary volvió la cabeza, mirándome.
Despertarás en un segundo”, dijo. Luego, reanudó la marcha y se fue.
Yo me quedé ahí parado, en medio de aquella habitación vacía, en profundo silencio. Y de golpe, desaparecí.

Desperté sobresaltado, otra vez en la cama del cuarto de huéspedes de la casa de Rolando. Estaba agitado y jadeaba.
Me quité la corona electrónica de la cabeza y miré la máquina de sueños. En la pantalla, parpadeaba un cartel que decía SESIÓN TERMINADA. Sobre la pantalla había una libreta. La levanté y vi que decía INSTRUCCIONES PARA DESCONECTAR LA MÁQUINA, escrito en una caligrafía muy pulcra. No era de Rolando. ¿Quién había escrito eso? ¿Acaso Gary? Bueno, si era capaz de hablar como un ser humano, también sería capaz de escribir.
Gracias, Gary —dije.
Me levanté y salí del cuarto a toda velocidad. Corrí escaleras abajo, entré en la cocina, abrí la puerta que comunicaba al garaje y pasé.
Allí estaban mi amigo Rolando y mi nueva amiga Juliana. Ambos tendidos boca arriba sobre sendos catres, uno al lado del otro. Estaban inertes, con los ojos cerrados y los brazos extendidos a los costados. Cada uno tenía en la cabeza una corona como la que había llevado yo, pero negra, y cada corona estaba conectada a una máquina colocada entre ambos catres.
Era una máquina más grande que la que estaba en el cuarto de huéspedes y de color negro. En la pantalla se veían lo que parecían un par de radiografías de la cabeza de mis amigos.
Ahora mismo los saco —dije.
Me acerqué a la máquina y con ayuda de las instrucciones de la libreta, empecé a apretar botones y girar perillas. Leía dos veces cada instrucción antes de ejecutarla, porque tenía un miedo terrible de equivocarme. Gary había dicho que no había peligro, que ahora que El Sombrero (Catalina) se había ido, ellos estaban a salvo, pero aún así no quería correr riesgos.
Finalmente, pulsé el interruptor y la máquina se apagó con un lento silbido. Me aparté un paso y miré a mis amigos. Ninguno de los dos se movía, ninguno había abierto los ojos.
Con el corazón en la boca, creí que había cometido algún error.
Por favor —murmuré, sintiéndome al borde de las lágrimas.
Entonces, Juliana abrió los ojos, me miró y dijo:
Soñé que me rescatabas.
Me acerqué a ella, la abracé y la cubrí de besos.
Oigan, ¿qué pasa? —preguntó alguien alarmado, a mi lado.
Me volví y vi a Rolando, que se levantaba del catre, quitándose la corona de la cabeza.
Miró la máquina negra con estupefacta sorpresa.
¿Qué es esto? —preguntó—. ¿Qué pasó? No... no me acuerdo de nada. Fede, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Y tú, Juliana?
Reí y abracé a mi amigo, quien me miró como si me hubiese vuelto loco.
No te preocupes —dije—. Es una historia muy larga, pero hay tiempo de sobra para que te la cuente. Sólo me gustaría pedirte un favor.
¿Cuál? —preguntó Rolando.
No vuelvas a inventar ninguna máquina de sueños nunca más —le dije.